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A la espera de la primavera social

La revolución no es una buena cosecha que hace realidad todos los deseos en un abrir y cerrar de ojos

09/02/2012 - Autor: Yasín Timlali - Fuente: Al-Fanar
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¿Llegarán los frutos de las revoluciones sociales en el mundo árabe?

La clase trabajadora del mundo árabe ha conseguido a lo largo de un año de revueltas varios logros, algunos materiales como la subida de sueldos o la mejora de las condiciones laborales, otros políticos como el derecho a ser representados democráticamente (ascenso del movimiento sindical independiente egipcio, renovación de la cúpula de la Unión General del Trabajo tunecina, etcétera).

A pesar de la importancia de estos logros, ni la marcha de gobernantes totalitarios ni su conversión en «reformistas» han ido acompañadas hasta el momento por una iniciativa de cambio de las políticas económicas aplicadas en la zona, ni siquiera en Túnez o Egipto, donde la revolución derrocó a dos de los símbolos del matrimonio del gobierno autoritario con el saqueo liberal.

En Egipto el Consejo Militar se comporta como si Hosni Mubarak se hubiera marchado del poder pacíficamente, a petición suya y no bajo una presión popular en las que las huelgas de trabajadores fueron un elemento decisivo. No hay una diferencia destacable entre los presupuestos generales que le preparó al Consejo Essam Sharaf en julio de 2011 y los que había preparado Ahmed Nadif, actualmente en la cárcel de Tora, al presidente depuesto en julio de 2010. Peor aún: vimos cómo el Consejo, tras una «lectura detenida» de las propuestas de su ex presidente del gobierno (destinadas a «proteger la revolución», de sí misma muy probablemente), ordenaba a Sharaf que redujera algunos gastos sociales que él intentó, de forma tímida, no reducir (sanidad, vivienda, pensiones y ayudas al desempleo).

El primer actual ministro, Kamal al Ganzuri, es un digno sucesor de su digno antecesor. A pesar de que las protestas prosiguen en todas sus formas (huelgas de trabajadores, manifestaciones para exigir el suministro de gas, etcétera) no hay ninguna diferencia entre la política económica que quiere aplicar bajo la supervisión del Consejo Nacional, y la política de los gobiernos de Mubarak, una de cuyas principales bases era la de cargar solo a los grupos más desfavorecidos con la financiación de la economía aumentándoles la presión tributaria y pidiendo grandes cantidades al exterior que van a pasarse toda la vida pagando ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos. No hay una prueba más clara de esta línea de continuidad entre el pasado y el presente, entre el totalitarismo civil y la democracia militar, que lo que se escucha estos días sobre la anulación de la subvención de algunos productos (carburantes), y el proyecto de petición de un préstamo de 3.200 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional, que pone como condición, para inyectar esos millones a las arcas públicas egipcias, el control de la actuación gubernamental, concretamente del gasto social.

Un año después del 25 de enero de 2011, no ha habido una marcha atrás en la política económica de Mubarak (cuyas desventajas han quedado resumidas en la «corrupción» y en el «beneficiarse ilícitamente») ni en la privatización de decenas de empresas gubernamentales (a pesar de las pérdidas flagrantes que esto representa para las arcas públicas) y no se piensa en obligar a los empresarios a contribuir a la solución de la crisis financiera del país. Su contribución a esa solución no debe ir más allá, desde el punto de vista de Al Ganzuri, de tener la amabilidad de pagar el precio de la energía que consumen sus industrias (véase la decisión de eliminar las subvenciones a esa energía de forma parcial en diciembre de 2011).

No parece que los Hermanos Musulmanes, candidatos a formar el próximo gobierno, tengan intención de dirigir la economía del país en otra dirección. Al contrario, estamos viendo como reparten promesas (al Consejo Militar y a los estadounidenses) de respeto a las leyes de inversión a los incentivos de los inversores.

A pesar del cambio político en Túnez (presidentes del Estado, el Parlamento, el gobierno y una gran parte de ministros de la antigua oposición) el panorama económico no difiere mucho del de Egipto. En cuanto el gobierno islamista de Hamadi al Yabali asumió sus cargos, se apresuró a tranquilizar al sector de los negocios (local y europeo) prometiendo respetar las leyes de inversión vigentes y los incentivos a los inversores, es decir, seguir la vía del gobierno de Bayi Qaid al Sebsi que a su vez seguía la estela de los gobiernos de Zain al Abidín Ben Ali. El presidente Munsaf al Marzuqui no va a poner obstáculos para que se cumplan esas promesas: el 23 del pasado mes de diciembre pedía una «tregua social» y amenazaba con «aplicar la ley» en caso de que las huelgas y protestas siguieran obstaculizando la producción (amenaza que repitió, en un discurso pronunciado ante los empresarios tunecinos).

Un año ha transcurrido desde que el presidente refugiado en Abha entendiera que no tenía otra salida que su renuncia al poder, pero las nuevas autoridades de Túnez no hablan de renunciar al «modelo tunecino» vinculado a su nombre, un modelo erigido sobre la inversión en las zonas turísticas (es decir, cerca de los puertos comerciales) a costa de las zonas interiores del país, y sobre la orientación de la fuerzas productivas hacia la exportación y el fomento de los sectores económicos que no requieren mano de obra altamente cualificada, como el textil o servicios, lo que explica el aumento de la tasa de desempleo entre los medios con titulación universitaria). Si la mecha de los movimientos de protesta no siguiera prendida en las regiones del noroeste y del centro de Túnez olvidaríamos que la revolución tunecina, antes de convertirse en la elegante y romántica Revolución del Jazmín, estalló en Sidi Buzid, una localidad privada del «milagro económico benaliense».

El objetivo de la descripción de este panorama deprimente no es lamentarse de que las clases trabajadoras no hayan podido imponerse como un jugador esencial en la arena política de la zona, porque la revolución no es una buena cosecha que hace realidad todos los deseos en un abrir y cerrar de ojos. Lo que pretendemos es recordar que las revueltas árabes están esperando a que se complete su primavera social y que las fuerzas capitalistas, alarmadas por el vuelco que se ha producido en el equilibrio de clases a nivel local y regional, se han aclimatado a la nueva situación árabe. Uno de los datos más destacados es que la elite de los partidos políticos religiosos ha ocupado el lugar de una parte de la antigua elite gobernante (en asociación con otra parte de esta elite).

Estas fuerzas están mostrando una gran flexibilidad e igual que apoyaron en el pasado los gobiernos de Mubarak y Ben Ali, hoy están apoyando a los que han nombrado los "guías" Mohamed Badia y Rashed al Ganushi entre otros, con el compromiso de contener movimientos sociales y políticos radicales. Por este motivo la próxima etapa de la trayectoria del cambio en la zona árabe parece muy delicada ya que por primera vez los asalariados y los sectores más desfavorecidos se encuentran ante gobiernos islamistas ataviados con la legitimidad revolucionaria, surgidos en parte de clases dominantes representantes de pleno derecho de sus intereses. Su lucha ahora puede que sea más difícil que cuando estaban en la oposición, pero pueden sacudirse el sanbenito del espejismo de la «solución religiosa» si ven que la corriente islamista les distrae con el deber de aferrarse a «su identidad» para hacerles olvidar que el «interés general» que defienden es «el interés de los ricos», con o sin barba.


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