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¡Él, llorando!

No la escuchaba, minusvaloraba su dolor, su inteligencia y su ser

21/06/2012 - Autor: Salam Adlbi Sibai - Fuente: Más De Una Voz
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Reflexionar, ¡pero no más allá de lo estrictamente necesario!

Miró a su derecha. Después giró rápidamente la cabeza hacia la izquierda, sufriendo un doloroso espasmo que casi le hace perder el equilibrio. Quería asegurarse de que nadie le había pillado llorando ante tal vulgar película. Primero, ¡era un hombre!, y segundo, era una ridícula y típica escena de la común estúpida película americana.

Al acabar de verla intentó borrar de su mente su reacción. No se lo podía creer ¡él, llorando!, ¡y por esa memez! Una amenazadora voz interior le atacó con la idea de hacer una introspección interna para averiguar qué le había ocurrido. Para alejarla de sí mismo hizo inmediatamente una llamada a un amigo “hueco”. Es decir, de esos que hablan tanto que nunca se acuerdan de dejarte el turno de palabra y al final de la conversación te abrazan y te dicen entre lágrimas: “¡gracias tío, no sabes cuánto me has ayudado con tus consejos!”

No le sirvió de nada. Tres horas aguantando a un pelmazo y aún le zumbaba la cabeza con aquella amenazadora idea: “¿qué narices me ha ocurrido?”

En el fondo lo sabía. Pero el ser humano es el “estafador perfecto”. Y sabe engañarse a sí mismo con excelencia. Pensar en “ello”, quería decir pensar en “aquello” y pensar en “aquello” le llevaría irremediablemente a pensar en “ella”. Y se supone que la había enterrado en lo más oscuro de su consciencia.

“Oh, ¡vamos! -Le había dicho su hermana- eres un tío genial, y no porque seas mi hermano (la frase preferida de los hermanos, que se utiliza para dar credibilidad y lo único que se consigue diciéndola es levantar aún más sospechas sobre la veracidad de lo que se está diciendo) –sencillamente no es para ti. Encontrarás a alguien en menos de lo que te esperas. No te merecía”.

“No te merecía”. Interesante veredicto. Sabía que era para darle ánimos, sacarle de la depresión en la que estaba sumido…todo era buenas intenciones, pero nada, absolutamente nada había funcionado.

Aún estaba en estado de shock. Lo bueno era que ese estado de shock no había afectado a la trayectoria cotidiana de su vida, ¡faltaría más!

Al principio, se sentía humillado. Más adelante, la tristeza sustituyó la humillación. Posteriormente, la ira pasó a controlar su estado de ánimo. Y finalmente, llegó la aterradora indiferencia. Pensaba que quizás el paso siguiente, con un poco de suerte, sería la racionalización de la situación, lo que creía que le ayudaría a superar el sufrimiento que sentía.

Hace tiempo, incluso llegó a dibujar un esquema, con el objetivo de ayudarle a comprender qué había ocurrido, en qué había fallado, que no había hecho, que había hecho. Reconoció algunos de sus errores, pero la arrogancia no le permitió ir mucho más allá.

¡Él lo había hecho todo bien! Bueno, casi todo. Aquel día debió de haber llevado un regalo, hasta un niño de preescolar sabía que sería algo realmente grave no hacerlo, especialmente porque ni le había regalado nada antes, ni lo hizo después. Su teoría del amor no materialista tenía que llevarse al pie de la letra. ¡Pero no era problema hacer regalos a los y las demás! Sin embargo a ella no, “tiene que aprender la importancia del amor”, se había dicho a sí mismo en su día. ¡Excepto eso, lo había hecho todo bien! Bueno, casi todo. Aquel otro día no debió de haber dicho aquella ofensiva frase. Él mismo, si se la hubieran dicho, no lo hubiera perdonado jamás. ¡Pero excepto eso, lo había hecho todo bien! Bueno, casi todo. Aquella vez debió impedir a su hermana que se burlara de ella de aquella manera. Ya no se acordaba de cómo fue exactamente, pero fue algo humillante y denigrante, se respiraba en el aire. Y él no hizo nada más que sonreír tontamente. En realidad, no fue solamente aquella vez, era algo constante… ¡Pero excepto eso, lo había hecho todo bien! Bueno, casi todo. Aquel otro día en el que ella intentaba explicarle que no la entendía y lo importante que era para ella que la escuchara, debió mostrar más respeto y tomarla en serio. No obstante, no lo hizo. ¡Pero excepto eso, lo había hecho todo bien! Bueno, casi todo. Aquella vez no debió anteponer sus amigos a ella. Y también la otra vez… “¡¡puf, eso sí que fue fortísimo!”, se dijo a sí mismo... “¡¡Y aquello otro!!... ¡Buenoooo!, mejor olvidarlo y no mencionárselo a nadie”… De repente se dio cuenta de que él no la merecía a ella, y que la mitad del tiempo que estuvo con él fue con la esperanza de que él tomara la iniciativa de romper la relación. Pero no fue así. Para él todo iba bien. No veía nada de lo que hería los sentimientos de ella. Minimizaba todo lo que le preocupaba. No la escuchaba, minusvaloraba su dolor, su inteligencia y su ser...

“¡¡¡No, no, no y no!!!” Se interrumpió a sí mismo sacudiendo salvajemente la cabeza, “¡¡¡no, no, no!!!” Gritó de nuevo y añadió: “¡mi hermana tiene razón, no me merecía!”. Respiró hondo y se sintió más tranquilo.


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