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Siglo XXI: tiempo de revoluciones desde abajo (II)

El cambio real requiere de la voluntad organizada y la participación consciente de todos los actores sociales

17/09/2012 - Autor: Isabel Rauber - Fuente: Rebelión
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Portada: Revoluciones desde abajo
Portada: Revoluciones desde abajo

¿Construir poder vs toma del poder?

En el proceso de confrontación con el poder hegemónico dominante del capital, los sectores populares despliegan, simultáneamente, sus capacidades de construcción y acumulación de poder (saber, organización, conciencia y proyecto), de posicionamiento territorial de fuerzas, de cultura, de organización política y de propuestas propias. En tales procesos desarrollan sus capacidades de gestión y administración de lo propio (gobierno), van construyendo poder propio y lo van ejerciendo. Es decir, hay una toma5 permanente de poder, un empoderamiento6 creciente –aun con marchas y contramarchas-, por parte de los actores sociopolíticos, respecto del curso y los destinos de sus vidas. Estos van construyendo consciente y voluntariamente lo que –reflexión crítica de su realidad mediante-, han decidido construir. Se produce una interdialéctica constante entre poder construido-poder apropiado y poder propio. Por ello afirmo que se toma lo que se construye. Porque no se “toma el poder” que existe, salvo para seguir sus reglas. Si de transformación radical del poder se trata, toda apropiación del poder está mediada por la destrucción/superación del viejo poder y la construcción de uno nuevo, propio. De conjunto este proceso constituye un proceso de empoderamiento colectivo (y a la vez particularizado) de los actores.

En esta dimensión, construir poder/tomar poder no resultan caminos alternativos, separados, ni contrapuestos. Implican andares sinuosos y complejos, en los cuales el poder propio se va construyendo y, en tal sentido, es lícito conquistar espacios institucionales del poder existente, si esto posibilita, estimula, facilita o impulsa el desarrollo, la consolidación/acumulación/crecimiento de hegemonía propia, cambiando -en función de ella y a partir de ella-, todo lo que sea posible/factible de ser cambiado a favor del proceso sociotransformador: legislación, instituciones, funcionamiento y toma de decisiones. Se trata de desarrollar nuevas formas y contenidos democráticos, participativos, para avanzar hacia lo nuevo en la misma medida en que se lo va construyendo. El poder político institucional resulta aquí claramente uno de los instrumentos para la transformación social, pero no su eje determinante.

Centrar la discusión en el interrogante acerca de si el poder se toma o se construye, empobrece el pensamiento y poda las alas de las voluntades de quienes resisten, luchan y construyen lo nuevo cotidianamente, inspirados/movilizados por la posibilidad de ir concretando en el presente, en la medida que sea posible, como avances, los sueños del mañana diferente. La interdialéctica poder propio construido--poder apropiado, solo puede ser liberadora si es resultante y síntesis del empoderamiento pleno (multifacético) y protagónico de los actores sociales y políticos que lo construyen.

El poder no es, en ningún caso, un ente enclavado en la sociedad; no es una institución, ni un edificio, ni un territorio específico que se ocupa. Se vive (ejerce, siente) conscientemente como poder que hay que enfrentar/transformar, o como poder propio que hay que profundizar, construir, desarrollar, organizar, etcétera, o no existe proceso de construcción de poder ni hegemonía propios, ni se trata de un proceso liberador. Implica la conformación de un complejo proceso colectivo social, cultural, ideológico y político, articulado y orientado a la superación del sistema del capital, sobre la base de una (nueva) ética y una (nueva) lógica del metabolismo social, propias de los pueblos, que también se irán construyendo desde abajo. Y esto requiere de la voluntad organizada y la participación consciente de todos los actores sociales. En primer lugar, porque su actividad cuestionadora/transformadora hace al proceso mismo y, en segundo, porque la nueva sociedad anhelada no se formará espontáneamente, habrá de ser diseñada y construida con la participación creativa consciente de todo el pueblo, constituido en actor colectivo, protagonista pleno del proceso (sujeto).

Construir el futuro desde nuestras prácticas cotidianas en el presente

De ahí el contenido y alcance revolucionarios de la concepción que plantea transformar la sociedad y construir el (nuevo) poder, la nueva sociedad, desde abajo y desde el seno de las sociedades capitalistas, es decir, desde el presente. No hay un después en cuanto a tareas, enfoques y actitudes políticos, del mismo modo que no puede haber contraposición entre medios y fines, que no puede construirse democracia con prácticas autoritarias. No se puede olvidar que son las prácticas diferentes las que desatan, promueven y afianzan las transformaciones de los modos de hacer, de vivir y de pensar. Hacer de estas, dimensiones cada vez más crecientes de gestación y desarrollo de lo nuevo es parte de la lógica de las revoluciones desde abajo.

Lo nuevo –aunque de modo fragmentado e incipiente-, se va gestando y construyendo desde el presente, en cada resistencia y lucha social enfrentada al capital, y se va desarrollando y profundizando en el proceso de transformación. En él, el ejemplo ocupa el lugar pedagógico-político central. Es importante que quienes ocupan responsabilidades de dirección y liderazgo político y social tengan presente que sus modos de actuar política y socialmente valen más que mil palabras y constituyen la fuerza pedagógica primera.

Poner fin a la lógica del capital

El cambio social requiere poner fin al poder del capital, a su lógica de funcionamiento, y a sus mecanismos de hegemonía y dominación. Y esto tiene posibilidades de lograrse si se va construyendo una nueva cultura, nuevos modos de interrelaciones sociales, colectivas, grupales, comunitarias, alimentando -sobre esa base el poder propio, creado y desarrollado con la participación de todos y todas, de modo que despliegue su independencia de pensamiento y acción encaminadas a la liberación individual y colectiva.

Si se llega al poder con la misma cultura del capital, a la corta o a la larga se reproducen sus modos de funcionamiento, su lógica verticalista, autoritaria, explotadora, discriminadora, excluyente y alienante. Es vital, por tanto, asumir el proceso de construcción de poder propio inter-articuladamente con la creación y construcción de una nueva cultura.

El poder popular no puede pensarse entonces como un “contrapoder”. Es mucho más que eso; es un camino integral de gestación de nuevos valores y relaciones y, en tal sentido, liberador. De ahí el lugar central y permanente que la batalla político-cultural ocupa en este proceso. Se trata de un proceso integral de transformación también integral: en lo social, económico, político, cultural, ético, jurídico, etc., todo se va transformando articuladamente marcado por la consciente actitud y actividad del actor colectivo protagonista del cambio. No se trata de diseñar (y transitar) primero una etapa dedicada a construir las bases económicas, luego otra destinada al cambio cultural… No hay etapas separadas entre sí que luego de transcurridas -en sucesión temporal-, den como resultado la nueva sociedad. En lo social el todo no es la suma de las partes, salvo dialécticamente hablando, es decir, interconectadamente, lo que habla de intercondicionamiento, interdependencia e interdefinición entre todas y cada una de ellas.

Solo por un camino integral será posible avanzar (de un modo integral), hacia una sociedad liberadora, desalienadora –que solo puede ser tal si es autodesalienadora-, y en ese sentido formadora de nuevos hombres y nuevas mujeres, diseñadores y constructores de la utopía anhelada.

¿“Vía electoral” para la toma del poder?

La experiencia de los gobiernos revolucionarios latinoamericanos

El gobierno puede resultar un instrumento político clave para el proceso transformador, acceder a él constituye -en tal perspectiva-, un gigantesco paso de avance para desarrollar procesos de empoderamiento sociales colectivos. La apertura y / o ampliación de procesos democráticos participativos puede activar/profundizar los procesos de conformación del actor colectivo del cambio, promoviendo –desde abajo- la transformación del propio gobierno y sus formas de ejercicio institucional y de control social, recortando –a través de ellas-, el poder o -mejor dicho-, los poderes instituidos del capital. De ahí que en los actuales procesos latinomericanos de construcción democrática de lo nuevo, resulte central la realización de asambleas constituyentes, sustrato jurídico, político y social de la nueva institucionalidad engendrada por los procesos de luchas sociales, abanderados por la resistencia, el empuje y los reclamos históricos de los pueblos de este continente (con sus organizaciones sociales y políticas).

Obviamente, no se puede esperar que las asambleas constituyentes sean, en sí mismas motor del cambio. Los pueblos han de estar preparados para plasmar en ellas sus puntos de vista y para definirlas acorde con sus intereses. Pero en esto, como en todo, no puede perderse la noción de proceso: no puede pretenderse que se alcancen todos los objetivos en la primera asamblea; habrá que hacer tantas asambleas constituyentes como lo vaya reclamando y posibilitando la profundización, radicalización de los procesos, marcada, en primer la lugar por la maduración política del actor colectivo, fuerza social del cambio. En esto, como en todo, no se trata de un acto que pone punto final a la supervivencia del basamento jurídico-institucional del capital; es el proceso de construcción cotidiana sistemática y permanente.

Esto implica una modificación de la concepción acerca del lugar y el papel del Estado en los procesos sociales de cambio, en su interrelación con la llamada “sociedad civil”: movimientos y organizaciones sociales, partidos políticos, organizaciones comunitarias, religiosas, etc. y viceversa, en su interrelación con los gobiernos nacional y estaduales, provinciales, departamentales, etc., en lo jurídico-institucional y en lo democrático-participativo.

Los actuales procesos político-sociales latinoamericanos, particularmente los de Venezuela y Bolivia, enseñan que siendo gobierno –si hay voluntad política colectiva como sustrato- es posible impulsar la participación protagónica del pueblo en el proceso y con ello avanzar –desde abajo- en la construcción del actor colectivo, su conciencia y organización, bases del proceso de construcción del poder popular revolucionario. Es precisamente por ello que estas experiencias se empeñan en una gran transformación cultural y política (práctica-educativa), entendiéndolas como plataforma indispensable para los cambios. Esto caracteriza particularmente el proceso actual de Bolivia, definiéndolo como una revolución democrático-cultural desde abajo. Los logros están a la vista, también los desafíos.

Lo expuesto reafirma una hipótesis: en las condiciones actuales de Latinoamérica, la disputa político-electoral por el gobierno nacional resulta una instancia clave para los procesos de cambios. Negarse a participar en tales contiendas, implicaría -de hecho-, la negación de toda política, a la vez que tornaría un sinsentido la lucha de clases, los procesos de acumulación de fuerzas y la construcción sociopolítica toda, ya que -de antemano- se les impone a esta un límite que –por definición- no se desearía traspasar.

No resulta suficiente protestar contra las injusticias. No resulta suficiente proclamar que otro mundo es posible. Se trata de transformar las situaciones y tomar decisiones efectivas. Y en ello radica la pregunta acerca del poder.” Houtart

Hacer política es imprescindible y fundamental. El problema radica en cómo hacer política de un modo y con un contenido diferente al tradicional, en no ser funcional al poder del capital y, articulado a ello, en cómo superar la desconfianza instalada en las mayorías populares hacia los partidos políticos, los políticos y la política.

En esta perspectiva, lo que podría entenderse como vía electoral para realizar las transformaciones sociales, resulta hoy para los pueblos un camino medular para el proceso de construcción, acumulación y crecimiento de poder, conciencia, propuestas y organización política propias, en proceso de (auto)constitución de los actores sociales y políticos en sujeto popular del cambio. Pero esta apuesta no puede interpretarse ni concebirse como el “camino electoral para la toma del poder”; implica otro modo de entender y realizar la transformación social. No se trata de llegar al gobierno para “dar el manotazo”, no se trata de reemplazar la insurrección por las urnas, y pretender que una vez ganadas las alecciones, llegando al gobierno se puede actuar obviando la correlación de fuerzas (conciencia, organización, cultural y poder) existente, y la necesidad de cambiarla favorablemente a los pueblos, para lo cual se ha emprendido el tránsito hacia lo nuevo por esta vía, tránsito que reclama -como momento central y eje del mismo- la existencia de un fuerte actor colectivo, fuerza social y política de liberación en los ámbitos parlamentario y extraparlamentario.

En tal sentido, estar en el gobierno puede significar para las fuerzas sociales transformadoras contar con un instrumento político de primer orden que, en conjunción con el protagonismo de las fuerzas sociales extraparlamentarias populares activas, puede abrir puertas y promover transformaciones mayores. Ni la participación electoral, ni el ser gobierno provincial o nacional constituyen -en esta perspectiva-, la finalidad última de la acción política.

En cualquier caso, vale aclarar un punto: no se trata de participar de las elecciones para acceder a espacios/fracciones del poder existente, y limitarse a ejercerlo ocupando sus espacios parlamentarios o gubernamentales -nacionales o locales-. No se trata de “hacer buena letra” para quedar bien con los detentores tradicionales del poder establecido, y –de modo consciente o no-, contribuir a relegitimar, reoxigenar y reproducir el sistema del capital y sus lógicas. Es injustificable que la participación de la izquierda en gobiernos locales o nacionales se alcance proponiendo construir lo nuevo, pero termine aceptando o incluso promoviendo políticas neoliberales o sostenedoras/salvadoras del capitalismo. En tal caso, por muy buenas intenciones que se tengan, las elecciones –y la maquinaria institucional funcional al capital-, terminarán tragándose la perspectiva de transformación social de los que participan en el gobierno. Esto conduce a desacreditar el sentido político estratégico transformador que tiene para la izquierda y los actores/sectores que la acompañan, la participación en la disputa democrática para acceder a parlamentos y gobiernos, y termina generalmente abortando el proceso político/social hacia posicionamientos personales.

Los casos más evidentes en este sentido resultan ser los de parlamentarios que llegan a ser tales en nombre de movimientos sociales u organizaciones políticas de izquierda y luego -cortando todo vínculo- se dedican a hacer de la bancada un ámbito para sus ambiciones personales, o un lucrativo “puesto de trabajo”. Ese es, precisamente, el juego del poder.

Esto alerta, por un lado, sobre el indeclinable papel protagónico de los actores sociopolíticos colectivos en todas las dimensiones, tiempos y tareas del proceso político transformador y, articuladamente, sobre el sentido de los métodos y de los instrumentos a emplear, crear, etcétera. Por otro, indica que las transformaciones sociales de la época actual implican profundos (radicales) procesos de cambios, pues la transición a otra sociedad supone, necesariamente, la articulación de los procesos locales, nacionales y/o regionales con el tránsito global hacia un mundo diferente, y la formación del sujeto revolucionario global.7

Se puede avanzar –de hecho ocurre- en el ámbito de un país, pero es vital ir generando consensos regionales e internacionales, interarticularse con otros procesos sociotransformadores. En Latinoamérica se abren hoy grandes oportunidades para ello, dada la coincidencia histórica de gobiernos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Nicaragua, Uruguay, entre otros. Esta situación emerge como resultado de la acumulación de resistencias y luchas de los pueblos, y marca el predominio de la tendencia transformadora que se abre paso en medio (a través) de la casualidad.

El desafío es, en este sentido, superada la “sorpresa” inicial, poner en marcha propuestas concretas que permitan, por un lado, fortalecer y articular a las organizaciones sociales y políticas de los pueblos y, por otro, profundizar los procesos de cuestionamiento de las medidas regresivas del neoliberalismo, frenar su implementación y, allí donde sea posible, anular su vigencia y avanzar creando y construyendo lo nuevo.

Sobre esa base, y simultáneamente, los primeros pasos están marcados por desarrollar programas de gobierno que -teniendo en cuenta la correlación de fuerzas existente y las posibilidades de modificarla favorablemente-, impulsen al máximo posible los procesos socio-transformadores consolidando la gestión gubernamental naciente, o preparándose para participar en los procesos electorales, y ganar. De ahí en más: lo dicho, los actores y la vida…

Lo expresado marca una diferencia fundamental respecto de la propuesta socialdemócrata, que se plantea apenas “mejorar” el capitalismo. Sus reformas no están concebidas como parte de un camino para superar el capitalismo, sino para sostenerlo aliviando sus conflictos. Consiguientemente, la socialdemocracia amolda y acomoda – en cada momento- sus gobiernos y sus políticas a las necesidades y dictados del capital.

Construir una amplia fuerza social de liberación

La vía democrática de transformación social constituye un gran y novedoso desafío para las organizaciones sociales y políticas populares. Ella implica que en cada momento del proceso haya que optar y ratificar (o rectificar) a favor de quiénes y de qué políticas se está, y desde dónde, quiénes gobiernan y para quiénes. Esta es siempre una opción conciente, individual y colectiva, y para lograrla o mantenerla hay que construirla cotidianamente desde abajo. Supone, a la vez, ir transformando la democracia en la medida que se sea capaz de profundizarla (abrirla a la participación de la ciudadanía), y construir otras modalidades o rescatar democracias preexistentes en los pueblos (por ejemplo, los pueblos originarios y su practicas comunitarias). Esto irá conformando las bases para una nueva legalidad y jurisprudencia (y viceversa), respaldo y sostén de los procesos socio-transformadores colectivos, constructores también en lo político de una nueva cultura de poder basada en la participación colectiva creciente en el proceso de toma de decisiones y en la ejecución de las resoluciones y el control de los resultados y la gestión gubernamental toda. En esto, como en las demás áreas y ámbitos, es vital el empoderamiento creciente y liberador de los pueblos.

Por todo ello resulta fundamental que la participación electoral se discuta, construya y desarrolle respondiendo (articulada) a un proceso político mayor traccionado por una amplia fuerza social extraparlamentaria capaz de pensar, organizar e impulsar el proceso hacia transformaciones mayores, buscando ir más allá del capitalismo, conformando una alternativa local (nacional) y –a la vez- continental, de liberación de los trabajadores y el pueblo, orientada hacia lo que en un futuro podrá llegar a ser un socialismo nuevo, creado y construido –desde abajo y día a día- colectivamente.

El desafío político neurálgico para la transformación de la sociedad desde abajo hacia la superación del capitalismo, radica en construir un amplio movimiento sociopolítico articulador de las fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en oposición y disputa con las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del capital (local-global), y todo ello demanda una profunda transformación ideológica, política y cultural.

Ir más allá del capitalismo, supone una larga transición

Si se acepta que el replanteo profundo del tipo de sociedad que se quiere construir implica, por un lado, la construcción del actor colectivo del cambio social y la disputa/construcción de poder y hegemonía propios que se desarrolla hoy a través de los procesos democrático-parlamentarios, si se acepta, por otro lado, que esto implica a la vez, una radical modificación de la concepción del desarrollo económico y del bienestar social, repensados y diseñados sobre bases solidarias, equitativas y sustentables, y -simultáneamente articulado a lo anterior-, una radical modificación del modelo político, social y cultural hasta ahora conocido por la humanidad, junto a la creación de nuevos parámetros de bienestar y progreso basados en la participación democrática organizada y consciente de las mayorías, se coincidirá entonces en que la búsqueda de nuevos paradigmas –fortalecida por los nuevos caminos y horizontes políticos que existen hoy en el continente-, reclama repensar la transición hacia la nueva sociedad desde nuevas bases y premisas: las de la construcción del poder, los sujetos y el proyecto alternativo desde abajo, desde el presente y desde el interior del capitalismo, desarrollando la participación democrática integral de la ciudadanía en todos los ámbitos de la vida social y capacitándolos para ello, impulsando la transformación cultural de los pueblos hacia su (auto)constitución en actor político colectivo, sujeto revolucionario.

La superación del capitalismo requiere –si de terminar con sus males se trata-, de la superación de la lógica del funcionamiento del capital. Esto hace que la transformación social suponga una larga transición. Esta nace en las entrañas del capitalismo, pero no ocurrirá espontáneamente, ni por la maduración “necesaria” de condiciones, ni como consecuencia “natural” de las cada vez más profundas crisis cíclicas del capital; su desenlace, avance y radicalización, requieren de la acción política consciente, organizada y articulada a una orientación estratégica socialista.

Esta transición tiene entre sus tareas centrales la construcción de poder político-cultural popular desde abajo, simultáneamente llave y camino para la construcción del actor colectivo, la fuerza social revolucionaria del cambio y su organización política, impulsado por la participación democrática de los pueblos, y cohesionado inicialmente mediante definiciones programáticas estratégicas que orienten y contribuyan a hacer confluir y enlazar los procesos de lucha y transformación que nacen en los ámbitos comunitarios locales con los que tienen lugar en otras dimensiones y ámbitos.

Se trata de ir definiendo colectivamente un proyecto alternativo capaz de imprimirle una direccionalidad común a la diversidad de procesos de resistencias, luchas y construcciones de vías de sobrevivencia sectoriales que se desarrollan aparentemente aislados entre sí. De conjunto, esto alimenta el proceso de autoconstitución de los actores sociopolíticos en actor colectivo del cambio (sujeto histórico), constructor de su hegemonía (su poder político, cultural y social) sobre nuevas bases, es decir, encarnando a la sociedad superadora del capitalismo y de su lógica de funcionamiento, en la medida que se la va construyendo en las prácticas alternativas del presente.8 En este empeño, el desarrollo de la participación democrática y consciente de todos y cada uno de los actores y actoras sociales y políticos, y el desarrollo de la batalla cultural que la haga posible y verdadera, es decir, desalienante, resulta elemento definitorio vital.

Vale recordar que los cambios sociales no son resultados de los cambios en la economía, en las relaciones de propiedad, las estructuras, las leyes y las instituciones; son inherentes a la actividad socio-transformadora integral de los sujetos. Por tanto, toda revolución social radical (desde abajo) tiene como centro y punto de partida a los seres humanos concretos que integran una sociedad concreta en un momento histórico determinado; de ahí que sea imprescindible enfocar el proceso socio-transformador en su integralidad y profundidad multidimensional e intercultural. Esta complejidad del proceso es parte sustantiva, característica de las revoluciones desde abajo, creadas y protagonizadas por los pueblos. Tales son las revoluciones sociales del siglo XXI.

Notas
5 Toma-apropiación: tomar conciencia de la capacidad de poder inherente al ser humano para luchar por su vida, y del poder propio construido.
6 Apropiación consciente, con sentido de pertenencia.
7 Formar una nueva cultura, como la socialista, por ejemplo, no implica solo luchar contra el capitalismo anterior, contra los rezagos y lastres del pasado, sino también dar cuenta de la influencia del capitalismo contemporáneo y sus modos de acción mundialmente contaminantes y contagiosos. Por eso los cambios radicales, la construcción de hombres y mujeres nuevos, la construcción de una nueva cultura, de un nuevo modo de vida, es –a la vez que un empeño local- parte de un proceso contracultural universal, hacia la conformación de un sujeto revolucionario mundial, es decir, una humanidad que, conscientemente, quiera vivir de un modo diferente al impuesto por el capital y se decida a construirlo y sostenerlo.
8 La maduración de este proceso, el momento en el que se producirá una fuerza tal que sea capaz de enrumbar esa transformación más abarcadora del todo social, si bien constituye el objetivo estratégico de ese poder popular, no puede definirse a priori, ni será el mismo para todas y cada una de las sociedades y los momento históricos.
Isabel Rauber es 1 Dra. en Filosofía. Directora de Pasado y Presente XXI. Estudiosa de las relaciones de poder, la construcción de poder popular, y los caminos de transformación social.

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