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A Kanouté le encanta leer las suras del Corán de la Puerta del Perdón

Entrevista al escritor y periodista Juan Antonio Solís autor del libro «Miradas al cielo» (editorial Gramática Parda), un viaje a través de la vida del futbolista francomalí Frederic Kanouté

22/05/2012 - Autor: Félix J. Machuca - Fuente: ABC Sevilla
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Portada del libro Miradas al cielo

P. - Felicidades por su libro. Tengo entendido que se sigue vendiendo bien y en la Feria del Libro ha sido de los más requeridos.

—El miércoles pasado estuvimos en la Feria, comenzó a firmar a las seis treinta y terminó a las ocho. El día anterior lo hizo en la tienda del Sevilla y estuvo dos horas sin parar.

P. - ¿Qué es lo que más le ha sorprendido del personaje?

—La integridad. A lo largo de su carrera esta actitud le ha acarreado problemas. Por ejemplo en el Tottenham. Allí acostumbran, a final de la temporada, a premiar a los jugadores con unas vacaciones en un lugar idílico, placentero. Ya sabes. Él no aceptó ir argumentando su compromiso con la selección de Mali. Y no fue. Desde entonces las relaciones con el club se deterioraron. Y Monchi las aprovechó para traerlo al Sevilla.

P. - A mí hay veces que me sorprende más el personaje que el futbolista…

—El fútbol que hace es reflejo de su personalidad. Es muy racional y esa racionalidad se la da a su fútbol.

P. - Dicho de otra forma: parece que el futbolista es consecuencia de ese personaje, donde habitan muchos principios.

—Absolutamente. El le agradece a su madre, blanca y francesa, profesora de Filosofía, y a su padre, africano y un hombre hecho a sí mismo, la educación que le dieron. Su padre era musulmán, murió hace poco tiempo. Y su madre católica. Y él vivió y convivió con esa tolerancia religiosa y personal.

P. - Quizás por eso me confundió tanto aquella vez que agarró por el cuello a Cesc…

—Tres días después tuvimos una reunión para el libro. Y me dijo, de forma cómplice, que a mí no me había sorprendido su reacción. Porque lo conozco bien y sé que Frederic es fuego interior y es la religión la que atempera ese fuego.

P. - ¿Sabemos lo que le dijo? ¿Fue un insulto racial o religioso?

—No lo sabe nadie. Ni sus propios compañeros de vestuario.

P. - ¿Qué piensa de Sevilla?

—Al principio le chocó. Le chocó la extroversión de la gente por su propio carácter, sencillo y reservado. Luego se adaptó muy bien al darse cuenta que su trabajo hacia feliz a la gente.

P. - ¿Y se ha interesado por la Sevilla islámica?

—Cuando llegó lo primero que hizo fue interesarse por dónde comprar la carne «halal» (purificada) y por encontrar una mezquita. Paseó por Sevilla pero solo encontraba iglesias. Luego supo que en Ponce de León había una mezquita que, con tiempo, compraría y la cedió a la comunidad musulmana sevillana.

P. - ¿Ha visitado el Alcázar?

—Varias veces, así como la Giralda y el antiguo patio de abluciones del Patio de los Naranjos. Le encanta pasear por la Sevilla de calles estrechas donde aún pervive la trama urbana islámica.

P. - ¿Sabe quien fue Almotamid?

—No hemos hablado nunca de él. Pero sí de Adou Ishak Al Sahilí, el arquitecto granadino que trazó la mezquita de Tombuctú.

P. - ¿Crees que el pasado andalusí de Sevilla lo acercó sentimentalmente a la ciudad?

—Poco a poco fue descubriendo esos lazos históricos él mismo. Con Sevilla le pasó algo parecido a lo que vivió la primera vez que pisó Nervión: sintió muy buenas vibraciones.

P. - ¿Es cierto que una de las cosas que más le llamaron la atención de la ciudad fue las pocas mezquitas que hay?

—Si. Nunca entendió, por ejemplo, cómo se bloqueó la mezquita de Los Bermejales y entiende que la comunidad musulmana debería tener ya una mezquita levantada.

P. - ¿Tiene alguna cita preferida del Corán?

—«Juzgate a ti mismo antes de que seas juzgado».

P. - Creo que lee la caligrafía árabe de la Puerta del Perdón de la Catedral…

—Así es. Paseando por Sevilla reparó en que la ornamentación en bronce de la Puerta del Perdón de la Catedral está llena de citas del Corán. Le dio alegría descubrirlo y luego le hizo ser conscientes de las raíces de esta ciudad. Lo mismo le pasó cuando visitó la Ahambra.

P. - ¿Es tan pudoroso en los vestuarios como se ha llegado a comentar?

—No lo sé. Pero sí sé que tiene su momento de oración en el vestuario y que no tiene manía alguna.

P. - ¿A quién busca sus miradas al cielo cuando mete un gol?

—A Alá. A Dios. Le da gracias a Alá.

Gracias

El Pizjuán se queda sin emblema, sin escudo, sin canción. Cuando Bola de Nieve, allá por los cuarenta del siglo pasado, guaracheaba cantando su Mama Inés, no podía pensar que a principios del nuevo siglo, en Sevilla, su canción se iba a transformar en el estribillo de la grada de una afición que la cantaba para celebrar los goles de su ídolo máximo, de su leyenda viva: ay Kanouté, ay Kanouté, todos queremos que marque Kanouté… Frederic ya no marcará más vestido de blanco. Pero lo seguirá haciendo en la leyenda repetida, de padres a hijos, que alargarán su gran historia. La mejor historia de un Sevilla que tuvo en el francomalí la virtud del atleta y del compromiso religioso. Gracias por lo enseñado.


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