webislam

Domingo 8 Diciembre 2019 | Al-Ajad 10 Rabi al-Zani 1441
573 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?=0

El centro del mundo está en Marrakech

La plaza Jemaa el Fna de Marruecos como metáfora de una vida intensa y múltiple.

09/03/2012 - Autor: Abdul Jalil Abufom Heresi - Fuente: Libro Marruecos visto por chilenos, Coquimbo, Chile (2011)
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación


Por allí, los encantadores de cobras negras que hacen palidecer a cualquiera

"En este viaje hay un punto en que ya no cabe posibilidad alguna de retorno. Ése es el punto que es preciso alcanzar". Paul Bowles A eso de las cinco de la mañana una letanía gutural me hace revolcar en las tibias sábanas del Hotel Foucauld. Sin despertar aún, caigo en la cuenta que está amaneciendo en Marrakech y que desde el minarete de la inmensa mezquita de Koutoubia, el almuecín llama a las primeras oraciones del alba. Así se despierta siempre en Marruecos. Aunque estés en Casablanca o en un pequeño pueblo del Sahara, siempre hay una mezquita cerca, igual que en todo el mundo islámico. La religiosidad impregna el mundo marroquí.

La vida cotidiana, con sus cinco estrictas oraciones, está marcada por la adoración a Allah, quien está omnipresente en todo el mundo musulmán. El Islam es intenso, profundo, múltiple y –a veces- hasta brutal. Marca los límites estrictos por los cuales puedes transitar, provocando en un occidental como yo, una extraña mezcla de rebeldía y temor, pero paradójicamente también, de seguridad. Según un Sheik sufi, “el Islam te protege con todas sus reglas”. Es una afirmación sabia y profunda, difícil de comprender. Le creo, pero no sé si yo sería capaz de acatarlas con tanto celo, como lo he visto en las mezquitas y madrasas del mundo árabe.

Marrakech está casi en el centro del Reino de Marruecos, este inmenso país que no es sólo un desierto, sino que tiene hasta canchas de esquí en el Atlas, una cadena montañosa que lo cruza transversalmente. Llegamos con mis amigos argentinos, Sandra y Andrés, desde España, tomando el transbordador en el puerto de Algeciras y cruzando el Estrecho de Gibraltar, allí donde termina el cálido mediterráneo. Vamos rumbo a Tánger, la entrada principal de Marruecos y Africa, un decaído puerto que vive de su mítica historia, cuando acogió, en los años 40 y 50 a extravagantes escritores, músicos, pintores y hippies como Kerouac, Bowles, Burroughs y Hendrix, pasando a ser una ciudad de tránsito de turistas, mercaderías y ...de mucho hachís. La noche es cálida y dormimos felices después de saborear un exquisito plato de cuscus, en unos restoranes cerca del puerto.

Desde allí tomamos el tren hacia Fez, la capital religiosa de Marruecos y que posee un inmensa medina (antigua ciudad árabe), la que alberga en sus intrincadas y laberínticas calles más de doscientas mil almas, con barrios, zocos (mercados), madrasas (escuelas), mezquitas y todo lo necesario para conformar un mundo aparte, donde los padres prohíben a los chicos del barrio salir de sus inexactos límites, para que no se pierdan.

La medina es inmensa, hermosa, atestada de mercados y gente, con calles por donde hay caminar de lado, por lo estrechas. La recorremos con un guía pues, en un anterior intento de entrar solos, estuvimos cerca de dos horas deambulando por este hermoso laberinto, volviendo una y otra vez al mismo punto de partida. La mayoría de sus habitantes no la conoce completa y muchos, conocen sólo las coordenadas de su barrio.

A la mañana siguiente, el tren sigue su camino con una exactitud horaria que sorprende. Desde sus ventanas podemos ver como el tiempo avanza y retrocede, a medida que nos internamos hacia Marrakech, viendo pasar modernos cultivos, salpicados con rebaños de cabras y uno que otro dromedario solitario. La línea férrea, herencia de sus antiguos amos franceses, repica monótonamente durante toda la noche hasta que un pito estridente nos levanta en la estación tan deseada: Marrakech. ¡Sólo queremos llegar a la plaza!

La mítica plaza Jemaa el Fna, en el corazón de la ciudad con uno de los tráficos más endiablados que conoceríamos. La misma plaza que atrapó a Paul Bowles y lo encadenó a Marruecos para siempre. La misma plaza que miles de cámaras han tratado de congelar, sin lograrlo. La plaza imaginaria que nos atrae, la que nos ha hecho viajar miles de kilómetros, con un magnetismo inexplicable, que no vale la pena resistir. Rodeada de mercados y cafés, se extiende ante nosotros, la plaza más famosa del mundo árabe, vibrante de vida, emoción y sorpresa.

La plaza Jemaa el Fna es una gran planicie de cemento, vacía de árboles, pero cubierta de la más diversa y sorprendente mixtura de oficios descabellados, espectáculos ambiguos y olores penetrantes. Recorremos asombrados, ávidos del influjo luminoso de la diversidad en su máximo esplendor. Por allí, los encantadores de cobras negras que hacen palidecer a cualquiera; por allá, el vendedor de especias y sabores inagotables (como una mezcla de aliños que contiene ¡cuarenta y nueve especias!); por acá, el curandero de enfermedades espirituales, una mezcla de charlatán y chamán que vocifera en árabe su sabiduría, mostrando las partes de un muñeco humano; más allá, los elegantes aguateros venden agua, sí..., agua pura, y se dejan fotografiar por 20 dirham y en el recoveco de esquina, casi al entrar al zoco de las telas, alguien de cara morena y sospechosa se acerca y dice suavecito: ¿...quiere algo para fumar? ¿...quiere chocolate? (hachís). Nos abstenemos. La plaza ya produce suficiente alucinación.

En la plaza hay vida durante todo el día: por las mañanas, es el turno de los encantadores de serpientes, los curanderos populares, los aguateros, los vendedores de talismanes, collares y cueros de serpiente, las mujeres que pintan las manos con henna, los chicos que piden unos dirham para pasar el almuerzo, los artesanos de la greda y sus tahine para preparar el cuscús, todos entreverados en una multitud de curiosos locales y extranjeros que se mueven al ritmo de tambores y flautas que siempre se escuchan como música de fondo en Marrakech. Las sensaciones se atropellan y nuestros sentidos son atiborrados de estímulos simultáneos.

La plaza despierta de inmediato esa capacidad tan básica y disminuida hoy en día: la curiosidad. Nos movemos de un lado a otro, siguiendo nuestro instinto e interés, como niños inocentes conociendo un mundo nuevo. Preguntando sobre esto y aquello, recibiendo respuestas en una mezcla singular de árabe y francés. Reímos a cada rato, así como ríen los niños, así como ríen los marroquíes, mostrando el contraste de sus blancos en medio de sus rostros morenos y de grandes cejas negras. Entonces, nos dedicamos ahora a practicar la actividad quizás más importante del mundo árabe: tomar café en compañía de los amigos. Este ritual diario, que puede durar horas o lo que las ocupaciones permitan, constituye uno de los placeres del mundo oriental: el diálogo, la conversación, el comentario, la polémica. Siempre hay tiempo para una taza de káhua amargo o un té de menta, servido en teteras individuales, de largos picos decorados. En Marrakech siempre hay tiempo para parar el mundo individual y dejarse transcurrir en el rico ambiente que nos rodea. Tiempo para hacer desaparecer las barreras del propio ego y dejar que la diversidad que nos cobija penetre y se adueñe de nosotros. Ver pasar a las hermosas mujeres que miran bajo sus pañuelos con unos ojos negros que te traspasan, los burros cargados de alimentos rumbo al zoco, los gringos con cara de asustados buscando el bus, los niños persiguiendo un carrito de turrones, ver al mendigo envuelto en su raída chilaba murmurando letanías ininteligibles...

El tiempo, que transcurre sin relojes de por medio, se transforma en una experiencia meditativa. El fluir incesante de todas las formas imaginables, crea un espacio en suspensión que nos hace permanecer por horas en el estado del observador, que nos recuerda esa figura budista del hombre en estado de "alerta relajada". Ese particular y fugaz estado de acopio de mundos completos, de suspensión del pensamiento crítico, del dejarse llevar por la experiencia en sí misma, sin poner trabas racionales a lo que sucede. En este estado, dejamos de ser turistas y entramos en el mundo mágico de los marroquíes.

Nos conectamos con la baraka milenaria de los árabes, esa energía de sabiduría que nos hacer ver el mundo tal cual es..., que nos hace ver un mundo complejo, diverso, divergente, en movimiento permanente, lleno de diferencias y coincidencias, de amor y de odio, de llenos y vacíos, de seres felices y tristes, de seres creativos y destructivos... Colocándonos por momentos en ese privilegiado, pero a veces, desventurado lugar, donde percibes que eres una parte insustituible e irrepetible del mundo y que te das cuenta de tu posición, de tu historia y tu destino, en medio de millones de historias y destinos que nunca conocerás, pero que de alguna manera extraña se conectan ineludiblemente contigo. Todas las riquezas y las desventuras humanas pasan simultáneas delante de nuestra conciencia, demostrando porque a esta plaza la llaman el centro del mundo.

Cuando el rojizo atardecer envuelve todo Marrakech comienzan a llegar otros protagonistas a la plaza: carritos de comidas, guiados por fornidos hombres vestidos de blanco que comienzan a encender parrillas y a adobar diversos tipos de carnes, arroces y ensaladas. Luego llegarán los grupos musicales de música autóctona, con sus violines y tambores y unos divertidos tipos que se mueven como monos y repican unas castañuelas de metal en sus dedos, acercándose a todos, colocando caras ridículas y vociferando quizá que cosas.

También toman sus lugares unos señores de barbas largas y que -con pequeñas lámparas a gas- iluminan trazos ininteligibles hechos en el piso, especie de oráculos quizás y reciben consultan de la gente que los rodea. Vuelven los vendedores de jugo de naranja, mientras el humo de los carritos de comida comienza a invadir toda la plaza, impregnándola de sabores de cordero asado, kebab de carne molida y trigo molido, sopas de diversos y extraños contenidos. Mientras, a su alrededor, los mercados comienzan a cerrar sus puertas, dejándole el protagonismo total a la plaza.

El movimiento suele durar hasta pasada la medianoche, cuando los rostros de los músicos y bailarines acusan el cansancio y los curiosos, turistas y transeúntes se retiran a paso lento, con el alma plena de imágenes que hablan de la alegría de vivir y de celebrar la creatividad humana, en medio de muchas penurias y avatares propios de un país pobre, de un continente pobre y de un mundo pobre. Y los carritos de comida se transforman en carretillas repletas de ollas y sillas, tiradas por hombres cansados que siguen sonriendo, mientras barrenderos comienzan, al igual que en la “La Fiesta” de Serrat, a recoger las basuras, las ilusiones perdidas, risas estentóreas, sueños del futuro, secretos a medias, los rastrojos de la fiesta vital del corazón de Marrakech.

El escritor español, avecindado hace años en Marruecos, Juan Goitysolo dijo que en Marruecos la vida privada, los encuentros secretos, se realizan en las plazas, porque en las casas y en los pasadizos siempre hay alguien que está escuchando detrás de una puerta. Para mí y para mis amigos, la plaza Jemaa el Fna, el centro del mundo, había sido un secreto encuentro con nuestra vida privada.


Anuncios
Relacionados

LA BARAKA

Artículos - 09/11/1999

La Ni`ma: la fuerza vital del mumin

Artículos - 18/03/2001

La Baraka

Artículos - 12/09/2002



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/70155-el_centro_del_mundo_esta_en_marrakech.html