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Libia: La realidad se impone a la ficción

Libia ha desaparecido de la agenda internacional. Cabría pensar, en el mejor de los casos, que eso significa que allí todo marcha bien desde la eliminación de Gadafi, el 20 de octubre de 2011

01/05/2012 - Autor: Jesús Núnez Villaverde - Fuente: Radio Nederland
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Libia. Foto: Ammar Abd Rabbo

Libia ha desaparecido de la agenda internacional. Cabría pensar, en el mejor de los casos, que eso significa que allí todo marcha bien desde la eliminación de Muamar el Gadafi, el 20 de octubre de 2011.

La generalizada omisión sobre Libia en los noticiarios y en los discursos de la clase política internacional daría a entender que la labor de la comunidad internacional fue exitosa y remató con el fin de la misión de la OTAN (a finales de octubre del pasado año) y con la proclamación de un gobierno interino (en noviembre de 2011) liderado por las cabezas visibles del Consejo Nacional Transitorio (CNT). En esa misma línea, se tendría que presumir que la reconstrucción está encarrilada, tratando de superar el impacto de 42 años de férrea dictadura (apenas disfrazada tras la fachada formalmente asamblearia de una Jamahiriya (Estado de las masas) que no podía engañar a ninguno de los más de seis millones libios). Igualmente, debería suponerse que las nuevas autoridades son unánimemente aceptadas y que están en condiciones de garantizar la seguridad en todos los rincones del territorio nacional y de organizar las primeras elecciones democráticas del país- previstas inicialmente para junio- de las que debería salir una Asamblea Constituyente con el encargo de elaborar una Constitución aceptable para todos.

Sin embargo, salvo para quienes voluntariamente quieran autosugestionarse con esa ficción, la realidad libia apunta claramente en una dirección muy distinta. Basta con recoger a vuelapluma algunos de los últimos apuntes de actualidad:
El CNT acaba de confirmar que el tribunal que debe juzgar a Saif al Islam (hijo del dictador y, en su día, designado como su relevo en la cúspide del poder) está ya rematando sus preparativos. En realidad lo importante de esa declaración es lo que no se dice; puesto que, por un lado, no se anuncia una posible fecha para el juicio y sobre todo, por otro, se da a entender que las autoridades libias vuelven a despreciar la exigencia de la Corte Penal Internacional de que le sea entregado el reo para su enjuiciamiento. De hecho, incluso cabe cuestionar si la milicia que lo mantiene retenido Zintan está dispuesta a entregarlo al CNT.

El CNT ha decidido súbitamente paralizar la entrega de compensaciones económicas a los rebeldes que se movilizaron contra Gadafi. Hablamos de un reparto trufado de corrupción y fraude- que supone el equivalente a casi 3.000 euros por cabeza- que desde hace meses se lleva realizando sin control efectivo, alimentando el clientelismo y tratando de apaciguar a los más violentos. Una muestra más de los problemas que este reparto ha provocado la hemos tenido en los enfrentamientos tribales registrados en Sebha a finales del pasado mes, con unos 150 muertos y más de 300 heridos. No solo falta un registro fiable de los potenciales beneficiarios, sino también una autoridad legítima que gestione el programa.

Todavía hoy Libia está muy lejos de lograr la desactivación de los centenares de milicias que surgieron al calor de la guerra contra el régimen. Todavía está pendiente de iniciarse el plan de integrar a unos 50.000 milicianos en las fuerzas policiales y en las nuevas fuerzas armadas del país, en la medida en que los cabecillas de cada una de ellas prefiere mantener su apuesta militarista, como la mejor opción para conseguir algún trozo de la tarta del poder que se está repartiendo bajo la teórica férula del CNT. Como vienen denunciando con fuerza las organizaciones de defensa de derechos humanos, estas milicias cometen abusos y torturas sobre sus alrededor de 8.000 prisioneros, sin ajustarse a más norma que a su propio capricho. El clima de violencia no solo no ha desaparecido sino que se propaga incluso más allá de las fronteras libias, para afectar a la actual revuelta tuareg en zonas del Sahel, con grupos notablemente armados como consecuencia de la profusión descontrolada de armamento tras la decisión de algunos países por apoyar a los rebeldes antigadafistas.

El peso del islamismo radical no hace más que aumentar. Si primero fue el propio líder del CNT, Mustafa Abdel Jalil, quien declaró abiertamente que la sharia tendría un peso fundamental en el nuevo orden constitucional, ahora son los grupos salafistas los que día a día muestran su creciente radicalismo, en franco contraste con el islam suní tolerante propio de Libia. Se suceden las profanaciones de tumbas (sean de santones sufíes, en enero, o de británicos muertos en la II Guerra Mundial, en febrero) y la intimidación (no solo verbal) contra quienes se muestran más abiertos en sus costumbres. Mientras tanto, países como Catar y Arabia Saudí apenas esconden su apoyo a unos grupos que esperan competir con éxito en las futuras convocatorias electorales, junto a los Hermanos Musulmanes (apoyados igualmente por sus correligionarios egipcios).

Las fracturas internas entre los aspirantes a liderar esta nueva etapa política ponen en cuestión incluso la existencia de Libia como país unido. Todavía queda por conocer el alcance real de la declaración efectuada hace unas semanas por líderes de la Cirenaica, mostrando su voluntad de establecer una autonomía con respecto al poder central del CNT. Pero mientras tanto, es evidente la falta de cohesión entre una clase política escasamente experimentada en gestionar la diversidad tribal y regional de un país que no ha conocido, desde 1969, más que un sistema de imposición por la fuerza y de compra de la lealtad al servicio del más fuerte.

Sin necesidad de añadir más elementos, parece claro que la realidad libia es altamente preocupante, hasta el punto de que a estas alturas todavía no se conoce la fecha exacta de las tantas veces mencionadas elecciones. Nada puede considerarse perdido de manera definitiva, y es necesario dar tiempo para que madure un proceso de cambio en una sociedad que no ha podido explotar todas sus potencialidades. Pero tampoco puede pensarse que la tarea ya está terminada o suficientemente encarrilada. Son los libios quienes deben liderar su propio proceso; pero somos todos los demás quienes debemos acompañarlos para que sus expectativas no se queden frustradas por el camino.

*Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, IECAH
*Galería de fotos de Ammar Abd Rabbo

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