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Este régimen ha hecho realidad todos nuestros miedos, todas nuestras pesadillas

“Es hora de cambiar las cosas en Siria, chavalote”

20/07/2012 - Autor: Salam Adlbi Sibai - Fuente: Más de una voz
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Viva Siria libre

“Querida Suad,

Hija mía, eres muy joven aún para entender lo que está ocurriendo, pero siempre has sido mi confidente, y aún más desde que perdimos a tu madre. Necesito hablar con alguien. Necesito contarle a alguien lo que estoy viendo, viviendo, sufriendo. No puedo desertar aún. Es necesario que continúe aquí el máximo tiempo posible, para documentar, para recoger pruebas, para contar al mundo qué clase de seres son éstos. Te echo de menos cariño. Tengo mucho miedo por ti. Hablé con tu tío y me dijo que no quisiste ir al campo de refugiados en Turquía. Tienes que ir, cariño. Yo te seguiré inshAllah 1. Te lo prometo. Perdiste a tu madre, y no permitiré que me pierdas a mí también. Tampoco puedo aguantar perderte. Sabes que no podré desertar antes de que salgas del país.

Me siento idiota escribiéndote esta carta. Ni siquiera sé si te va a llegar. Pero si no escribo explotaré. Hoy ha pasado algo terrible. Yo iba en la retaguardia, oí gritos, pero cuando llegué ya era demasiado tarde. En lo que me queda de vida, no sé si es poco o mucho, me preguntaré qué hubiera hecho si hubiera estado con ellos en el momento en el que asaltaron su casa. ¿Hubiera sido lo suficientemente valiente como para defenderlas y morir junto a ellas? ¿O hubiera sido un cerdo cobarde que hubiera dejado que las violaran y asesinaran sin más, delante de mis propias narices? Su madre y ella me recordaron a ti y a mamá. Cuando llegué estaban atracando la casa, ellas estaban tiradas en el suelo, desnudas, no las miraban, como si fueran un mueble más tirado en el suelo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y tras ellas había dos rostros llenos de horror. “¡Vamos –me animó uno de ellos- llévate algo!” Le miré con cara de odio y asco. Me agaché hacia ellas, sin importarme si recibiría un balazo por ello, las cubrí con la primera manta que había al lado, les cerré los ojos y comencé a leer Al-Fatiha 2,

Leí el primer versículo evitando mirarlas a la cara

بِسْمِ اللَّهِ الرَّحْمَنِ الرَّحِيمِ (1)

“En el Nombre de Dios, el Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia (1)”

Y en contra de mi voluntad comenzaron a caer salvajemente lágrimas por mis ojos, intenté secármelas como un niño pequeño que no quiere que nadie le encuentre en tal situación de debilidad. Continué leyendo el segundo versículo, pensando que quizás así podría acabar con las cataratas que ya inundaban mis mejillas, rojas de la vergüenza por no haber podido salvarlas

الْحَمْدُ لِلَّهِ رَبِّ الْعَالَمِينَ (2)

“Toda alabanza pertenece sólo a Dios, el Sustentador de todos los mundos, (2)”

Pero no solamente no pude dejar de llorar…sino ¡que mis ojos vieron el rostro inconfundible de tu madre en el de la mujer y tu rostro inconfundible en el de la niña! Seguí con el tercer versículo con la esperanza de luchar contra la alucinación desgarradora que tenía ante mí y que, durante unos segundos, sentí que acabaría con mi vida

الرَّحْمَنِ الرَّحِيمِ (3)

“El Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia, (3)”

La alucinación se hizo más y más fuerte, y sentí que se abrían los ojos de ella y me llamaba por mi nombre: “¡Muhaimen! ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué no me has salvado?” Comencé a temblar y proseguí con el cuarto versículo, sin saber qué otra cosa podía hacer:

مَالِكِ يَوْمِ الدِّينِ (4)

“¡Señor del Día del Juicio! (4)”

Entonces sentí que tu manita me acariciaba la mano y escuché tu voz: “¡papá, por qué les has dejado que me hagan daño!”

Sentí que la locura se apoderaba de mí e intenté reunir las fuerzas suficientes para continuar con el quinto versículo:

إِيَّاكَ نَعْبُدُ وَإِيَّاكَ نَسْتَعِينُ (5)

“A Ti sólo adoramos; sólo en Ti buscamos ayuda. (5)”

“Lo siento” balbuceé, “Lo siento” repetí una y otra vez; cerré los ojos e intenté arrancarle a mi boca los dos últimos versículos

اهْدِنَا الصِّرَاطَ الْمُسْتَقِيمَ (6)

“¡Guíanos por el camino recto – (6)

صِرَاطَ الَّذِينَ أَنْعَمْتَ عَلَيْهِمْ غَيْرِ الْمَغْضُوبِ عَلَيْهِمْ وَلَا الضَّالِّينَ 7)

El camino de aquellos sobre los que has derramado Tus bendiciones, no el de aquellos que han sido condenados por Ti, ni el de aquellos que andan extraviados! (7)”

Entonces sentí un dolor atroz en la espalda. Uno de los soldados me había dado una patada en la espalda que me hizo caer al suelo de una pieza. Se agachó y se acercó a mi oído, para que solamente le escuchara yo: “¡¡¿Qué haces gilipollas?!! ¡Marica de mierda! ¡Levántate antes de que me chive, vamos, cabrón!”

No sé por qué me salvó. No sé por qué no me entregó. Dios lo sabe…y creo que es porque quiere que volvamos a estar juntos, que te vea crecer y hacerte una mujer fuerte y decidida como tu madre, luchando como ella, por una Siria Libre”.

Al acabar de escribir la carta la miró desesperado, acto seguido, la rompió con dulzura y ternura en pequeñísimos pedazos y los lanzó por la ventana, siguiendo hipnotizado el trayecto de cada uno de ellos, dirigidos por la brisa, sin prisa, con calma, se le antojó ver en cada pedazo el alma de un mártir, navegando por el cielo, libres y satisfechos de su lucha 3.

Notas
(1) Si Dios quiere.
(2) La primera azora del Corán.
(3) Este relato nace de la traducción del reportaje del canal internacional Alarabiya "LA CAÍDA DEL RÉGIMEN" http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Guc60VV0fsM

 

“Es hora de cambiar las cosas en Siria, chavalote”, repetía una y otra vez desde que comenzó la Revolución, dándome una colleja en cuanto me pillaba desprevenido. Yo le seguía como un pollito detrás de su mamá. Él era el líder. No solamente después de la Revolución, sino desde siempre, desde el día que nacimos. Era el preferido. De todos. De mis abuelos, de mis padres, de mis tíos, de mis primos, de todos los del barrio, de los profesores y por supuesto de las chicas. A mí me tocó el papel del patito feo. No perdía ni una oportunidad para tomarme el pelo o hacer reír a los demás a mi costa. Ese era mi hermano. Un chico alto, robusto, de ojos negros y profundos, mirada segura y paso firme. No dudó ni un segundo en unirse a la Revolución. Yo sí. “Gallina”, me dijo. Después me agarró por el cuello con todas sus fuerzas y me rugió “¡elige! ¡¡O la libertad o la libertad!!” Instintivamente le lancé un puñetazo que le envió al otro lado de la habitación. No sé por qué lo hice. Quizás por mi furia acumulada de tantos años. Me esperé una respuesta dura, una paliza. Pero se levantó, me sonrió ampliamente, aun teniendo la boca sangrando y con un diente menos, me abrazó y masculló “¡¡Bien hecho, ya has elegido, capullo, llevo esperando este puñetazo años!!”. ¡Joder, si es que incluso en esos casos salía él ganando, maldita sea, será cretino! Estaba convencido de que había nacido para seguirle. No me podía concebir a mí mismo sin mi hermano. Yo no era yo sin él. Jamás se me había ocurrido que llegaría un día en mi vida en el que él no estaría a mi lado. Este régimen ha hecho realidad todos nuestros miedos, todas nuestras pesadillas. Todos se quedaron paralizados cuando el francotirador le alcanzó por la ventana, mientras grababa cómo los shabiha 0 y la policía asesinaba a sangre fría a los manifestantes. Dio su vida por la verdad. No podía haber muerto de otra manera. De pie. Tranquilizando a todos los que estaban a su alrededor. Le levanté como pude y salí corriendo llevándomelo a cuestas para buscar ayuda. No dejaba de insultarme, “¿pero serás idiota, no ves que ya no se puede hacer nada? ¡Para ya!” Ni siquiera la muerte consiguió meterle prisa o pánico. Sabía que iba a morir, porque los hospitales estaban tomados por los militares, y cualquier herido que llegaba era rematado. Así que me paré, y acuné su cuerpo gigante entre mis brazos de la mejor manera que pude. “¡Cabrón, vas a ver la caída del régimen y yo no!” me soltó intentando sonreír. No supe qué contestar, como siempre. “Vamos, dime algo tipo caerá gracias a tíos como tú o algo así”, entonces fui yo quién sonreí. “Estoy orgulloso de ti y si soy alguien o he podido hacer algo en mi vida es gracias a ti, eres lo mejor que me ha dado Dios, hermano, te quiero, y si me hubieran dado a elegir cómo morir, no hubiera elegido otra manera que ésta, en nombre de la libertad y a tu lado…”

Reinó un desgarrador silencio en el que solamente se oía su respiración entrecortada. “¡Vamos –me animó- ayúdame con la declaración!”, dijo intentando enderezarse, y comenzamos a decir juntos: “Declaro que no hay más Dios que uno, declaro que no hay más Dios que Dios, que no hay más Dios que Allah, y declaro que Muhammad es el último de Sus mensajeros”. Y me dejó solo, para siempre.


(0) Esbirros del régimen, mercenarios, a los que paga para asesinar a la población, asaltar casas, violar y torturar a la población siria.
 

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