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Aquel globo luminoso

Crónicas de Yala

09/07/2012 - Autor: Carlos Lucero - Fuente: Webislam
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Una esfera que, bajando hasta ti, termina por alojarse en tu corazón

La palabra rutina no suena bien como  para describir el modo en que los días pasaban en aquel retiro de Yala, en Jujuy del año 69. (Hoy, algunos sostienen que ese fue nuestro año Uno, es posible).

Pero en la mitad, hubo un cambio, luego de que se hizo imprescindible declarar a la edificación como terminada. A partir de ahí, el esfuerzo y el tiempo invertido en la construccion del ámbito físico disminuyó. Había que retomar y retornar, más plenamente, a nuestros específicos temas de estudio. Así las cosas, el despliegue motriz disminuyó. No tanto ya de rellenar baldes con mezcla ni transportar piedras. No tanto de trepar paredes para colocar chapas de metal. Ahora era momento para nuestras reuniones, de leer libros, de sentarnos largo tiempo alrededor del largo mesón y con un lápiz, anotar nuestras impresiones, sobre los postergados cuadernos. Y continuar adentrándonos en las revelaciones que para nosotros reservaba la Doctrina.

Pudiéramos decir que todo seguía un orden secuencial, preestablecido por los responsables de que permaneciéramos ahí, más de treinta jóvenes de diferentes extracciones, en el medio de una selva encinta de duendes musiqueros, que hacían sonidos de flautas y golpes de cajas, viajando por los cañadones de la noche. De día, el canto de los pájaros desafiaba nuestros empeños en mantener el registro de la autoobservación al transitar por los senderos de verdor que ofrecían los cerros.

ecesariamente, cuando el día amanecía y las tareas iban tomando forma, comenzando con el desayuno simple de yerviado duce cony, tortas fritas recién fritas, contemplábamos nuestras caras, moldeadas todavía por el sueño que se disipaba poco a poco.

Ese día de octubre hubo algo distinto. H. se incorporó tarde a la reunión. Cosa rara, porque siempre era uno de los primeros en sentarse al amplio mesón, obra maestra de carpintería improvisada, y esperaba por los demás.

Recuerdo la tersura de esas maderas unidas de manera ancha y plana con dimensiones amplias, acordes al tamaño del grupo, y nuestros cuerpos sentados a su alrededor sobre cortas bancas, a la medida de la altura del mesón. Esa mañana, sentados y esperando la ofrenda del cocinero de turno, todos vimos a H. cuando salía apresurado de su habitación, rumbo al arroyo con una toalla en el brazo y su cepillo de dientes, con cara de molestia.

Tomó su lugar cuando regresó, y recién entonces, comenzamos a beber en silencio. Quizá incómodos. A los pocos minutos, H. se dispuso a hablar, sin que nadie se lo pidiera. Era su necesidad.

-Anoche me pasó algo raro, no podía dormir. Como intentando explicar algo que no entendía. O tal vez, una manera de justificar su tardanza. No está de más aclarar que nuestros horarios eran más bien tempraneros, calculo que a eso de medianoche ya todos descansábamos en nuestras literas individuales tomados por el cansancio, especialmente en la época de construcción de la casa.

-De repente- siguió, y señalaba el techo con su mano -una bola brillante entró por la ventana. Era  luminosa, de un  blanco lechoso-. Puso cara de incredulidad y continuó.
-Era una bola, no muy grande, que daba vueltas por la habitación- musitaba con voz entrecortada. -Y de repente, se me acercó al pecho y pegué un salto. De ahí en más todo fue insomnio, hasta hace poco, cuando pude dormir algo-, en su rostro se reflejaba nada más que el desconcierto.

Todos escuchábamos al orientador, sin interrumpir, sin entender. Pasaron minutos y caimos en cuenta de que el relato de H. había terminado. Sin decir nada, continuamos mordiendo la blandura dorada de las sopaipillas, primer alimento de la mañana.

Y de este simple modo, transcurrió el primer episodio vivido indirectamente con "La Fuerza", que pasó inadvertido para la mayoría. Tiempo después, mucho tiempo después, tuvimos conocimiento de que esa noche, a esa hora, en Mendoza, a mil quinientos kilometros de distancia, Silo y otros amigos, habían estado experimentando con aquello de: "Imagina una esfera luminosa que, bajando hasta ti..."


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