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Los islamistas y las primaveras arabes: Apuestas y perspectivas

El Islam y la cultura árabe se han mantenido como objeto de desconfianza y hostilidad del poder político

20/01/2012 - Autor: François Burgat
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François Burgat

La principal preocupación de una aplastante mayoría de los ciudadanos del Magreb y de Oriente Próximo no es expulsar del recinto político una referencia religiosa íntimamente vinculada a su identidad nacional. Se trata más bien de reabsorber las profundas desigualdades políticas y sociales que las élites posteriores a las independencias, en nombre de la utilización del léxico religioso (alentado por la orilla del norte) han dejado crecer durante mucho tiempo.

Los resultados, que en los primeros escrutinios posteriores a la onda de choque “primaveral” ubicaron al partido Ennahda a la cabeza de las fuerzas tunecinas, que en Egipto dieron más del 65% de los votos a los Hermanos musulmanes y la escalada de los salafistas o, en Marruecos, aunque haya sido mediante apuestas muy diferentes, confirmaron esa tendencia a favor del PJD, no sólo han confirmado una relativa "victoria de los islamistas", sino que además han subrayado la amplitud de la distorsión de la mirada occidental externa, y también árabe, sobre este componente inevitable del paisaje político. El escrutinio tunecino del 23 de octubre cobra todavía mayor significado cuando se pone de relieve que los dos partidos que siguen, aunque de lejos, a Ennahada, se han abstenido de alimentar la retórica sectaria y que los que eligieron esta opción prácticamente han desaparecido de la escena electoral útil.

Paradójicamente, la consolidación de las corrientes islámicas a comienzo de los años 80, ha jugado un papel muy importante en la longevidad de los regímenes autoritarios. Les suministró una estrategia de comunicación de una temible eficacia. Los islamistas, todas las tendencias mezcladas, han representado durante largo tiempo ante los ojos occidentales, pero también a los de una fracción de las izquierdas árabes, una alternativa tan inaceptable que hasta el autoritarismo más virulento parecía preferible.

Ni el carácter, en realidad universal, de las frustraciones que suscitaban las barreras autoritarias, ni los daños que la mediación de actores estatales ilegítimos provocaba en las relaciones euro-árabes aparecían como tales. La importancia del anclaje social de los “nuevos ricos” de la política árabe se ha subestimado, así como el hecho de que su agenda sobrepasaba ampliamente la esfera religiosa. Sus adversarios de todo tipo consiguieron que durante mucho tiempo sus reivindicaciones se considerasen exclusivamente ideológicas y por lo tanto legítimamente inadmisibles.

La comprensión académica de las raíces del fenómeno islamista se ha encerrado durante largo tiempo en una problemática solamente social que sólo quería ver en los militantes del Ennahda o de los Hermanos “abandonados a causa del desarrollo y la modernización”. No solo Occidente, sino también  las izquierdas árabes “laicas” no han querido tener en cuenta  los potentes resortes de identidad del fenómeno, sin embargo documentado desde hace mucho tiempo. Aziz Krichen ha recordado recientemente con contundencia los términos de la esencial diferencia histórica entre las trayectorias democráticas árabe y francesa; a diferencia de un país como Francia “en el que la iglesia católica representaba, con la monarquía, el principal apoyo del sistema feudal derribado en 1789”, en los países antiguamente colonizados “desposeídos de sí mismos” la revolución democrática reviste en primer lugar “una obligación de independencia nacional”. En el mundo árabe, porque ha sido particularmente mal conducida por el colonizador en su tarea de "desculturización", la cultura religiosa  se encuentra vinculada incondicionalmente a esa identidad nacional. Ahora bien, subraya Krichen, "luego de la independencia, el trabajo de zapa emprendido por los colonizadores paradójicamente ha continuado: el Islam y la cultura árabe se han mantenido como objeto de desconfianza y hostilidad del poder político”. Especialmente en Túnez, “a pesar de la recuperación folklórica de la religión”, “ser musulmán para la policía era ser sospechoso” (1).

En la primavera del 2011, la falta de visibilidad de los partidos tradicionales sobrevivientes de la dictadura (es decir los islamistas, y también las formaciones de izquierda) ha empujado a muchos observadores o actores a negar o minimizar, contra toda evidencia, la presencia de los  herederos de Hassan al-Banna en el cuerpo social de la revuelta. La superficie de  la denominada generación twitter se ha desestimado completamente. La revuelta en realidad se desarrolló sin que ninguna de las formaciones políticas existentes intentase apropiarse de ella y claramente es esta consideración la que constituyó su fuerza. El wishful thinking (pensamiento ilusorio, N. de T.) de todos los impacientes por anunciar otra vez la derrota de su viejo enemigo hizo el resto, llevando a enésimas declaraciones de “desaparición de los islamistas”.

En las consultas posteriores, lógicamente los islamistas han ocupado todo el espacio que tuvieron prohibido legalmente durante decenios. Ennahda y los Hermanos Musulmanes egipcios demostraron así  que  la represión de un aparato partidista, por muy larga y violenta que sea, no basta para aniquilar sus recursos movilizadores.  El  resultado islamista se amplió inmediata y significativamente en Egipto, por el hecho de que los salafistas, tradicionalmente (pero no en todas partes) excluidos de las urnas  ante el cambio de contexto, decidieron participar. La verdadera sorpresa ha sido el porcentaje que llegaron a quitar a los Hermanos, debilitados por una gran cantidad de años de infructuosas concesiones al régimen.

La creciente presencia de islamistas no es necesariamente sinónimo de retracción del espacio democrático. Hay que tomarse el tiempo necesario para observar que los países poco afectados por las revueltas han sido aquéllos en los que la representación democrática era mayor y en los que era evidente que las elecciones tenían alguna posibilidad de afectar la relación de fuerzas en la cima del estado. Ahora bien esos países (como el Líbano, Irak, Palestina y probablemente Turquía), no son en los que ha prevalecido, con el apoyo de la comunidad internacional, la represión absoluta contra los integristas. Al contrario, es por su escaso número  por lo que las corrientes islámicas fueron incorporadas, aunque para salvar las apariencias, al juego parlamentario.

El fin del “yihadismo”

El impacto de las “primaveras” en los grupos islámicos radicales ha dado lugar a una exégesis casi unánime: antes de morir físicamente en Pakistán  por el ataque de un comando estadounidense el 2 de mayo del 2011, Osama bin Laden, el fundador de Al-Qaida, habría sido “liquidado” políticamente por las revueltas tunecina y egipcia que habrían consagrado el fracaso de su estrategia. Esta lectura es en muchos sentidos reduccionista. Nada prohíbe considerar a la inversa que la explosión popular contra las dictaduras, cuyo papel mortífero en el orden mundial Ben Laden fue el primero en denunciar, ha venido a confirmar espectacularmente la certeza de su diagnóstico de mediados de los años 90. Las primaveras tunecina y egipcia han consagrado ciertamente el rechazo a la lucha armada que propiciaba bin Laden después de haber agotado, sin embargo, las negociaciones con la monarquía saudí. Pero el descrédito de la violencia rápidamente pasó a ser relativo: ante la obstinación de los regímenes los libios, yemeníes o sirios han tenido que recurrir a ella aunque solo sea por lógica autodefensa. Y el uso de las armas para poner fin a la era del autoritarismo en la actualidad está lejos de haber perdido toda legitimidad.

Las perspectivas abiertas por el avance del Estado de derecho deberían afectar al menos la capacidad de movilización del campo yihadista; la esperanza de ver la emergencia de instituciones representativas creíbles volverá a otorgar sentido a las luchas políticas nacionales legalistas, y al hacerlo harán perder otro tanto a las trayectorias radicales transnacionales. Además del fin de la espiral represión/radicalización, algunas de las causas que la juventud radicalizada pretendía defender en la aventura yihadista internacional tienen ahora la posibilidad de estar mejor consideradas por regímenes más afines a sus conciudadanos. La adhesión del egipcio About Zummer, uno de los asesinos de Sadat, desde que salió de la cárcel (en febrero) por exigencia de la confrontación electoral constituye un ejemplo elocuente.

Sin embargo, la era del radicalismo armado transnacional no puede considerarse totalmente acabada.

No se ha demostrado totalmente, en efecto, que los regímenes menos autoritarios puedan resistir mejor a las presiones estadounidenses y que por ejemplo un Egipto más democrático tenga a corto plazo los recursos (especialmente económicos) suficientes para sustraerse a las presiones de Washington en el conflicto árabe-israelí. Y si la fuente de radicalización que significaba la gran sumisión de los regímenes represivos a la superpotencia estadounidense tiene alguna posibilidad de agotarse, por lo menos dos de los resortes de la movilización yihadista parecen mantenerse funcionales El “yihadismo” del estado hebreo por un lado y el de su poderoso patrocinador  y aliado Estados Unidos, es decir su igual propensión a recurrir al hard power soslayando todas las limitaciones del derecho internacional continúan manifestándose, en efecto, con total impunidad. Fue Osama bin Laden, se olvida a menudo, quien reveló tanto como los responsables los profundos desequilibrios de la escena mundial. Mientras esos desequilibrios perduren, el pesado déficit de legitimidad de Estados Unidos y sus aliados europeos e israelíes mantendrá su actualidad en la opinión pública mayoritaria del mundo musulmán.  Para todos aquéllos para quienes las instituciones políticas nacionales (aún luego de su “renovación”), regionales o internacionales no hayan adquirido suficiente credibilidad, la tentación de recurrir a la lucha armada corre el riesgo de mantenerse presente.

Nota:
(1) Aziz Krichen. Après l’élection de l’Assemblée constituante en Tunisie: quels enjeux derrière l’épouvantail islamiste ?
Traducido para Rebelión por Susana Merino

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