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Yo muero hoy

Extracto del libro de Olga Rodríguez: Yo muero hoy. Revueltas en el mundo árabe

08/11/2012 - Autor: Olga Rodríguez - Fuente: encubierta.com
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Mujer en una manifestación en El Cairo

Los puentes que cruzan el Nilo permanecen ajenos a lo que en su propio asfalto ha acontecido en las últimas semanas y meses. El pitido de las bocinas que los conductores hacen sonar de manera compulsiva, a modo de saludo y desahogo diario, invade la atmósfera cairota mezclado con la contaminación que emana de los tubos de escape de los vehículos.

La capital más grande de África, la mayor urbe árabe, con más de veinte millones de habitantes y un tráfico indomable, amanece, como cada día, agitada, en continuo movimiento. El Nilo, bañado por el sol, la atraviesa, ancho, majestuoso y milenario. En sus orillas, a su paso por el centro de la ciudad, se elevan los hoteles para extranjeros y un grupo de lujosos rascacielos que contrastan con los barrios pobres, en los que se amontonan viviendas de vigas torcidas y fachadas descascarilladas.

Dicen que El Cairo nunca duerme, y es cierto. Aquí siempre pasa algo que mantiene la atmósfera vibrante, magnética, en tensión, como si la ciudad sufriera una ligera fiebre. Solo hay placidez en el espléndido Nilo y en las colinas de Mokattam, que dominan la ciu­ dad y desde las que, en los días claros, se ven las pirámides de Giza erguidas en el desierto, a las afueras de El Cairo. Casi todo lo demás está marcado por el pálpito del corazón acelerado e infatigable de esta gran urbe.

Cerca de la calle Mohamed Mahmud, adyacente a la plaza Tahrir y escenario de la última batalla entre manifestantes y las fuerzas de seguridad, una mujer con la cabeza enfundada en un turbante grita con un sonido similar al de un loro. Los vecinos de la zona no se inmutan. Algunos la llaman «la mujer pájaro». Forma desde hace años parte del paisaje cotidiano del barrio. Acurrucada en una esquina pide limosna y de vez en cuando agita los brazos como si fueran alas. La pobreza creciente y la corrupción que afectan a este país han contribuido a alimentar enfermedades psicológicas en una sociedad en la que la clásica caballerosidad egipcia —shahama, en árabe— lucha codo con codo con un ambiente de rudeza y represión.

El 30 por ciento de los egipcios viven en casas de una sola habitación situadas en suburbios carentes de los servicios más básicos. Otros habitan en cobertizos construidos en las azoteas de los edificios, en sus propios lugares de trabajo, en asentamientos de chabolas o en los refugios levantados durante la guerra de 1973 para proteger a la población de los bombardeos israelíes. En El Cairo más de cincuenta mil personas viven en torno a las tumbas de la llamada «Ciudad de los Muertos», un conjunto de cementerios situado en la calle Al-Hassan al-Malakia. Alrededor de los antiguos sepulcros, sobre mausoleos y lápidas, se ha construido un conjunto de infraviviendas en las que viven miles de familias más.

El sueldo medio de un trabajador de una fábrica estatal es de setenta dólares, y el de un médico de un hospital público con años de experiencia, de ciento cincuenta. El 40 por ciento de los egipcios viven al borde del umbral de la pobreza. Según el Programa Mundial de Alimentos, el coste de la vida creció el 75 por ciento entre 1995 y 2005.

Los jóvenes de clase media han sufrido un proceso de desclasa­ miento debido al desempleo, el estancamiento de los sueldos, el desorbitado precio de la vivienda y la corrupción generalizada. Sus conocimientos y licenciaturas no les garantizan la autonomía económica.

«La clase media de hoy en Egipto es una clase derrotada y humillada», sentencia Galal Amin, profesor de la Universidad Americana de El Cairo.

Fue precisamente la actuación de los sectores sociales más desfavorecidos junto a los obreros y la clase media urbana la que consolidó un tejido de protesta a partir del año 2005 y la que dio fuerza a las revueltas de enero y febrero de 2011.

En Tahrir confluyeron jóvenes y mayores, mujeres y hombres, musulmanes, cristianos y no practicantes, la clase media y los sectores más humildes de la sociedad. Muchos lucharon y resistieron la acción violenta de las fuerzas de seguridad. Los que menos tenían que perder fueron quienes más arriesgaron, situándose en primera línea de los enfrentamientos, jugándose la vida.

«No tenemos ni para comer, queremos pan, queremos libertad —me dijo Mohamed, uno de esos jóvenes que participó en los últimos enfrentamientos de la calle Mohamed Mahmud en noviembre de2011—. ¿Ves esto? —preguntó mostrando un trozo de pan—. Esto me tiene clavado aquí. Por esto lucho, por esto he estado en primera línea de la batalla.»

Sus palabras resumen bien una causa clave de las protestas. Tahrir ha gritado libertad —al hurriya— y se ha revuelto contra el régimen militar, pero también ha exigido dignidad y pan. Karama y aish. Aish, que en el árabe egipcio significa «vida».

Las protestas son la respuesta a una represión política que llevaba años oprimiendo a los egipcios, pero se enmarcan también en el contexto de globalización del mercado internacional, que ha traído consigo un crecimiento espectacular de las desigualdades económicas y sociales.

Dicho en palabras del historiador Eric Hobsbawm, «quienes perciben con mayor intensidad el impacto de esta globalización son quienes menos se benefician de ella». Egipto es una buena prueba de ello. Las palabras de Mohamed encierran toda una verdad que conecta la libertad de un pueblo con su derecho a tener pan. Y con el pan, las rosas.1

Hossam el-Hamalawy

El 28 de septiembre del año 2000 el líder del partido derechista israelí Likud, Ariel Sharon, entró en el recinto de la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén —sagrado para los musulmanes y los judíos— acompañado de un millar de guardias de seguridad. «El templo está en nuestras manos y permanecerá en nuestras manos. Es el lugar más sagrado del judaísmo y es el derecho de todo judío poder visitarlo», dijo.

Como respuesta a su provocación, miles de palestinos salieron a manifestarse en contra de la ocupación ilegal de sus territorios. Las fuerzas de seguridad israelíes respondieron con contundencia y brutalidad. En tan solo cinco días mataron a 47 palestinos e hirieron a 1.885 más. En el mismo período murieron cinco israelíes. De ese modo estalló la Segunda Intifada palestina.

Las primeras brasas de la revolución egipcia, cocinada a fuego lento, se prendieron al hilo de aquellos acontecimientos. La historia de Egipto emergió, una vez más, íntimamente ligada a la historia de Israel y Palestina. La Segunda Intifada palestina despertó la rabia de miles de jóvenes egipcios que habían crecido escuchando los relatos del sufrimiento y la injusticia padecidos por los palestinos, expulsados de sus tierras, humillados en sus propios hogares, encarcelados sin haber cometido delito alguno, torturados, muertos.

En el ideario colectivo de la sociedad egipcia pervive la solidaridad con el pueblo palestino quizá con mayor intensidad que en otros países árabes, debido a la estrecha alianza que el régimen del presidente Anuar el­Sadat primero, y el de Hosni Mubarak después, forjaron con Israel. En miles de hogares egipcios, los niños crecen con las paredes de sus habitaciones forradas con carteles y fotografías que muestran la lucha palestina contra la ocupación ilegal ejercida por el Estado israelí: jóvenes palestinos arrojando piedras a los tanques israelíes, ondeando sus banderas, resistiendo desalojos…

Decenas de activistas con los que he hablado en estos años me han mencionado la causa palestina como el primer factor que los conectó con el activismo.

En el hogar familiar de Hossam el-Hamalawy, periodista y activista egipcio, nacido en 1977, hubo siempre un póster con la imagen de un joven palestino empuñando un fusil con el rostro cubierto por una kufiya (pañuelo palestino) y con fotografías de Palestina anteriores a 1948, año de la creación del Estado de Israel.

«Palestina estuvo, está y ha estado siempre en nuestros corazones. La causa palestina politizó a mi generación y creó nuestra fuente de inspiración», me dijo cuando lo conocí.

Hossam es un hombre de treinta y pico de años, delgado, atractivo, con una ligera curvatura a la altura de los omoplatos. Unas manchas rojizas en el iris casi negro de sus ojos dan a su mirada una peculiar profundidad. Domina el inglés, y eso le ha convertido en un interlocutor como representante de los revolucionarios en buena parte de los medios de comunicación de habla anglosajona. Es esquivo con los periodistas de los que no se fía. Fumador empedernido y aficionado a la música heavy metal —«me pone las pilas ante el desánimo», dice—, vive el activismo con una tajante disciplina.

Hace unos años renunció a su puesto de corresponsal en El Cai­ ro del diario Los Angeles Times para volcarse de lleno en la militancia política, como integrante de los socialistas revolucionarios egipcios, como bloguero y como fotógrafo. «En un país con un elevado porcentaje de analfabetismo, las imágenes y los vídeos son el arma más eficaz para mostrar la verdad», suele decir.

Sus fotografías —publicadas en importantes medios de comunicación internacionales— huyen de los códigos visuales habituales y se centran en dar protagonismo a los trabajadores, los activistas, los desfavorecidos. Su metódica entrega a la «revolución» le ha convertido en una indiscutible referencia para muchos jóvenes urbanos egipcios que, aunque no compartan sus ideas, admiran su dedicación y capacidad para dar visibilidad en internet y en medios de comunicación internacionales a los movimientos de oposición y, en especial, al movimiento obrero.

Desde el año 2006 sigue de cerca las huelgas y actuaciones de protesta de los trabajadores de empresas y fábricas y, junto con otros activistas y sindicalistas, ha actuado como nexo de unión entre los movimientos sociales urbanos y los obreros. En 2007 fue menciona­ do en un cable de la embajada estadounidense —publicado posteriormente por Wikileaks— como un activista influyente en Egipto.

En 2011 el diario británico The Independent lo eligió como el usuario de la red social Twitter más seguido e influyente entre las personas «no famosas». También en 2011 recibió el Premio Anna Politkóvskaya de periodismo.

Todos conocen a Hossam en El Cairo. Me hablaron por primera vez de él en 2006, en una manifestación convocada por diversos grupos clandestinos de la oposición. Alguien me lo señaló desde lejos.

«Ese es Hossam el-Hamalawy, un tipo muy inteligente. Su trabajo ha inspirado a muchos», me dijeron. Dos años después varios blogueros y activistas me contaron en la capital egipcia que el paso definitivo hacia el compromiso político lo habían dado tras conocerlo.

Hossam lleva la militancia en la sangre. Su madre, Magda, pintora, formó parte de las movilizaciones estudiantiles de los años setenta. Su padre, Rashad, estudió ingeniería en Moscú en una época en la que Egipto —con el presidente Nasser al frente— formó parte de los países no alineados y se acercó a la órbita soviética. Esto explica que en aquellos años —en la década de los cincuenta y los sesenta— los jóvenes de familias acomodadas eligieran a menudo la capital rusa para cursar sus estudios universitarios. El contacto con aquella atmósfera impregnó a algunos del ideario marxista y leninista.

En los años setenta, ya de regreso a su país, Rashad se involucró en los movimientos de la izquierda egipcia y se acercó a los comunistas, aunque nunca militó en ningún partido y fue crítico con la ortodoxia soviética. «Murió sin poder ver aquello por lo que luchó, con lo que tanto soñó para Egipto», cuenta Hossam de su padre refiriéndose a la revolución con la que ahora él sueña, por la que trabaja desde las filas socialistas revolucionarias.

En enero de 1977 cientos de miles de egipcios tomaron las calles durante días para protestar contra la suspensión de los subsidios que el Estado entregaba a las clases humildes para afrontar el pago de productos básicos como el pan, el arroz y el aceite. La medida formó parte del giro que el presidente Anuar el­Sadat dio a la política eco­ nómica del país al aceptar préstamos del Banco Mundial para afrontar el pago de la deuda y al impulsar una liberalización de la economía —conocida en árabe como Infitah («apertura»)— siguiendo los dictados del Fondo Monetario Internacional.

Las protestas y manifestaciones derivaron en grandes revueltas en todo el país que fueron bautizadas como «las revueltas del pan». No habría otro movimiento de oposición de semejante envergadura hasta el año 2011. Los manifestantes atacaron e hicieron arder varios edificios y símbolos gubernamentales. En tan solo dos días murieron 79 personas y otras ochocientas resultaron heridas. La plaza Tahrir de El Cairo fue uno de los centros neurálgicos de las protestas. En la primera línea de los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad estuvieron los jóvenes de las clases más desfavorecidas —un fenómeno que se repetiría de nuevo en las revueltas de 2011—, pero también hubo una importante presencia estudiantil, así como de representantes de la clase intelectual de izquierdas. En ciudades como El Cairo, Alejandría o Asuán retumbaron consignas en demanda de derechos tan básicos como el pan: «¿Dónde está nuestro desayuno?»,

«Ladrones de la Infitah, la gente está hambrienta».

Los padres de Hossam apoyaron activamente y participaron en aquellas manifestaciones, que lograron su objetivo: el gobierno canceló lo anunciado y reactivó los subsidios.

Tan solo unos meses después las autoridades impulsaron la persecución de toda disidencia contra el régimen. Miles de personas fueron arrestadas y torturadas por participar en movimientos críticos con el presidente Sadat o por el simple hecho de expresar públicamente ideas diferentes a las oficiales.

La familia de Hossam optó por abandonar temporalmente el país para instalarse en Yemen del Sur, que en 1967, tras el fin del dominio británico, se había convertido en el primer Estado árabe de orientación marxista. Rashad, el padre de Hossam, quiso aportar su colaboración a aquel proyecto. En 1979, tras la segunda guerra civil entre Yemen del Norte y Yemen del Sur, se alcanzó un acuerdo para elaborar una Constitución que auspiciaba un Estado reunifica­ do en el que ya se adivinaba la hegemonía norteña. «Rashad, mi padre, acarició el sueño del cambio en Egipto en 1977 y después en Yemen del Sur, pero vio cómo ambos proyectos fracasaron.»

La década de los ochenta estuvo marcada por la represión en Egipto. Muchos de los intelectuales y activistas de izquierdas que permanecieron en el país fueron detenidos. Abogados, periodistas, escritores, sociólogos o historiadores posicionados ideológicamente conocieron en algún momento de su vida la cárcel y la tortura. Ahmed Seif, abogado especializado en derechos humanos, estuvo en prisión desde 1983 a 1988, donde sufrió violentos interrogatorios. Hoy sus tres hijos —Alaa, Mona y Sanaa— también forman parte de los activistas de Tahrir.

Tras su estancia en Yemen del Sur, la familia El-Hamalawy se mudó una temporada a Kuwait. Allí pasó Hossam parte de su infancia, compartiendo horas de juego con su hermana Salma y escuchan­ do a menudo las explicaciones de su padre sobre la necesidad de un cambio real y del fin de la injerencia extranjera en el mundo árabe.

«Recuerdo que una vez le pregunté a mi padre qué era la justicia social. Él me respondió: “Es cuando dejas de ver a la gente tirando pan a la basura mientras otros no pueden disfrutar ni de un trozo de pan”.» A mediados de los años ochenta, la familia regresó a Egipto. «Era una época de inmovilidad social, de mano dura por parte del régimen. Cualquier mínimo movimiento de oposición era reprimido con brutalidad por las autoridades», recuerda Hossam.

Como estudiante de secundaria, se sintió cercano a un nacionalismo árabe laico que derivó en un socialismo revolucionario al contactar, ya en la universidad, con algunos estudiantes militantes de izquierdas y con profesores como Rabab el­Mahdy —especializada en historia política—, una mujer que ha influido en algunos de sus alumnos en su apuesta por el compromiso político y que en la actualidad participa activamente en la revolución egipcia.

Cuando llegó el año 2000 y, con él, el estallido de la Segunda Intifada palestina, Hossam el-Hamalawy —recién licenciado en económicas por la Universidad Americana de El Cairo— estaba pre­ parado, como otros muchos jóvenes, para participar en un movimiento de protesta que había permanecido aletargado desde las revueltas del pan de 1977.

«Antes de enero de 2011 escribías en Google Egipto y revolución y solo aparecían textos y vídeos relacionados con Hossam o colgados por él», recuerda la popular activista Gigi Ibrahim. Nadie cuestiona el empeño de Hossam por impulsar un cambio político en Egipto y por acuñar el término revolución para definir ese cambio.

«Fue el primero que habló de la necesidad de una revolución. Cuando nadie lo hacía, él lo hizo», me han reconocido interlocutores de diferentes ideologías.

Aunque milita en política desde 1996, él mismo fecha su punto de despegue en el año 2000, con el estallido de la Segunda Intifada. Aquel año la represión israelí contra los palestinos sacó a la calle a miles de egipcios que hasta entonces no habían participado en ninguna manifestación. La solidaridad con el pueblo palestino y la in­ dignación ante la política exterior del régimen de Hosni Mubarak —centrada en defender la política israelí— movilizaron a los jóvenes de ciudades como El Cairo, Alejandría o Suez y sentaron las bases de la creación de organizaciones sociales dispuestas a luchar contra la represión.

El 8 de octubre de 2000, tan solo unos días después de que Ariel Sharon visitara la Explanada de las Mezquitas, cientos de estudiantes de la Universidad Americana de El Cairo —casi exclusiva para las élites egipcias— se manifestaron en apoyo de los palestinos y contra la alianza de Egipto con Israel. Hossam se encaramó al tejado del edificio principal de la universidad, se acercó a la bandera estadounidense que ondeaba en lo alto y, jaleado desde abajo por otros estudiantes, arrió la bandera y arrancó el mástil.

Uno de los jóvenes que contemplaron la acción fascinados fue Karim el-Beherey2, por entonces estudiante de turismo en la Universidad de El Cairo, un centro de estudios más accesible para alguien perteneciente a una familia humilde como la suya. «Ese día comenzó mi interés por la militancia», confiesa Karim. Tiempo después sería él quien participaría en otro episodio clave en la lucha contra el régimen.

Hossam fue detenido horas después de aquella protesta cuando caminaba de la mano de su novia por una amplia avenida de Medina Náser, el barrio cairota en el que reside. Dos vehículos ocuparon la acera para cortarles el paso, de ellos salieron varios hombres con armas colgadas al cinto, cogieron a Hossam por los hombros, le empujaron contra uno de los coches, le esposaron sin ofrecer explicación alguna y se lo llevaron detenido.

«Aunque no estaban identificados, comprendí de inmediato que se trataba de agentes de la policía estatal de seguridad.»

La policía estatal, más conocida en Egipto como la SS —por sus siglas en inglés, State Security—, era el brazo armado represor del Ministerio del Interior. Bajo el mandato de los oficiales de la SS, miles de ciudadanos fueron arrestados de forma arbitraria y torturados de manera sistemática. Algunos murieron durante las sesiones de tortura. Hubo casos de detenidos que desaparecieron abandonados en el desierto. El más común de los maltratos consistía en descargas eléctricas en las partes más sensibles de los detenidos.

Hossam fue conducido a los cuarteles de Heliópolis, donde compartió celda con otros dieciocho presos. «Los dieciocho estaban acu­ sados de pertenecer a la Yihad Islámica, pero ellos me aseguraron que no formaban parte de ninguna organización. Su único delito era ser familiares de integrantes del movimiento islamista —recuerda—. Uno de ellos, de nombre Sayyed, era farmacéutico y un apasionado del cine de comedia y de los buenos restaurantes de marisco. Otro, llamado Mustafa, era un fumador empedernido de cigarrillos Marlboro.» Aquellos dos hombres llevaban un año detenidos sin cargos, su­ friendo torturas y sin la posibilidad de recibir visitas de familiares.

«Llevan torturándome un año. Saben muy bien que no pertenezco a la Yihad. Si no, ya habría confesado, te lo aseguro», le dijo Sayyed.

Hossam fue interrogado en varias ocasiones. Para ello le trasladaron a una celda de tres metros cuadrados, le vendaron los ojos, le esposaron y le despojaron de parte de su ropa. Recibió golpes y amenazas de violación. En dos ocasiones las palizas le dejaron inconsciente. «Para despertarme me propinaron un golpe tan fuerte que me hizo besar el suelo de nuevo», recuerda. Sus torturadores le amenazaron con fotografiarle desnudo y publicar las instantáneas.

El segundo día de su encierro, el joven activista pudo usar un teléfono móvil que escondía uno de los presos, integrante de los Hermanos Musulmanes. De ese modo logró hablar con su madre, Magda. «Madre, estoy en los cuarteles de Heliópolis, contacta con un abogado cuanto antes», fueron las palabras que pronunció.

Su madre telefoneó de inmediato a un abogado amigo de la familia, curtido en la lucha por los derechos humanos en Egipto.

El letrado se presentó al tercer día de su arresto en los cuarteles de la policía de seguridad estatal del barrio de Heliópolis, pero cuando preguntó por su cliente los agentes le aseguraron que allí no había nadie con ese nombre y le obligaron a irse por donde había venido. Dentro de las instalaciones, a la misma hora, Hossam era objeto de otro interrogatorio con violencia. Horas después, ya de regreso des­ de la sala de castigo a la celda que compartía con los otros dieciocho presos, comenzó a gritar desesperado pidiendo acceso a un teléfono para contactar con su familia. Sus ruegos llegaron al fondo del pasillo de la prisión, a oídos de un hombre de mediana edad, abogado de un integrante de los Hermanos Musulmanes.

«Grítame el número de teléfono de tu casa», le pidió el abogado a lo lejos. De ese modo Magda pudo confirmar que su hijo sí estaba en los cuarteles de Heliópolis. Su abogado se puso en marcha. Logró un acuerdo por el que su cliente quedaría en libertad a cambio de mil libras egipcias. En la celda de castigo, Hossam oyó unos pasos que se acercaban a él y pensó que se avecinaban nuevos golpes. Alguien le quitó la venda de los ojos. Parpadeó varias veces como reacción al contacto con la luz, hasta que la silueta, que en un primer momento vio borrosa, empezó a volverse nítida. Frente a él se encontró a un hombre que no iba a olvidar nunca: Hesham Abu Gheida, general de la policía estatal de seguridad de El Cairo.

—Hossam el-Hamalawy, prométeme que no crearás más problemas —le dijo. Hossam guardó silencio.

—Te vamos a poner en libertad —anunció entonces el general—, pero tienes que prometer que no crearás más problemas.

De nuevo el joven permaneció callado.

—Estudiante a tus estudios, ¿de acuerdo? —insistió.

Hossam abandonó la cárcel jurándose que no pararía hasta que la policía de seguridad estatal fuera desmantelada y sus violaciones, hechas públicas y castigadas. Su breve paso por prisión fortaleció su creencia en la militancia política y contribuyó a hacer de él un activista dispuesto a dedicar todo su tiempo a la lucha por un cambio real, por la justicia social, contra la represión y la impunidad del régimen. A ser, en definitiva, lo que él entendía por un revolucionario real. Volvería a ser detenido brevemente en el año 2002.

Cuando estallaron las revueltas de 2011 participó en ellas de forma activa. Tuvo claro desde el primer día que el ejército no formaba parte de la «revolución» e insistió a diario en la importancia de las huelgas como herramienta de protesta. El 9 de enero de 2011 escribió: «Hay huelgas por todo el país, esto es increíble, esta es la verdadera fuerza que puede tumbar a Mubarak». Dos días después el presidente egipcio se vio obligado a abandonar el poder.

A pesar de haberle visto en múltiples protestas en años anteriores, no conocí a Hossam hasta abril de 2011. Contactamos por teléfono y quedamos en vernos en la estación de autobuses de El Cairo, para visitar a los obreros de una fábrica textil que habían iniciado una huelga semanas atrás. Con él iba también Kamal Jalid, uno de los líderes de los socialistas revolucionarios egipcios.

«La movilización de los trabajadores es clave —me dijo Hossam—. Si las huelgas son masivas, la economía se resiente y podemos presionar con nuestras demandas al régimen. Solo con Tahrir no se derroca un régimen, a pesar de que los medios de comunicación hayan querido hacer hincapié en ello. El activismo en las fábricas y empresas es fundamental», insistió.

En aquellas fechas, la junta militar que había tomado el poder tras Mubarak hacía llamamientos a la población para que abandonara las protestas y regresara a sus trabajos. Algunos opositores al régimen secundaron esas peticiones y apostaron por el fin de las manifestaciones y las huelgas.

«Es una equivocación. Si nos paramos aquí, si hacemos caso a los que dicen que regresemos a nuestra cotidianidad y confiamos en el ejército, estaremos perdidos, estaremos cavando nuestras propias tumbas —advirtió—. El ejército lleva décadas controlando el país. Cuando los oficiales libres tomaron el poder en 1952 prometieron cederlo a un gobierno civil, y ya ves, más de cincuenta años después los militares siguen llevando las riendas. La libertad no llega sola, se conquista.»

Los acontecimientos que tuvieron lugar en los meses siguientes darían la razón a Hossam y demostrarían que los avances sociales nunca han caído del cielo. La junta militar apeló a la estabilidad para justificar la represión contra los manifestantes. Pero miles de personas siguieron recordando en las calles, a través de las protestas y las huelgas, que no hay libertad sin ruido, ni estabilidad sin justicia social.

«Mira esos rascacielos de lujo —me señaló Hossam un día de junio de 2011—. Compáralos con los suburbios miserables de esta ciudad. Las enormes desigualdades que sufre la gente de mi país se perciben a simple vista, están ahí, son evidentes. Eso no es estabilidad. Estabilidad no es que el cuarenta por ciento de la población viva con menos de dos dólares diarios. Estabilidad no es que gente de mi generación, muy preparada, con estudios, no encuentre trabajo. Estabilidad no es que la gente pase hambre mientras a otros les sobra el dinero. Las multinacionales quieren estabilidad aquí, para no perder ni un solo dólar. Los gobiernos de otros países quieren estabilidad para Egipto, para tener garantizado el paso por el canal de Suez, para que no haya problemas con Israel, para que el statu quo regional se mantenga. Pero ¿y los egipcios? No hay estabilidad que valga mientras no haya justicia social.»

Egipto, piedra angular en Oriente Medio

Las potencias occidentales siempre valoraron la importancia de Egipto como pieza clave en el puzle regional de Oriente Medio. Ya en el año 1914, cuando Egipto estaba bajo control británico, el ministro de Exteriores de Reino Unido admitía que «el bienestar y la integridad de Egipto son necesarios para la paz y la seguridad del Imperio británico, que siempre mantendrá un interés esencial en sus relaciones especiales con Egipto».3

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el liderazgo mundial pasó de Reino Unido y Francia a Estados Unidos, el secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles buscó el modo de mantener a Egipto fuera de la órbita de influencia de la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría. Washington quería un Egipto cómplice y alejado de Moscú, dispuesto a aceptar la permanencia de las tropas británicas en el canal de Suez y que no tuviera capacidad para hacer frente a un Israel que acababa de nacer y que representaba una amenaza a la soberanía de los territorios árabes tras la ocupación de Palestina en 1948. Pero el gobierno estadounidense se negó a aportar ayuda militar al ejército egipcio, por temor a que este la empleara contra Israel, el nuevo gran aliado de Washington en la región. Aquella decisión terminó provocando el acercamiento de El Cairo a la URSS y su posicionamiento como país no alineado. Así lo admitiría tiempo después el secretario de Estado estadounidense de John F. Kennedy, Robert Komer: «Nosotros mismos habíamos contri­ buido a esta situación por nuestra política a mediados de los años cincuenta con respecto al presidente egipcio, Nasser. Se alió con Moscú como reacción a la política británica y estadounidense y no queríamos cometer el mismo error otra vez».4

La guerra de 1948

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido, sin dinero para mantener las bases de su imperio, anunció el fin de su mandato en Palestina y la retirada de sus cien mil efectivos. Ya antes de 1948, los grupos sionistas de Palestina comenzaron a anexionarse tierras, expulsaron a palestinos de sus hogares e impulsaron una oleada de ataques terroristas con bombas contra intereses británicos y palestinos. El atentado contra el hotel King David de Jerusalén, en el que murieron más de noventa personas, fue uno de los más sangrientos, junto con el ataque al hotel Semiramis, regentado por una familia cristiana, en el que murieron veinticuatro personas.5

Cuando Israel se proclamó Estado en 1948, los países árabes vecinos le declararon la guerra. Egipto fue el que más tropas y apoyo logístico aportó, pero su campaña de coordinación falló estrepitosamente. Durante la contienda Naciones Unidas intentó imponer un bloqueo de armas, pero ese embargo afectó mayoritariamente a los países árabes, mientras que los israelíes lograron armamento procedente de Checoslovaquia, Europa y Estados Unidos. La derrota árabe fue un varapalo para el orgullo nacional egipcio y supuso el principio del fin del rey Faruk, que gobernaba el país desde 1936.

Egipto había estado bajo dominio británico hasta los años treinta, pero tras la Segunda Guerra Mundial Londres aún mantenía el control del canal de Suez, una base militar con ocho mil soldados que protegía el canal desde el siglo xix y un almacén de provisiones valorado en más de mil millones de dólares, además de una gran base aérea. Reino Unido buscaba ampliar su presencia en la región con posiciones en dos países vecinos de Egipto: Sudán y la ex colonia italiana de Libia.

La presencia de tropas británicas en suelo egipcio, la explotación británica del canal y la victoria israelí en la guerra del 48 die­ ron rienda suelta al descontento en el seno de las fuerzas armadas egipcias. Un grupo de militares liderados por el general Mohamed Naguib y por el coronel Abdel Gamal Nasser, conocido como Movimiento de los Oficiales Libres, dio en 1952 un golpe de Estado, obligó a abdicar al rey Faruk y se hizo con el gobierno del país, iniciando una época de mandato militar que se prolongaría hasta la actualidad.

Estados Unidos buscó la complicidad de los nuevos gobernantes egipcios. El presidente Eisenhower y su secretario de Estado, John Foster Dulles, fueron conscientes de que Egipto tenía la llave para resolver el rompecabezas de la región y conseguir lo que Washington buscaba: el reconocimiento de Israel por parte de los países árabes y la creación de un bloque anticomunista contra la URSS. La Guerra Fría marcó las pautas de una política internacional caracterizada por las conspiraciones, el espionaje y la creación de bloques. En el caso de Oriente Medio, a ello se sumó la existencia de un nuevo Estado, Israel, creado en un territorio del que se expulsó a 750.000 palestinos. Los países árabes sospecharon que Israel tenía ansias de nuevas conquistas. Ante una eventual ocupación de territorio egipcio por parte de Israel, El Cairo necesitaba armas para defenderse. Así se lo plantearon los generales egipcios al gobierno estadounidense. Pero Washington impuso sus condiciones.

En una visita a Egipto en 1953, el secretario de Estado John Foster Dulles presionó al presidente Mohamed Naguib para que permitiera quedarse en la base militar de Suez a un «equipo de mantenimiento» británico. Naguib pidió garantías de cumplimiento en caso de acuerdo con Londres y Washington, e hizo hincapié en la falta de credibilidad de los británicos tras la experiencia de siete décadas en territorio egipcio. Ya entonces era evidente la huella que la injerencia extranjera había dejado en la sociedad egipcia.

«Todo el mundo teme los acuerdos y los pactos. Hay un sentimiento de que ningún acuerdo puede ser respetable a no ser que se firme entre iguales. Los acuerdos basados en la relación señor-esclavo no sirven», contestó Naguib.6

Nasser fue más allá. Refiriéndose a unas palabras de Dulles pronunciadas a su llegada al aeropuerto de El Cairo, en las que el estadounidense habló de Naguib como «uno de los líderes excepciona­ les del mundo libre en la era de la posguerra», Nasser le dijo al secretario de Estado estadounidense: «No me gustó su discurso de hoy. Hemos sido ocupados por los británicos para que aseguraran las comunicaciones del mundo libre, y por eso para nosotros “mundo libre” significa imperialismo y dominación, y cuando usó usted esa expresión esta mañana creó un mal efecto».7

Sobre la presencia británica en Egipto y la preocupación que Estados Unidos mostraba por la amenaza soviética, Nasser llegó a preguntarle: «¿Cómo puedo decirle a mi pueblo que estoy despreciando a un asesino con una pistola a cincuenta kilómetros de mí, en el canal de Suez, para preocuparme de alguien que lleva un cuchillo a miles de kilómetros de distancia?».

Aun así, las relaciones entre El Cairo y Washington se mantuvieron. Kermit «Kim» Roosevelt Junior, nieto del presidente Theodore Roosevelt, había desempeñado un papel importante en el gol­ pe de Estado impulsado por Londres y la CIA contra el gobierno democrático de Irán cuando este nacionalizó el petróleo. A Egipto llegó con la misión de establecer alianzas con los militares del país árabe. Incluso escribió algunos discursos para el gobierno egipcio, que fueron pronunciados sin apenas modificaciones.

En 1953 el jefe del gobierno, Mohamed Naguib, fue destituido por Nasser y sometido a arresto domiciliario. Nasser se convirtió entonces en el líder de la llamada «revolución». En 1954 ordenó el arresto de los dirigentes de los Hermanos Musulmanes, a los que atribuyó un intento de atentado contra su persona. Ese mismo año, ya como presidente, continuó pidiendo a Estados Unidos apoyo económico para comprar material militar. Pero, ante los temores de Israel, Washington siguió retrasándolo. Por tanto, Nasser empezó a barajar otras opciones distintas de la ayuda estadounidense siempre pospuesta.

El Egipto «neutral» de Nasser

De camino a la conferencia de países de Asia y el Pacífico celebrada en 1955 en Bandung, Indonesia, el presidente egipcio preguntó al ministro de Exteriores chino, Zhou Enlai, si pensaba que la URSS estaría dispuesta a venderle armas. Zhou Enlai dijo que podría estarlo.

«¿Quiere que lo averigüe?», preguntó el chino. Aquello marcó el giro de Egipto hacia la órbita soviética, dentro del bloque de los llamados «neutrales», formado por la Yugoslavia del mariscal Tito, la India de Jawaharlal Nehru y el Egipto de Nasser.

La venta de armamento soviético a Egipto cambió los equilibrios en la región. Estados Unidos y sus aliados occidentales dejaron de controlar los pesos y contrapesos en materia armamentística en Oriente Medio, impuestos hasta entonces a la medida de sus intereses. Francia decidió el envío inmediato a Israel de varios cazabom­ barderos Mystère IV.

En julio de 1956 Nasser habló a la nación, en un discurso ofrecido junto al embajador soviético, en el que acusó a Estados Unidos.

1 Durante las protestas de 1912 en Lawrence, Massachusetts, miles de inmigrantes y trabajadores, y en especial mujeres, protagonizaron una huelga para demandar mejoras económicas y sociales y acuñaron un eslogan: «Pan y rosas». El pan, como símbolo de las necesidades básicas. Las rosas, como referencia a la dignidad, al bienestar, a la justicia, a todo aquello que solo llega si antes hay pan.
2 Menciono a Karim en el libro El hombre mojado no teme la lluvia (Debate, 2009).
3 Kenneth Love, Suez, the Twice-Fought War, McGraw Hill, Nueva York, 1969.
4 Robert Komer, «Memorandum for the Record», noviembre de 1963.
5 Entre ellas el vicecónsul español, Manuel Allende Salazar.
6 Memorándum de la conversación, 11 de mayo de 1953, vol. 9, mencionado en The Road to Tahrir, de Lloyd C. Gardner.
7 Conversación mencionada en los Documentos de El Cairo, de Mohamed Heikal.

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