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Ishraq, los colores del alma. Luz blanca y materia oscura

Un ensayo sobre hermenéutica holística del color

24/02/2012 - Autor: Hashim Cabrera
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Reflejo

Para la gnosis ishraquí, la luz nos constituye pero es al mismo tiempo un signo que nos ayuda a comprender. No podemos ver la Luz. La luz que podemos concebir y describir es el eco o vestigio de esa Única Luz (Nur ara nur) que no podemos ver, que nos construye y deconstruye  incesantemente como conciencia, una luz que alumbra cada uno de nuestros pensamientos y de nuestros actos, siempre en el ámbito fenoménico de las manifestaciones. En el marco interpretativo del Ishraq esta donación de significado surge en contacto con la Revelación, con el Qur’án, pero teniendo en cuenta todos sus niveles.

Hemos de precisar aquí que la Revelación, en el marco coránico, no se reduce sólo al nivel del Qur’án-Libro, constituido con palabras árabes claras, sino también al Qur’án de la creación, un Qur’án Celeste que no es sino la incesante elocuencia de la naturaleza y del cosmos. En todos los ámbitos de la revelación coránica encontramos claras referencias a esa luz, y más concretamente a la luz blanca en los pasajes que describen la experiencia teofánica del profeta Musa (Moisés), la paz sea con él.

La noche y el día no son la luz y la oscuridad sino sus símbolos — ayat— que nos permiten comprender. La alternancia de luz y sombra nos está expresando un ritmo, un pálpito, una expansión y un regreso. Este pálpito es una vibración que nos recorre por dentro y por fuera, constituyendo una sucesión de formas y estados, de posibilidades significativas. Cada amanecer y cada atardecer nos recuerdan nuestra propia impermanencia, el paso del tiempo, nuestra condición mestiza, fronteriza y cambiante, una experiencia del vacío que nos reconduce hacia lo Real de todas las maneras y trazando todos los itinerarios posibles.

La visión precede al recuerdo e implica manifestación, diversidad, alteridad, separación, espacio y profundidad, anhelo, temor o ansiedad…, en tanto el recuerdo es reunión, unicidad, realización, confianza y tiempo. Cuando nos damos cuenta de nuestra situación desolada, provisional, fragmentada y ensombrecida buscamos la luz, la palabra unitiva, el bajo continuo o la estructura ausente. Pero la luz que necesitamos no la encontramos en el mundo. Sin embargo, sentimos que la luz del mundo, la palabra del mundo, son un tayalli, un eco que nos recuerda sin cesar el manantial de todas las Luces, sin descanso ni tregua, una vibración que suscita en nosotros una nostalgia de la Luz juntamente con la clara conciencia de nuestro exilio entre las sombras. La forma humana de ver lo Real es no viéndoLe. “Lan taraní, no Me verás”, le dice Dios a Musa (Moisés) en el Qur’án. Sin embargo Le oye.

El nodo que rige la estación de la luz blanca es denominado por Semnani como latifa sirriya 55, centro sutil del secreto, del coloquio íntimo, de la oración confidencial. Se trata de una luz blanca sin ningún color, la manifestación más cercana a lo Real sin ser lo Real, el “tesoro escondido que quiso ser conocido…” y que por ello comienza a sufrir o a gozar, a amarillear.

La luz del sol de mediodía, en su máxima pureza y cenitalidad, casi no produce sombras. Pero esa mínima sombra que produce nos habla ya de angularidad, de inflexión, de relatividad. No es esa la luz creadora sino la luz de una creación que aparece ahora en su cénit, mostrándose allí incapaz de ocupar, ni siquiera por un momento, el lugar de la luz verdadera, Nur ara Nur, y que, en su descenso, en su manifestación, en su desdoblamiento, acaba amarilleando inevitablemente:

“¿No se han parado jamás a considerar ninguna de las cosas que Dios ha creado? ¿Cómo sus sombras se vuelven a derecha e izquierda, postrándose ante Dios sumisas por completo a Su voluntad?”

(Qur’án, Sura 16, aya 48)

La Luz que no podemos ver se va desvelando, tornándose translúcida, como tesoro oculto que quiere ser descubierto, en este caso, en el interior de quienes atienden conscientemente a sus señales. En contraposición a la luz que conforma nuestra visión y como si se tratase de una resistencia —al mismo tiempo veladora y develadora— existe una oscuridad que es la materia cosificada, el objeto de nuestra visión ocular y conceptual, pero existe también un tipo de oscuridad, aún más profunda, que es la ausencia de materia, la ausencia de objeto, más allá de cualquier polaridad o dicotomía.

La física contemporánea establece también una distinción entre la negrura material y la oscuridad cósmica. La materia negra es un cuerpo, un objeto que absorbe la luz y que, por un tiempo, no devuelve ninguna de sus señales, frecuencias o articulaciones, que no manifiesta momentáneamente ningún color. Corbin nos dice que esa negrura:

“… es lo que se ‘ve’ en un horno oscuro. Cuando se lo calienta, pasa del negro al rojo, luego al blanco, y posteriormente al rojo-blanco. Toda esta luz es la luz absorbida por la materia y emitida de nuevo por ella.Esto es el cuerpo negro, el pozo u horno oscuro, el negro; es la tiniebla de abajo, la infraconciencia o subconciencia.”

Pero también nos aclara que:

“Por otra parte, hay una luz sin materia, que no es ya la luz que se hace visible porque una materia dada la absorbe y la restituye en la medida en que la ha absorbido. Es la tiniebla de arriba, el negro de la estratosfera, el espacio sideral, el cielo negro. En los términos de la mística correspondería a la luz del En Sí divino, luz negra del Deus Absconditus, el tesoro oculto que aspira a revelarse, a crear la percepción para ser así él mismo objeto de su percepción, y que no puede manifestarse más que velándose en el estado de objeto. Esta tiniebla divina no se relaciona, pues, con la tiniebla de abajo, la del cuerpo negro, la infraconciencia. Es el cielo negro, la luz negra en la que se anuncia a la supraconciencia la ipseidad del Deus Abscondítus” 56.

Hemos de tener en cuenta que los ishraquiyún basan una buena parte de su cosmovisión y de su metafísica en un hadiz qudsí que dice: “Yo era un tesoro escondido que quiso ser conocido y para eso hice la creación”. La creación, simbolizada en varios pasajes del Qur’án tanto mediante la alternancia de la noche y el día como mediante la diversidad de los colores, aparece como un acto de desvelamiento, de eclosión diversa y gradual de lo visible en lo hasta ese momento no manifestado.

La Luz real es ese Deus Absconditus, esa ipseidad única escondida a la mirada de cualquier otro que no sea ella misma, que crea la diversidad de los colores como acto de autoconocimiento mediante la experiencia separadora del claroscuro, de la tensión entre sujeto y objeto, entre luz y sombra. Nos acercamos así a la dimensión teofánica del color, a la capacidad que éste tiene de simbolizar el proceso creador de la Luz mediante sus manifestaciones, siempre diversas y elocuentes. 

La oscuridad material es descrita por la física como cualidad propia de los objetos negros, como opacidad que se opone o resiste al paso de la luz, absorbiéndola.  La luz negra, por el contrario, no sólo es anterior a la materia sino que la actualiza constantemente al atravesarla tornándose luz visible, iluminadora, manifestando así el color. La dialéctica inicial se establece entonces, no entre la luz visible y la sombra material sino entre esa luz negra preexistente, esa frecuencia o radiación cósmica global, y la oscuridad opaca y pasiva de la materia, del objeto.

La Luz primordial, anterior o preexistente a sus manifestaciones, es esa ‘luz negra’, una luz que no podemos ver porque nos cegaría. No es entonces la oscuridad aquello que nos hace invisibles las formas y los objetos, sino precisamente la extrema intensidad de la luz real. Así pues, en consonancia con otros sistemas holísticos, como por ejemplo la Homeopatía, la naturaleza o cualidad sutil es aquí energéticamente más potente que la cualidad gruesa o densa, existiendo entre ambas una relación dinámica y creadora.

La tensión entre luz y materia 57 se resuelve en una sucesión de luces coloreadas produciendo diversidad y recurrencia. Son luces que se generan como colores en su propio desenvolvimiento —en su gozo y en su sufrimiento, según la terminología de Goethe— y que actualizan así su existencia, generando cualidad y vibración, espacio, profundidad y forma. El acto o acontecer luminoso —ishraqat— actualiza los objetos materiales, los resignifica al dotarlos de forma y cualidad tanto en nuestra percepción sensible como a través de nuestra experiencia imaginal en el mundo intermedio, en el mundo del alma.

Desde el punto de vista de nuestra experiencia sensorial no existen la oscuridad y la negrura en un sentido absoluto sino más bien grados de sombra, tal y como pudo comprobar Cezánne. La luz se manifiesta fracturándose en velos infinitos, gozos y sufrimientos que la tamizan y la tornan legible, soportable. De no ser así la luz nos cegaría y no podríamos ver absolutamente nada. En el mundo de lo manifestado, en el universo fenoménico, todo está compuesto de esa ‘luz primordial’ esencial y de un velo o quididad que la filtra, una ‘apariencia en la sombra’. Tal vez por ello dicen los gnósticos musulmanes que hay una misericordia (Rahma) en ese velo y una dádiva en el color, que es la urdimbre del velo, la estructura ordenada que soporta la transparencia —trans-apariencia— necesaria tanto para el acto de ver, como para la adquisición de cualquier forma de conocimiento.

Vivimos en una oscuridad relativa y en ella presentimos la luz que nos circunda, pero también aquella que ilumina nuestra tiniebla interior. Cuando la luz nos alcanza por dentro se abre en nosotros la posibilidad de vivir y comprender, mediante el color, sus matices más inesperados y sugerentes. Pero también emitimos luz, fotones, radiaciones luminosas coloreadas que están expresando así el vínculo que nos une con la energía constitutiva del universo, no sólo con aquello a lo que alcanza nuestra visión ocular.

Los agujeros negros devoran todo lo que se les acerca. La más profunda oscuridad atrae hacia sí a los fotones que dejan de oponer resistencia a su desaparición. La astrofísica contemporánea descubre la materia oscura del universo, desvelando su función gravitacional. Es invisible para nosotros porque no emite ni refleja luz alguna58.

La ciencia  nos sugiere hoy no sólo la existencia de mundos invisibles sino su predominancia en el cosmos. Llegamos así a una concordancia profunda entre el pensamiento científico contemporáneo y la hermenéutica coránica de los místicos musulmanes, una concordancia que nos acerca a una metafísica de la luz.

Desde una actitud holística, vinculante de las diversas lecturas del  acontecer luminoso, del fenómeno cromático, la materia negra y oscura es nuestro punto de partida, el entorno más vasto y velado donde se gesta la posibilidad de existir ‘en’ y ‘como’ una visión, como un color, su fondo energético necesario. Los primeros trazos picturales fueron hechos con negros de marfil y de hueso en el interior de la caverna platónica, de la primera gruta imaginal. Negro sobre negro en la noche más antigua de nuestra memoria, en el ámbito inaugural de nuestra imaginación. Trazos de lo negro en lo oscuro, memoria de la luz negra soportada en un cuerpo negro, en un objeto, en una palabra:

“Y, ciertamente, hemos creado al ser humano de arcilla sonora, de cieno oscuro transmutado, mientras que a los seres invisibles los habíamos creado, mucho antes de eso, del fuego de los vientos abrasadores” 59.

(Qur’án, sura 15, ayat 26, 27)

La arcilla es un conglomerado de diversas sustancias que existen en la tierra. Nuestros cuerpos están hechos realmente de un cieno oscuro vibrante, de la mezcla de elementos dispares, orgánicos e inorgánicos, en un medio húmedo y acuoso. Estamos hablando aquí ya de lo material y de lo visible, de los aspectos cuantificables y observables de la existencia, es decir, de aquello que es manifestación fenoménica, de todo aquello que puede conformar un objeto. Lo inmaterial y energético, a su vez, también participa de esa tensión entre existencia y manifestación, pues en toda manifestación hay inflexión, es decir, un desvío o expansión y una pérdida, y en toda existencia hay propósito e inercia de continuidad y conservación.

Los seres humanos somos las únicas criaturas capaces de reflejar y aprehender la diferenciación, el sufrimiento, el gozo, ese movimiento creacional que va de la existencia a la manifestación y viceversa, incesantemente, sin pausa. Durante el día podemos recordar la oscuridad y en la noche podemos imaginar la luz porque a fin de cuentas somos el receptáculo de un recuerdo. Es precisamente la capacidad de recordar lo que nos permite comparar, evaluar, sentir y ver la diferencia, experimentar la tensión, ir reconociendo la Realidad a través de sus manifestaciones, en los diversos aconteceres que conforman nuestra experiencia de nosotros mismos y de los mundos que habitamos.

Los animales viven en su naturaleza original (fitrah) 60 sin contradicciones ni reflejos, no padecen ningún extrañamiento, ningún exilio, no sienten pudor porque no son conscientes de sí mismos ni ven ni recuerdan mundo alguno. Nacen, viven, mueren y resucitan incesantemente en la frecuencia de su especie sin darse cuenta a sí mismos, como el eterno león borgiano. Todas las gaviotas nos parecen iguales, siempre oímos al mismo ruiseñor pero no nos ocurre lo mismo cuando miramos a nuestros congéneres. Lo primero que sentimos son las particularidades, los rasgos distintivos que hacen de cada uno de nosotros una criatura genuina e inédita. Estos rasgos son establecidos e interiorizados fundamentalmente a través de los diversos lenguajes que conforman nuestra dilatada memoria cultural.

Esa conciencia de lo distinto, esa mirada “desde el exilio” lingüístico y desde la cultura es uno de los rasgos más peculiares, si no el que más, de la naturaleza y de la condición humanas. En la revelación coránica, el primer ser humano, Adam, la paz sea con él, aparece como un profeta sin libro, sin revelación, sin criterio hermenéutico. Sólo conoce los nombres, sólo transmite un catálogo de posibilidades y cualidades, un repertorio de señales, un código filogenético, un ADN radical. Él es nuestro molde. Y así llaman los gnósticos ishraquiyún al Adam de nuestro ser, latifa qalabiyya, el molde, la materia o arcilla negra original que forma nuestra naturaleza primaria. En nuestro cuerpo sutil, esta latifa radica en la región del perineo, en el mismo vórtice que los hindúes sitúan el chakra mulhadara 61 o chakra raíz, que condensa e irradia la energía orgánica vital. Es la raíz necesaria que soporta el proceso ascensional de la energía sutil corporal.

Molde de nuestra naturaleza y condición que no es sino la concreción de un descendimiento, de un exilio y de un oscurecimiento que, a través de una inflexión, revierten el sentido de su movimiento recordando su origen, elevándose hacia una luz siempre conformadora. Molde que no es sino arcilla oscura y maleable capaz, al mismo tiempo, de recibir cualquier información, cualquier impronta o huella luminosa y devolverla en forma de  signo, de lenguaje.

Como dijimos más arriba, la metafísica auroral —y todas las ramas del sufismo, en general— admiten el propósito gnoseológico de la vida humana como expresión de un acto de autoconocimiento divino. El tesoro escondido que quiso ser conocido logra Su propósito abriendo la conciencia de Sí en un lugar específico de la creación, en el interior del corazón humano (qalb).

La tradición islámica, basándose en la revelación coránica, nos dice que Dios ofreció la conciencia a todas las criaturas y sólo una de ellas la aceptó. Esa criatura que quiso para sí la conciencia no era otra que el ser humano, tipificado en el profeta Adam, la paz sea con él, quien, al asumir este privilegio, contrajo con Dios un pacto. Adam aceptó el regalo de la conciencia y del lenguaje con su corolario de compromiso y responsabilidad, aceptó, en definitiva, la iluminación interior. Para disfrutar de esa gracia tan sólo debería evitar comer los frutos del árbol de la dualidad, pues su sabor le llevaría inevitablemente a la separación y al olvido de la Realidad Única, a la entropía y al consiguiente deterioro, a la muerte, al alejamiento y a la inconsciencia.

Posteriormente Adam transgredió el pacto y, alimentándose de ese fruto, de esa manifestación dual, se olvidó de la Fuente Única y así se exilió del campo holístico y unificado, descendiendo a la tierra de las sombras, sumergiéndose en el mundo fragmentario del claroscuro. Sigue diciéndonos la tradición auroral que, nada más hubo pisado la tierra, Adam recordó el pacto y “se volvió” hacia Dios, Quien simultáneamente se acordó de Adam, “se volvió hacia él” y le arrojó una perla blanca, grande y luminosa.

Al recibir esta energía, Adam recuerda su compromiso y “se vuelve” hacia la Realidad, hacia la Fuente. La perla blanca le ayuda a recordar su origen luminoso pero, a medida que la contempla, la perla se va transformando en una piedra negra y densa, pesada y opaca. Esta transmutación le ayuda a recordar su propio descendimiento al mundo de las sombras, del peso y de la gravedad.

La perla blanca es aquí la luz que desciende al mundo intermedio, al mundo imaginal, como una visión o recuerdo de la Luz real, y que acaba siendo prisionera de la mirada terrenal, que acontece ya en el claroscuro material, en la pesada densidad del objeto que ahora, para ser percibido, necesita ser iluminado y que, al recibir la luz, acaba proyectando una sombra. La contemplación de esta transmutación y la subsiguiente conciencia de este descendimiento ayudan al Adam de nuestro ser a recordar, por analogía y resonancia, su origen luminoso y a emprender conscientemente el camino de regreso. Así, encontramos en el Qur’án:

“Di: Me refugio en el Sustentador del amanecer 62, del mal de lo que Él ha creado, del mal de la oscuridad cuando desciende.”

(Qur’án, sura 113, ayat 1-3)

En este marco interpretativo lo negro y oscuro no es, como imaginaba Kandinsky, “una nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza” 63 sino más bien un signo mayor que nos ayuda a recordar la fuente luminosa de toda creación, la fuente imaginal de nuestra visión terrenal.

En determinados ejercicios de privación sensorial, tras prolongados períodos de oscuridad en tanques de aislamiento, los sujetos comienzan a experimentar visiones de luces coloreadas que la psicología académica define como alucinaciones, por no existir una causa exterior, física, que las produzca. Sin embargo no se han detenido estos psicólogos clínicos a considerar ni el color fisiológico de Goethe ni la producción cromática imaginal de los ishraquiyún, ni los fenómenos de fosfenismo y sinestesia.

La intensidad de la negrura, su opacidad y absorbencia, se nos aparece en contraposición con el brillo luminoso de la luz blanca, en la zona de contraste y fricción.

El gozo lumínico, el color, surge siempre en el límite de la oscuridad, en los bordes de lo negro y oscuro, en la inmaterialidad misma de las sombras. Tal vez por eso el budismo tántrico nos habla del color como de un vacío cuántico.

Las huríes de negros ojos que aparecen descritas en el Qur’án como moradoras del Paraíso, derivan su nombre del sustantivo hur y aluden al ser humano que se distingue por el hawa: blancura intensa del globo ocular y un iris intensamente negro y brillante. En un sentido amplio significa “blancura”, “pureza”, surgida en el contraste con la sombra intensa y profunda. La expresión coránica hur ain significaría, “seres puros ó compañeras puras de bellísimos ojos”.

“… reclinados sobre lechos de felicidad dispuestos en fila, y en ese jardín los desposaremos con seres puros, de hermosísimos ojos” 64.

(Qur’án Sura 52, aya 20)

Como decía Cezánne, la luz ‘no puede ser vista ni reproducida’ porque es precisamente la luz aquello que nos hace ver. Sólo vemos los receptáculos luminosos, los colores, las inflexiones y aconteceres, los sufrimientos y los gozos, los vestigios, las manifestaciones. Por su parte, las luces que perciben el místico y el artista en el mundo imaginal o suprasensible son luces coloreadas, colores puros cuyo acto de luz los actualiza como receptáculos, como una materia ahora no sólo iluminada sino iluminadora.

Entre el blanco y el negro, entre la luz y la sombra, se despliegan las fuentes luminosas primordiales. Como dijimos anteriormente, al tratar los colores sutiles y el cuerpo luminoso, el gnóstico ishraquí Karim Jan Kermani, en su Libro del Jacinto Rojo, aborda el tema de la generación de estas luces primarias a través de una descripción del Trono Cósmico (Ars), matriz creadora inicial, disposición energética previa al universo material. Según su descripción, las luces primordiales serían cuatro —blanca, amarilla, roja y verde— correspondientes a los cuatro pilares o esquinas del Cubo —kaaba—, a los elementos primarios, a las direcciones espaciales, etc. En cambio, en el mundo denso de la materia, las fuentes serían otras: blanco, amarillo, rojo y negro, ocupando éste último el lugar que la luz verde tiene en los mundos sutiles e inmateriales.

La luz blanca ocupa el rango superior, porque puede teñirse de cualquier color pero no tiñe a ninguno. Sería, pues, la más simple de las luces, la frecuencia de la inteligencia superior, del mundo de las inteligencias puras (yabarut). La luz amarilla es ya una luz más sufrida, la vibración del Espíritu (ruh), la luz roja vibra ya en el mundo entrópico de la naturaleza y de la creación material (mulk) en tanto la luz verde es la frecuencia del mundo intermedio o imaginal, del mundo del alma (malakut).

Notas
55. Este centro sutil se corresponde con el chakra ajna del hinduismo, el llamado Tercer Ojo u Ojo de la Visión.  Es el chakra de la percepción en estado puro, el lugar desde donde se nos revela la visión interior.
56. Corbin, Henry. El hombre de luz en el sufismo iranio. Ed. Siruela. Madrid 2000.
57. Albert Einstein propuso que la materia y la energía son expresiones distintas de una misma realidad. La materia se puede transformar en energía, y la energía en materia. Su conocida fórmula e = mc2  nos da la cantidad equivalente de energía de esta materia si ésta se convirtiese en energía. Esta formulación es plenamente holística e integradora.
58. Según la Astrofísica contemporánea, la materia visible ocupa solamente un cinco por ciento del cosmos, la materia oscura ocupa un veinticinco por ciento, y el setenta por ciento restante es energía oscura.
59. Según Ibrahim Albert, el cieno oscuro (hama’) evoca, aunque no sea estrictamente de la misma raíz, gramaticalmente hablando, las raíces hmm, hmy, hmw, todas relacionadas con ideas de calor, fiebre, quemado, carbón, color oscuro... Especulativamente se puede pensar en una posible raíz protosemítica hm de la que derivaran las cuatro raíces árabes mencionadas y que tuviera que ver con la tierra cálida y oscura, algo así como el humus latino.
60. Término árabe cuya raíz es fátara, y que alude al acto de “abrir, rajar, generar”.  Esta naturaleza original se expresa en el ser humano como espontaneidad, unión, ausencia de prejuicios, las actitudes propias de los niños.
61.  Aunque podemos establecer sin dificultad una clara correspondencia semántica entre la latifa qalabiyya y el chacra mulhadara, la secuencia cromática es del todo distinta en cada una de estas visiones. Para el sistema del cuerpo sutil del hinduismo, este vórtice energético corresponde al color rojo y a la flor de cuatro pétalos.
62. Según Muhámmad Asad, el término falaq (la claridad del amanecer, el alba) se emplea figuradamente para describir “la emergencia de la verdad después de un período de incertidumbre”. El epíteto “Sustentador del amanecer” implica que Dios es la fuente luminosa de todo conocimiento.
63, KANDINSKY, Vasili. De lo espiritual en el arte. Barral Editores. Barcelona, 1986.
64. Literalmente, según I. Albert: “y los tenemos emparejados con hur ain.” Es decir, con mujeres —aunque gramaticalmente podría ser indiferentemente masculino— enteramente blancas (también puede traducirse como “enteramente negras”) de ojos grandes y hermosos. Es cierto que el hawar es la negrura y redondez de la pupila nítidamente marcada junto a la claridad del blanco de los ojos. Los hur son, pues, los enteramente blancos (o blancas) y los enteramente negros (o negras).


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