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El rechazo islámico de las castas sacerdotales

Islam para ateos, capítulo XIII

03/01/2012 - Autor: Abdelmumin Aya - Fuente: Webislam
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El islam igualitario: ni sheijs ni sacerdotes

Y si no hay intercesores ante Allâh de la importancia de los profetas, con más motivo no es posible que haya ningún tipo de autoridades intermedias como puedan ser los sacerdotes. Ciertamente esta actitud nuestra de no aceptar mediadores en nuestra relación personal con Allâh es algo que choca con la actitud de otras religiones que creen haber resuelto con estas instancias intermedias el miedo natural del ser humano a la trascendencia. Nosotros somos conscientes de que asumir la no necesidad de mediación alguna entre el ser humano y lo sagrado es hacer volar por los aires siete mil años de historia humana que han querido hacer de los sacerdotes personajes imprescindibles en la vida espiritual.

Una religión que no acepte la intromisión en la vida del creyente de autoridades de ningún tipo no es una religión, es un terremoto para los miserables intereses de los que comercian con la debilidad humana. Es el modo de liberar la conciencia humana de su alienación. Cuando no hay intermediario entre la vida del creyente y su experiencia de lo sagrado, el ser humano comprende su valor y es capaz de construir su mundo. Pierde la pasividad del que ve la realidad como algo dado y sus circunstancias como lo que le ha tocado en suerte.

La principal misión que dicen tener las castas sacerdotales es el cuidado de lo religioso, la propagación de la fe. En el Islam, la espiritualidad se cuida a sí misma y nadie está encargado de su expansión. El Islam no necesita profesionales de la religión que hagan de ésta su modus vivendi. Esto es una aberración. Cada hombre debe vivir su vida normal y que ésta le sirva para trascender a él y a los que lo tratan a diario. El profesional de la religión es un ser deforme que no entiende nada, porque lo primero que no entiende es la necesidad de ganarse el pan como el resto de los hombres hacen, sino que se dedica a una actividad que cree que el mundo está necesitando y se sitúa en la actitud de fuerza de que –a cambio de lo que le da a la comunidad- ésta lo mantenga económicamente. Su da‘wa (invitación al Islam) no es constitutiva de Islam real porque no es expresión de vida sino expansión de una doctrina prefijada. Ni siquiera es capaz del diálogo que hace posible la verdadera da‘wa porque para él el Islam es un conjunto cerrado de creencias que debe defender desde una posición bien asentada.

Pero nosotros sabemos que cuando las ideas se vuelven una trinchera, entonces, estamos en el kufr. Para que haya auténtica da‘wa, debe haber auténtico diálogo; y, para que haya auténtico diálogo, debe éste debe producirse con el encuentro humano en el sitio de trabajo, en el barrio... Desde tu pose de hombre de conocimiento de tu religión no puedes establecer un verdadero diálogo con el que viene a consultarte sus “problemas teológicos”; tan sólo, en el mejor de los casos, consolarlo. Tu posición de fuerza de ser el que sabe sobre una materia es un verdadero abuso de poder que la especie humana no debería soportar más tiempo porque la debilita internamente. No puedes ir al diálogo con “creencias insalvables” porque Allâh no necesita que lo defiendas.

El místico da a luz verdad; pero no se le muere esa verdad en el cerebro sino que la vive. En la medida en que la vive, deja de defenderla. En el Islam no existe nada parecido al proselitismo católico. Nosotros no tenemos que predicar ninguna doctrina; pero sí tenemos la obligación de ser sensibles a las necesidades de los que nos rodean. Si nos piden, sea dinero, tiempo o palabra, debemos ser generosos. Pero no tiene que ser “el encargado de la religión” sino el musulmán más cercano a las necesidades del que las tenga.

Cuando la da‘wa es la propagación de una serie de doctrinas, el Islam no crea civilización porque tratará de destruir aquello con lo que se encuentre superponiéndose a esa cultura. La auténtica da‘wa es convocatoria al Islam para que el Islam pueda ser hecho por más gente, con aportes humanos lo más variados posible. El Islam es el hecho humano y todo lo humano le atañe directamente.

Por lo expuesto hasta ahora podrá comprenderse cómo la principal estrategia del kufr contra el Islam, en la actualidad, no es desarrollar el programa de despropósitos asociados a la sharî‘a que tiene lugar entre los talibanes, como tampoco es financiar mercenarios del tipo de los de Argelia que causen el horror en nombre de Allâh, ni insistir hasta la saciedad en la alienación de la mujer en los países islámicos que nos ofrecen los medios de comunicación. La principal estrategia del kufr contra el Islam es la creación de una Iglesia Islámica, con sus sacerdotes-imames y su Vaticano-Rábitas al servicio de los intereses del Gran Capital. Imames a sueldo que hablen de lo que conviene hablar, sobre la belleza del Corán y los beneficios de la salâ, evitando referirse a lo condenable del préstamo a interés (ribâ), la bendición del ejercicio de la libre interpretación del Corán (iÿtihâd), la imposibilidad del Estado Islámico y la licitud del ÿihâd.

Arabia Saudí, al servicio de los intereses del capital internacional y a fuerza de petróleo, va extendiéndose por el mundo islámico como un cáncer, estableciendo una uniformidad indeseable en el entendimiento del Islam y privando al creyente de tenerse a sí mismo como autorizado intérprete de su propia experiencia de Allâh. Cada año se va incrementando el número de estos imames de mezquita a sueldo de Arabia Saudí cuyos discursos están controlados al gusto del que paga. Pero estos supuestos ‘ulamâ (sabios del Islam), más allá de lo que es un pacto de no agresión al gobierno de los países que les pagan su sueldo, precisamente por estar vendidos a su vanidad personal, están siempre querellándose los unos con los otros y son incapaces de organizarse. Ésta es nuestra protección para que en el Islam no pueda existir nada parecido a una Iglesia con una estructura jerárquica, una Doctrina ortodoxa y unos dogmas que una casta sacerdotal defienda a toda costa.

Si alguna vez se consiguiera establecer una “Iglesia islámica”, con sus mezquitas controladas, con imames fijos, con las jutbas de sus imames preestablecidas (1), se lograría desbaratar la fuerza telúrica del Islam, porque el Islam es lo que surge de la tierra, lo que nace con fuerza donde Allâh quiera, entre gentes que saben o no saben árabe, entre gentes que han estudiado Ciencias Islámicas y entre los que no, porque el Islam es la fuerza de lo auténtico y no el resultado de la imposición de la mediocre cultura árabe sobre el resto de las tradiciones, antiguas como la china, profundas como la hindú, fuertes como la griega, poéticas como la hebrea, sutiles como la japonesa, auténticas tradiciones de fitra como la india americana...

El Islam no es cosa de los musulmanes sino de Allâh; y mucho menos es cosa de árabes. “Si no sois fieles –dice el Corán- la Revelación pasará a otro pueblo”. La amenaza de la Revelación ya ha sido cumplida: el Islam no pertenece a los árabes del Hiÿaç; mas bien al contrario, actualmente, la destrucción del Islam, viene del Estado saudí. Los intentos de “eclesialización” de la Umma, la identificación de lo árabe y lo islámico, el orgullo desmedido de haber sido depositaria de la Revelación y su consiguiente falta de cortesía con los musulmanes no árabes (que puede comprobarse en el Haÿÿ (2)) son los modos con que la nación saudí trata de destruir el Islam.

Establecer como patrón de medida el baremo saudí para el Islam es tratar de imposibilitar el desarrollo espontáneo del Islam en el mundo. Y esto es dato sabido por el kufr. Como es algo sabido que la fuerza del Islam depende de que todo musulmán sea enseguida consciente que no tiene por qué admitir intermediarios entre su corazón y Allâh. Un herrero marroquí, un comerciante de alfombras iraní, un vendedor ambulante senegalés saben que son príncipes para Allâh y que no hay oro en el universo para pagar la sumisión de su conciencia a la injusticia. ¿Cómo acabar con la fuerza de la persona en el Islam? A base de complejo de inferioridad individual y colectivo.

Del complejo de inferioridad colectivo de los pueblos islámicos se ocupan los medios de comunicación, que difunden la ideología dominante creada por el Orientalismo; mientras que del complejo de inferioridad de los musulmanes se ocupan las “autoridades religiosas” del Islam.

Los encargados de desautorizar al creyente que siente a Allâh con fuerza son los imames de las mezquitas, los profesionales a sueldo de las ciencias del dîn, los profesionales de la charlatanería que ya se revelaron en el Cristianismo una lacra para la verdadera espiritualidad. Si permitimos en el Islam lo que nunca ha sido –la profesionalización de la religión-, sufriremos lo que los católicos han padecido en su historia: la minusvaloración del creyente que no ha estudiado teología y la extirpación de la mística. Porque el profesional de la religión no puede soportar que alguien que nada ha estudiado lo sepa todo. Pero Allâh no es asignatura de estudio sino materia de sensibilidad.

Los ‘ulamâ oficiales de los modernos países islámicos son licenciados que no han recibido adecuadamente el saber, sino que han obtenido sus títulos de “sabios del Islam” en Universidades creadas por Estados herederos del colonialismo y su ciencia es un sucedáneo a base de simplificaciones rayanas en la nada. Por ello son arrogantes y engreídos: no han tenido la educación que acompaña a la sabiduría. Son, salvo excepciones, funcionarios con un título bajo el brazo que buscan desesperadamente empleo donde se les ofrezca. Si a esto unimos la existencia de inútiles Consejos de ‘Ulamâ oficiales y Ministerios de Asuntos Islámicos que sólo sirven para respaldar a las autoridades del país, podemos vislumbrar la estrategia del kufr de dar nacimiento a una “Iglesia musulmana” con toda su jerarquía, y esto sí es una bid‘a, una aberración sin precedentes en el Islam que amenaza su continuidad y su autenticidad.

Además, actualmente, el Islam se enseña en las escuelas musulmanas robándole su alcance y reduciéndolo a una asignatura paralela a la de la religión en los sistemas educativos occidentales. Es tan pobre y mediatizado lo que se ha ofrecido a estos niños que las últimas generaciones ya son incapaces de intuir el alcance global del Islam. Las radios y las televisiones repiten machaconamente esa versión que sujeta el Islam a parámetros importados. Sobre estas bases se construyen los nuevos ‘ulamâ’, esos imames de mezquita que se hacen cargo de las grandes construcciones de los saudíes en el mundo...

Nosotros sabemos que toda la tierra es una mezquita, que el Islam es lo que sienten los musulmanes y que un imâm es sólo aquel que se pone delante de los demás en la salâ. Y sabemos que el que dice la jutba es el que crea tener algo que comunicar a sus hermanos. Y dice lo que cree mejor, sin que nadie pueda influirlo. Y si al final alguien quiere añadir algo está en su derecho. Sabemos que podemos hacer la salâ detrás de un hombre bueno o detrás de un libertino, como declaraba at-Tahâwî en su ‘aqîda de indudable ortodoxia (para los musulmanes que crean en la ortodoxia). Porque un imâm no es nadie. No es autoridad alguna. Y para que no existan las autoridades en el Islam hemos impedido que exista medio de intromisión de unos en la conciencia de otros.

La misma figura del shaij está pésimamente vista para la mayoría de los nacidos musulmanes en tanto que puede –si es un falso shaij- situarse de alguna forma entre el creyente y su Señor. Ponte en manos de tu shaij como el cadáver en manos del que lo lava y otras frases por el estilo pueden ser de la mayor eficacia si damos con un verdadero shaij, o un desatino completo si el Shaytân ha sabido tendernos la trampa de ponernos por delante un falso shaij. Por eso lo mejor es marchar solo en el camino espiritual, o saber lo suficiente del mundo como para comprender que un shaij de verdad no se interpone entre tú y Allâh, que nada sabe de ti y nada quiere saber, sino que funciona a modo de luz hacia ti mismo. Contemplar a un shaij verdadero es ver tu conocimiento de las cosas trascendentes fuera de los libros, moviéndose, andando, comiendo... Es tener la oportunidad de gozar de algunas de las virtudes de Muhammad. El shaij no funciona como confesor ni como consejero espiritual, y mucho menos como boca de la verdad que te responda las preguntas difíciles de tu saber erudito: te encuentras con él; se produce el estallido de la baraka que disuelve los trombos que había en las arterias que iban de tu corazón a Allâh; te rompes en llanto, que es jushû‘, una mezcla de miedo y agradecimiento; y sigues tu camino...

Notas
1 Jutba: unas palabras que se dicen a la comunidad en la salâ del mediodía de los viernes.
2 Haÿÿ, Peregrinación a Meca que debe hacer el musulmán –si puede- una vez en la vida.

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2 Comentarios

Muhammad Mubin Medina dijo el 11/01/2013 a las 11:59h:

Salam Abdelmumin...todas las alabanzas pertenecen a Al´lah cierto, pero también hay que felicitar a los valientes y sinceros que en un mundo tan corrompido se esfuerzan en buscar y decir la verdad...y no son muchos. El mundo islámico en general ciertamente también está prisionero de esa burocracia espiritual que tu te atreves a denunciar...y si a ello unimos las conspiraciones por el poder y larepresentatividad... pues así nos va! Con la esperanza de un pronto terremoto para los miserables intereses de los que comercian con la debilidad humana recibe un abrazo... Muhammad Mubin

José Angel Hernández dijo el 21/03/2013 a las 16:44h:

Me ha gustado el pensamiento que expresa Abdelmimin Aya en este artículo, y lo comparto plenamente. El problema a mi entender es que lo que se dice que es el islam no encaja con lo que el islam es en la vida real. El cristianismo tampoco tiene sacerdotes ni iglesia jerarquizada, se establece en el una relación personal entre el creyente y dios, esto es oficialmente así por ejemplo entre los evangélicos. De igual manera hay clérigos e iglesia jerarquizada en el islam shií, y por supuesto también el islam sunnita está controlado por una casta sacerdotal, aunque en este caso no se reconozca así oficialmente. Aunque a mi entender la verdadera casta sacerdotal dominante del islam, la casta sacerdotal de las mezquitas es secundaria, no está en las mezquitas sino en los bancos, siendo que son los banqueros de Allah los verdaderos intermediarios entre este y el creyente musulmán. La banca es el Trono de dios en la tierra.


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