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Los modernos contratos de usuario

Un nuevo tipo de estafa contra la propiedad privada

13/02/2012 - Autor: Moámmer al-Muháyir
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La trampa del contrato

Introducción

A lo largo de este artículo denunciaremos un nuevo tipo de estafa que vienen efectuando en las últimas décadas las empresas de la industria del entretenimiento y la cultura en contra del consumidor, atentando así contra el concepto tradicional de propiedad privada y las normas básicas del derecho a la propiedad en el comercio honrado. Para su análisis, dividiremos la evolución del concepto de ‘propiedad’ en tres estadíos del desarrollo de la economía, y analizaremos cuál fue el problema fundamental que experimentó el concepto en cada período.

Génesis del concepto clásico de propiedad privada

Desde tiempos inmemoriales, en los albores de la sociedad humana surge el intercambio como forma de obtener aquellos bienes y propiedades que la persona no producía. Los integrantes de una sociedad se insertaron así en la economía a través de la especialización, concentrándose en la producción, recolección o reelaboración de productos y servicios específicos. Surgieron así los oficios, y con el devenir de los años el conocimiento acumulado sobre un oficio se transfirió de padres a hijos, aumentando la especialización de las familias en cada campo. No es raro encontrar que en numerosas culturas, como la portuguesa, los apellidos familiares signifiquen a menudo el nombre de un oficio determinado. Esta especialización diversificó la cultura humana, no sólo la economía, sino el conocimiento que la humanidad tenía acerca de sí misma y del universo.

El concepto de propiedad privada es muy anterior al comercio, y podríamos decir que es conocido hasta entre los animales. Basta intentar quitarle un hueso a un perro para que nos gruña comunicándonos "Este hueso es mío, y si me lo quieres quitar, tendrás que vértelas conmigo". Pero con la difusión del intercambio o comercio, surge en las sociedades humanas un debate sobre los derechos del comprador y del vendedor como propietarios, que todos y cada uno de los pueblos resolvieron en la práctica de la forma más simple, racional y natural.

Ya fuera antes de la existencia del dinero, cuando el comercio se basaba en el trueque, o posterior a su aparición, las leyes del intercambio han sido siempre muy sencillas: “Esto es mío por derecho y dispongo de ello como quiero. Deseo vendértelo o cambiártelo a ti, que tienes algo que yo necesito más. Te propongo darte lo que tengo, a cambio de lo que tú tienes. Si estamos de acuerdo, se cierra el trato”.

Una vez realizado el intercambio, la propiedad cambia de dueño junto con todos los derechos sobre ella. Una vez vendida, intercambiada u obsequiada, el anterior propietario pierde todo derecho sobre su antigua propiedad y obtiene a cambio de ello el precio que acordó aceptar; sus derechos se transfieren al nuevo propietario, quien la obtuvo legítimamente y con el conocimiento y voluntad del propietario anterior. Ningún vínculo ata o limita al vendedor o el comprador una vez concluida la venta.

¿Qué derechos tiene tradicionalmente un propietario sobre la propiedad heredada o adquirida? El propietario tiene derecho a beneficiarse de ella usándola, consumiéndola, regalándola, modificándola, reproduciéndola, alquilándola, vendiéndola, o incluso destruyéndola.

En esta primera etapa de la economía en que la inmensa mayoría de los bienes comerciales son objetos tangibles o servicios, el problema fundamental que experimentó el comercio fue el robo (en sus diversas formas), por lo cual se estipularon en todas las sociedades humanas leyes que lo penalizaran. Todas las sociedades humanas han estado unánimemente de acuerdo a lo largo de la historia en que robar es un crimen que debe ser censurado y castigado, y que pone en peligro el comercio honrado.

Nace un nuevo tipo de propiedad: la Propiedad Intelectual

En la medida en que la economía se diversificó y la producción aumentó, la concentración de bienes en las grandes ciudades dio como resultado un estilo de vida humano cada vez más sofisticado y refinado que se alejaba más y más de la mera supervivencia, girando en torno a la producción de obras exóticas propias de la cultura humana como obras de arte, literatura, música, etc.

Aparece entonces la imprenta como forma de difundir ampliamente obras literarias y musicales. Surge entonces con fuerza un nuevo tipo de propiedad en cuya definición exacta todavía hoy en día las sociedades humanas no se han puesto de acuerdo: la propiedad intelectual. Se trataría de un tipo de derecho o propiedad intransferible, que permanece con el propietario original aún cuando ésta fue vendida. Este tipo de propiedad se aplica a aquellas obras de difícil o escasa producción, pero que actualmente son de difusión masiva: pinturas, libros, obras musicales, etc., y cuyo comercio puede mover capitales mucho mayores que el de la mera satisfacción de las necesidades básicas como vestirse o alimentarse. Se inventa entonces el concepto de "Copyright", cuyo símbolo es ©, y que básicamente significa “Derecho a copia”, o "Copia fidedigna y autorizada por el autor".

Pero no hay un consenso claro entre los pueblos de la humanidad y sus distintos sistemas jurídicos sobre el alcance de los derechos del autor, porque la creación absoluta sólo está en el marco del Creador. Se sabe a ciencia cierta que ninguna persona 'crea' realmente una obra; lo único que hace, es transformar las anteriores, inspirándose en las necesidades y el medio que le rodea; y que ningún autor puede prescindir de la inspiración de obras previas.

Para ejemplificar esto, intentemos imaginar qué habría sido de Johann Sebastián Bach si en lugar de haber nacido en la Alemania del siglo XVII en el seno de una familia de músicos renombrados, hubiera nacido en la Polinesia 500 años antes de Cristo, en el seno de una familia de pescadores.

Los artistas en general comprenden muy bien este concepto. El conocido guitarrista y compositor de los Rolling Stones, Keith Richards, lo explicó con absoluta sinceridad en una entrevista concedida al periodista Alan Di Perna, y publicada en una revista del diario argentino Clarín en el año 1997:

- “¿Qué es lo que te permite ser un compositor tan prolífico?

- No me parece que uno componga nada. La mejor forma de pensarlo, en todo caso para mí, es que uno es una antena. Me siento ante un instrumento –guitarra, piano, bajo o lo que sea- y toco canciones de otro. Y generalmente en 20 minutos, más o menos, de repente algo empieza a venir. Y es entonces cuando sale la antena (Se moja el dedo y lo levanta). ¡Adentro! Y así recibes esa especie de regalo. Lo elaboras un poco y luego lo retransmites. La idea de que "yo lo compuse", o "yo creé eso" es algo artístico exagerado que a la gente le gusta decir al componer canciones. Eso puede arruinarte”.

Como compositor, Keith Richards revela con toda honestidad lo que todos sabemos acerca del oficio de un autor: el autor compone sus propias obras reproduciendo, transformando y reutilizando parcialmente obras protegidas de otros autores. Se hace entonces evidente que la reproducción, transformación y reutilización de obras sometidas a derechos de autor es intrínseca al oficio e imprescindible para el proceso creativo de una obra, y estas actividades son parte del uso legítimo. Y es natural que así sea, porque son derechos inherentes al concepto tradicional de propiedad privada. Todo compositor sabe desde siempre que si quiere evitar que una obra sea reproducida sin su autorización lo que tiene que hacer es no revelarla, no darla a conocer. Si hace copias de la misma y las vende, no tiene forma alguna de controlar cómo serán usadas y en la mayoría de los casos no tiene derecho tampoco a controlar cómo serán usadas; menos aún tiene derecho a prohibir a otros inspirarse en ella para la creación de nuevas obras. Puede prohibir el abuso evidente, pero no el uso legítimo. Y a pesar de esto, ningún artista se abstiene de revelar su obra por miedo a que sea reproducida sin su autorización; muy por el contrario, todos ellos anhelan profundamente que su obra se convierta en el punto de partida y referencia para obras posteriores, lo cual le dará mayor renombre al autor que la obra misma.

Si bien los diversos sistemas jurídicos existentes no parecen ponerse de acuerdo en cuál es el alcance exacto de los derechos de autor, hay algo en lo que racionalmente parecen estar de acuerdo y es en que los derechos de autor son relativos y limitados, no son eternos ni plenipotenciarios.

El problema fundamental que enfrentó la propiedad intelectual en este estadío del desarrollo de la economía humana fue la falsificación, el plagio y el robo de la identidad. Todas las sociedades humanas están de acuerdo en que atribuirse falsamente la creación de una obra es un crimen, independientemente de si se comercia con ella o no. Mucho peor es el crimen cuando el plagiador se enriquece a costa de la venta de una obra cuya autoría no le pertenece en perjuicio del autor real, con el engaño que eso implica.

En la Era Digital la Industria manipula la Propiedad Intelectual para atentar contra la Propiedad Privada

Con la aparición de la computadora personal en la sociedad, aparece una nueva plataforma para el almacenamiento y reproducción de todo tipo de obras sometidas a propiedad intelectual: los discos magnéticos. Nace la industria del software, sometida también a la atribución de autor. Ahora, casi todas las obras sometidas a atribución de autor pueden ser copiadas y difundidas sin costo alguno, por lo que la empresa que comercializa las copias oficialmente (que en muchos casos explota a los artistas y autores), pierde el monopolio en beneficio de la población de consumidores.

Sin embargo, la copia e intercambio popular de archivos digitales no cumple con ninguna de las condiciones y característica de un delito, salvo en el caso excepcional en el que una persona copia una obra digital efectivamente para robarla, se atribuye su autoría y se enriquece con su comercialización; en este caso el delito no es la copia del archivo digital en sí sino el robo de la obra, sea en el formato que fuera.

Modernamente, la gran mayoría de los casos de copia de archivos digitales no caen bajo esta clasificación ni se efectúan con esta finalidad, sino que tienen el mero objetivo de compartir una obra para su reproducción entre personas con un interés común que no pueden pagar los costos de la copia oficial autorizada.

La copia de archivos digitales:

- No constituye una falsificación ni imitación, porque es una copia exacta del archivo original.

- No constituye un atentado a la identidad, porque salvo en casos excepcionales, nadie copia un archivo digital de una obra conocida para atribuirse su autoría, sino para poder disfrutar con su simple reproducción.

- No constituye un robo, porque la propiedad original en base a la que se realizó la copia permanece inalterada en posesión de su propietario. De hecho, es el mismísimo propietario de la copia oficial autorizada el que suele realizar, en el ejercicio de su legítimo derecho, las copias para compartirlas con sus amigos o seres queridos, por lo que estas copias también están autorizadas por un propietario legítimo.

Más aún, en la gran mayoría de los casos la copia de archivos digitales no constituye siquiera un atentado contra la industria del rubro, pues se ha popularizado entre las clases bajas y personas de bajos recursos como forma de obtener un acceso al arte y la cultura que su poder adquisitivo jamás le permitió tener con anterioridad. Muchos años después de que una famosa película pueda descargarse desde un sitio web, el metropolitano de clase media y alta no ha dejado de preferir la compra de la copia oficial en formato DVD con manuales y etiquetas inmaculadamente impresos, ni ha dejado de concurrir a los conciertos o recitales de su banda musical favorita. Y precisamente de este tipo de clientes con poder adquisitivo, vive (y se enriquece obscenamente) la actual industria del entretenimiento.

En cambio, el trabajador o estudiante de clase baja que descarga copias no oficiales de un sitio web, no podría comprar esas obras ni concurrir a cines o recitales aún si la copia y descarga de estos archivos fuera criminalizada, porque su poder adquisitivo se lo impide, como se lo ha impedido siempre. Que una clase social que jamás tuvo poder adquisitivo tenga acceso copias no oficiales de obras musicales o programas, no tiene prácticamente ninguna incidencia sobre la economía real.

Sin embargo, la industria de la cultura y el entretenimiento no lo percibió así. La popularización del intercambio de archivos digitales planteó nuevos desafíos al monopolio de la distribución industrializada de obras culturales porque pone en entredicho la concepción del derecho en que está basado ese monopolio, el cual ha intentado resolver esta contradicción manipulando y redefiniendo el concepto de propiedad intelectual en su beneficio propio, con la clara intención de maximizar sus ganancias y sin ninguna consideración a los requisitos del proceso creativo de los autores. Esta manipulación se efectuó 'limitando' los derechos de uso de las copias finales, y criminalizando la copia no autorizada por ellos.

Al criminalizar el intercambio de archivos digitales tan popular entre las clases bajas tachándolo con el mote difamatorio de “piratería”, el monopolio industrial está intentando convertir forzadamente a los pobres en potenciales clientes aún cuando estos ciudadanos jamás han tenido el poder adquisitivo para pagar copias oficiales, y no comenzarán a tener ese poder adquisitivo por no contar con acceso a copias no oficiales: simplemente perderán su acceso a la cultura.

El problema con este nuevo tipo de definición de la propiedad intelectual es que vulnera las condiciones de la propiedad clásica, porque en nombre de ella se prestigian y promocionan bienes para su venta, y se supone que cuando vendes algo y obtienes por ello el precio que pediste, estás concediendo al nuevo propietario los derechos tradicionales de propiedad que tú ejercías sobre ella: él puede usarla, consumirla, regalarla, modificarla, reproducirla, alquilarla, venderla, o incluso destruirla. Pero en esta moderna concepción capitalista de la propiedad intelectual, una vez que el vendedor obtuvo su dinero, la propiedad intelectual se convierte en una excusa para limitar los derechos del nuevo propietario sobre el uso de la obra, generalmente de formas abusivas.

El concepto moderno de propiedad intelectual fraguado por este monopolio contiene así una falla estructural: se usa como anzuelo para vender, pero una vez realizada la venta, se usa para atar al comprador, manteniéndolo ligado de por vida al vendedor en un estatus similar al del deudor. Si el comprador intenta ejercer derechos de legítimo propietario una vez concretada la venta, es perseguido y coaccionado judicial y penalmente.

Esto es una tendencia general en el actual sistema capitalista basado en la usura bancaria, en la que una minoría intenta apoderarse del mundo tal como lo conocemos y convertirnos a todos en meros ‘usuarios’ de los recursos del planeta: nuestras casas pertenecen al banco a través de las hipotecas, nuestros empleos pertenecen a la empresa, nuestras riquezas al Estado, y nuestros CD’s, películas y programas, a la Asociación de Productores y Editores. ¿Qué es realmente nuestro?

Paradójicamente en este tercer estadío, el atentado contra el derecho a la propiedad privada no proviene de la actividad popular sino precisamente de las leyes que se han sancionado bajo presión del monopolio industrial para intentar regularla.

Conclusión

En su esfuerzo por mantener el mercado de consumidores cautivo, el actual monopolio de la industria del entretenimiento y la cultura viene ideando y organizando desde hace algunas décadas un nuevo tipo de estafa, lo que constituye una nueva amenaza contra la propiedad privada: han enmascarado un alquiler, y lo han llamado "venta". Esto se logró con la composición de complicados contratos o ‘licencias’, cuyas implicancias exceden generalmente la comprensión y el conocimiento del consumidor, y cuyo ejemplo más conocido es el Contrato de Licencia de Usuario Final (CLUF), tan conocido en los productos de la empresa Microsoft, pionera en la formulación de este tipo de contratos de venta fraudulentos.

Este alquiler encubierto es un nuevo tipo de estafa en la que el vendedor impone como condición cláusulas que vulneran o restringen los derechos del comprador como legítimo propietario, convirtiéndolo en un mero inquilino o ‘usuario’, como suelen llamar al comprador estos nuevos contratos. Por ejemplo, estas cláusulas suelen decir cosas como que: “Con la compra de este producto el ‘usuario’ se compromete a no copiar esta obra, no reproducirla en espacios públicos, limitar su uso a ciertas circunstancias o con ciertos dispositivos, en forma total o parcial…”, pero el comprador se anoticia de estas condiciones una vez que ya ha realizado la compra y ha abierto el paquete, en el supuesto caso de que lea toda la información contenida adentro. Nadie le advierte de antemano que le están “alquilando” la obra y en ninguna parte del contrato o licencia figura ese verbo. Los verbos utilizados son “compra” y “venta”; se realiza como una venta, pero con estatus legal de alquiler. Ahí radica la estafa.

Cualquier contrato de venta que limite el uso de la propiedad vendida convirtiendo al comprador en un mero usuario deja de ser por ello una auténtica venta y pasa a ser un alquiler o arrendamiento. Por ejemplo, si yo ofrezco una casa a cambio de una suma de dinero, pero con la condición de que:

- El comprador no puede construir ni modificar la propiedad.

- No puede transferir su uso a alguien más.

- No puede comerciar con ella.

- O debe devolverla luego de un período establecido.

Entonces no estamos ante una legítima venta sino ante un arrendamiento o alquiler. Estamos entonces presenciando en la era moderna un nuevo tipo de estafa legalizada.

Ve a tu biblioteca y observa nuevamente: todos esos CD’s de música, juegos y programas que compraste, creyendo que al pagarlos te convertías en su propietario, en realidad te los han alquilado, te los han prestado por un precio. No puedes disponer de ellos como te dé la gana, aún si no los utilizas para lucrar o comerciar. Y si intentas ejercer tus derechos como legítimo propietario, serás censurado, perseguido y condenado como un criminal. El único derecho que el actual monopolio de la cultura todavía te reconoce como propietario, es el de destruirlo. Quizás deberías hacerlo, o devolverlo y quedarte sólo con lo que realmente te pertenece. ¿Lo harás?

Reconocimientos:

La inspiración de este artículo surgió de un video popularizado por el colectivo Anonymous en You Tube contra las leyes S.O.P.A y A.C.T.A. y de una lectura del concepto de propiedad privada en el derecho musulmán, el cual no admite restricciones a los derechos del propietario y considera los Contratos de Licencia de Usuario Final (CLUF) como una vulneración de los derechos del comprador. Si debiera cobrar derechos de autor por la confección de este artículo, también debería a su vez pagarlos al colectivo de internautas de Anonymous y a la comunidad islámica… así como el autor de la película ‘King Kong’ debería pagar retroactivamente derechos de autor al Continente Africano y a los gorilas de montaña, ¿verdad?

Me amparo entonces en las licencias de Creative Commons, 2012, y se permite la reproducción total de este artículo (con los reconocimientos incluidos) citando al autor. También se concede la autoría al colectivo de activistas e internautas conocido como ‘Anonymous’, que pueden reproducir este artículo firmándolo simplemente con su nombre grupal ‘Anonymous’. Y me amparo en El Creador, Único Origen de todas las cosas...

Mo’ámmer al-Muháyir


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1 Comentarios

Vanessa Rivera De dijo el 13/02/2012 a las 17:57h:

Interesante punto en un momento en que algunos sectores del islam pretenden introducir en Europa el uso del derecho islámico en los contratos privados a través de sistemas de tribunales de arbitraje paralelos


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