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Siempre un paso adelante y nunca uno hacia atrás

Así fue como conocí al “Cucarratón” o Cucarratona

04/05/2012 - Autor: Abdurrahman Adlbi Sibai - Fuente: Más De Una Voz
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Ni el más fogoso horno, ni el más astuto y malvado Cucarratón (o Cucarratona), han podido con mis ganas de vivir

 ¡Buena vida era la mía en Madrid!, donde me hallaba en la protección del nido de mis padres, siempre atentos y dispuestos para darme apoyo en los malos momentos y aplaudirme en los buenos. Y no sólo ellos, también mis hermanas fueron muy importantes en aquella vida de mimado de la que gocé en tiempos que ahora etiqueto como bellos y felices.

Pero los tiempos cambian con la misma rapidez con la que se va el día y viene la noche.
Los malos momentos me acechaban enmascarados bajo el antifaz de “la selectividad”, amenazando mi pacífica vida y acercándome cada  vez más a aquella etapa que todo joven inexperto quiere alcanzar y de la que todo adulto huye…  la mayoría de edad de la que escapaba nuestro amigo “Peter Pan”.

En ese momento fue cuando mi vida dio un vertiginoso vuelco y me convertí en alumno de medicina de la Universidad Miguel Hernández. Vine a “Sant Joan d´Alacant” y pasé a ser en un estudiante más de los tantos que luchaban por sacarse la carrera con el sudor de su frente.

La normalidad de un día cualquiera es un caos en la vida de un estudiante, pues con el artilugio más estático o con la situación más normal vives intensos momentos en los cuales nadas en adrenalina y respiras suspense y emoción. Cuando dejas a tu familia a 432 kilómetros de distancia, te embarcas en una cadena de catastróficas desdichas o en una cadena de catastróficas aventuras en las cuales pasas hambre, frío y comprendes que el mundo no te ha abandonado sino que nunca te acogió. Echas de menos aquellos momentos en los que tu responsabilidad se limitaba a lavar el coche, sacar la basura, comprar el pan y fregar muy de  vez en cuando alguna olla exprés.

Llegado a este punto comprendes que tu parte resiliente es tan limitada que en verdad no eres nada, eres un simple, hambriento, sucio y minúsculo moco en un amplio, inmenso e infinito mundo de kleenex. Con todas estas reflexiones rondando y danzando por mi cabeza, llegué a “Sant Joan” pueblo, dejando atrás una excelente infancia y una ejemplar adolescencia en la capital española y comenzando una de las carreras más antiguas: la medicina.

Garabateo estas reflexiones e ideas estando en mi inaugural semana de universitario, perdido, famélico, con un dedo cortado y otro quemado… no… no es que haya regresado de Irak, sencilla y simplemente he estado disfrutando de la famosa vida de estudiante.

Esta vida está plagada de grandes y traicioneros peligros, que te acechan en tu propio fuerte amenazando tu trono y poniendo en evidencia tu inaptitud, raquitismo y fragilidad.

Uno de estos peligros, es un tipo de maquinaria infernal que tiene ciertos impulsos que me atemorizan, pues da saltos golpeándose fuertemente contra un suelo que acabará a mi parecer destruyéndola o siendo destruido… un artefacto potente y destructor, capaz de modificar la composición de las cosas, pues cada vez que despido mis preciadas prendas “ella” me devuelve otras completamente distintas. Por si no lo habéis averiguado aún, estoy hablando de las lavadoras, esas terribles máquinas que destruyen nuestra intimidad (calzoncillos), nuestros sentimientos (el jersey que me hizo mamá), nuestros recuerdos, nuestra economía (mis polos Lacoste), nuestro futuro (mi bata de primero) y muchas cosas más, como ropa por ejemplo…, pues ellas son el primer enemigo que se suelen encontrar los estudiantes, frías e indiferentes te estudian, buscan tus puntos débiles y cuando menos te lo esperas… ¡zás!, en toda la boca.

Ahí estaba yo… delante de ella mirándola desafiante con una mirada que decía: ¡en esta casa solo hay sitio para uno de los dos!, pues ya estaba harto de sus incontables fechorías y sus indecentes ataques, así que la reté firmemente creyendo que al día siguiente podría ir a la universidad limpio y procedí a introducir la ropa con sumo cuidado, descodifiqué el mensaje secreto que me mandó mi madre desde Madrid en el cual estaban las temperaturas adecuadas, cerré la puerta y me encomendé al Altísimo en una plegaria llena de humildad ante tal hecho histórico: “yo haciendo la colada”… pasado cierto tiempo, descubrí que mi ropa otra vez había sido masacrada, de que nada volvió como fue, de que las máquinas habían ganado, de que ninguno de mis soldados regresó, ¡qué razón tenía Larry Wachowski cuando dirigió “Matrix”! Pero… ¿acaso me iba yo a dejar ganar por una pila? ¡No!, si algo aprendí de esta increíble película es que el elegido era elegido porque él eligió ser el elegido (valga la redundancia). 

Al día siguiente me presenté de nuevo ante ella y después de observarla y estudiarla con detalle, tuve que reconocer su majestuosidad y poderío, pues era mi oponente perfecto. Repetí de nuevo todo el proceso modificando las temperaturas y pulsando unos y otros botones en busca de la combinación adecuada que me daría la victoria; una victoria que si no conseguía con fuerza alcanzaría, si la situación lo exigía, con perseverancia y firmeza implacables. Cerré la puerta y esperé los informes de la batalla.

¡Hemos sobrevivido a la contienda mi Capitán!, exclamaban los polos y los calcetines, pero no me fiaba… pues tenía que comprobarlo yo mismo. Una a una mis prendas fueron revisadas por mi neo-rigurosa observación de casi-médico, hasta que llegó el momento que yo temía. ¡¿Por qué tuvo que caer ella?!... ¡¿porqué?! Mi amada camiseta Jack and Jones… y  ese fue el precio que tuve que pagar por ir limpio a la universidad.
Estoy hablando de la ropa como si fuera el mayor problema, ¡já! Cuando llevas una semana de vida solitaria comienzas a hacer un ranking de enemigos, una especie de lista negra o de “eje del mal”…

La cocina fue el peor contrincante, consiguió hacerme tragar mi orgullo, ella me atacaba directamente, sin reservas, sin vergüenza alguna y sin piedad. Y es que tuve la mala suerte de querer comer sano y prepararme una señora ensalada y una verdadera pizza italiana (congelada claro).

Cogí la lechuga y con sumo cuidado la trituré, luego cogí el primer tomate y comencé a cortarlo en rodajas y luego en cuadraditos, cada vez cortaba más rápido y con más arte, cogí el segundo tomate y ya lo cortaba como si fuera un profesional y comencé a imaginarme con Karlos Arguiñano en su programa de Telecinco contando chistes de los que solamente se reía él y mi madre, ¡e incluso me planteé abandonar la carrera de medicina por la de cocinero! Pero, como cuando a la lechera se le cayó la jarra de tanto soñar, a mí, entre rodaja y rodaja, fue la siguiente tragedia la que me interrumpió violentamente mis fantasías culinarias.

Sucedió demasiado rápido y es que el cuchillo pasó cortando la tercera rodaja del segundo tomate y llevándose por delante la epidermis (capa superficial de la piel) y unas cuantas capas más de mi dedo corazón, ya no me asustaban los cortes, ni la sangre pues era alumno de medicina, pero la verdad es que no me pude contener del dolor y pegué un grito, tiré todo al suelo y corrí al baño, puse mi dedo bajo agua fría y mientras sentía un profundo alivio, recordé que se me había olvidado la pizza al horno, corrí a la cocina abrí el horno y metí las manos para sacar la pizza (sin protección como ya os habréis dado cuenta…) y justamente el dedo que se me había cortado fue el primero en tocar la bandeja de hierro que estaba casi al rojo vivo, fue un sentimiento de… no sé cómo explicarlo porque sentí tantas cosas… primero me sentí tonto, después simplemente estúpido y finalmente comprendí que me sentía “estudiante” y encima malherido. Fue ese el primero de una larga e interminable lista de “ataques de cocina”, la cual, con ellos, demostró ser muy eficaz a la hora de guerrear.

¡Eso sí!, no puedo negar que esa fue la mejor comida de mi vida. Pues todo en este mundo tiene algo positivo, y el verdadero sabor a gloria lo pruebas cuando te emancipas y sudas, no porque tu madre cocine mal, sino porque al sufrir tanto… al trabajar y luchar por un plato de comida sana y fresca estás saboreando “tu” logro, un logro merecedor de la más refinada y exquisita alabanza, siempre pensé: ¿por qué se enfadan las amas de casa cuando les dices que su comida no está buena?, ¡ahoooooora sé la respuesta! La comida no hay que valorarla por sí misma (a no ser que sea la de un restaurante), es decir, hay que intentar comprender el valor de las cosas no por el agrado o placer que nos causen, sino por el esfuerzo que han empleado los demás en su producción y elaboración. Esa comida fue de las más satisfactorias de mi vida (aunque después de esta dura experiencia decidí comprar la ensalada ya hecha y troceada del “Mercadona” y los diminutos tomates “Cherry”) y me sentó realmente bien, tanto que me abrió los ojos mostrándome que al final del túnel de la vida universitaria había luz, y por tanto esperanza.

Mi piso tenía más peligros y enemigos de los que podía haberme imaginado… dejé la civilización en el corazón de la península para adentrarme en una salvaje y agraciada costa regida por la “ley del más diminuto”… y así fue como conocí al “Cucarratón”. Era una noche oscura en la que el violento viento no me dejaba escuchar la dulce sinfonía del “Titanic” que tocaba mi vecino con su flauta. Aquella noche del siete de Octubre de 2009, me levanté inocentemente para dirigirme a la nevera con el objetivo de disfrutar de mi derecho humano de beber agua (ya que la del grifo no era apta para los seres humanos).

Con toda mi buena intención no encendí la luz para que la factura de la electricidad no me causara otro ictus (infarto) como el mes pasado, pero incluso en la oscuridad noté su presencia. La noche anterior también la había notado, pero todavía era demasiado novato como para tener el suficiente valor y levantarme a descubrir al intruso. Pero esta vez ya no podía ignorarle, estaba frente a mí, cara a cara:

http://www.youtube.com/watch?v=ixq0vzDXTrc

Era un ser extraño, medía unos cuatro centímetros de largo y la mitad de ancho, tenía un caparazón marrón brillante, semejante al de una cucaracha, no obstante su tamaño y los repugnantes bigotes que sobresalían de su gran cabeza se asemejaban más a  los de un ratón. Se dirigió a gran velocidad hacia mí, creando en mi interior una repulsión que me haría vomitar si eso me llegase a tocar, así que ágilmente salté por encima suyo desorientándolo (aunque ahora que lo pienso puede que fuese una hembra, ¡e incluso puede que estuviera embarazada!: CUCARRATONA), encendí la luz y agarré con ambas manos y una fuerza desmesurada la escoba de diez años que había en la cocina, como si fuese un espadón similar a los tantos y tantos que salen en las series manga y la descargué sobre él (o ella) con un golpe seco que debía haberlo partido en dos, me sentí fuerte y vivo, capaz de hacer cualquier cosa ¡pues qué otro caballero derrotaría a semejante bestia sino yo! Pero mi euforia no tardó en disiparse como lo hace el humo entre las fuertes bocanadas de viento, ¡pues él (o ella) seguía vivo!, no se rindió, se levantó y reanudó una loca carrera en la cual no importaba la meta, yo por mi parte descargaba alocada y violentamente potentes mandobles sobre él (o ella), despertando así a la mitad de los vecinos.

Tardé unos minutos en comprender que aquel resistente escudo que portaba sobre su cabeza me estaba dejando en ridículo, por lo que me vi en la urgente necesidad de cambiar de estrategia y mientras él (o ella) se acercaba, sin preámbulo alguno hacia mí, imité a Tiger Woods, cuando golpeaba con tanta maestría la pelota de golf, y fue entonces cuando el mundo del “Cucarratón (o Cucarratona)” se vino abajo. Chocó inesperadamente contra la pared y calló boca arriba sobre el suelo de la cocina. Observé cómo se debatía desesperadamente por volver a voltearse para intentar de nuevo salvar la vida ante tan formidable espadachín y entonces surgió en lo más hondo de mi alma un sentimiento de pena, pero no fue lo suficientemente enérgico como para paralizar mi instinto de defensa, así que retomé la lucha. Clavé la punta de mi espada en  su cuello y presioné escuchando el crujido de sus vértebras cervicales, presioné tan fuerte que su cabeza se separó de su cuello…pero la mezcla de asco y pena que de nuevo sentí, me impidió saborear cualquier tipo de victoria y me incliné con suavidad para depositar su cuerpo en la basura con el máximo respeto y cariño que se le puede ofrecer a un ser de tales características y tras un minuto de silencio, me retiré a mi lecho, disimulando una lágrima que caía desobedientemente por mi mejilla.

Ni la más salvaje lavadora, ni el más afilado cuchillo, ni el más fogoso horno, ni el más astuto y malvado Cucarratón (o Cucarratona), han podido con mis ganas de vivir (¡aunque la asignatura de bioquímica estuvo a punto!), así que me voy a considerar aceptado en el mundo de los estudiantes, sabiendo que no acaban aquí mis épicas aventuras, ya que seguiré experimentando,  aprendiendo y luchando, al igual que mi difunto amigo “cuco” (no os comenté que es su diminutivo). Nunca me rendiré ante las adversidades pasajeras o menos intermitentes que se me presenten por el camino de la vida, avanzaré dando siempre un paso adelante y nunca uno hacia atrás.


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