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En occidente, hemos decidido que el Islam, fuente de esperanza y de unión con Dios y cuyo significado es el del sometimiento a Él a través de la sumisión y de la paz, es nuestro enemigo

27/09/2012 - Autor: Rafael Aldehuela - Fuente: La Opinión de Málaga
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Imagen tomada de la web http://www.islamahmadiyya.es/islam/armonia.html
Paz entre religiones

No me gusta la polémica, por eso, soy una persona tolerante, por eso y porque esa fuerza interior que todos tenemos, me empuja a hacerlo. Es quizás por ello, que en estos tiempos politizados en los que nos toca vivir, tengo amigos que piensan de diferentes formas y maneras. No me duelen prendas para afirmar tener gente, en la derecha y en la izquierda políticas, a la que quiero y admiro por igual, independientemente de mis propias convicciones, gente a la que además escucho y dejo influenciar en mi pensamiento, personas, al fin y al cabo, que tienen los mismos problemas que todos y que creen en eso que hemos dado en llamar democracia, aunque cada vez, esa palabra, vaya perdiendo su original sentido.

La democracia, como todo el mundo sabe, es un cuento griego del siglo V antes de Cristo. Digo cuento, pues verdaderamente, nunca ha existido una democracia plena en el mundo. Ya en aquel siglo de su invención, los griegos dividían a su población en eupátridas, demiurgos y geomoros, siendo éstos los verdaderamente libres, frente a metecos, esclavos y mujeres, que obviamente no lo eran. Los eupátridas eran la nobleza, los demiurgos los comerciantes y los geomoros los agricultores. Estas dos últimas clases sociales formaban el denominado «demos», por lo que la democracia de aquel entonces realmente significaba el gobierno de comerciantes y agricultores con la ausencia de nobles, mujeres, esclavos y metecos, es decir, extranjeros. Y aunque, desde fundamentalmente el siglo XVIII, ha evolucionado lo suyo, es la forma de gobierno que hemos heredado y la que creemos mejor para establecer el poder de algunos sobre otros. Y quizás, por ser la nuestra, la única que consideramos viable y justa, por lo que no solo la exportamos sino que además, la imponemos, algo que hacemos por la buenas o por la malas, pues no dudamos en emplear la fuerza, si fuera menester para ello.

Por eso, tenemos una visión tan sesgada del mundo musulmán y del Islam. Aunque nos cueste reconocerlo, el modo en el que nosotros, los occidentales, miramos de reojo a ese mundo, es incluso ofensivo. Nuestra civilización, ha perdido toda la ética que un día atesoró y por ello, no dudamos en simplificar y desdeñar esa cultura, que además no nos hemos molestado ni en conocer.

Es justo reconocer aquí, que entre los musulmanes hay muchas personas buenas, pero que también hay canallas y muy malas personas. Como en todas partes del mundo, hay simplemente personas, que con sus vicios y virtudes, pueden dividirse en buenos y malos, nada que no pase en todos lados. Sin embargo, hay algo que no tienen los musulmanes y que desde mi punto de vista, es fácil de admirar, pues su religión les prohíbe el crimen y la inmoralidad política.

Llevamos más de dos mil años de civilización cristiana, desde luego, nada comparables a los casi cuatro mil que alcanzó la antigua civilización de los faraones en Egipto. Hemos superado ampliamente a otras, como la helena, la romana o la casi olvidada civilización sumeria, que por increíble que nos parezca, dominó los designios humanos durante la friolera cifra de mil quinientos años. Nuestra civilización, como todas las que nos precedieron, caerá, se transformará (quizás esta profunda crisis que nos azota ya está impulsando ese cambio) y llegarán nuevas formas de poder y de gobierno impensables en el momento actual. Basamos nuestra forma de vida en el egocentrismo, nos creemos mejores que los demás. Estamos convencidos de que nuestro progreso, nuestras creencias y nuestra democracia, están muy por encima, no solo del resto de civilizaciones que conviven con la nuestra, sino que también lo está muy por encima de las que nos precedieron. Somos los mejores y pobres de aquellos que osen si quiera en dudarlo.

Necesitamos del conflicto permanente. Nuestros abuelos necesitaron la guerra de clases, nuestros padres la guerra fría y nosotros parece que necesitamos, una vez impuesta la globalización política del mundo, la guerra de civilizaciones. Creemos firmemente en la falsedad de esas necesidades pues, ¿qué sería de nosotros sin enemigos que combatir, de esos que ponen en peligro la sacrosanta democracia occidental? Afortunadamente, siempre nos quedarán los musulmanes, pues aunque nunca han querido las guerras ya que nunca las han iniciado, jamás las han rehuido, nunca han sido un pueblo de cobardes y siempre han acudido a la llamada de los campos de batalla. Nos hemos convertido en la civilización más grande, más egoísta, más destructiva y más inmoral que ha poblado nuestro planeta. Somos la única civilización con poder suficiente para destruir el mundo en que vivimos, nos hemos erigidos en la policía del planeta Tierra y por ello, no dudamos en afirmar despreciativamente que otras, como la civilización árabe, se ha quedado estancada en su pasado, en un Medioevo que nosotros afortunadamente, un día superamos. Otra mentira más, pues allí también hay aires de cambio, incluso hay una secularizada subcivilización interior abrazando aquellos valores que nos dejó la Ilustración y que ya se han perdido entre nosotros.

En nombre de la democracia, un día confinamos a los indios americanos (cuando no los masacramos) en Reservas donde aún sub-viven. En nombre de la democracia y del petróleo bombardeamos a población civil con napalm o bombas incendiarias que no solo matan, sino que destierran la esperanza de supervivencia para siempre. En nombre de la democracia, un día de agosto, tiramos dos bombas atómicas contra civiles indefensos. En nombre de la democracia, inyectamos veneno mortal a quienes condenamos a morir porque nos interesa, como medio de disuasión, quitarlos de en medio. En nombre de la democracia, unas cincuenta familias de media, pierden su hogar a diario en Málaga, para pasar a la ignominia más feroz y a la pobreza más triste, quedando además heridos para siempre por una deuda eterna que no pagarán y un listado de morosos de donde no podrán salir nunca. Decía Malraux que el siglo XXI será religioso o dejará de existir y por ello, Occidente se está preparando para ello. Hemos decidido que el Islam, fuente de esperanza y de unión con Dios para millones de personas y cuyo significado es el del sometimiento a Él a través de la sumisión y de la paz, es nuestro enemigo, en lo que constituye un error más de la actual prepotencia de nuestra civilización occidental. ¡Qué poco nos cuesta ofender a esa civilización en nombre de nuestra denostada libertad de expresión!, olvidando que también la libertad de expresarnos puede ofender. Desde luego la reacción de algunos en el mundo musulmán es desproporcionada, pero... ¿qué esperamos? Creemos que son una pandilla de incultos salvajes, olvidando erróneamente, que esa civilización milenaria, de pastores y guerreros seguidores de Muhammad, «inventó» la medicina y la ciencia, la traducción y la arquitectura, la poesía y la mística y la nación más grande y más culta que jamás haya existido y de la que algunos somos orgullosos herederos, nuestra Al-Andalus querida, que nos hace eternos...

(Gracias a Javier Sanz, Jake la Motta y Miriam Iraqui por abrirme los ojos y en cuyos escritos y sabiduría se ha basado este artículo)
Artículo publicado en el diario La Opinión de Málaga el lunes 24 de septiembre de 2012

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