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‘Sucesos como el de Toulouse son la gran tragedia de todas las religiones’

Pide una iglesia más democrática y con mayor presencia de mujeres

05/04/2012 - Autor: E. Barajas - Fuente: Adital
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El teólogo Juan José Tamayo

Juan José Tamayo critica a la jerarquía de la Iglesia católica con la misma claridad con la que alaba alguno de sus movimientos de base. Su último libro ‘Otra teología es posible. Pluralismo religioso, interculturalidad y feminismo’, condensa algunas de las principales líneas de pensamiento de este teólogo y filósofo, que el pasado miércoles estuvo en Cáceres, invitado por la Fundación Caja Extremadura, para impartir la conferencia ‘Religión y mercado

El vínculo al que hace referencia alude a que hemos elevado a los altares al 'dios mercado' o a que ha sido la religión la que ha asumido los valores neoliberales...

A las dos cosas. Se ha producido un fenómeno muy curioso de metamorfosis del dios de las religiones en el ‘dios mercado’. Además, la suplantación ha supuesto también la divinización del mercado y una apropiación por parte de este ‘dios mercado’ de los viejos atributos que daba la antigua teodicea al dios de la religión: la omnipotencia, la omnipresencia, la omnisciencia y la providencia.

En esta línea, ¿hasta qué punto esta crisis económica que atravesamos es y tiene su origen en una crisis de los valores morales?

Esta una crisis moral porque este ‘dios mercado’ ha vaciado las dimensiones éticas más profundas que tenía el dios de las viejas religiones, como son la compasión, la misericordia, la acogida, el compartir... Por ejemplo, todas las azoras del corán comienzan diciendo "el dios clemente misericordioso y compasivo". Del ‘dios mercado’ han desaparecido absolutamente todas esas virtudes y se han mantenido una serie de factores que son los más negativos y los más antipáticos como son la autoridad, la violencia, la venganza o el espíritu clasista. Ya no están las dimensiones o elementos que hacían más solidario, más humano y más justo al dios de las religiones monoteístas

El Papa acaba de visitar Cuba, un país sin ese 'dios mercado', ¿cómo valora este viaje?

Por los compromisos que he tenido estos días, no he estado muy atento a este viaje y realmente no lo he seguido como seguí, con extraordinario interés, la visita que hizo a su predecesor Juan Pablo II, que creo que fue muy importante porque lanzó dos mensajes. El primero, que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba. Además, también destacó una serie de valores que consideraba muy presentes en la sociedad y en el modelo económico cubanos y que estaban muy en sintonía con los valores evangélicos. Sobre este viaje de ahora prefiero no opinar al no haber estado muy al tanto de la información.

Pero se ha criticado mucho que no se reuniera con los disidentes....

Yo pienso que eso entra dentro de la política y la diplomacia del Vaticano, que intenta tener unos comportamientos políticamente correctos sin inmiscuirse en las cuestiones más específicamente internas. Pero a mí me parece que un Papa, o un dirigente eclesiástico, que va con un mensaje de solidaridad, con un espíritu de apertura, no debería limitar el diálogo a la parte oficial sino que debería hacer un esfuerzo por encontrarse con los diferentes sectores de la sociedad. Esta es una función de un líder religioso que intenta difundir un mensaje de paz y de buscar puentes de comunicación y de negociación en situaciones de conflicto. En cualquier caso, más escandaloso me pareció todavía que en México se negase a encontrarse con las víctimas de la pederastia. México es el país de Marcial Maciel, el fundador de la Legión de Cristo, una organización donde la pederastia ha llegado hasta la propia cúpula, hasta el propio fundador. ¿En qué queda entonces todo ese intento de limpieza, todas esas palabras que el Papa ha pronunciado condenando la pederastia y considerando que es uno de los más graves crímenes que se puedan cometer? Pues quedan en un ‘flatus vocis’, en simple palabra vacía sin contenido.

¿Cree entonces que la Iglesia no ha sido suficientemente dura con los casos de pederastia?

Para nada lo ha sido. Benedicto XVI fue durante 24 años presidente de la Congregación para la Doctrina la Fe y controlaba perfectamente este tema y estaba suficientemente informado porque a diario, desde hacía 40 o 50 años, llegaban informaciones sobre estos casos y lo que se hacía era meterlas en el cajón e incluso impedir que las víctimas difundieran esta situación. Y solo en el momento en el que le explota este caso en las manos, cuando era completamente incontrolable, entonces interviene. Ha costado mucho que reconozcan los hechos y, por supuesto, las medidas que se han tomado han sido insuficientes, ineficaces y, además, tomadas con mucho retraso. Además, hasta ese momento, la política era que, una vez que se reconocía el hecho, se mantenía oculto en el terreno eclesiástico y a nivel interno se cambiaba al sacerdote de lugar, sin avisar a veces a la nueva parroquia o a la nueva organización a la que iba destinado de que esta persona tenía tendencias pedófilas, por lo que volvía de nuevo a incurrir. Por tanto, la gestión ha sido funesta, y no se corresponde para nada ni con la caridad evangélica ni con la corrección fraterna, ni siquiera con los castigos que establece el Código de Derecho Canónico para estos casos. Y eso es lo que más sorprende, que se imponga silencio a colegas teólogos por disentir del pensamiento oficial y hacer una interpretación crítica del magisterio de la Iglesia mientras que en estos casos la actitud es de permisividad y de no control.

Precisamente, a usted, por su trayectoria profesional, la Iglesia le ha apartado de la comunión eclesial. Incluso, ha asegurado que algunos de sus postulados son incompatibles con la fe católica. ¿Se siente, de alguna forma, perseguido?

En absoluto me siento perseguido. Yo tengo un estatuto académico docente, soy profesor de una universidad, dirijo una cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones y no me siento para nada sometido ni afectado por cualquier interpretación que hagan de mi trabajo intelectual ni de mi actividad académica. Me parece que es una injerencia en mi vida personal, en mi proyecto intelectual pero no me toca lo más mínimo ningún aspecto de mi vida, porque yo no tengo que someterme al juicio de los dirigentes de una institución que se mueven fuera de ese campo. ¿Cómo un obispo, que no es teólogo, que no tiene esa función, puede juzgar mi teología? Me parece que no tiene ningún tipo de lógica. Además, ni soy sacerdote, ni vivo de un salario de la iglesia, ni estoy sometido a la obediencia a ninguno de sus jerarcas. Mi actitud sobre esto es de total indiferencia.

Usted ha llegado a afirmar que durante este pontificado la Iglesia se ha alejado de los pobres y que se ha practicado un antiecumenismo militante, ¿no son acusaciones muy duras?

Yo no hago acusaciones, constato realidades. Sobre el alejamiento de los pobres, no ya este pontificado, sino en buena parte de los pontificados de la historia, han dado la espalda a los pobres y como mucho han fomentado la beneficencia o la limosna, pero no con espíritu de luchar contra las causas que generan la pobreza. Se han hecho obras para los pobres pero sin que ellos sean los sujetos de su propia liberalización y ciertamente los pobres están fuera de la Iglesia y no tienen ninguna confianza en que la institución eclesiástica apoye sus luchas y sus causas. ¿Por qué? Porque la jerarquía católica está más preocupada por la ortodoxia que por la ortopraxis. Le interesa mucho más la obediencia y la sumisión al Código de Derecho Canónico que el que se practique el evangelio de la liberalización. Desde hace muchos siglos la Iglesia se ha equivocado en favor de los ricos, algo que aún no ha reconocido y por lo que no ha pedido perdón. Todos los movimientos que se aproximan a los pobres y que luchan codo a codo con ellos para contribuir a su liberación, han sido condenados, como por ejemplo, la teología de la liberación. Y sobre el ecumenismo que pusieron en marcha Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, es algo que se ha sido dinamitando gradualmente. Primero en la segunda etapa del pontificado de Pablo VI y después durante parte del de Juan Pablo II. Se han establecido cada vez más barreras entre unas iglesias y otras y, por supuesto, con otras religiones. Estos han sido dos de los grandes fracasos de la Iglesia católica en los últimos 50 años.

¿Cuáles considera que han sido los otros?

Primero no dar un solo paso hacia la democratización de la Iglesia, sino reforzar su estructura jerárquica, que es totalmente vertical y autoritaria. También la marginación y discriminación de las mujeres, que cada vez han sido colocadas más en los márgenes. Toda contrarreforma, también en el campo político, comienza igual, negando o limitando los derechos a las mujeres. Lo estamos viendo ahora con la contrarreforma que se va a llevar a cabo en el Ministerio de Justicia. ¿Quiénes son las perdedoras de esta contrarreforma?: las mujeres, a quienes se les niegan los derechos sexuales y reproductivos con un paternalismo impresionante, diciendo que lo que se quiere es proteger la maternidad, cuando lo que hay es una justificación y una legitimación de algo que realmente es una limitación. Las mujeres siguen siendo mayoría silenciosa y silenciada en la Iglesia. Al final, las religiones se llevan muy mal con las mujeres. En el caso concreto del catolicismo, no solo no se ha dado un paso adelante, sino que se ha retrocedido y se les han cerrado todas las puertas para acceder al sacerdocio o se les han dificultado enormemente los estudios de Teología y todavía más el acceso a la docencia.

¿Confía en que la Iglesia avance en algunos de estos aspectos?

Sí, claro, pero es algo que depende de dónde se ponga la mirada. Si miro a la cúpula, no tengo absolutamente ninguna esperanza, pero si miro a la base, ahí sí que algo se mueve. Se están produciendo cambios extraordinarios en las comunidades de base: en el movimiento de cristianos por el socialismo, movimientos apostólicos obreros, organizaciones comprometidas solidariamente en el tercer mundo o en las zonas de marginación del primer mundo, movimientos de mujeres, sacerdotes obreros, parroquias populares... En todo ese campo encuentro, no ya esperanza, sino realizaciones. Otra Iglesia es posible y se está haciendo realidad en esta iglesia de base, en estos movimientos cristianos populares.

Como teólogo, que reflexión le merecen sucesos como el que ocurrió recientemente en Toulouse, que un joven de poco más de veinte años emplee la religión como una justificación para matar, incluso, niños.

Esa es la gran tragedia de todas las religiones, que ofrece mensajes de paz y, sin embargo, forman a sus creyentes en la violencia, en la intolerancia, en el fundamentalismo. Las religiones han fracasado al no ser capaces de traducir en proyectos, en modelos educativos, en propuestas alternativas, los mensajes de paz, justicia, igualdad y tolerancia que han predicado. Y eso sí que es realmente una esquizofrenia. Y eso lo digo de todas las religiones, no solo de una. El caso del Islam es el más peculiar. Islam significa paz y es una religión de paz. Sin embargo, determinados musulmanes adoptan actitudes violentas, pero no por el Islam en sí, sino por el fanatismo que originan los dirigentes religiosos. Es algo que también se puede decir del judaísmo, del cristianismo o, incluso, del budismo, porque ya ha visto usted cómo se ha comportado en Sri Lanka, con una persecución brutal hacia los tamiles. Es el gran problema de las religiones y su gran asignatura pendiente. Pienso que el discurso se anula con unas prácticas contrarias. Hay que cambiar la metodología: dar ejemplo, dar testimonios y obras de paz, de solidaridad y de justicia, y luego elaborar un discurso a partir de esas obras, pero no partir de un discurso que luego se incumple a diario.


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