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Cogiendo cita…

¿Brilla la humanidad por su ausencia?

19/01/2012 - Autor: Salam Adlbi Sibai - Fuente: Envío público a Webislam
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¿Brilla la humanidad por su ausencia?

Cogiendo cita…

Ayer, mientras me dirigía a hacer la compra, una chica joven me paró. Iba con su niño de seis años. Me dijo que es marroquí, que no domina el español y me pidió que llamara por ella a la comisaría con la finalidad de coger cita para la entrevista de la nacionalidad para su chiquillo.

Lo que tenía que haber durado unos minutillos nos llevó más de una hora.

Primera llamada:

Yo: “buenos días. Por favor me podría dar cita para la entrevista para la obtención de la nacionalidad”.

Señor X: “te paso con la extensión”

Yo: “gracias”.

...Después de diez minutos se corta la línea.

Segunda llamada:

Señor X: “acabo de hablar contigo y te había pasado con la extensión” -. Me dice enojado como si hubiera llamado él y estuviera pagando la llamada…

Yo: “lo sé, pero se ha cortado la llamada”

Señor X: “pues nada, te paso otra vez con la extensión” -. Me contesta con tono malhumorado, como si hubiera perdido el boleto ganador de la lotería.

Señora X1: “no es esta la extensión, y no te paso ahora porque mi compañero está ocupado. Llama dentro de unos veinte minutos”.

Durante estos veinte minutos invité a mi nueva a amiga a tomar algo en una cafetería cercana. Tuve la oportunidad de conocer una historia de vida de una mujer valiente, como muchas otras en España y otros lugares del mundo, que atraviesan fronteras con la esperanza de ofrecer a sus hijos y a ellas mismas, una vida mejor, que les corresponde como derecho y no como concesión por parte de los demás.

Vuelvo a llamar; tercera llamada:

Señor X: “te paso con la extensión” -. Reconoce mi voz y me contesta con tono de “¡qué pesada!”

...Después de diez minutos esperando, se vuelve a cortar la línea.

No vuelvo a llamar directamente y retomo la conversación con Fátima. Su marido sigue en Marruecos. Tras un accidente laboral quedó impedido, por lo que ella decidió emigrar a España en busca de trabajo. Tiene aquí una conocida y tras contactar con ella, organizó su viaje al “otro mundo”.  Pero tras ser engañada dos veces por unos macarras mafiosos que le prometieron ayudarla a llegar a España, decidió abandonar y rendirse. Lo que le hizo retomar la empresa fue, utilizando sus palabras: “el brillo inagotable que ve en los ojos de su pequeño”… 

Cuarta y última llamada:

Señor X: “te paso con la extensión, a ver si ya acabamos” -.

... Después de cinco minutos esperando contesta un trol.

Trol: “A ver, ¿qué quiere?”

Yo: “buenos días, quería por favor coger cita para la entrevista de la nacionalidad. Ya han pasado los 15 días concedidos para reunir todos los pape…”. Me corta

Trol: “a ver, ¿tiene todos los papeles?”

Yo: “Sí”

Trol: “espera”.

Escucho que está hablando con un amigo. Le pregunta qué tal está él, qué tal están sus hijos, qué tal está el perro, qué tal están los vecinos, qué tal están las hormigas de su jardín, qué tal está el jarrón de su salón y así durante seis minutos completos. Al final de la conversación le dice resoplando: “¡pues estoy aquí, trabajando…ya sabes qué terrible es esto!”.

A continuación retoma la conversación conmigo, sin disculparse y sin previo aviso pregunta con mal talante:

Trol: “¿cómo se llama?”.

Le digo el nombre y el apellido del niño.

Trol: “¿trabaja?”

Yo: “es un niño”.

Trol: “¿Y el padre?” -. No sé exactamente por qué le dio por gritar…

Yo: “el padre vive en Marruecos. Está con su madre, ella sí que…” -. Me vuelve a cortar.

Trol: “a ver, ¿tiene el permiso del padre?”

Yo: “Sí”

Trol: “¿Tiene todos los papeles?”

Yo: “ya le he…”-. Me vuelve a cortar.

Trol: “¡es que esto no puede ser! ¡Siempre lo mismo! ¡No puedo darle una cita si no tiene todos los papeles! ¡Me “vienen” siempre sin los papeles completos!”

Yo: “a ver (esta vez soy yo la que digo “a ver”). Ya me preguntó al inicio de la llamada si tenían todos los papeles, y ya le contesté que sí. Usted deme la cita, y en caso de que surja algún imprevisto llamamos y  la cance…” -. Me vuelve a cortar

Trol: “¡yo no tengo por qué darle una cita si no tiene todos los papeles! ¡Cómo no tenga todos los papeles le anulo la entrevista! ¡No “tienen” todos los papeles y me “hacen” perder el tiempo!!”

Yo: “ya le he dicho que tiene todos los papeles. Deme la cita, por favor”.

Trol: “¡¡el 20 de enero, a la 13.00!!”.

Yo: “Graci…”

... Ya había cerrado el teléfono

Sentí que la sangre me hervía. El oxígeno me faltaba y me temblaban las manos. Mi nueva amiga me preguntó que qué ocurría. Reuní todas mis fuerzas para esbozar una sonrisa y le contesté que no ocurría nada, que ya tenía la cita para la maldita nacionalidad.

Creemos que los inmigrantes no son personas. Creemos que no son seres humanos. Que no sienten. Que no sufren. Que no aman. Que no tienen derecho ni a estar ni a ser. Pensamos que cuando nos reímos en su cara no entienden. Que cuando murmuramos insultos no nos escuchan. Que cuando les ponemos cara de perro no lo notan.

Pero estamos equivocados. Somos nosotros los que no entendemos nada. No entendemos de humanidad. No entendemos de solidaridad. No entendemos de generosidad. No entendemos de educación. ¡No entendemos de historia, ni de economía, ni de geopolítica!

En varias ocasiones he presenciado, desgraciadamente, escenas en las que un “ser humano” discrimina y menosprecia a otro ser humano por ser de un color, sexo, nacionalidad y/o religión distintos a los suyos. Es curioso, la actitud es la misma: arrogancia, prepotencia e ignorancia. El uso del plural: “vosotros; siempre lo mismo; lo hacéis todo mal; os creéis unos listillos; os las sabéis todas; retrógrados; ladrones…terroristas...etc…”.

También destaca la diversidad de los lugares:

En el banco:

Entran una madre y su hija a una sucursal bancaria. Ambas usan hiyab. Inmediatamente dos “personas”, una del personal del banco y la otra, cliente de la misma, empiezan a murmurar sobre ellas (incluyendo insultos: moros de…), sin dejar de mirarlas insistentemente. Sin duda, un comportamiento que refleja una “exquisita educación”.

En el hospital:

Un joven de piel oscura se acerca a la ventanilla para coger cita para su madre. La respuesta de la auxiliar de enfermería: “¡es que no me “dejáis” trabajar, a ver!, ¿qué “queréis ahora”?”

En la consulta del médico:

Una señora de Colombia. Le duele el tobillo y por ello ha acudido al especialista: el traumatólogo.

Médico: “a ver, quítate el zapato y el calcetín”-.  Sigue sentado en su silla, y no se levanta para examinar el tobillo. Lo mira desde detrás de su mesa y le dice: “toma esta hoja de ejercicios, y si te sigue doliendo te tomas un ibuprofeno”.

En la tienda:

Una señora mayor, de Rumanía, entra a comprar pan. Hay dos dependientas. Ninguna contesta el saludo. Ninguna la atiende. Entra otro cliente, se dirigen a él sonriendo y le atienden.

En la calle….en el metro….en la farmacia…en correos….en el sistema eduactivo…son demasiados ejemplos, demasiado dolor…

Momentos como estos, en los que presenciamos cómo “un alguien” humilla a “otro alguien”, solamente por no ser como él/ella, no son una tontería. Todo lo contrario. Son estos pequeños detalles los que nos sirven como parámetro, como criterio, para conocer el nivel de desarrollo de una sociedad y la situación de la calidad humana de su población, además del reflejo de los mensajes que transmiten los medios de comunicación a la misma.

Cierto es, que segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, personas, seres humanos, de ambos sexos, de todas las razas, religiones, nacionalidades, ideologías y edades, luchan por un mundo mejor y por conseguir una sola sonrisa en el rostro de “ese otro”, que no es más que nuestro prójimo. Pero también es cierto que lo contrario ocurre constantemente.

No es un esfuerzo menor, el intentar vernos a nosotros mismos en los ojos de ese “otro”, pero tampoco es misión imposible como nos lo quieren hacer ver algunos. Nuestro primer objetivo tiene que ser la Humanidad; el segundo, la Humanidad, y el tercero y último, la Humanidad.


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