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Cuando el humo se disipa

Cuentos de verano

08/08/2012 - Autor: Marcos González Sedano - Fuente: Webislam
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El humo, aquél maldito humo que podía ser nuestro aliado para escapar de la mirada del amo

Recuerdo que de chavea me gustaba jugar con las nubes de humo que desprendían la quema de los rastrojos. No dejaban mal olor, eran de un color entre gris y blanco, parecidas a las del cielo.

La vega donde se sembraba el trigo estaba surcada por un sinfín de canales de riego, principales y auxiliares, herencia de nuestros abuelos andalusíes para sacarle el mayor fruto posible a la tierra. Estas acequias controlaban también que el fuego no hiriera a los árboles frutales que se encontraban en su camino, inundando los espacios que éstos ocupaban y permitiendo al dios Hefesto el paso a las hazas antes sembradas con el cereal ya recolectado.

Allí, entre el fuego existía el caos, diseñado para que los mozalbetes demostraran sus dotes guerreras y obtuviesen su recompensa. Pero siempre perdíamos. El humo, nuestro gran enemigo, nos impedía ver los diferentes frentes que Vulcano nos iba abriendo y cerrando, acorralándonos año tras año, batalla tras batalla.

El teatro de operaciones era una trampa, para nosotros y para los cigarrones que a veces, en una locura colectiva provocada por la desesperación de no poder escapar, se lanzaban a las llamas como si en ellas estuviese su salvación. El instinto de las tórtolas, las codornices y los conejos en su huida nos alertaba del peligro. "Ahí no nos quedamos nosotras", nos decían.

Aprendimos con el tiempo, cuando los pantalones cortos iban dando paso a los largos y las cicatrices de las quemaduras eran medallas de la contienda, que la clave del conflicto estaba en lo alto de la única colinilla que había sobre el llano. Sin duda un lugar privilegiado, desde allí se tenía una visión general de la vega, se veía dónde estaba el humo, dónde estaba el fuego y se sentía en el rostro hacia dónde soplaba Eolo. Era el lugar idóneo para dirigir la estrategia. Pero no había forma de conquistar la loma. Sobre ella, como un general y sus oficiales, se encontraban el manijero y sus perros guardando las compuertas del reparto del agua de las acequias. Ellos no estaban dispuestos a abandonar su posición hasta que un manto negro de desolación bajo nuestros pies no nos invitara a salir del lugar.

El humo, aquél maldito humo que podía ser nuestro aliado para escapar de la mirada del amo y apoderarnos de los manjares que guardaba la vega en forma de ciruelas, manzanas y peras, era el hijo de las llamas. Con la inocencia de los niños buscábamos una solución, no queríamos ser cigarrones. Y así un día, conforme la mañana avanzaba y el humo se iba disipando, nos dimos cuenta de que la solución estaba en nuestras manos. Que no era necesario tomar la colina. Que podíamos separarnos de las fumarolas y ser más altos que la loma. Que los chopos que crecían en la ribera de la Acequia Gorda competían con las torres de la Alhambra y nosotros éramos los huéspedes de sus copas. Aquel era nuestro reino, desde allí dirigiríamos las maniobras.

Por una vez no salimos de la contienda con los bolsillos rotos llenos de humo. El volumen de las pecheras de nuestras camisetas denunciaban nuestra victoria. Pero a la siembra siguiente nos cortaron los álamos.


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