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El maestro tenebroso

El libro de Michel Onfray ‘El crepúsculo de un ídolo’ muestra el lado más oscuro del padre del psicoanálisis

29/04/2012 - Autor: Xavi Ayén, Renée Kantor - Fuente: La Vanguardia/Elmalpensante.com
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Sigmund Schlomo Freud

Bajo la pretensión de edificar una ciencia, Sigmund Schlomo Freud (1856-1939) erigió, en realidad, una construcción artística, una filosofía que ha ejercido enorme influencia en Occidente pero que tiene más que ver con la literatura y el pensamiento mágico que con un análisis del mundo que pueda ser universalmente compartido. Esa es, a grandes rasgos, la tesis nuclear del ensayo Freud "El crepúsculo de un ídolo" que dibuja a un Freud megalómano y mentiroso, adicto a la cocaína durante diez años, con una relación insana con sus padres –y ya no digamos con su hija Anna– y “obsesionado en extender al mundo entero sus propias neurosis con el fin de hacerlas más digeribles”.

El libro es obra del filósofo Michel Onfray (Argentan, 1959), conocido, sobre todo, por su Tratado de ateología  un inesperado superventas en el que reivindicaba un nuevo modo de ser ateo, positivo, hedonista y defensor de la vida terrena frente a todo tipo de trascendencia. Las críticas al psicoanálisis –cuya eficacia terapéutica Onfray equipara al efecto placebo– no son algo nuevo, existen casi desde que esta disciplina vio la luz y las han formulado, por ejemplo, autores como Wittgenstein, Popper o Sartre, pero sin duda la habilidad del ensayista normando como divulgador y agitador otorgan al tema una renovada actualidad.

Onfray establece los diez puntos clave del freudismo y les contrapone diez réplicas, que desarrolla a lo largo de las casi 500 páginas del volumen. Frente a la importancia que esta doctrina da a los lapsus, los actos fallidos y los sueños, por ejemplo, el autor sostiene que “es posible, en efecto, atribuir un sentido a estos sucesos, pero de ninguna manera desde una perspectiva estrictamente libidinal y edípica”. El psicoanálisis “procede, básicamente, de la biografía de su inventor y funciona a las mil maravillas para comprenderlo a él... y solo a él”. Freud, en efecto, sintió deseo sexual hacia su madre, un fuerte rechazo hacia su padre y tuvo deseos incestuosos y una situación familiar confusa, “con renuncia a la sexualidad conyugal incluida”. Sus teorías serían, así, “la extrapolación a la humanidad entera de nociones que a él sí le encajaban como un guante”, como el complejo de Edipo.

Asimismo, el retrato que hace Onfray de la relación de Freud con su hija Anna resulta estremecedor. “Desde los 13 o 14 años, la hace asistir a las reuniones de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Sorprende que un padre exponga a su joven hija a debates sobre la sexualidad anal, el incesto o las más oscuras perversiones sexuales”. Hay más: “Pese a la deontología definida por el propio Freud, que exhorta al psicoanalista a no tender jamás en su diván a allegados o familiares, él sometió a su hija Anna a análisis desde 1918 a 1922 y luego de 1924 a 1929, a razón de cinco o seis sesiones semanales. Es decir, que su propia hija le tenía que contar sus fantasías sexuales, sus angustias, su vida íntima... Freud contribuyó a crear los fantasmas de su hija, como el deseo de ser pegada por el padre, y se mostró con ella como alguien celoso, posesivo y tiránico, alejándola de los hombres. Anna terminó por ser lesbiana, y Freud, ni corto ni perezoso, tumbó en su diván... ¡a la compañera de su hija!”.

Lo peor, en cualquier caso, es la falta de deontología de Freud, según el relato de Onfray, quien detalla manipulaciones flagrantes de sus casos clínicos –a los que “curaba solo sobre el papel”–, destrucción de correspondencia, falsificación o directamente invención de casos... “Se trataba de que nada desmintiera sus teorías”. Onfray lo hace responsable del sufrimiento de mucha gente, así como de “dos muertes directas” de pacientes, entre ellas “la de un amigo suyo que se inyectó cocaína siguiendo sus indicaciones, lo que luego él, cobardemente, negaría”. Algunos ejemplos parecen, contados por Onfray y con la distancia que da el tiempo, ciertamente risibles: a una mujer que tiene un eccema alrededor de la boca le diagnostica que su padre la obligó a una felación de niña; a un paciente que tiene pánico a afeitarse y no consigue beber cerveza, le dice que ello debe de ser a causa de que, en su infancia, vio a su niñera sentada con las nalgas desnudas en un tazón de afeitar lleno de cerveza “para hacerse lamer a continuación” (“¡ situación muy probable, en efecto !”, se divierte Onfray, que ve intolerable que “un terapeuta envíe a casa a todos sus pacientes con el diagnóstico de que la heterogeneidad de sus males depende de una sola y la misma causa: un trauma infantil debido a un abuso sexual”). El mismo Freud abandonaría este radicalismo por un tiempo pero Onfray lo atribuye a que “los pacientes empezaron a desertarle”.

Todo ayuda al dibujo que persigue el autor de este Freud...: desde sus coqueteos con el ocultismo y la telepatía hasta su adicción a la cocaína (“necesito mucha”, le escribe a un amigo) pasando por la avidez por el dinero y la ascensión social, que lo condujo, según Onfray, “a idear un método que le permitiera hacerse rico, solo apto para los burgueses adinerados”, pues llegó “a rechazar a los pacientes pobres, argumentando incluso que para ellos la enfermedad era preferible a su triste vida cotidiana, una especie de vía de escape”. Onfray ha calculado que Freud cobraba el equivalente a 415 euros por sesión. Cada sesión duraba una hora, y llegó a tener hasta diez diarias, “con lo que al final del día se embolsaba no menos de 3.300 euros, y hay que decir que en las sesiones de la tarde se dormía con frecuencia, lo que llegó a justificar como algo que no afectaba a la terapia”.

Los capítulos finales se consagran a mostrar por qué, en opinión del autor, el psicoanálisis no es un movimiento liberal o progresista, sino conservador, pues lo que ha hecho es, “bajo una capa emancipadora, someternos a una nueva religión secular, cuyos mandamientos, como sucede en las sectas, no son nunca demostrados sino que basan su validez en la palabra del hechicero. La izquierda, al menos en Francia, se cree todavía la leyenda de Freud como liberador, judío progresista, amigo de las mujeres... pero en realidad tuvo simpatías por los cesarismos políticos del siglo XX, como testimonia una dedicatoria extremadamente afectuosa que le hizo a Mussolini en 1933... Fue misógino y falócrata”. Las opiniones homófobas de Freud –quien también vio la masturbación como una patología– son traídas a colación por Onfray para redondear su retrato.

Una entrevista con Michel Onfray, por Renée Kantor

-Luego de haber enseñado Freud y el psicoanálisis durante veinte años, ¿la lectura de "El libro negro del psicoanálisis", que critica y denuncia las supuestas imposturas de la terapia, lo convirtió al antifreudismo radical?

-Más que referirse al antifreudismo, "El libro negro del psicoanálisis" usa herramientas de la historia para desarticular una leyenda que en el mundo es ley desde hace un siglo. En Francia los freudianos constituyen una milicia que actúa con métodos propios de los grupos paramilitares de los años fascistas o bolcheviques: intimidación, manipulación, mentira, contactos en los medios, criminalización del pensamiento libre, activación de redes de influencia muy laboriosas, amenazas, etc. Desde entonces varias personas han obstaculizado la producción historiográfica sobre el psicoanálisis y han dificultado su difusión en los medios.
En tanto que lector de la prensa, yo mismo fui víctima de esta tiranía de la leyenda que convirtió "El libro negro del psicoanálisis" en un libro antisemita y “revisionista”, como si encarnara las peores tesis de la extrema derecha. Recuerde que en Francia la palabra “revisionista” se asimila insidiosamente a los negacionistas de la Shoá (el Holocausto). Empecé a leer el libro con escepticismo, confiando en las numerosas críticas que lo habían acompañado al publicarse, pero muy pronto descubrí que decía la verdad. La honestidad me obligó a admitir que me había equivocado, porque me habían engañado. Es muy significativo que quienes atacaron en su momento el libro sean los mismos que ahora me arrastran por el fango.

-Usted fundó la Université Populaire de Caen, donde –a pedido suyo– se enseña psicoanálisis. ¿Por qué hacerlo si considera que esa disciplina es una fabulación?

-Fundé la Université Populaire en 2002 para enseñar libremente, lejos de las leyendas de las que vive la universidad oficial. Las universidades son lugares de reproducción social, de duplicación ideológica: nada inteligente ha salido nunca de allí.

-¿Lo piensa realmente o esa frase es una provocación?

-Lo pienso de verdad: Platón, Séneca, Marco Aurelio, Plotino, Montaigne, Spinoza, Rousseau, Diderot, D’Alambert, los enciclopedistas, Helvétius, D’Holbach, La Mettrie, Nietzsche, Sartre, el mismo Freud, no eran universitarios. El verdadero pensamiento se encuentra al margen de estas grandes maquinarias creadas para seleccionar a las élites que asegurarán la repetición de lo aprendido, con el fin de transmitirlo servilmente a otros que a su vez harán lo mismo y a quienes se les entregará un diploma como signo de pertenencia a la tropa destinada a perpetuar la ley intelectual e ideológica. No quise padecer esa restricción y preferí trabajar como un hombre libre: algo que la universidad no me habría permitido jamás y que rechacé en el momento mismo en que mi directora de tesis me propuso dictar una cátedra. Preferí permanecer en el liceo donde enseñaba filosofía, para poder trabajar en mis libros con toda libertad, sin tener que rendir cuentas a un superior jerárquico.

Al abrir la universidad, le pedí a una amiga psicoanalista enseñar el psicoanálisis de la misma manera que, ateo, solicité a una persona católica que diera un seminario sobre catolicismo, y que, políticamente antiliberal, le pedí a un amigo liberal que enseñara liberalismo. La razón es simple: no voy a reproducir en una instancia contrainstitucional los vicios de la institución. Estoy a favor del debate y no del lavado de cerebro. No deseo crear clones sino oyentes libres que se formen una idea comparando, analizando, confrontando tesis. He buscado una persona capaz de enseñar en la Université Populaire una lectura del Corán, a pesar de no considerar ese libro un breviario republicano ni un manual del iluminismo. Mi concepción libertaria me hace creer que del debate y la confrontación puede surgir una opinión autorizada –lo contrario de lo que piensa y practica la milicia freudiana–. Por mi parte, no tengo la fantasía de convertirme en gurú. No es algo que se pueda decir de todos los que integran en estos tiempos el campo freudiano.

-"El crepúsculo de un ídolo" se presenta como una lectura nietzscheana de Freud. ¿Qué quiere decir usted con ello?

Para Nietzsche una filosofía es siempre la confesión autobiográfica de su autor. Esta verdad funciona para él, por supuesto, pero también para todos los filósofos. Ahora bien, Freud fue un filósofo y su producción obedece igualmente a las mismas leyes: ellas constituyen una respuesta válida a las preguntas de Freud, claro, pero seguramente no es una respuesta universal válida para todos los hombres. Por encima del bien y del mal, por encima de todo juicio de valor, yo me propuse desmontar el mito de un Freud científico que descubrió un continente, el inconsciente, como Copérnico descubrió el heliocentrismo o Darwin la evolución de las especies. Freud nunca fue un científico, sino un artista, un escritor, un filósofo. De ahí a hacer de él un genio científico hay un abismo... Lo que hago con Freud, pero también lo hago con todos los filósofos desde hace ocho años en la Université Populaire, es lo que Sartre llamaba “un psicoanálisis existencial”. Dejo en manos del lector creer o no creer en las aserciones pretendidamente científicas de Freud. Por mi parte, yo sitúo a Freud al lado de Nietzsche o de Kierkegaard, autores sin ningún valor científico universal, pero con un valor filosófico individual, subjetivo. Un pensamiento se refuta, no la vida filosófica que lo acompaña: refuto el pensamiento freudiano, pero no la vida filosófica de Freud.

-Para usted el freudismo es una “visión del mundo privado con pretensión universal”. ¿Por qué?

-Un ejemplo: el complejo de Edipo, presentado como un descubrimiento universal freudiano, proviene del simple hecho de que Freud, cuando era un niño, hizo un viaje en tren con su madre. Él pretende “que no pudo no haberla visto” desnuda esa noche y que, “por lo tanto”, la deseó sexualmente. Luego infiere, sin más pruebas, que es así en todos los niños desde siempre y para siempre. Que Freud, por razones subjetivas (una familia recompuesta y con tres niveles de generaciones mezclados, un padre que tenía la edad de su abuelo, un cuñado de la edad de su padre, un sobrino apenas mayor que él, etc.), haya tenido problemas de identidad sexual no representa ningún problema para mí. Pero que infiera teorías de orden general a partir de hechos aislados me parece cuestionable. Freud confunde sus deseos con la realidad y analiza siempre de este modo. La novela familiar, el niño golpeado, el asesinato del padre, la etiología sexual de los neuróticos, el complejo de Edipo y otros muchos conceptos pretendidamente universales y científicos son solo afirmaciones particulares y literarias.

-Usted dice que toda religión crea una estructura de dominación y que la terapia psicoanalítica implica una relación de servidumbre. Si el freudismo –como usted lo afirma– es una religión o una secta, ¿qué es lo que cautivó a sus adeptos?

-Lo que fascina siempre a los sectarios es tener a su alcance una solución multiusos, que exime de ser inteligente, que no cuenta con la razón crítica, que exonera a la persona de todo uso racional de su pensamiento. Agreguemos que esta “religión” reúne a sujetos frágiles que gozan con la servidumbre y que disfrutan escuchando a un maestro depositario de la verdad universal y descubridor de certezas admirables. El gurú les da seguridad porque propone una sola llave que permite abrir todas las cerraduras: el complejo de Edipo. Esto le permite al sectario hacer caso omiso de sus angustias, de su soledad, de su miedo. En rebaño se siente mejor, fuerte, gracias a la debilidad de los que comparten establo con él. Una vez se vuelven locos, estos bovinos se metamorfosean en animales de horda, de banda, de jauría.

-Usted refuta que el psicoanálisis permita la cura y afirma que es solo un “efecto placebo”. ¿Cómo explica entonces que algunos pacientes se sientan mejor al cabo de una terapia psicoanalítica?

-Justamente, gracias al efecto placebo. ¿Qué pensar de aquellos millones de personas que se sienten mejor luego de una consulta con un vidente, un astrólogo, un homeópata, un espiritista? ¿En los posos del café podemos hallar la verdad del ser? ¿Podemos leer el futuro de una persona en la posición de los astros en el cosmos? ¿El algodón magnetizado cura el cáncer? ¿Gránulos de azúcar sin rastros de sustancias químicas tienen poderes terapéuticos? Y el que participa en una sesión de espiritismo, ¿vive mejor su duelo después de haber hablado con el alma de su muerto? Vamos, seamos serios. Acabemos con estas conductas mágicas y estos comportamientos infantiles. El psicoanálisis es el nombre dado al ocultismo en un siglo positivista.

-¿Qué quiere decir cuando acusa al psicoanálisis de “terrorismo intelectual” o de haber proliferado “como una planta venenosa”?

-La constitución del psicoanálisis como una máquina de guerra destinada a tomarse el poder en Europa y luego en el resto del mundo obedece a la voluntad de Freud y los suyos –de su hija Anna en particular–. Una secta no se vuelve religión (una religión es una secta que tuvo éxito) sin volcarse ávidamente sobre los medios para lograrlo. Para estudiar la expansión del psicoanálisis debemos recurrir a la mediología de Régis Debray, al estudio de la transmisión de los mensajes, con el fin de explicar cómo mediante congresos, coloquios, revistas, editoriales, emisarios, asociaciones, redes, discípulos sumisos y expulsión de colegas rebeldes las doctrinas de Freud han prevalecido sobre la inteligencia planetaria. Fue a través de la constitución de una clientela socialmente poderosa (útil para reunir recursos y crear así un “fondo de guerra”), de la propagación de una leyenda mantenida por los fieles, de la construcción de una biografía original al modo de una hagiografía (por Ernest Jones), de la destrucción de documentos que probaban la falsedad de Freud y de la conformación de una leyenda a partir de "Mi vida y el psicoanálisis" como las ideas del médico vienés conquistaron el mundo. No me extraña que haya una moratoria hasta 2050 sobre los archivos de Freud, pues en ellos reposan las pruebas de todas sus fabulaciones.
Agreguemos a ello que Mayo del 68 fue la ocasión de un inmenso malentendido: Freud el conservador, el reaccionario, Freud el compañero de ruta de regímenes fascistas, se convierte, a través de Reich y Marcuse, y luego a través de todos los autores freudo-marxistas que acompañan el movimiento, en Freud el liberador de la sexualidad, el defensor de los oprimidos sexuales. ¡Es el colmo! Lacan acelera este movimiento en Francia, acostando en su diván a todos los ex de Mayo del 68 que hicieron el duelo de la fracasada revolución y pasaron a ser parte de las élites que comandan actualmente la máquina social francesa. Entre ellos, hay varios jefazos de la prensa que han dado cabida en sus páginas a los vómitos sobre mi trabajo de historia crítica. ¿No le parece llamativo?

-Usted critica la venalidad de Freud, el amor por el dinero. ¿Cree que esta voracidad por el dinero tiene vigencia entre los psicoanalistas de hoy?

-Si debo juzgar por las tarifas de hoy en el sector privado, si observo la extrema discreción acerca de este tema y el silencio total de los psicoanalistas sobre este ítem en mi libro, si juzgo por lo publicado en la revista satírica Le Canard Enchainé, que explica la forma en que Jacques-Alain Miller, célebre psicoanalista, yerno de Lacan y una autoridad en la materia, evadió del fisco sumas considerables, creo, en efecto, que es un comercio extremadamente rentable. Entonces sí, ¡es un problema de actualidad!

-Usted acusa al psicoanálisis de ser una actividad narcisista que permite a millones de personas creer que su ombligo es el centro del universo. ¿Recomienda que la gente deje de psicoanalizarse? Y, en caso de ser así, ¿cómo debería tratarse el sufrimiento psíquico?

-¡Es increíble que Freud haya logrado hacer creer que el psicoanálisis es solo el freudiano y nada más! Ya que, en un momento de lucidez, él mismo dijo, durante una conferencia en Estados Unidos, que él no había inventado el psicoanálisis, sino que este descubrimiento se lo debíamos a Josef Breuer. El psicoanálisis se vuelve luego una aventura colectiva con un número considerable de gente que trabaja en este descubrimiento junto a Freud –pensemos en Adler, Jung, Rank, Stekel, Reich, Abraham–. En términos absolutos, no estoy en contra del psicoanálisis sino en contra del psicoanálisis freudiano. El freudo-marxismo cuenta, por ejemplo, con toda mi simpatía. O incluso lapsicología concreta de Politzer o el psicoanálisis existencial de Sartre. ¡Es justamente porque me importa el sufrimiento psíquico que combato aquello que no lo suprime pero pretende hacerlo!

-Usted explica que en el psicoanálisis “todo tiene el mismo valor”: el enfermo y el sano, el bien y el mal, la enfermedad y la salud, etc. ¿No le parece que esta visión, tal vez algo laxa, es preferible a una visión maniquea de la salud mental?

-Yo creo que esa afirmación según la cual hay una diferencia de grado y no de categoría entre lo normal y lo patológico es la huella de una época enferma. Pienso, por ejemplo, que la psicopatología de una analista histérica ¡no es una característica de la salud mental! A juzgar por los horrores de nuestra época, necesitamos, para justificarnos, borrar los límites entre el perverso, el neurótico, el psicótico, el paranoico y el hombre en plena posesión de sus facultades mentales. No digo que sea simple trabajar sobre distinciones precisas entre lo normal y lo patológico, pero la dificultad no puede justificar el rechazo a cuestionar una definición que sabemos históricamente fechada pero intelectualmente útil.
-¿Las críticas al psicoanálisis hechas en su momento por Sartre, Deleuze, Derrida, Foucault y otros intelectuales han suscitado la misma violencia y odio que despertó su libro?

-No. Nuestra época es más histérica, más mediática, por lo tanto más superficial también. El desarrollo de internet permite internacionalizar al instante las declaraciones del primer cretino que aparece. Los periodistas han perdido toda deontología al mismo tiempo que todo talento: hoy en día el periodismo es una profesión –al menos el periodismo de ideas– saturada de estúpidos sin obra que dictan la ley desde lo alto de su indigencia, la cual llega a cimas inimaginables. Aquellos que no han creado nada destruyen lo que existe creyendo que la nada hecha por ellos alrededor de su propia persona vale como una prueba de su genio. Entre todas las críticas odiosas que han acompañado mi libro en la prensa francesa, ¿qué pluma de talento podemos resaltar? Ninguna. Sin embargo, he recibido cartas de apoyo y amistad de Régis Debray, François Dagognet, Jean Malaurie, Marcel Conche, Louis Sala-Molins, gente por la que tengo la más alta estima. El resto tiene muy poca importancia.

-¿No es la definición misma de hombre moderno lo que usted cuestiona? Ésa es la impresión que me queda después de lo dicho hasta aquí.

-En efecto, propongo una definición de nuestro tiempo bastante diferente. La gente que se cree moderna recitando el catecismo de un idealista que propuso su visión del mundo en una época positivista me hace pensar en los supuestos científicos americanos que se sacrifican por la Biblia y consideran que las teorías de Darwin son falsas: los freudianos están agarrados a su maestro como los fundamentalistas cristianos al Génesis. Después de Freud ha habido descubrimientos importantes en la neurociencia, la teología, la biología molecular, las ciencias cognitivas. Ya es hora de integrarlos a nuestra visión del hombre postcristiano.

-¿Alguna vez se psicoanalizó o pensó en hacerlo?

-Hace mucho tiempo tuve ganas de criticar a Freud en nombre de un psicoanálisis no freudiano. Pero no quería hacerlo únicamente a partir de textos freudianos. Me daba la impresión de que, para hacer un análisis didáctico encaminado a contemplar el proceso psicoanalítico desde su interior, debía estudiar teología, hacerme sacerdote, practicar diez años de pastoral y así tener el derecho a decirme ateo mientras que ya lo era. ¿Una paradoja, no? Y además creo que un psicoanálisis alternativo no podría ser el fruto del descubrimiento de un solo hombre; hace falta el trabajo arduo de “un intelectual colectivo”, para utilizar una expresión de Bourdieu.

-Para terminar, usted es un amante del cine. ¿Le gustan los films de Woody Allen, eterno paciente del psicoanálisis?

-Vi antaño películas de Woody Allen que no me dejaron un recuerdo imperecedero...


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