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Las guerras cotidianas

Como colaborar en la construcción de una paz duradera

29/11/2012 - Autor: Alejandro Abufom Heresi - Fuente: Envío público a Webislam
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Los palestinos de Gaza esperan algo de nosotros

El pequeño niño tirita de dolor. Sólo puede quejarse; sólo puede gemir agudamente y mover sus bracitos y retorcer su cuerpo quemado por una bomba sionista. El médico y su madre tratan de aliviarlo con una crema que aplican sobre su cuerpo y colocar paños con suero para tratar de aplacar tanto dolor... El pequeño sigue tiritando de dolor...

Tengo un nudo en la garganta y el estómago contraído, siento náuseas. No puedo contener la mezcla de impotencia y rabia que se entremezclan con imágenes y pensamientos sobre la barbarie humana. Imagino que hace unos días ese mismo niño jugaba en la calle de su barrio, iba a la escuela, abrazaba a su madre... hasta que cayó la maldita bomba.

Esta inocente criatura palestina podría ser mi hijo o también el suyo. ¿Se llamará Abdel, o Alí, quizás Pedrito o Tomás? Mi hijo y el suyo podrían estar en esa cama sucia, sufriendo lo indecible...

Apago la computadora y cierro los ojos.

Muchos historiadores plantean que la humanidad poco aprende de su propia historia. Esta visión pesimista se está confirmando hoy, cuando asistimos a una nueva escalada entre palestinos e israelíes.  Y se vuelve a repetir la reacción instintiva: me “atacas, te ataco”; ojo por ojo, diente por diente”. Los israelíes, especialmente, no se dieron el tiempo de preguntar: ¿Por qué me están haciendo esto a mí? ¿Cuál es el origen de tanto odio? ¿Qué responsabilidad nos cabe como nación en las causas de estos brutales efectos? ¿Somos sólo víctimas indefensas?

Sé que no es fácil, cuando se es agredido con misiles u hombres-bomba, tener la serenidad para reflexionar sobre esto. Esto lo saben muchas personas que han sufrido ese tipo de experiencias traumáticas. Pero esta reflexión, esta otra mirada a las circunstancias, es un esfuerzo indispensable, si no se quiere repetir la experiencia una y otra vez.

Todas nuestras acciones tienen consecuencias. Algunos plantean que incluso nuestras intenciones se manifiestan -de manera inconsciente- en todo lo que hacemos. Construimos cotidianamente la realidad, a través de las relaciones que establecemos con todos y todo lo que nos rodea. Vamos creando cotidianamente, en cada palabra, gesto, acto, pensamiento y sentimiento, nuestra realidad. Por supuesto, estamos condicionados por el entorno en que nos toca vivir. Vivimos en un medio socioeconómico; pertenecemos a una tradición; estamos regidos por leyes, bajo un sistema político, etc. Sin embargo, tales condicionantes podrían llegar a ser una disculpa para no asumir, con responsabilidad y valentía, que la vida cotidiana la creamos nosotros.

Por otra parte, a la hora de decidir de qué manera cada uno puede aportar a la resolución de estos conflictos, queda claro que es más fácil y asequible, trabajar en la realidad que nos circunda, en la cotidianeidad. Lo que no quita -más aún, es deseable y útil- que luchemos por modificar nuestro mundo en términos globales.

Entonces, los invito a hacerse las preguntas ineludibles: ¿Qué puedo hacer yo frente a una agresión? ¿Qué aprendo de esta horrible y repetida experiencia humana? ¿Cómo puedo yo aportar a que esta guerra no se vuelva a repetir? ¿Cómo colaboro a modificar las causas que generan estos estallidos reiterativos de violencia?

Mi postura es simple: la sociedad, el entorno, el mundo, son una proyección de lo que cada uno de nosotros es, de lo que cada uno piensa y siente. Hemos creado esta sociedad a imagen y semejanza nuestra. Este mundo es exactamente lo que nosotros somos. Las sociedades son un constructo humano (construcción de sólo "algunos", dirán otros con razón) pero en la práctica -nos guste o no- todos participamos, por acción u omisión, de la génesis del mundo en que vivimos.

Todas las guerras que hoy golpean nuestro planeta (muchísimas más que las que aparecen en los noticiarios) se van incubando en nuestra vida cotidiana. La violencia que estalla, por aquí y por allá, puede que sólo sean válvulas de escape para la acumulación de nuestras rabias e iras cotidianas. Esto puede sonar a explicación "simplona" frente al fenómeno de la violencia global, pero la olvidada virtud de la simpleza puede ayudarnos bastante. Una de los aspectos positivos de la globalización es mostrarnos que la interconexión y unidad planetaria va mucho más allá del hecho de comprarle artefactos eléctricos a China. Es probable, como lo están comprobando empíricamente muchos científicos, que nuestro planeta es una gran masa energética vital e interconectada, donde lo que afecta a una parte, afecta al todo.

Esta visión coloca la responsabilidad de la construcción de la sociedad en manos de las personas comunes y corrientes, al involucrar su accionar cotidiano, al establecer a cada ser humano como gestor de su realidad. Terminar con la violencia y con las guerras implica trabajar en la intimidad de las relaciones cotidianas, llevar a la práctica las nociones de amor, fraternidad, solidaridad, aceptación, inclusión. La guerra deja de ser un problema creado por otros. La guerra pasa a ser un problema de cada uno y de todos, porque nos remontamos el origen más recóndito de las motivaciones humanas: el ser individual.

Entonces, la pregunta es ¿cómo podemos terminar con las muchas guerras que peleamos cotidianamente? La guerra por imponer nuestras ideas sobre los demás; la guerra por mantener una superioridad de hombres sobre mujeres; la guerra por lograr una mejor posición en el trabajo; la guerra por ganar más dinero; la guerra por imponer estilos de vida anticuados sobre los jóvenes; la guerra por obligar a profesar a otros en determinadas creencias; la guerra por ocultar vidas mentirosas; la guerra entre profesores y alumnos que se aburren a diario en las aulas...

Es hora de terminar con la guerra. Es hora de comenzar a trabajar en la intimidad del corazón y de los hogares. Es hora de educar -con el ejemplo vivo de la paz interior- a las nuevas generaciones. La yihad, mal definida como “guerra santa” es, más bien, la “lucha interna contra el ego”. Es la lucha por abrir el corazón y dejar atrás miles de años de egoísmo, barbarie y desprecio por los otros. Es la lucha personal por terminar con la ira interior.

Esto de lo que hablamos no es otra versión hippie o new age para zafar a los poderosos y abusadores de su responsabilidad, sino que es una forma real y concreta de trabajar por un mundo distinto.

Es hora de acabar con las guerras cotidianas para terminar con la guerra global.

Fuente: Nuevas Miradas (2007), Edit. U.Bolivariana, Santiago

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