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Los delfines del Sáhara

El Parque Nacional del Banco de Arguin es un espacio costero de gran valor ecológico

04/09/2012 - Autor: Jaled Ibarra - Fuente: La Línea del Horizonte
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Delfines. Jaled Ibarra

No tardamos en ponernos en marcha pues la marea baja había llegado a su mínimo. El todo terreno era muy estable. Viajábamos realmente cómodos a una velocidad constante más parecida a la de un avión. Tras dos horas llegamos al Parque Nacional del Banco de Arguin. Este espacio costero de gran valor ecológico está formado por una entrada de mar protegida con decenas de islas de arena del desierto. Un estuario sin río donde las especies marinas se refugian para criar.

Vehículos por la costa. Jaled Ibarra

Paramos a comer aprovechando que la marea volvía a subir. Pasaríamos la noche en un poblado de pescadores al otro lado de la bahía así que habría que esperar a que bajara de nuevo. Descargamos lo necesario para comer y me alejé con el fin de subirme a una duna y poder otear el horizonte. Ascendí con dificultad hasta la parte más alta. Se abría ante mi uno de los paisajes más hermosos que había visto hasta entonces. Un brazo de mar aparecía rodeado de enormes dunas saharianas. Sus aguas someras estaban protegidas por un cordón de islas por lo que quedaba totalmente separado del océano. Varios pueblos de pescadores subsistían alrededor. Los Imraguen vivían de la pesca con sus pequeñas embarcaciones de vela latina. Dentro del parque estaban prohibidos los barcos a motor. De todas formas entrar en estas aguas de poco calado era misión imposible.

Barco de pesca. Jaled Ibarra

Muy cerca vi la aleta de un delfín acercándose a la orilla. A continuación emergieron otras tres. Por el gran tamaño que tenían intuí que se trataban de delfines mulares. Aparecieron más aletas, hasta media docena, aproximándose a gran velocidad. Súbitamente comenzaron a cruzarse entre ellos, excitados, con los cuerpos prácticamente fuera del agua en una operación sincronizada. Cientos de alevines saltaron fuera del mar quedando en la misma orilla. Los delfines hicieron lo mismo con sus cuerpos de más de cien kilos girando sobre la arena. En segundos se comieron todos los peces y volvieron al mar sin problemas.

No es raro que los Imraguen pesquen con la interesante colaboración de estos inteligentes mamíferos. Los llaman dando golpes en la superficie del mar durante un tiempo y no tardan en llegar en grupo. No dudan en atacar rápidamente a los bancos de peces que se dirigen sin escapatoria a las redes. De esta manera delfines y hombres se ayudan para sobrevivir.

A lo lejos se encontraba la aldea de Luik. Un villorrio de chabolas de madera y tejados de lata donde vivían varias familias de pescadores. Llegaba la tarde y nos pusimos en marcha retrocediendo unos kilómetros para rodear la ensenada por un suelo más estable. Mohamed, mi conductor, no se fiaba de la dureza de la arena con la retirada del mar. Utilizamos más de tres horas para acceder al poblado. Las pequeñas islas que teníamos enfrente se cubrían de cientos de aves. La noche se acercaba y los murmullos de flamencos, ibis, zarapitos y golondrinas de mar se escuchaban con mayor intensidad. Montamos el campamento en la misma orilla fuera del poblado. Varios hombres se acercaron para saludarnos y ofrecernos pesca del día. Compramos unos lenguados y decidimos acompañarles al amanecer para pescar en una de sus barcas. El sol se escondía en el mar dejando tras su rastro una paleta de matices dorados.

Poblado de Luik. Jaled Ibarra

Antes de dormir, con el estómago lleno, me alejé por la orilla disfrutando de la luz de la luna que no paraba de crecer. Introduje los pies en el agua y me concentré en unas sombras que se dirigían hacia mí. Dos aletas de delfines se acercaban sin contratiempo. Parecía que me habían visto y querían relacionarse conmigo de alguna manera. Me agaché para estar más cerca de la superficie del mar y empecé a oírlos gritar ¿Querían decirme algo? Comencé a hablarles suavemente entre silencios largos. Eran dos y se encontraban a no más de tres metros de mi posición. Sacaban las cabezas para respirar y mirarme. El ruido que producían era casi humano. Nunca se me olvidará aquel encuentro a solas con los delfines del Sáhara.



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