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Busca el Reino de Dios y su Justicia

Muchas veces no sabemos y no sabemos que no sabemos. A veces, nuestra propia limitación mental nos hace ser todavía más intolerantes

04/02/2012 - Autor: Dr.Armando Bukele Kattan - Fuente: www.aclarandoconceptos.com
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Dr.Armando Bukele Kattan

Vivimos en un mundo tremendamente complicado y eso, cualquiera puede sentirlo: se ve, se oye, se piensa, se palpa, se siente…

Al decir esto pensamos inmediatamente en el mundo exterior que nos rodea. Pero nos olvidamos, que por más complicado que se encuentre nuestro entorno, todavía es mucho más complicado, nuestro mundo interior: la mente humana. Cada cabeza es un mundo, dice elocuentemente el sabio refranero popular; y de esa forma, la diversidad de pensar es tan extensa, como el número de habitantes que tiene nuestro planeta. Y lo peor es que no sabemos administrar nuestras diferencias. Dios nos quiso hacer diferentes, pero nos dio también la capacidad de dialogar y razonar; nos hizo también seres sociales; así que tenemos que vivir en convivencia.

El problema se complica, porque todo el mundo cree poseer la verdad y no sólo la verdad, sino que la única verdad. ¡los demás están equivocados!. Y lo que no comprendemos, o consideramos que está incorrecto, es porque no coincide con nuestros prejuicios, lo criticamos y hasta lo combatimos, sin conocer realmente al contrario. Muchas veces, porque su conocimiento está más elevado que el nuestro o incluso que el de nuestros dirigentes religiosos, a quienes seguimos con fe ciega. Para que la luz entre a nuestra mente, tenemos que abrir nuestro cerebro.  Muchas veces no sabemos y no sabemos que no sabemos.

A veces, nuestra propia limitación mental nos hace ser todavía más intolerantes: Antonio Machado ya lo decía: …Es propio de personas de cabezas  “medianas”, embestir contra todo aquello que nos les cabe en la cabeza. Fuera de ello, somos tremendamente críticos, cuando tratamos de ver defectos en los demás y no sólo no vemos los nuestros, sino que aparentamos no tenerlos.

Nuestra sociedad, es tan solo de apariencias. Nicolás Maquiavelo lo decía: Pocos ven lo que somos; pero todos ven lo que aparentamos. Horacio lo dijo con otras palabras: Somos engañados por la apariencia de la verdad. Las apariencias engañan, nos puntualiza, el sabio refranero popular. Mark Twain lo manifestaba más vívidamente: Las personas – sobre todo en las sociedades occidentales – son como la Luna. Siempre tienen un lado oscuro, que no enseñan a nadie. Esto es natural y permisivo en el ser humano y tan sólo se vuelve inaceptable, cuando las personas ven con facilidad la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio, como dicen las Santas Escrituras. Y muchas veces provienen de los mismos “amigos” que de los declarados enemigos.

Alfred de Musset lo decía: Lo más ofensivo que pueda lanzarte a tu cara tú peor enemigo; no se compara con lo que tus “amigos” hablan de ti, a tus espaldas. Hay conceptos tremendamente conflictivos y al mismo tiempo, aceptados por cada grupo como verdades supremas: como perfectos paradigmas: El racismo es uno de ellos, el mito de las razas superiores y razas inferiores. Unos nacieron para dominar y otros, para ser dominados. Basan su hipótesis en el desarrollo actual de los pueblos, olvidándose que todos han tenido su inicio, desarrollo, apogeo y decadencia. Si analizamos un punto tangencial de su historia, el planteamiento puede tener algo de lógica, pero ésta se desvirtúa inmediatamente, al analizar el ciclo natural de la historia humana.

Los pueblos africanos tuvieron grandes civilizaciones, cuando Europa estaba sumida en la barbarie. Los pueblos originarios de América, son depositarios de una amplia cultura, la cual fue pisoteada, casi totalmente destruida aunque parte de ella, todavía oculta. Los árabes fueron 2 veces maestros de Europa: En la Edad Antigua, pueblos semitas originarios de Árabia, culturizaron inicialmente a Grecia, cuna de la civilización europea, y en la Edad Media, pueblos árabes propiamente dichos, culturizaron nuevamente a Europa, sentando las bases de lo que luego se llamó: El Renacimiento Europeo.

El clasismo, es otro concepto estrecho: establece un sistema de valores, no por lo que se  es, si no por lo que se tiene. Esto se complica, aún más, cuando se diferencia a las personas por sus orígenes “reales” muchas veces, supuestos y siempre, sin mérito alguno. Debe puntualizarse que los “privilegios hereditarios”; que nuestro país desconoce; en otras latitudes, se aceptan sin discusión: Reyes, príncipes, princesas y cuanto título de nobleza decreciente se dispone. No dudamos que hay nobles de gran valor; pero hay también en ellos, idiotas, cuasi perfectos. Y lo mismo podemos decir de los ciudadanos “comunes” como les llaman por allá, o de los “ordinarios” como nos llaman acá.

La intolerancia religiosa, es un factor tremendamente común, existente sobre todo en las personas más obcecadas y necias de todas las religiones. Por lo común, tremendamente ignorantes, se  dejan esquilmar por algunos “dirigentes” aprovechados, que hacen no sólo su “agosto” con ellos (si no todo el año); a cambio de promesas imposibles de comprobar o de realidades virtuales. Desde una perspectiva tolerante debemos aceptar de que están en su derecho, ya que embaucados o no, lo hacen voluntariamente y ellos son dueños de su patrimonio y libres de pensar como quieran. Aunque muchas veces son insoportables, cuando a pesar de su pequeñez intelectual y mente cerrada, critican a los demás; o se consideran sólo ellos poseedores de la verdad y  salvos y mandan irremediablemente a los demás, al infierno, a quemarse para toda la eternidad. Debemos orar por ellos; porque creyendo estar en la razón, no oirán consejos. No saben y no saben que no saben.
Otro comportamiento despectivo es el machismo, donde se degrada a la mujer en una condición de inferioridad, injusta e intolerable.

A pesar de ese machismo generalizado, en nuestro país, el 78% de los hogares están constituidos por un claro matriarcado. Es la mujer – madre; la mujer-esposa; la mujer-hija; la mujer-hermana; la mujer-sola; ya que muchas veces el padre no aparece o bien éste es irresponsable, o responsable a medias.

Por otro lado, aunque la riqueza del mundo aumenta, la pobreza prolifera por doquier. Y si esto puede observarse en un país determinado, es incluso más espectacular entre diferentes países. Como que la tónica del mundo continúa siendo siempre: los pobres, más pobres y los ricos, más ricos.

Mahatma Ghandi lo decía:

En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”.

La avaricia, considerada un pecado capital, es definida como el afán desordenado de poseer riquezas, para atesorarlas. Lleva aparejada a ella la codicia: que es un apetito desordenado de riquezas. En ambos, el apetito desordenado y excesivo de riquezas, capaz de realizar las acciones más viles, las señala como nocivas; aunque el avaro va más allá, lo hace para atesorarlas.

Jonathan Swift afirmaba:

La codicia desenfrenada, lleva a los hombres a ejecutar las acciones más viles; por eso para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”.

Por otra parte, la ambición se define como un deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidad o fama; y puede ser positiva, sin exageramientos, esto es, en su justa medida. Ya Montesquieu lo decía:

Un hombre no es desgraciado por tener ambición, sino cuando es devorado por ella”.

La codicia es despreciable, ya que es siempre ambición desordenada y en exceso. El sabio refranero popular advierte: la codicia rompe el saco, recordando que muchas veces por aspirar a ganancias exorbitantes, se pierde  incluso alguna ganancia real.
Lo contrario a la avaricia es largueza. Pero todo llevado al extremo es  perjudicial:
Por un lado, el avaro que atesora y no gasta nada, ni siquiera para él ni su familia, y por el otro, el que derrocha todo y se queda sin nada.

No es malo tener riquezas, lo malo es atesorarlas simplemente y no dispensarlas en el camino de Dios. Dios es misericordioso; pero es Todo misericordioso, porque también es Todopoderoso.

Para hacer obras humanitarias, se necesita tener un buen corazón, pero también se necesita dinero. Ya que repartir sin tener, se genera más pobreza.

Y ese es uno de los problemas más grandes del mundo: “Que el que produce, generalmente no reparte; y que el que reparte, generalmente no produce…". El dinero es un medio, no un fin en sí mismo.

El codicioso y el avaro, aunque multipliquen su fortuna, siguen siendo pobres. Nunca se satisfacen de lo que tienen. La pobreza no viene por la disminución de la riqueza; sino por la multiplicación de los deseos, decía Platón.

Séneca asimismo manifestaba: pobre no es el que tiene poco, sino el que desea mucho.
Fuera de ello, lo trascendental no se compra con dinero: Frederich Nietzche lo afirmaba: lo que tiene precio, poco valor tiene. Y el poeta, incluso le puso música: tan sólo lo barato, se compra con el dinero…

Pero eso no significa que dilapidaremos toda nuestra fortuna; ¿Y la familia? ¿Se puede ser bueno con los otros, olvidándose de los suyos? Lo más importante en la vida es lograr el equilibrio. Uno debe estar satisfecho con lo que se tiene y darle gracias a Dios por ello; y tener una ambición sana de luchar y mejorarse, sin codicia, ni avaricia y sin ansia desmedida y búsqueda excesiva de tener y más tener.

Dar el diezmo a la Iglesia, cumplir la entrega de la “semilla” pactada, al recibir el primer ingreso económico, todo eso, antes de satisfacer las necesidades básicas de la familia o alguna emergencia familiar, es un mensaje incorrecto, aunque se quiera justificar con mandatos bíblicos, del Antiguo Testamento, que en otros casos dicen que está abrogado; pero en el caso del diezmo, NO.

El dirigente religioso que exige los diezmos al que está en la miseria absoluta o incluso se está muriendo de hambre, peca también de avaricia.

El ansia desmedida de tener y más tener; menospreciando la normal competencia y arrastrando los derechos, sentimientos y hasta esperanzas, en una competencia desleal entre iguales, o en el sometimiento de los débiles, que provoca la división y hunde a los gobiernos, y lo que es aún peor, a los países.

Ya Aristóteles lo decía: "Los gobiernos se mueren, por  la exageración de sus principios". Y el sabio refranero popular aconseja: "La gallina de los huevos de oro, no se mata, porque te quedas sin oro, sin huevos y sin gallina".

Hay personas, incluso con dinero suficiente para vivir una vida en abundancia, que son hasta serviles cuando se trata de ganar dinero. Y los hay – pobres y ricos – que venden sus principios para obtener dinero y más dinero. Ya Leonardo Da Vince lo decía: ¡Oh miseria humana, a cuanto te sometes por el dinero!

Y Benjamín Franklin decía sabiamente. “Aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento, que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero”.

El amor al dinero y el desprecio al dinero, son extremos inconvenientes; lo mejor es el equilibrio. Dios no quiere al avaro, ni tampoco al que dilapida su dinero. Ese mensaje del Nuevo Testamento, de Ananías y Safira, que cometieron “pecado” y murieron instantáneamente, ambos castigados por Dios, por vender todas sus propiedades y dar “tan solo” el 50% a la iglesia; es un mensaje, dolosamente o al menos incorrectamente traducido.

El creyente tiene que dispensar caridad permanentemente empezando por su círculo sentimental primario y luego extendiéndolo a círculos más extensos, lo cual se ratifica bíblicamente en que no se puede ser candil de la calle y oscuridad de la casa.

Por otro lado ponderar que a Dios le interesa el dinero y que hace más favores al que da más, es una total mentira.

Las iglesias de la prosperidad son promotoras de esto, maldiciendo los billetes de US$1.00 e insistiendo que la limosna “no suene” (monedas).  Otros insisten en que la caridad dada directamente a los pobres (cuando es lo mejor porque se supervisa que se use bien, esto es, que llegue realmente a los necesitados), no vale para el diezmo, y  que debe dársela a la iglesia y su pastor, es totalmente falso. Sin embargo esto es un prerrequisito para ganarse el cielo, o al menos un pasaje seguro, en la “nube” (nave) del arrebatamiento que es tan solo una viaje virtual, inexistente realmente.
Con tanta belleza en todas las religiones ¿Quién es el fanático que cree que solo él tiene la verdad y que los que no crean como él, están condenados para toda la eternidad?

¿Quién es el egoísta que abusa de su poder y su dinero y se olvida del sufrimiento de sus hermanos? ¿Quién solo se preocupa por esta vida y se olvida que también tiene que preocuparse de la otra? Definitivamente tenemos que preocuparnos por ambas: Somos alma y cuerpo y tenemos un espíritu que debe trascender.


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