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¡Ahógame en los mares de tus luces…!

La biofotónica a la zaga del Islam

15/04/2012 - Autor: Mehdi Flores - Fuente: Webislam
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Al Muhit: el Océano, uno de los más bellos nombres de Allah

Gracias a la revelación del Corán, sabemos que Dios es la Luz de los cielos y la tierra y de cuanto hay entre ellos. Dios es una Luz sobre toda Luz y el Islam reconoce como uno de los más bellos nombres de Dios el nombre de Luz (Nur). Tal reconocimiento hace posible que exista entre los musulmanes el hermoso nombre de Abdu-n-Nur, el siervo de la Luz.

“Ahógame en los mares de tus luces…” exclamaba el santo marroquí Mulay Abdussalam ben Machich desde la cima del monte ‘Alam, rodeado de espesos bosques de alcornoques, en una de sus más celebres oraciones. ¿Acaso no se nos descrito el encuentro con el arcángel Gabriel con el profeta Muhámmad como semejante al despertar de la aurora? ¿No se nos ha transmitido que cuando Dios creó su primera criatura tomó un puñado de Su luz y le ordenó: ¡Kuni Muhammadan!, ¡sé Muhámmad!? La creación es océano de luz muhammadí y como el cuerpo humano es un solo ser, así también el universo creado es un sistema que funciona como un único organismo.

Sohravardi, el maestro del Ishraq, desarrolló toda su visión del mundo en el convencimiento de que toda la creación es luz, una luz con un grado de orden infinito, que se despliega incesantemente, a borbotones, desde el manantial (‘ayn) de todas las luces. No es causal que en árabe la palabra manantial, ‘ayn, signifique también ojo y la realidad esencial de una cosa.

El antropólogo alemán Carl Huter postuló ya en el año 1904 de forma genial que toda la vida se basa en la radiación luminosa y tuvo la visión de que es la luz la que controla y coordina todo en la célula. Como hipótesis a tener en cuenta por la ciencia moderna, estableció que lo que él llamó la energía de percepción era una fuerza original en la materia, que va desplegándose desde las partículas fundamentales, pasando por los átomos y las moléculas, hasta la luz vital de la célula con una consciencia cada vez mayor. Con su hipótesis de que la energía de percepción acompaña como tercera fuerza original a la energía en reposo (fuerza magnética en el núcleo atómico) y la energía del movimiento (fuerza eléctrica en las capas atómicas) abrió la puerta hacia los “campos sutiles”, al igual que los propuestos por Albert Einstein. La materia tendría así una tercera fuerza original, la energía de percepción. ¿No dijo Berkeley que existir es ser percibido? Las cosas existen porque Dios las mira.

La biofotónica

El biofísico alemán Fritz Albert Popp descubrió en la década de 1970 que de cada célula de nuestro organismo emana una luz similar a la de una vela colocada a 25 km. de distancia. A la luz proveniente de los seres vivos la llamó biofotón. Esta luz ultratenue es capaz de intercambiar información entre los organismos a grandes distancias. La suma de todas las células del cuerpo humano, unos 100 billones de células, da lugar a una importante luminosidad. No sólo recibimos luz, sino que también emitimos luz. Se trata de una luz con un alto grado de orden, de luz láser biológica. La radiación lumínica de un sistema de este tipo es muy tranquila, posee una intensidad muy estable y las oscilaciones, que normalmente están presentes en la luz, son mínimas. Debido a la intensidad constante del campo de sus ondas, estas pueden superponerse; gracias a esta interferencia se producen efectos que no se dan en el caso de la luz normal. El campo lumínico de este tipo de luz láser posee un alto grado de orden y tiene, por lo tanto, la capacidad de actuar como formador de orden y de transmitir informaciones. El físico austriaco Erwin Schrödinger, que recibió en 1933 el premio Nóbel de física y es considerado el auténtico fundador de la teoría cuántica, ya había postulado que un ser vivo sólo puede mantenerse en un nivel alto de orden porque recibe continuamente orden de su entorno. Estamos inmersos en un océano de luces.

Luz, armonía y enfermedad

Otro de los descubrimientos de Popp fue que la luz es capaz de modificar la actividad de la materia. En uno de sus experimentos colocó en dos pipetas un poco de sangre y a continuación añadió solo en la primera un agente patógeno. Esta pipeta comenzó a fabricar enseguida anticuerpos y al poco tiempo también la segunda pipeta, libre de ese agente patógeno, comenzó también a fabricarlos. Más adelante, colocó un cristal de vidrio entre ambas pipetas impidiendo así la transmisión de la radiación ultravioleta y la sangre de la segunda pipeta cesó de fabricar anticuerpos. Demostró así que la luz era por un lado portadora de información y por otro que solo puede transportar esa información si su espectro no se altera, perdiendo así “calidad”. Popp llegó a la conclusión de que se pueden encontrar claras relaciones entre la luz biofotónica y la enfermedad. Según esto, la enfermedad no sería sino una alteración de la luminosidad, una falta en la armonía luminosa. Las tinieblas, el pecado, la ignorancia, la enfermedad, no son sino aspectos de una misma realidad: luz desbaratada, luz que no puede fluir ordenadamente y armonizar todo lo que baña.

El campo de Burr

En  los  años  treinta,  un  anatomista  de Yale, Harold  Saxon  Burr,   descubrió   que   un   campo electromagnético  envolvía  el cuerpo  de  todo  ser vivo.  Con  la  esperanza  de  poder  visualizar  ese cuerpo eléctrico,  había conectado un voltímetro en el  cuerpo  de  dos  mil  mujeres  a  quienes  se  les practicaba   la prueba de   Papanicolau, llamada también citología vaginal que se realiza para detectar cambios en las células del cuello de su útero. La prueba de Papanicolau puede decirnos si existe una infección, células anormales (no saludables) o cáncer. Burr observó que algunos  de  esos cuerpos eléctricos, presentaban a la altura de  la  pelvis  un  accidente característico.  Eso era sorprendente, porque dichas mujeres gozaban todas de buena salud. Pero seis meses después, aquellas que habían mostrados esa anomalía electromagnética, volvieron con un cáncer...

Para algunos científicos, como el Dr. Régis Dutheil, “este campo de Burr  revela la calidad del tránsito, vía cerebro, de  las informaciones  del espíritu  hacia el cuerpo. Supongamos  que  la  conciencia   de  un  individuo   se encuentra  un  día  "oscurecida"  por un estrés,  una angustia  o un dolor moral.  ¿Qué va a suceder?  Su córtex  va  a  dejar  pasar   menos  información  del campo  de  la  conciencia  y  por ello  la calidad de proyección  luminosa  va a ser menor,  deformando el cuerpo eléctrico. Dañado, ese último ha de mandar, mediante  fotones,  una señal degradada  o corrompida a las células,  que van a comenzar  entonces  a degenerarse.  Y luego  aparecerá la lesión clínicoanatómica.  Eso  se denomina  bajón energético”.

Esto se corresponde con la idea islámica de kufr y su adjetivo káfir, cafre, que nos es sino aquel que se encierra en su egoísmo ignorante y no permite que la luz celestial ilumine sus tinieblas. “Sordos, mudos, ciegos…no saben regresar”. La alusión a las tinieblas que envuelven a los extraviados es recurrente en el Corán, lo mismo que a la luz que guía a los agraciados hacia el reino de la gloria, palabra está última que significa otra cosa que luz supraluminosa.

Los mundos de luz del Dr. Régis Dutheil

Régis Dutheil, fallecido en 1995, fue profesor de física en la facultad de medicina de Poitiers e investigador en la fundación Louis de Broglie. Propuso con la colaboración de su hija Brigitte un modelo de funcionamento de la conciencia relacionado con la luz.
Régis et Brigitte Dutheil anuncian que el dogma de la barrera de la velocidad de la luz no se sostiene ya  y citan al  científico americano Feinberg, que aunque preservando la mecánica relativista, postula la existencia, al otro lado del muro de la luz, de campos de partículas que se mueven más rápidamente que la luz física y nunca más lentamente que ella.

De tal manera que podemos deducir que existen tres mundos en función del tipo luz que “da a luz” a cada uno de ellos:

El primero es el mundo subluminoso, que es el mundo ordinario que conocemos, el de las partículas de la física clásica newtoniana, constituido por partículas llamadas “badriones” (del griego badrys “lento”) cuya velocidad es  inferior a la de la luz. Este es, propiamente dicho, el mundo de la materia.

El segundo es el mundo luminoso, mundo que se mueve a la velocidad de la luz. Es el mundo de los luxones, fotones que forman lo que entendemos habitualmente por la luz.
El tercer reino, es el mundo superluminoso que sobrepasa la velocidad de esa luz, formado por entidades superluminosas llamadas taquiones (del griego takhys “rápido”).

Según el profesor Dutheil, la conciencia es luz y tiene dos modos de funcionamiento, el primero, local, dentro de nuestro cuerpo físico correspondiente al “yo luminoso” y el segundo, no local, correspondiente al mundo superluminoso. Esta supraconciencia se modularía y convertiría en “mente” humana a través de nuestro cuerpo, en especial de nuestro cerebro. Entre el mundo físico y el superluminoso las diferencias serían notables. El tiempo, tal como lo conocemos aquí, dejaría de fluir del pasado al futuro y experimentaríamos la sincronicidad o simultaneidad temporal. Causa y efecto podrían ser vistas invertidas. Nuestra conciencia se amplificaría en función de los órdenes jerárquicos de armonía. Como en los láseres o los biofotones, a mayor coherencia de luz, a mayor armonía, mayor grado de conciencia, mayor felicidad, mayor salud. La iluminación sería una apertura al mundo de la luz supraconsciente, que implicaría un descenso de información desde ese otro mundo al nuestro.

Estos mundos de luz son comparables a océanos que se interpenetran, aguas superiores e inferiores que confluyen en barzajs o mundos intermedios, mundos de penumbra, donde lo sutil se corporaliza y lo corporal se sutiliza. Es en ese mundo intermedio donde la información pura de la supraconciencia se reviste con la forma de imágenes u hologramas tridimensionales para desplegarse en el mundo de los sentidos como objetos de materia física, infinidad de órdenes implicados que se explican o despliegan como un tayalli  en una jerarquía ontológica vertical, desde la más bella de las constituciones hasta lo más bajo de lo bajo.

Nuestra parte supraconsciente, sería así nuestro gemelo celeste, nuestra pareja pura de la que habla el Corán, nuestra esencia iluminada que es vista por Dios y ve a su Señor, que es la porción o qadr que su arquetipo esencial puede contener. Ese reino de las esencias, visto desde aquí como noche, debido a que su luz suprasensible, invisible a nuestros sentidos ordinarios, es más luminosa que mil lunas nuevas. Ella es armonía, salâm la ascensión de la aurora, que es el barzaj con nuestro mundo físico.

Las coincidencias con las enseñanzas del Islam son notables, aunque como siempre, la ciencia racional se queda en pañales ante la ciencia intuitiva de los maestros iluminados. Si podemos relacionar con cautela estos tres mundos con los mundos descritos por el sufismo como Mundo del Mulk, Malakut y Yabarut, habría que añadir que la gnosis islámica va mucho más allá, hasta los límites más altos de la imaginación humana.

Un límite que, señalado en el Corán, por el Azufaifo del Confín, ni el propio arcángel Gabriel osó franquear, sabedor de que su naturaleza angélica no podría soportar la intensidad de la teofanía. Solo el profeta Muhámmad, Dios le bendiga y salve, pudo ir más allá y experimentar lo que experimentó.

Pero, de lo que no se puede hablar, como dijo aquel, mejor callarse. 


 


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