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Indignación es poco

Cada vez sabemos menos de nada

07/02/2012 - Autor: Juan Ahmad González - Fuente: Periodistas en Español
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Allá donde vayas hay un arco de seguridad, una restricción, una prohibición
Allá donde vayas hay un arco de seguridad, una restricción, una prohibición

Occidente está acomplejado. Sabe que está en decadencia, aunque no lo admita. Hace tiempo que dejó de ser referente en progreso económico, bienestar social y libertad. Los gobiernos han perdido legitimidad, credibilidad e independencia. Ante el flagrante perjuicio de sus funciones trascendentales han decidido suplir sus carencias haciéndose cargo del control absoluto del individuo en todos los aspectos de su vida: educación, pensamiento, ética, costumbres, ocio, movimiento, trabajo y sustento. Nunca los estados dispusieron de tantas herramientas para aislar a las personas y hacer que éstas dependieran tanto de ellos. Es prácticamente imposible vivir al margen,  ni siquiera más allá de la ilegalidad. No dejan opciones a ninguna forma de vida que difiera de su modelo.

Nos han convertido a todos en enemigos, unos de otros y, más allá, de nosotros mismos, al hacernos traicionar muchas veces nuestros principios más básicos porque no queda otra alternativa (pacífica).

Antes, la gente podía al menos vivir fuera de los confines de una sociedad: retirado en un pueblo rural, perdido en el monte, vagabundeando o exiliado. Ahora no, allá donde vayas hay una valla, una cámara, un guarda, un arco de seguridad, una restricción, una prohibición. Da igual que estés en el campo o en la ciudad, en la playa o en la montaña, en un café o en la calle. Aunque no molestes a nadie la gente te llamará la atención y te amenazará. Ese es otro logro de los Estados modernos. Han acabado con los vínculos de semejanza y complicidad entre las personas. Han sublimado aquel dicho decimonónico y caciquil: “a mí enemigo la ley”.

Pagamos a los que nos roban para que luego nos presten con intereses. Nos hipotecamos porque es imposible construir tu propia casa. Es imposible construir una casa porque los permisos los tienen ellos. Los permisos los tienen ellos y solo se los dan a los que nos roban. Comemos su basura porque no puedes ni comprarle leche al vecino que tiene la vaca. El vecino que tiene la vaca no puede vender su leche porque hay una ley de sanidad que le impone unos trámites imposibles. Los únicos que pueden cumplir esos trámites son las multinacionales. Las multinacionales venden basura, pero bien empaquetada que finalmente comemos. La comemos porque comprar algo natural es ilegal o se trata de un lujo carísimo o arduo de encontrar. Y así con cada actividad vital.

Nos tienen sometidos con tretas contra las cuales es desesperante luchar, pues el entramado legal está diseñado como una telaraña tortuosa que atrapa y desmotiva al ciudadano. ¿Acaso es una sociedad más justa por tener más leyes? Y cada vez habrá más, pues su objetivo es múltiple: Controlar, recaudar, adiestrar y proporcionar el subterfugio legal para que los afiliados al sistema puedan seguir gozando de sus favores. De esta forma la ley se convierte en un bulto para las personas de bien y un lucro para los mezquinos.

Lo que determina hoy la justicia no es estar en posesión de la verdad, sino conocer las triquiñuelas y los pasadizos secretos del laberinto judicial.

La polémica por cada nueva ley, prohibición, gravamen, traba burocrática dura cada vez menos y acaba convertida en un eco sordo en nuestras cabezas. ¿Por qué no se puede entregar una casa en dación por la hipoteca a un banco que te la tasó ayer a un precio y hoy te la tasa a la mitad? ¿Por qué no puedo tener un trabajo sin una cuenta de banco? ¿Por qué nos multan por sistema? ¿Por qué se subvencionan todo tipo de caprichos u organizaciones innecesarias y eliminan lo más básico? ¿Por qué pueden intervenir nuestras cuentas y no las de los magnates irresponsables? ¿Por qué es tan difícil conseguir un permiso para levantar una simple pared y otros construyen pisos como setas? ¿Por qué tienen derecho a desnudarte en el aeropuerto y no se puede llevar una botella de agua? ¿Por qué no se puede hacer autostop? ¿Por qué no se puede dormir al aire libre sin incomodar a nadie? ¿Por qué las cámaras pueden invadirnos por todos lados y nosotros no podemos ocultar nuestro rostro? ¿Por qué atosigan al que vende en la calle y no a los que monopolizan los mercados? ¿Por qué hostigan a unos por sus rasgos raciales o sociales y a otros jamás les llamaron la atención? ¿Por qué tratan a la gente íntegra como delincuentes y a los criminales les rescatan e indultan? ¿Por qué no se puede ir sin casco o cinturón de seguridad? ¿Desde cuándo le ha importado al estado y sus fuerzas de seguridad nuestra salud cuando nos están martirizando continuamente?

Mientras, aquellos que deberían especialmente sopesar estas preguntas, los jóvenes, los mantienen enganchados a aparatitos, programas de televisión sobre “bíceps, tetas y viceversa” en los que se reflejan las grandes metas de la civilización y redes disociales que les abstraen de la realidad y les hacen moverse por inercias teledirigidas hacia saber dónde. Y a aquellos que se esfuerzan les imponen cada vez más trabas, más títulos, más Másters inútiles o de costes desorbitados para finalmente servir a cualquier ignorante y sátrapa de turno que les dirigirá enganchado desde uno de los ascensores sociales de alta velocidad (corrupción y adulación, partidos políticos, grupos sociales venerados, sacerdotes de las nuevas religiones, propagandistas del sistema, vendedores de intimidades personales, etc.)

Un sistema que controla todos los aspectos de la vida del individuo y la sociedad e infunde constantemente inquietud sobre las personas comunes y corrientes se denomina totalitarismo. No es tan necesaria la represión física cuando ya se ha educado a consentir. Es como los nuevos métodos para adiestrar perros, ¿para qué se necesita un palo si se tiene un microchip en la cabeza del can que le produce zozobra cada vez que se excita? ¿Para qué censurar si se puede sobresaturar a las personas con tantas mentiras e idioteces que no sepan diferenciar entre cierto y falso y su única meta sea “desconectar” de la realidad o “conectarse” a una irrealidad? ¿Para qué censurar si la gente tiene miedo a actuar o apatía, que es peor?

El sistema actual posee tal capacidad de control que es hasta omnívoro: engulle incluso aquellos movimientos que se oponen a él. Los divide y desnaturaliza, los promociona intencionadamente para más tarde ridiculizarlos y acaba presentándolos en una portada de un suplemento de moda completamente traicionados a sí mismos. Es entonces cuando los acoge en su seno y los integra como una desviación de la norma que se tolera y observa con condescendencia (pobres infelices que no se enteran que viven en el “estado de bienestar”) por la inmensa magnanimidad del régimen. Entonces se convierten en una vía de escape controlada de la “indignación”. Las verdaderas revoluciones, nos demuestra la historia, suelen ser cruentas y se hacen para echar abajo un sistema obsoleto por otro nuevo. No se negocian ni se quedan a medias tintas. Las llevan a cabo gente decidida de forma seria y peligrosa, no sale a la calle a cantar, desnudarse ni llamar la atención. Si no, se trata de meras rabietas.

Pero acaso lo peor de este sistema no es todo lo descrito anteriormente. Lo más pérfido es su afán por hacernos creer (y lo consiguen) que somos libres cada día prohibiendo algo nuevo. Y así, proclamamos la libertad en nombre de la opresión. Abrazamos su “seguridad” cuando es el sistema mismo quien provoca inseguridad (para lucrarse con ella) y es consecuencia  intrínseca de sus actividades.  Pedimos libertad de expresión para hablar de banalidades o para arremeter desde la ignorancia y el poderío contra indefensos o “diferentes” y nos callamos contra las injusticias y los tiranos que nos conciernen. Nos llaman la “sociedad de la información o del conocimiento” y cada vez sabemos menos de nada, ni siquiera quienes nos mandan, a qué juegan y cuál es nuestro papel en su enorme tablero (informados acerca de todo, sin conocimiento de nada; especialistas sectoriales manejados en masa).  Hablan de transparencia en el ejercicio del poder y cada vez es todo más confuso e ininteligible. Sus caras son el reflejo de una sinceridad claramente manipuladora. Se desdicen de lo dicho. Presumen de pluralismo pero son todos lo mismo. Quieren que protestemos uniéndonos a ellos. Nos empujan al progreso despeñándonos por un precipicio. Es el arte del doblepensar que ya se describe en la obra 1984 de George Orwell. Y al igual que en ésta se refieren siempre a lo “malos” que son (o fueron) otros gobernantes o pueblos, para consolarnos y reconfortarnos. Nos toman por imbéciles y les seguimos el juego.

En definitiva ¿Vivíamos mejor hace décadas o ahora? ¿Todo se ha vuelto más complicado o nos lo han complicado? ¿Tenemos que aceptarlo por decreto “divino”? ¿Todas nuestras posibilidades se limitan a votar o reclamar por sus medios? ¿Se puede esperar un mejoramiento de la situación dentro del actual sistema ético-económico-social? ¿Seguirá esta vorágine? ¿Cuánto aguantaremos? Indignación es poco decir ante tanta denigración.


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