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La batalla del foso (Jandaq)

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

25/12/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Muhammad Rasul Al-lâh (saws)

La reforma del estatus femenino

Aunque el Profeta estuviera preocupado de la defensa y seguridad del Estado, las reformas en lo concerniente a la vida religiosa y social le preocupaban mucho más. Ya hemos visto como había transformado las relaciones del hombre con la divinidad, que no eran antas más que una formalidad sin consecuencia, en una realidad viva que influía sin cesar en la vida cotidiana: el fiel debía celebrar los oficios cinco veces por día, ayunar durante todo un mes cada año.

El Profeta Muhammad había también instituido las cantidades correspondientes al auxilio a dar a los pobres. Las guerras pusieron de relieve ciertos defectos de la ley consuetudinaria relativos a la herencia. Ibn Habib nos indica que según la costumbre de Medina, solo los hijos en edad de servicio militar heredaban de sus padres, excluyendo a sus hermanos menores, hermanas e incluso a su madre; y si no había hijos adultos, eran los hermanos, y los sobrinos, y otros parientes del difunto quienes heredaban.

Es después de la batalla de Uhud cuando el Corán interviene para mejorar la suerte de la mujer, en materia de herencia, ya que abolió no sólo las desigualdades entre mayores y menores sino que confirió derechos a los parientes femeninos, tales como madre, hija, hermana, tía, abuela, nieta etc., derechos que no podía anular un testamento contrario. En efecto una musulmana acababa de perder en esta batalla no solo su marido sino también, como consecuencia, todos sus bienes por no tener más que hijas. Samhûdi (2ª ed., p. 1125) da pintorescos detalles de como ella invitó al Profeta a una comida, luego le contó su doble desgracia. Algunos días más tarde fueron revelados los versos sobre la ley de herencia. Las consecuencias fueron muy comentadas.

La batalla del foso (Jandaq)

Las relaciones con los judíos se deterioraron todavía más después de la batalla de Uhud. Esto acabó con una guerra con los judíos de la tribu Banu’n-Nadîr. Después de su capitulación, el Profeta consintió, por la intervención de ‘Abdallah ibn Ubaiy, antiguo aliado de estos judíos, a limitarse a expulsar a los que habían combatido y permitirles vender sus terrenos, recuperar sus deudas y marcharse con todos sus bienes. Ya volveremos a ver esto. Estos judíos se instalaron entonces en Jaibar, 200 Km aproximadamente al norte de Medina. Evidentemente no quedaron contentos: Enviaron inmediatamente varias delegaciones. Una de ellas se dirigió a Meca para incitar a esta ciudad a retomar las actividades hostiles contra Medina; y sin duda esta delegación expuso las grandes líneas de su proyecto de alianza ofensiva contra el Estado Musulmán.

Después los judíos se dirigieron a los ghatafâníes y les ofrecieron la totalidad de sus cosechas de dátiles de Jaibar durante un año, si les ayudaban contra el Profeta. Estos aceptaron gustosos. El jazâri ‘Uyainah ibn Hisn fue el que más rápido consintió. Después se dirigieron a Banû Sulaim con el mismo objeto; y estos aceptaron también. Después visitaron con la misma intención a todas las tribus árabes de los alrededores; y todos participaron con ellos. Y cuando los coraichíes salieron, tenían con ellos a todos sus aliados y a todos los que se encontraban bajo su influencia entre las tribus de Kinâna y de Thaqîf y otras; Así quedaron reunidas poderosas tribus árabes bajo las órdenes de sus jefes y notables.

Un solo vistazo al mapa, nos pone de manifiesto que las tribus de Ghatafan y de Tazarah habitaban al norte de Medina; los Banû Sulaim al este; los mequíes, los kinana y los thaqif al sur. En resumen, medina estaba cercada y amenazada por tres lados. Eso no fue todo. Las caravanas de género mediní, venían tanto de Siria como de Mesopotamia pasando por Dûmat al-Yandal (en el extremo norte de Arabia). No fue un simple azar que en ese momento Ukaidir, jefe de Dumat al-yandal se puso a dificultar la circulación vital de las caravanas. No vemos en esto más que la influencia económica de los judíos de Jaibar. El Profeta  Muhammad debió dejar Medina para conducir una expedición contra el lejano Dumat al-Yandal.

La estrategia judeo-mequí parece resumirse así: alejar al Profeta de Medina, y en su ausencia, hacer atacar a la ciudad por todos los lados por los Ghatafan, los Sulaim, los mequíes y otros; y después cercar al Profeta y al pequeño número de sus compañeros, lejos de su metrópoli, para destruirlos de una vez por todas. Era un plan perfecto; pero el hombre propone y Allah dispone.

Primer fracaso de este complot: La gran tribu de Juzâ’ah comprendía muchas ramas, aliados desde hacía siglos a la familia del Profeta Muhammad y de otros (sobre todo los Banu’l-Mustaliq) formaban parte de los Ahâbîch, que eran los más fieles aliados de los paganos de Meca. Los mustaliquíes se pusieron naturalmente del lado mequí, y comenzaron a reunir tropas para atacar Medina; como vivían entre Meca y Medina, en la fuente de al-Muraisi’ (cerca de Qudaid, sobre el mar rojo), la noticia de estos preparativos no tardó en llegar a los oídos del Profeta. Este envió para informarse unos agentes escogidos entre los aslamíes, primos hermanos de los mustaliquíes, y, sin conocer todos los detalles del complot, fue bastante para emprender inmediatamente una expedición preventiva, en el mes de Cha’ban 5 H., sorprendiendo con ello a los mustaliquíes.

Con una pérdida de un solo musulmán, cuentan los cronistas, el Profeta Muhammad abatió a estos beduinos; y no solo sus tropas, sino también sus familias fueron capturadas. Algunas horas más tarde, veremos al enemigo convertirse en uno de los más entregados partidarios del Profeta Muhammad. Ahora veremos por qué: El Profeta quería ganar sus voluntades en este momento difícil sin disgustar a sus compañeros. Después de la distribución del botín (mujeres, animales, etc.) el Profeta compró a la hija de un jefe vencido, la libertó y luego la desposó. Dejar a los parientes del Profeta en la esclavitud, pareció abominable a los musulmanes: nadie dudó en renunciar a su botín. A causa de esta liberación inesperada de doscientas familias, los mustaliquíes olvidaron rápido sus diez hombres muertos, y abrazaron el Islam.

Segundo fracaso: a la vuelta de la expedición mustaliquí, los musulmanes, que se encontraban a una distancia de ocho jornadas al sur de Medina, temieron que los fazaríes hubiesen atacado desde el norte la metrópoli islámica ahora desguarnecida. Pero en vez de guardar el secreto, y de sincronizar su ataque contra medina con los otros aliados, los fazaríes la desvelaron con su comportamiento, debilitando así las probabilidades de éxito.

Tercer fracaso: se sabe que el hipócrita ‘Abdallah ibn Ubaiy era un gran amigo de los judíos nadiríes expulsados de Medina. El proyecto de su coronación fue abandonado con la islamización de los mediníes. Él mismo no se declaró musulmán hasta después de la victoria musulmana de Badr. En la batalla de Uhud, desertó del Profeta con un tercio del ejército musulmán. Fue él sin duda quien había incitado a los judíos nadiríes a resistirse a las justas demandas del Profeta. Buscaba siempre, como un hipócrita, crear discusiones en el seno musulmán. Debió estas asociado a los autores del gran complot, porque en ese momento sus actividades se volvieron más intensas; acompañó al Profeta en su expedición mustaliquí y llegó a sembrar sutilmente un mal entendido entre los Refugiados (mequíes) y los Ansar (mediníes) que le costó mucho trabajo al Profeta arreglar; desenmascarado su juego, buscó algo más diabólico:

El Profeta iba acompañado en esta expedición por su mujer ‘A’icha, y las mujeres llevaban ya velo. Un día que se había alejado del campamento por una necesidad natural, sus servidores que no sospechaban su ausencia –porque era delgada y ligera- viendo su palaquín sobre su camello, se pusieron en marcha. Al volver al campamento, ‘A’icha lo encontró vacío, y no sabiendo qué hacer, se tendió en el suelo y se puso a llorar. Un poco después, uno de los últimos voluntarios musulmanes pasó por ese lugar, y viendo a una mujer musulmana “muerta” y abandonada sin enterrar se aproximó. Al saber la historia, dejó a ‘A’icha montar en su camello, y, él a pie, la condujo al ejército musulmán, No había nada de extraordinario en ello, pero ‘Abdallah ibn Ubaiy lo aprovechó para vengarse, y propagó toda clase de escándalos sobre la mujer del Profeta. De regreso a Medina, el Profeta hizo largas averiguaciones y comprendió la maquinación; y la revelación de ciertos versículos del Corán zanjó definitivamente este asunto. Las intrigas de este hipócrita continuaron hasta su muerte en el año 8 H.; en este momento como el Profeta amaba tiernamente al hijo de éste ‘Abddullah, y como ‘Abdallah, había cedido su camisa para ‘Abbâs (tío del Profeta, hecho prisionero en Badr, y que había perdido su camisa durante la batalla), el Profeta cedió su propia camisa para que se enterrara a ‘Abdallah con todos los honores. Pero el gesto de gratitud fue algo personal por parte del Profeta, y un nuevo verso del Corán llevó la prohibición divina de rezar, incluso para el profeta, en los funerales de hipócritas conocidos.

Cuarto fracaso: como esperaban sus enemigos, el Profeta salía con un pequeño destacamento para castigar a los habitantes de Dûmat al Yandal, a dos semanas de viaje al norte de Medina. Ibn Hicham, nos relata que contrariamente a su costumbre, el Profeta se volvió a medio camino y se apresuró a volver a Medina. Algunas semanas más tarde, Medina fue asediada por los aliados que vinieron de Meca, de Jaibar, etc.

El Corán no exagera en absoluto cuando describe el estado de angustia de los musulmanes diciendo: “cuando vuestros ojos se distrajeron y vuestro corazones subieron a vuestras gargantas”.

Los aliados del Profeta entre los juza’íes de la región mequí supieron el proyecto de movimiento militar, y partieron inmediatamente para advertir al Profeta. Sus dromedarios que recorrían el trayecto hasta Medina generalmente en diez días, lo hicieron en cuatro noches. No se sabe si estos mensajeros tomaron luego el camino de Dumat al-Yandal para comunicárselo al Profeta, o si fue su lugarteniente en Medina quien se encargó de transmitirle la alarmante noticia. El retorno del Profeta a medio camino pudo también estar provocado por informes recogidos por él mismo en ruta, como consecuencia de una indiscreción de los fazaríes cuando el Profeta atravesó el territorio camino de al-Yandal.

Sea lo que sea, al volver a Medina, el Profeta comenzó los preparativos para la defensa. Desde el primer momento se pensó en quedarse en la ciudad y sostener el asedio: nada faltaba en las casas en lo que respecta a comida o bebida. Los alrededores estaban llenos de jardines y cercados, las callejuelas eran estrechas y mantenían a salvo de un ataque generalizado procedente de fuera. Pero poco a poco las noticias del enemigo se volvían más y más alarmantes, creciendo sin cesar el número de los efectivos combatientes en número increíble; al menos 12.000 estaban preparándose para saltar sobre Medina, era necesario hacer algo más que quedarse encerrados en las casas.

El Profeta, acompañado por algunos de sus compañeros hizo un reconocimiento por la región, montado a caballo. Se dio cuenta que el lado oeste sobre todo estaba débilmente defendido. En las consultas que siguieron, el ferviente musulmán persa, Salman al-Farsi habló de los fosos que se hacían en su país de origen para impedir no sólo los ataques por la noche, sino incluso que la caballería franqueara las líneas –y no sólo alrededor de las ciudades sino de los campamentos o expediciones militares- y el Profeta, siempre abierto a las nuevas ideas, decidió construir un foso –para mejor defender los barrios musulmanes de la ciudad; y tomó personalmente parte en los trabajos.

Apenas terminada la excavación, el enemigo llegó, en el mes de Chanwal 5 H.. Había entonces tres mil combatientes entre los musulmanes; los confederados disponían de tropas al menos cuatro veces más grandes. Los beduinos no esperaban encontrar un foso y no sabían qué hacer. El foso estaba bien defendido, día y noche, por destacamentos musulmanes; y era lo bastante ancho como para parar la formidable caballería enemiga. Pero el adversario no había todavía jugado todas sus cartas: una delegación de judíos nadaríes se dirigió a los judíos Banû Quraiza, que vivían aún en la ciudad de Medina y cuyas relaciones con los musulmanes eran todavía correctas, y consiguen con alguna dificultad que hicieran deserción y atacasen a los musulmanes desde el interior mismo de la ciudad. Esto alteró toda la estrategia defensiva entre los musulmanes. Cada minueto era precioso, y la acción del Profeta Muhammad fue rápida.

Por una parte, se preparó para lo peor, y despachó potentes destacamentos que guardarán las dos salidas de los barrios judíos. Y durante la noche dieran de vez en cuando, gritos de ataque, de tal forma que los Banû Quraizah creyeron preferible quedarse en su casa para defender sus bienes y sus familias contra toda eventualidad; el día siguiente era sábado, día de gracia de los judíos, y por lo tanto los musulmanes no tenían nada que temer de ellos. Por otro lado, el Profeta desencadenó una ofensiva diplomática: Envió una misión para concluir una paz separada con los mercenarios del norte: Ghatafân y Fazarah; pero el concejo musulmán rechazó el precio que ellos pusieron. Ellos odiaban Medina y deseaban saquearla. Otra misión, clandestina esta vez, apuntaba a otra dirección: en efecto Nu’aim ibn Mas’ûd, un jefe muy conocido de la tribu de Achya, había abrazado el Islam, pero la noticia no se había extendido todavía.

A la petición del Profeta, se dirigió a los judíos quraizíes y les dijo: “Soy vuestro amigo desde hace mucho tiempo. Tenéis que reflexionar antes de actuar. No hay ni que decir que los confederados, que no son habitantes de Medina, volverán tarde o temprano a su país y os dejarán aquí completamente solos. No es seguro que consigan matar a Muhammad. En mi opinión debéis obtener garantías seguras antes de romper la paz con los musulmanes. Pedid, por ejemplo, rehenes, para obligar a los confederados a continuar la guerra hasta el final y no os puedan abandonar por una razón o por otra”.

El achyaí se dirigió luego uno a uno a todos los grupos de los sitiadores y les dijo: “Conocéis bien de mi amistad. Acabo de saber que los judíos quraizíes son de nuevo aliados de Muhammad, y para testimoniarles su sinceridad han prometido a Muhammad entregarle cierto número de altos personajes de entre vosotros que él podría así darles muerte. Estad pues en guardia. Además, podíais, en mi opinión, pedirle que atacaran el sábado, para testimoniar no sólo su sinceridad en la lucha contra el Profeta Muhammad, sino también, porque como los musulmanes no lo esperan, el éxito será seguro y fácil".

Por fin, extendió el rumor en el campo musulmán que los judíos iban a entregar algunos mequíes a los musulmanes. Interrogado el Profeta respondió de forma ambigua: “Quizás le hayamos nosotros ordenado actuar así”, palabras que fueron repetidas por un espía enemigo, Mas’ud al-Achya’i (¿padre de nuestro héroe?), en el campo adversario. Nadie estaba evidentemente dispuesto a entregarse a los judíos quraizíes, cuando su delegación fue ante los confederados a pedirle rehenes, antes de participar en un ataque contra los musulmanes. El rechazo a entregar rehenes convenció a los quraizíes que los confederados iban a abandonarlos y dejarlos solos a merced del Profeta, y la petición de profanar el sábado no hizo más que agravar su desconfianza y herir sus sentimientos religiosos. El gran complot quedó así chasqueado.

El enemigo no estaba preparado más que para una guerra de corta duración, y su prolongación agotó gravemente los recursos en víveres para los hombres y ganado. Compraron a alto precio, evidentemente, géneros alimenticios, a los judíos de los Banû Quraizah, pero cuando lo transportaban a su campamento, cayó en manos de un comando musulmán (cf. Samhûdi, 2ª ed., pág. 304). El tiempo fresco, y el gran frío de Medina agravó la miseria de los mequíes. Además, y esto parece haber sido olvidado por nuestros antecesores, el fin del mes de Chawâl trajo no sólo los meses de la tregua religiosa en la cual los paganos no permitían la guerra, sino también la estación de peregrinación a Meca. Los mequíes no podían alejarse de su ciudad en esta época sin renuncias así a importantes beneficios. Abû Sufyan, jefe mequí, levantó pues el sitio para volver a su ciudad, y los mercenarios no tuvieron más remedio que irse también.

El Profeta predijo entonces, con razón, que esto sería el fin de toda agresión mequí, y que a partir de ahora los musulmanes tomarían la iniciativa contra sus adversarios.


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