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La tercera vía

En ningún momento, los árabes consideraron la democracia en su versión occidental el modelo a seguir ni el objetivo de su esfuerzo reivindicativo

12/03/2012 - Autor: Ali Mesnawi - Fuente: Más De Una Voz
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Handala

Hace unos meses leí un artículo en el periódico El País de Cristovam Buarque (político brasileño) titulado “La primavera y el otoño”, en el que el autor rechazaba la opinión de que el movimiento del 15M estaba inspirado en las revoluciones árabes, porque según él éstas últimas reivindicaban derechos ya conseguidos por las poblaciones del mundo occidental como el trabajo, respeto a los derechos humanos o una vida digna. Mientras que los movimientos reivindicativos occidentales respondían a motivaciones mucho más profundas como la quiebra del modelo social, la falta de confianza en las instituciones democráticas y la decepción ante la adulteración de la propia democracia como resultado de la intervención de los poderes económico y mediático.

Dice el Sr. Buarque:

La imaginación árabe se limita a la búsqueda de la democracia que Europa ya posee. Por tal razón, es una primavera con la posibilidad de llegar al modesto verano de una nueva constitución que permita organizar partidos, separar los negocios públicos de los privados y hasta detener a los políticos corruptos, elegir presidentes, alcanzar la libertad de imprenta y la independencia de los poderes legislativo y judicial. Todo lo que Europa ya tiene”.

Al leer el artículo uno tiene la sensación de que el autor pertenece a esa raza de «hombre blanco de sangre azul», que no puede concebir que los árabes puedan ser pioneros o promotores de nada positivo, sobre todo cuando ese algo sirve de ejemplo y guía para la “raza privilegiada”. Y si suponemos que realmente el autor aprecia dichas diferencias entre ambos fenómenos es evidente que el Sr. Buarque no ha entendido nada de lo que acontece en el mundo árabe, ya que las poblaciones de la orilla sur no han considerado la versión de la democracia occidental como modelo de inspiración de su movimiento reivindicativo, pues ya hace bastante tiempo que dichas poblaciones dejaron de mirar a occidente como modelo de sociedad. Es verdad que occidente fue durante un tiempo el reflejo de la tierra prometida para muchos pueblos del tercer mundo sometidos al despotismo, la falta de libertades, la humillación y la miseria. Occidente era la tierra de la libertad de expresión, la igualdad de oportunidades, el respeto a la dignidad de las personas y de la democracia. Esta imagen hizo que muchas personas del tercer mundo emigraran a esa tierra prometida donde fueron acogidos dignamente y se les concedió la oportunidad de comenzar una nueva vida basada en el respeto y la libertad. Sin embargo, esta situación fue cambiando con el tiempo y empezamos a percibir posturas que consideraban al inmigrante como un elemento perturbador, extraño e indeseado que no combinaba bien con el decorado de una Europa pura e inmaculada. En ese sentido, se hizo famosa la frase del escritor suizo Max Frisch en 1965: “pedimos mano de obra y llegaron personas”, aunque en esos momentos aún no existía la alarma social que aparecería un par de décadas después con el aumento de la visibilidad de los inmigrantes y sus manifestaciones sociales, hasta llegar a nuestros tiempos, en los que un alcalde de la provincia de Almería se manifiesta diciendo: “necesitamos más inmigrantes entre las siete de la mañana y las siete de la tarde, pero que desaparezcan todos entre las siete de la tarde y las siete de la mañana”.

Volviendo a nuestro tema, parece ser que el sr. Buarque no se ha percatado de que los árabes ya se despertaron de su sueño de la tierra prometida hace bastante tiempo, cuando se dieron cuenta de que la buena acogida que recibieron en Europa no emanaba de una postura moral basada en los principios de la ilustración, sino que era fruto de sus ansias por poner en funcionamiento su maquinaria de desarrollo económico, y que al percibir que su presencia era demasiado visible y las vacas gordas de la economía habían adelgazado, los buenos modales y el trato digno comenzó a tomar tintes más oscuros. Y cuando los árabes miraron a la política internacional encontraron razones de mayor peso aún para dudar de la validez del modelo de democracia occidental. Una democracia que apoyaba los regímenes dictatoriales de sus países, que promovía guerras de ocupación en Irak y Afganistán, y que defendía de forma incondicional al estado de Israel, un estado adscrito a una ideología que las propias naciones unidas condenaron como ideología racista. Además, los árabes al observar las sociedades occidentales se percataban de su falta de equilibrio anímico entre lo material y lo espiritual entre el “barro y el cielo” entre “Atenas y Jerusalén”, apreciaron que Occidente aún no había solucionado su trágico conflicto histórico con la religión, o que en realidad lo había solucionado sesgando y arrancando de cuajo parte de su ser como si de un cáncer se tratara y se esforzaba por ahogar cualquier manifestación religiosa en sus sociedades, convirtiendo al laicismo en un becerro de oro venerado y en cuyo altar se sacrificaba el derecho de las personas a vivir su religiosidad en plenitud.

Continúa el Sr. Buarque:

“a pesar del optimismo que han despertado los árabes, es en Europa donde podemos albergar esperanzas en la formulación de lo nuevo, que vaya más allá de lo que es el nuevo Egipto, ya viejo, sin embargo, para España. Es en la plaza de Cataluña o en la Puerta del Sol donde está lo más difícil, pues es de ahí de donde podrá salir realmente lo nuevo, porque el verano árabe es el verano del año pasado y solo después de que pase el otoño podrá llegar el verano del próximo año.

Tahrir es el símbolo de un pequeño avance que se aprecia con nitidez; las plazas europeas son símbolos de perplejidad antes de un gran salto.”

“Los jóvenes árabes miran hacia tierras europeas, los españoles miran hacia el futuro. Eso exige un cambio mucho más profundo que el que conduce de la dictadura a la democracia.”

“El gran desafío para transformar el otoño (de Europa) en una primavera es idear alternativas viables para una nueva época. No limitándose a repetir experiencias, a copiar proyectos ya puestos a prueba, como lo que intentan los jóvenes árabes.”

El optimismo de la primavera en los países árabes proviene de la modestia de propósitos realizables; el pesimismo en Europa proviene de la imposibilidad de ir más allá de lo que ya se ha hecho.

Creo que estas frases del autor reflejan sin duda alguna, por una parte, la prepotencia y soberbia del hombre occidental (aunque el autor es brasileño es evidente que está impregnado hasta el tuétano de una visión occidentalocéntrica del mundo) ante un fenómeno que le coge a contrapié y no es capaz de digerir, y, por otra parte, refleja una ignorancia supina de la mentalidad árabe ya que los datos que maneja pertenecen a los años sesenta y setenta cuando aún los árabes consideraban que Europa y Occidente podían ser un modelo a reivindicar.

Si este es el análisis que realiza el Sr. Buarque de las revoluciones árabes, quiere decir que ha entendido poco de la esencia de estos movimientos, porque no cabe duda de que en la base de estos fenómenos reivindicativos podemos encontrar factores de tipo económico como el paro o la carestía de la vida, pero de ninguna manera se pueden considerar estos factores como motores principales de estos movimientos.

Como se ha demostrado a través de los eslóganes esgrimidos en las manifestaciones y a través de las declaraciones de los portavoces, el motor principal de sus reivindicaciones ha sido el sentimiento de haber sido privados de su dignidad durante décadas, por dictaduras (apoyadas por el mundo occidental haciendo una valoración sesgada de los derechos de los pueblos) que han acumulado en sus manos el poder político y económico.

También es verdad que los movimientos árabes reivindicaban democracia, pero en ningún momento consideraron la democracia en su versión occidental el modelo a seguir ni el objetivo de su esfuerzo reivindicativo, pues durante demasiado tiempo venían sufriendo las consecuencias de una democracia occidental de perversa aplicación, en la que siempre han prevalecido los intereses económicos y estratégicos sobre las consideraciones morales o éticas.

Todos hemos visto como en la Plaza Tahrir los manifestantes pedían democracia, dignidad, libertad y fraternidad con sus conciudadanos coptos, pero al mismo tiempo rezaban con fervor de forma colectiva en una escena tan desconcertante como reveladora a los ojos de occidente.

Lo que el sr. Buarque no ha advertido es que las reivindicaciones de los revolucionarios de la plaza Tahrir en realidad son una tercera vía que pretende compaginar armónicamente aquellos valores « tradicionalmente » occidentales como la democracia o  la libertad ,  con valores « tradicionalmente » islámicos como la espiritualidad y la ética. Sería interesante que occidente entienda el mensaje y busque una versión adecuada a su idiosincrasia para reconciliarse con los valores espirituales (por otra parte  innatos en el ser humano) y encuentre su propia tercera vía  entre un materialismo a ultranza que parece ya obsoleto y a todas luces incompatible con un desarrollo sostenible y una religiosidad oscurantista cuyas consecuencias históricas marcaron los momentos mas lúgubres de Europa.

Quizá el Movimiento del 15M haya entendido muy bien el mensaje de la Plaza Tahrir, mientras el Sr. Buarque anda totalmente despistado.


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