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Lenguaje y Pensamiento

Las sociedades que no hablan ni reflexionan descubrirán que otras lo hacen por ellas

25/07/2012 - Autor: Fethullah Gülen - Fuente: Revista Cascada
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Fetullah Gülen

El lenguaje es uno de los elementos dinámicos fundamentales en la configuración de una cultura. El poder de una nación es directamente proporcional al poder y a la riqueza de su len­guaje y pensamiento. Un dominio perfecto del lenguaje y la facilidad de relacionarse con los demás mediante el diálogo, protegen a la per­sona de la influencia externa. Para el género humano, el lenguaje es una herramienta importante en sus esfuerzos por comprender el cosmos y los acontecimientos, tanto analítica como holísticamente. Considerado desde todos los aspectos, el lenguaje juega un papel definitivo en la for­mación de nuestra cultura.

El lenguaje no es un mero medio de expresión y pensamiento; es un puente cuyo cometido fundamental es traer la riqueza del pasado hasta nuestros días y transmitir al futuro el legado actual y nuestras nuevas creaciones. Todas las riquezas y reservas cognitivas, intelectua­les y científicas de una nación pueden convertirse en eternas si se posee un lenguaje lo suficientemente poderoso como para abarcar este lega­do como un todo, un legado que ha descendido desde los antepasados y ha tomado nuevas formas en las manos de las generaciones actuales. Cuanto más rica y colorida sea el habla de una nación, más se podrá reflexionar; cuanto más se reflexione, más amplios serán los límites que alcanzará el lenguaje.

Todas las sociedades dejan tras de sí lo que han hablado y han pen­sado, para que las generaciones futuras comprueben, demuestren y protejan su validez. Se impide de este modo que se pierda una inmen­sa reserva de experiencia y de conocimiento. El conocimiento y las ideas del pasado son utilizados para el provecho del presente. Lo correcto o equivocado en el pasado es comparado con los aciertos y los errores de nuestros días, para evitar recorrer el mismo camino y sufrir las consecuencias de los mismos errores. Esto es aplicable a todas las naciones del mundo. La capacidad de una lengua a la hora de expresar un pensamiento está relacionada con el nivel de desarrollo alcanzado, y un pensamiento puede convertirse en el instrumento con el que afi­nar el lenguaje que nos conducirá a ese nivel de desarrollo.

Si una lengua no ha desarrollado sus potencialidades internas para expresar las necesidades de la época, de modo que los que la utilizan no pueden encontrar las palabras correspondientes a ciertos conceptos, entonces esa lengua se verá privada del sostén del pensamiento y los que lo utilizan quedarán condenados al fracaso. En la época de la industrialización, el comercio global y el almacenaje tecnológico, nadie puede quedarse confinado a los límites del diccionario que tiene en sus manos, o a lo que oye y aprende de los que le rodean. Si lo hace, ten­drá que permanecer en silencio y conformarse con oír lo que los demás tengan que decir. Esta indiferencia ante las exigencias de la era moder­na nos descalifica para participar en las sociedades contemporáneas.

Los logros del ayer deben ser conservados como legado cultural, para ser utilizados hoy en día. Los factores dinámicos, tanto históri­cos como sociales, son los hilos con los que deben entrelazarse los ideales nacionales. Esto es algo que debe comprenderse a toda costa, en un momento en el cual nos estamos abriendo al mañana y abra­zando la era moderna. A decir verdad, el ayer se ha ido con todas sus referencias. Y lo que es más, intentar ir hacia el futuro a toda veloci­dad exige un soporte mayor del que podemos obtener en nuestros hogares, familias y entorno más cercano, por mucho que éstos cubran las necesidades cotidianas.

El fracaso es el final ineludible de los desamparados y de los con­denados, incapaces de enfrentarse a su época armados con su propio lenguaje y pensamiento. Del mismo modo que es importante asegurar la supervivencia del lenguaje y del pensamiento, también lo es conver­tirlo en propiedad de las masas. Las sociedades que no hablan ni reflexionan descubrirán que otras lo hacen por ellas. La lógica es la esclava de la lengua en las muchedumbres en las que se da el discurso sin reflexión. Los desgraciados que no pueden expresar lo que piensan con palabras son esclavos de su propia incapacidad.

A pesar de no ser muchos, todavía hay pensadores seguros de sí mismos, capaces de elaborar sus propias reflexiones. Y sin embargo, tampoco están a salvo de tener problemas. En muchos países, los que desde fuera parecen ser la elite en realidad son ajenos a su propia socie­dad. La mayor parte de sus sociedades responden a esta elite con una oposición interior, porque no confían en ellos y porque perciben sus reflexiones como meras fantasías u opiniones importadas. Se puede comprobar que la prosa de estos intelectuales está escrita en su propio idioma pero con la mentalidad de un extranjero, y cuando tienen que hablar en público sienten la necesidad de cambiar a la lengua vernácu­la de sus compatriotas se ven obligados a viajar entre varios mundos en su interior, en un estado simultáneo de pertenencia múltiple a ámbitos diferentes. No pueden ajustar sus corazones a un palpitar unificado con el de su propia sociedad, ni pueden reflejar el patrón de elocuencia y el poder de expresión contenido en su lenguaje. Sería ingenuo esperar algún tipo de servicio valioso por parte de estas personas, atrapadas en sus contradicciones personales.

Para que un lenguaje verdaderamente se convierta en un medio de comunicación, la inmensa mayoría de la sociedad tiene que poder expresarse con él, dominándolo por completo y reflejando su verdade­ra naturaleza. Las expresiones excesivamente complicadas, como el repartir el peso de una intención entre alusiones e indicaciones diferen­tes o la excesiva minuciosidad en las exposiciones, no son, evidente­mente, las formas de presentación más agradables.

El lenguaje es un fenómeno cuya valía reside en sí mismo, lo mismo que otras ciencias, y es posible que su importancia sea de una magnitud superior. En con­secuencia, la sociedad debe concebir su lenguaje como un ámbito de conocimiento y debe atraer el interés de las masas, como si se tratase de una cuestión amena y placentera. Pero esto sólo será posible si se cumple una larga serie de requisitos que tienen que ver con el lengua­je: una recopilación exitosa de cada una de las palabras, un estudio minucioso de los manuscritos, un análisis profundo de la metodología y la estilística que esté en armonía con la naturaleza particular de la len­gua, divulgar y dar a conocer esas palabras y expresiones idiomáticas utilizadas durante siglos, y hacer que queden firmemente establecidas, con todos sus matices y con sus significados específicos, desvelados del mejor modo en dicha lengua.

Para una nación es absolutamente indis­pensable mostrar todo su respeto hacia todo aquello que tiene que ver con la preservación de su lengua. Si se consigue, ésta podrá mantener­se en pie, con sus propias reglas y principios, y será tan rica, flexible y amistosa como pueda serlo una lengua. De esta manera, la lengua podrá convertirse en la lengua franca de una época, al tiempo que man­tiene su lógica interna. Será utilizada con deleite y transmitida de una generación a la siguiente. Y aunque esta expectativa no nos parezca teórica o lógicamente exagerada, no es fácil conseguirla; aparecerán dificultades a la hora de ponerla en práctica. Que una cosa sea lógica no siempre significa lo mismo que la lógica de su desarrollo, transfor­mación y mutación. El desarrollo de los acontecimientos puede seguir un camino diferente. En caso de cambio constante, debe darse prioridad a la lógica del desarrollo antes que a la absoluta, deben aflojarse un poco las riendas que la controlan y aumentar el espacio para poder maniobrar. En caso contrario, el lenguaje y el pensamiento, ambos fenómenos vivos, se convertirán en algo estancado, tan solidificado como una roca, y perderán su espíritu. El lenguaje tiene una influencia decisiva en el pensamiento y en la cosmovisión de una nación, además de en su estructura lógica e intelectual. El lenguaje tiene que estar en su punto más desarrollado para ir más allá del mero valor histórico y responder de forma positiva a cualquier mejora. Las naciones capaces de gestionar el desarrollo de su lenguaje y convertirlo en algo adapta­ble, al mismo tiempo que leal a sus raíces, son las sociedades más comunicativas y con un pensamiento más dinámico.

La relación entre lenguaje y pensamiento comprende reflexiones cognitivas e intelectuales sobre la existencia y los acontecimientos, la posterior transformación de estas reflexiones en fuentes de informa­ción, y en volverse productiva al tiempo que establece vínculos entre el cosmos y nuestro conocimiento. Las esperanzas de una nación depen­den en gran medida de la valoración de estas interrelaciones. No debe­mos dejar que lo antiguo caiga en el olvido, ni volvernos hacia el pasa­do y cerrar las puertas a lo nuevo. Abracemos el pasado con una since­ridad absoluta y saludemos al mismo tiempo a los días venideros con sus nuevos y abiertos desarrollos y transformaciones. No causemos conflicto alguno entre lenguaje y pensamiento, entre el pasado tan lleno de recuerdos elevados y el futuro por el que tanto nos esforza­mos. No sacrifiquemos el uno por el otro.

Las raíces que forman el espíritu nacional deben determinarse con la ayuda de la investigación. Aunque se confíe plenamente en esas raí­ces, la sociedad debe intentar ir más allá. Debemos ser conscientes de que la revivificación es necesaria para poder sobrevivir, y de que debe­mos vivir para poder dar frutos. Nuestros corazones deben latir conec­tados con las esencias dinámicas de nuestro legado espiritual, con la vista fija más allá del horizonte. Tenemos que intentar vivir y florecer con una sed insaciable de apertura. Esta es la condición de la supervi­vencia de las generaciones futuras, esas generaciones en cuyo nombre debemos comprometer nuestra existencia.

Deberán ser esos hombres y mujeres desinteresados, entregados a hacer vivir a los demás sin esperar nada a cambio, quienes mejor valo­ren esta vida en todas sus posibles dimensiones.

Julio-Septiembre 2012

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