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La presencia Árabe en El salvador

Los primeros inmigrantes árabes en El Salvador

04/10/2012 - Autor: Dr. Armando Bukele Kattan - Fuente: Envío público a Webislam
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Dr.Armando Bukele Kattan

Toda emigración obedece al deseo de superación, y cuando es masiva, se justifica por problemas económicos, políticos, culturales o religiosos de los países de origen.

A finales, del siglo XIX y principios del XX, los enfrentamientos religiosos, el régimen represivo turco-otomano que se encontraba en sus finales en plena decadencia (y que no era ni la sombra del apogeo pasado de dicho Imperio) y la ausencia de libertades; y en los períodos siguientes, entre las dos Guerras mundiales; la ocupación extranjera luego, y la creación del Estado de Israel en 1948 y los sucesivos posteriores conflictos bélicos que ensangrentaron la región, sin duda indujeron a muchos palestinos a abandonar la tierra donde nacieron, en busca de países donde al menos vivieran en un ambiente de relativa paz. También existían otras razones de carácter subjetivo, fundadas en la esperanza de triunfar, de alcanzar el éxito y la fortuna y obtener el reconocimiento de los demás.

El término “turco” con que se les denominó por viajar a su llegada a América con pasaporte turco-otomano, fue considerado por los árabes como peyorativo. Definitivamente este apelativo no solo obedecía a la designación de la nacionalidad de origen que figuraba en el pasaporte del inmigrante, sino en las ganas (después de conocer la realidad del nombre), de molestar.

Otros casos se han dado de designar con el término que no convenía exactamente a inmigrantes de otros orígenes: en Argentina, especialmente en Buenos Aires, llaman “rusos” a los inmigrantes judíos porque provenían en general de Rusia; y en la mayoría de los países de América Latina suelen llamar indistintamente a todos los inmigrantes españoles “gallegos”, o gachupines, por ser muchos los que procedían de Galicia, aunque no todos. En Costa Rica se les llama a los judíos, “polacos” y a los que se dedican al comercio ambulante, polaqueros, etc.

El desprecio por todo lo que no es europeo, lleva a las personas a desarrollar ideas racistas y a preconizar una inmigración compuesta únicamente de blancos europeos, de preferencia anglosajones. Entre más blanco el color de la piel, se es “superior” ¡tremenda equivocación!; pero en el caso de los árabes, emigrantes prácticamente de Palestina, Siria y Líbano (lo que alguna vez se llamó la Gran Siria) lugares donde el árabe es básicamente blanco e incluso hay abundancia de ojos claros, el papel racial no fue el único factor a tomarse en cuenta, sino al de ejercer un oficio, el comercio, considerado poco “noble”.

El problema sería pues, social más que étnico: se miraba con desprecio al “turco” porque se le identificaba con el buhonero, o vendedor ambulante. Para la mentalidad de “hidalgo”, había que vivir de las rentas de la tierra o de los grandes contactos. Ejercer cualquier oficio manual o practicar el comercio, era algo “indigno” o “deshonroso”.

Es indudable que muchos de los prejuicios, históricamente arraigados entre determinadas capas de la sociedad criolla, subsistieron por mucho tiempo o aún subsisten, entre algunos; especialmente de su cúpula, quienes han sido siempre los responsables de trasladar sus sentimientos racistas, en cadena, a sus subalternos. En eso el árabe se equivocó en un principio. Discutía o intercambiaba ofensas con las personas de “abajo” que lo turqueaban, sin atacar a los “directores” intelectuales. Con los hechores materiales, en lugar de discutir con ellos, debería habérseles demostrado que “todos eran compañeros discriminados” e incluso, violentados, por los mismos que no daban la cara, ni salían de sus escondrijos.

El gran impulso empresarial, que algunos consideran genético, indujo a los árabes a dedicarse a una actividad independiente, sin exigencia de contactos sociales, los cuales únicamente podrían adquirirse con el tiempo. El comercio, en su más simple expresión, fue la respuesta a esas inquietudes. El pequeño comercio, o comercio al por menor, no presentaba grandes complicaciones, tenía además la ventaja de ser una actividad económica conocida y practicada por ellos con anterioridad.

En El Salvador, el comerciante ambulante árabe-palestino, también recorrió grandes distancias, ofreciendo sus productos. Se dirigía allí donde no llegaban los otros… con sus maletas desbordadas de las más heterogéneas mercancías, constituía una figura demasiado pintoresca para pasar inadvertida, además de que su lenguaje se reconocía a distancia. Muchos llegaban en burro, el cual los transportaba a ellos y a su mercancía; los “mayoristas” llevaban 2 burros, ocupando a un burro adicional para su mercadería extra. (En ese tiempo no había delincuencia). Los más pobres, o más ahorrativos (para capitalizar casi todas las ganancias y crecer más rápidamente), dormían en los portales.

Sacrificio, trabajo y honestidad concomitante. Lentamente construyeron un itinerario, ampliaron su radio de acción y formaron una clientela. Con signos convencionales, creados por la necesidad, dieron forma en sus ajadas libretas de mercaderes a un alfabeto elemental, a veces mezcla de árabe y español, donde apuntaban todo y se orientaban dentro de las grandes ciudades. También en ellas apuntaban a sus deudores, con sus montos.

Otros tomaron la línea férrea como punto de referencia en sus desplazamientos. Desde la terminal se internaban en los valles cercanos, por los caminos rurales, ofreciendo sus productos a los campesinos. En la ciudad de San Salvador y sus alrededores, el comerciante ambulante árabe de comienzos del siglo XX también vendía sus productos, preferentemente en la periferia rural, otorgando incluso facilidades de pago a quienes no podían adquirir las mercancías al contado. Santa Tecla era un destino obligado. Con el tiempo, todos estos inmigrantes dedicados al comercio callejero tuvieron una aspiración común: instalarse. Los agotadores desplazamientos no podían convertirse en un oficio permanente. La pequeña y surtida tienda, del mal llamado “turco” se convirtió en un elemento característico en los barrios de las ciudades donde se instalaron.

En El Salvador, el parque actual, Hula-Hula, no existía y en su lugar habían pequeños bazares integrados casi todos por “turcos”, generalmente conservados de generación en generación, heredados de padres a hijos; para algunos representó, tan solo un paso más en el camino de la ascensión social.

Al principio así era, pero en ese proceso de desarrollo continuo, incluso luego, tener negocios fuera de ese “gheto”, daba otro ascenso a algunas familias, que muchas veces se ufanaban públicamente por ello.

Con frecuencia, la tienda desempeñó una doble función, sobre todo en la primera época: era casa-habitación, a la vez que local comercial. El hogar era también el lugar de trabajo. Pues de esta forma el inmigrante podía ahorrar algún dinero y de paso vigilar su mercancía ante posibles robos. Todo ello no exento de incomodidades y estrecheces.

Fuera de ello, la familia, trabajando junta, permanecía unida. La tienda, surtida de múltiples artículos, atrajo a los clientes, que podían encontrar allí, a bajo precio, lo que antes únicamente conseguían con dificultad o más caro. Los grandes almacenes, de la élite social, empezaron a perder terreno, y el golpe de gracia lo tuvieron cuando algunos pequeños almacenes de los inmigrantes palestinos y sus hijos, se volvieron medianos y después, grandes.

El negocio establecido ofreció además la posibilidad de incorporar al trabajo a otros miembros de la familia, como la esposa y a veces a los hijos, y luego se llamaba a familiares. Esta fue la “inmigración de los llamados” o “migración en cadena” uno a uno, llegaron primos, hermanos y padres, en un proceso que duró años, hasta que Hernández Martinez, prohibió su entrada.

Este proceso contribuyó en su momento a que consiguieran trabajo y un espacio para vivir, constituyendo un poderoso mecanismo de adaptación al país. Es decir, le permitió reestructurar en América, la familia. Esto, generalizado a toda América Latina, también se dio en El Salvador.

El crecimiento de la mano de obra familiar y el aumento de los ingresos dieron paso a la ampliación o diversificación de las actividades al interior de la República a través del “vendedor viajero”, lo cual no debe confundirse con el vendedor ambulante de los comienzos. Él fue quien llevó a las ciudades apartadas o a los campos, los artículos que se ofrecían al crédito.

El crecimiento comercial les permitió contar con nuevas perspectivas de trabajo; para algunos fue la pequeña fábrica a nivel artesanal, y para otros, el comercio al por mayor y la importación de productos. En 1944 la gran mayoría de la población árabe residente en El Salvador estaba asociada a labores comerciales, un 30% se encontraba en “varios ramos del comercio”, un 38% en “tiendas” y un 19% en “industria”. Aquellos que todavía se dedicaban a la venta ambulante constituían sólo a un 3%, los profesionales un 6% y otras actividades un 4%. Un amplio sector de inmigrantes con capitales pequeños y medianos permaneció trabajando en las tiendas, al frente de casas comerciales – mayoristas o importadoras-, a veces con sucursales en el interior o dirigiendo pequeñas fábricas y talleres.

Sin embargo, hubo otro sector importante, aunque no mayoritario, que invirtió los capitales adquiridos a través del comercio en la naciente industria textil, llegando a controlar un significativo porcentaje de la producción del país en este ramo. El otro rubro importante fue la industria de la confección, vinculándose estrechamente con la industria del vestuario.

La cobertura del mercado nacional – relativamente pequeño- llevó a los empresarios a reinvertir sus excedentes en otras aéreas de la economía, incluyendo la farmacia y el laboratorio químico-farmacéutico. Se diversificó las industrias en las que participaban y abarcaron otras áreas, como la de los servicios.

Surgieron económicamente; la necesidad de “vivir bien”, con ciertas ostentaciones, llevó a esos hombres de negocios a proyectar para sus hijos y descendientes un fruto con seguridad económica y relieve sociocultural. Considerando que la meta para sus hijos era la adquisición de una nueva profesión, donde los padres procuraron invertir en la educación de sus hijos; las familias empezaron a incentivarlos para que siguieran una profesión universitaria. En las décadas de los años cincuenta había por lo menos en cada familia árabe un hijo o sobrino doctor, o ingeniero.

A partir de ahí, los padres se mueven dentro de una realidad que les da prestigio económico y social y toda inversión en la escolaridad de los hijos y nietos se ve como una forma de descollar en el grupo o colonia. No importa el desarrollo educativo de los padres: los hijos y los nietos tenían que ser universitarios. A pesar que muchas familias palestinas eran de origen campesino y talvez muchos pioneros no tenían educación formal, eran hombres y mujeres de alto nivel, conocedores de una tradición milenaria y una cultura ancestral.

Se aprendía mucho de ellos, todavía más, porque los hijos escuchaban a sus padres, y aumentaban así su educación formal. Esa cultura no se aprende en los libros, sino que se transmite en generación de generación. La moral de la mujer palestina inmigrante era espectacular y también ejemplar. A pesar de todo, los inmigrantes árabes tuvieron que soportar una actitud de rechazo, que se prolongó durante mucho tiempo. Fueron objeto de acusaciones generalmente falsas, con implicaciones socio-culturales y económicas.

El prejuicio generalizado en su contra, producto del desconocimiento que de ellos se tenía y de cierta reacción del grupo dominante de evitar la competencia, dificultó doblemente sus primeras décadas de permanencia. Esta situación trascendió a los inmigrantes, afectando también a hijos y nietos, aunque a estos últimos en menor escala. Los testimonios indican que se “turqueó” tanto al vendedor ambulante, como a los tenderos y a sus familias, incluso también a aquellos que alcanzaron una posición económica destacada.

De esa forma, los primeros inmigrantes árabes en El Salvador se organizaron socialmente dentro del grupo étnico de manera cerrada y la mayoría de sus hijos no cuestionaron los valores tradicionales ni la imposición por parte de los padres de ciertos hábitos y costumbres: comida, música, tradiciones; casarse con parientes o alguien de la colonia, que eran asuntos incuestionables en la vida diaria de sus hijos.

El idioma se perdió, en parte porque el inmigrante lo usaba a manera de clave para hablar con su esposa y que no entendieran sus hijos. Se utilizaba además casi solo en forma privada; sobre todo por las leyes anti-árabes y la presión de los grupos históricamente dominantes, a través de los gobiernos de turno, manifestado incluso en los medios periodísticos, fomentando esa ocultación (las raíces aunque intactas, deberían permanecer ocultas).

Pese a todo ello, la integración de los inmigrantes árabes, tanto de confesión cristiana como musulmana, en los diferentes países latinoamericanos, puede considerarse hoy, en general, lograda; lo cual también puede decirse de la inmigración árabe a El Salvador. mayormente palestina; aunque en El Salvador, siendo de mayoría abrumadoramente cristiana. Las pocas familias palestinas musulmanas en El Salvador (22) eran doblemente perseguidas: por árabes y por musulmanes; sin medio de expresarse y practicar su fe, los inmigrantes musulmanes en El Salvador mantuvieron su fe; pero no fue transmitida con igual fuerza a sus hijos y nietos; al llegar a las tercera generación, los nietos se consideraron católicos, aunque mantuvieron generalmente su ascendencia árabe.

Desde 1992 hay un renacer islámico en El Salvador, pero la gran mayoría está integrada por nuevos conversos. Se podría afirmar finalmente, que la integración se ha desarrollado plenamente por varios factores: el éxito económico en el desarrollo de la empresa privada, su constante actuación en la vida pública y su notable prestigio profesional en los más diversos campos de la cultura, permitiendo el desplazamiento de sus hijos hacia el plano de las profesiones liberales, la política y las expresiones del arte y la ciencia. En cada una de estas actividades tienen valores genuinos y a la altura de los más importantes del país.

Cada día, son más frecuentes los matrimonios exogámicos. En un principio eran muy pocos los que se atrevían a desafiar a sus paisanos transgrediendo la norma tácita, pero rigurosa, de no casarse con una persona ajena a la colonia, pero posteriormente la situación fue cambiando de manera ostensible, con el paso de los años.

Actualmente alrededor del 90% de los salvadoreños de origen árabe de la última generación, se encuentran mezclados; porcentaje que sube cada año. No hay una familia árabe en El Salvador que no tenga integrantes con sangre de otras etnias. El árabe palestino en El Salvador se encuentra integrado, aunque conserva ciertos valores, especialmente aquellos que guardan relación con la estructura familiar.

En la cultura árabe, el espacio privilegiado de socialización lo conforman las relaciones familiares, que se convierten en una especie de “unidad política” formando el “clan familiar”. La Comunidad salvadoreña de origen árabe tiene ahora suficiente fuerza, hasta para ser el grupo dominante; pero como no tenemos conciencia hegemónica; al menos, actuemos para dejar de ser dominados. ¡El Salvador también es nuestro!


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