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La Expansión de la Cultura del Islam: de Los Pirineos a Indonesia

Edición a cargo de R.H. Shamsuddín Elía, profesor del Instituto Argentino de Cultura Islámica

24/12/2011 - Autor: R.H. Shamsuddín Elía - Fuente: Organización Islam
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Mapa de la población musulmana en el mundo

¡Cuánto recreo aquí para los ojos!
Ibn Zamrak (1333-1392), poeta andalusí.

El Islam es un océano inabarcable que esconde extraordinarias y valiosísimas joyas, que debemos aprender a descubrir y disfrutar de ellas. Los movimientos teológicos, filosóficos, literarios, científicos y artísticos que ha legado a la historia son singulares, pero no menos singular es su vitalidad actual y su proyección al futuro.

Nosotros creemos que el tercer milenio será profundamente creyente y los hombres y mujeres de este mundo buscarán cada día más la verdad, la justicia, el amor y la felicidad que sólo Dios Todopoderoso puede otorgar a los humildes y sinceros de corazón. Como dijo el pensador francés André Malraux (1901-1976): «El siglo XXI será espiritual o no será nada».

El Islam, desde un principio, fue el gran reaseguro del monoteísmo, tan caro a judíos y cristianos, y un decidido patrocinador de las ciencias y las artes, sin discriminación de raza, color o credo. Muchos intelectuales occidentales, desde el franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294) al jesuita español Miguel Asín Palacios (1871-1944), pasando por el poeta alemán Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) y finalizando con dos sabios como el filósofo francés Henry Corbin (1903-1978) y el historiador inglés Arnold Toynbee (1889-1975), han caído en la cuenta de ello, y sólo una miope y grosera visión de la realidad hace que aún haya algunos que consideran lo musulmán como algo retrógrado, incivilizado.

Pero, además, hablar hoy de civilización islámica en España y América, supone reencontrar una parte de nuestra tradición cultural, es decir, descubrirnos un poco a nosotros mismos. Supone admirar el tardío y maravilloso legado, de la técnica y el arte musulmán de construir, que es el Arte Mudéjar, presente desde las Antillas a los Andes.

Coincidimos totalmente con el islamólogo francés Claude Cahen en un punto insoslayable: «...el historiador debe prevenir al lector sobre el hecho de que, hoy por hoy, no puede darse una visión tan exacta de la historia musulmana como de la historia europea. De un lado, y salvo escasas excepciones, no disponemos para el Próximo Oriente de nada equivalente a los documentos de archivo sobre los que se basa la historia de la Edad Media europea sin que pueda suplir esta falta la abundancia de literatura. De otro lado, que se trate de "orientalistas" europeos, por fuerza lingüistas antes que historiadores, y en cuyas preocupaciones inciden más a menudo las condiciones políticas o la curiosidad intelectual "occidental" que la atención a lo requerido por un estudio completo del Oriente; o que se trate de sabios "orientales" que tan sólo hoy empiezan a ser conscientes de las exigencias de una investigación histórica concebida con espíritu moderno. El hecho es que, por ambos tipos de causas, los trabajos históricos sobre Oriente llevan un siglo de retraso respecto a los que se refieren a Occidente. Es preciso tratar de llenar el intervalo que separa los dos postigos de una historia donde no debería caber la distinción entre "orientalistas" y, si se me permite la expresión, "occidentalistas". Pero mientras esto no ocurra, debemos simplemente advertir al lector que la imagen del Islam que vamos a proporcionarle continúa siendo incompleta y, sobre todo, provisional...Toda civilización, sin duda, es mortal, pero también todas ellas son una prueba para los pueblos que las crearon, de su aptitud para crearlas y, sin duda, también para recrearlas. Y sea lo que sea, el Occidente no puede olvidar que ha aprendido a pensar con Avicena y Averroes, y que incluso la catedral de Puy, en plena Francia, no sería lo que ahora es sin la mezquita de Córdoba» (C. Cahen: El Islam I. Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio otomano, Siglo XXI, Madrid, 1995, págs. 2 y 323).

Por todo esto, y mucho más, invitamos a los amables lectores de aquí y de allá a apreciar en su auténtica dimensión, el legado que el Islam dejó como patrimonio de la humanidad y aprender a valorar una cultura que fue la de muchos de nuestros antepasados y que, en alguna medida, sigue siendo la nuestra.

Este serie de documentos son para lectores con escasos conocimientos sobre el Islam y su civilización. Para aquellos que quieran leer más y mejor, los títulos sobran y algunos de ellos pueden encontrarse en la bibliografía que recomendamos. Esperamos que esto sirva al menos para que se lean otros.

La expansión de la cultura del islam: de los Pirineos a Indonesia

«El Islam es, dicho sin alifafes y sin ambages, con rotundidad, una de las grandes civilizaciones de la humanidad... Insistir en este punto no es sino recordar una realidad histórica incontrovertible, inmediata y plenamente demostrable» (El reto del Islam, pág. 123)
Pedro Martínez Montávez, islamólogo español.

La civilización del Islam afectó profundamente a los estados y pueblos con los que tenía fronteras comunes. A algunos les atrajeron los cinco pilares de la sabiduría religiosa del Islam, a otros su ventana que miraba al mundo perdido del pensamiento helénico, a otros más les atrajeron sus actitudes y costumbres, tan ricas y complejas como una alfombra persa para la oración. La influencia del Islam tomó muchas formas porque representaba muchas cosas: una religión, una cultura, un sistema político. Cada uno de sus vecinos absorbió lo que necesitaba o lo atraía. Según las condiciones de su geografía o su carácter nacional.

El Islam influyó en Europa a través de tres zonas principales de colisión o contacto; una fue España, otra Sicilia y la tercera el Oriente Próximo, donde los Santos Lugares constituyeron por espacio de casi 200 años los objetivos de las Cruzadas. Hacia el este, convirtió a millones de tribeños de habla turca que vagaban entre el Cáucaso y la Gran Muralla de China, y a través de ellos acabó por afectar el destino de tierras tan distantes entre sí como la India y los Balcanes. En África, las caravanas de musulmanes se adentraron lo bastante en el continente negro para establecer una universidad musulmana en la ciudad de Timbuktú en el siglo XV. Mientras tanto, los musulmanes dedicados al comercio marítimo llevaron las costumbres islámicas a través del Océano Índico hasta Java y Malasia y aún las Filipinas.

El hombre moderno, guiado por principios elevados, prefiere creer que la guerra nunca beneficia a sus víctimas, pero en realidad no siempre sucede así. La historia encierra muchos ejemplos de ejércitos invasores que enriquecieron la cultura de aquellos a quienes atacaron. Un ejemplo concreto es el de Alejadro el Grande, que introdujo el arte helénico a los escultores budistas cuando invadió el valle del Indo y, de este modo, puso los cimientos para que se creara toda una nueva escuela de arte indio. La escultura de Ghandara se considera hoy como una de las realizaciones artísticas más grandes de la India budista.

El ejemplo de al-Ándalus

De manera semejante, los ejércitos del Islam convirtieron una rápida incursión militar de auxilio a judíos y cristianos arrianos en España en una conquista cultural que transformó la historia de ese país. Al retirarse de España, luego de ocho siglos de brillante civilización (711-1492), el Islam dejó tras de sí un legado de asombrosos palacios y mezquitas, y ciertos modos de pensar que habrían de convertirse en posesiones definitivas del pueblo español.

Para quienes no se mezclaron en las intrigas cortesanas ni en la contraofensiva católica, la vida en al-Ándalus —nombre que dio el Islam a su posesión peninsular— era sumamente agradable. En tanto Europa se debatía allende los Pirineos en el embrutecimiento del oscurantismo, los ciudadanos de Córdoba gozaban de instalaciones públicas de cañerías y calles iluminadas. El casi millón de habitantes de la ciudad rendía culto en 3000 mezquitas y celebraba todos los días de fiesta de los cristianos, de los judíos y del Islam combinados. Córdoba, al igual que Granada y Sevilla, se enorgullecía de sus instituciones de cultura superior, donde se enseñaba Filosofía, Derecho, Literatura, Matemáticas, Medicina, Astronomía, Historia y Geografía, y el símbolo de un hombre rico era una biblioteca bien surtida.

En esa civilización iluminada, verdadera Ilustración en plena Edad Media, los cristianos imitaron a los musulmanes en sus costumbres y vestimentas, adoptando la literatura y la música del Islam. Tan extensa y profunda fue esta asimilación cultural que un obispo llamado Álvaro pronunció esta airada catilinaria: «Mis correligionarios se complacen en leer las poesías y las novelas de los árabes: estudian los escritos de los filósofos y teólogos musulmanes, no para refutarlos, sino para formarse una dicción arábiga correcta y elegante. ¡Ay!, todos los jóvenes cristianos que se distinguen por su talento, no conocen más que la lengua y literatura de los árabes, reúnen con grandes desembolsos inmensas bibliotecas, y publican dondequiera que aquella literatura es admirable. Habladles por el contrario, de libros cristianos, y os responderán con menosprecio que son indignos de atención. ¡Qué dolor! Los cristianos han olvidado hasta su lengua, y apenas entre mil de nosotros se encontraría uno que sepa escribir como corresponde una carta latina a un amigo; pero si se trata de escribir árabe, encontrarás multitud de personas que se expresan en esta lengua con la mayor elegancia, desde el punto de vista artístico, a los de los mismos árabes».

Lejos de transigir con el Islam, Álvaro y otros hombres de la iglesia como él consideraban que llegar a cualquier transacción con los musulmanes sería una victoria para el Anticristo. Alentaban a sus partidarios a buscar el martirio blasfemando contra el Profeta y acogiendo con deleite el castigo que seguía. A menudo los jueces musulmanes de estos frenéticos pecadores se mostraban renuentes a concederles sus deseos, renuencia que no compartieron los jueces cristianos cuando, al cabo de cinco siglos de dominación musulmana, se cambiaron los papeles. A partir del siglo XI, los príncipes cristianos españoles reclamaron gradualmente, en una provincia tras otra, las tierras perdidas, proceso que llegó a su punto culminante en 1248, con la reconquista de Sevilla. Los resurgidos cristianos se volvieron sobre sus súbditos musulmanes y los persiguieron sin misericordia. Los obligaron a renegar de su fe, los arrojaron del país y tomaron medidas radicales para desarraigar todo vestigio de cultura hispanomusulmana. En 1499, el cardenal Jiménez de Cisneros ordenó que se quemaran públicamente en Granada 80.000 libros islámicos, y denunció el árabe como «el lenguaje de una raza herética y menospreciable».

Al atacar a quienes consideraban sus archienemigos, la cristiandad no vaciló en deformar la Historia. Un ejemplo clásico es la epopeya de la Canción de Rolando. El verdadero Rolando, paladín de Carlomagno, fue muerto por una banda de merodeadores vascos al regresar Carlomagno a su país de una expedición que había hecho al norte de España. Pero el Rolando de la leyenda fue muerto por los musulmanes. Como héroe de la Chanson de Roland de los trovadores llegó a ser una de las figuras más grandes de las Cruzadas. Siglos más tarde, en el poema épico de Ariosto, Orlando Furioso, Rolando seguía proporcionado material de propaganda para la actitud antimusulmana de la Iglesia durante el Renacimiento.

Y sin embargo, a pesar de la actitud oficial de la Iglesia, los cristianos ordinarios de España —los que habían aceptado la cultura musulmana al mismo tiempo que conservaban su fe— quedaron afectados permanentemente por su experiencia islámica. Cientos de palabras árabes pasaron a incorporarse a su manera diaria de expresarse, términos que iban desde nombres de lugares hasta giros comunes. El río más largo de España, el Guadalquivir, deriva su nombre del árabe uadi al-kabir, «valle grande con agua», en tanto que el hasta de hasta mañana proviene de la palabra árabe hatta. En docenas de ciudades españolas la mezquita musulmana se convirtió, con algunas modificaciones arquitectónicas, en la iglesia o catedral cristiana.

De la misma manera, el misticismo musulmán pasó directa o indirectamente a la fibra misma de la tradición cristiana española. Tal vez santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz no hubieran escrito nunca como lo hicieron de no haber conocido algunas doctrinas musulmanas, cual el concepto de Dios como el Amado y el Amigo, y la creencia de que sólo se podía conocer a Dios mediante la renunciación al mundo.

Incluso el concepto español del hombre ideal debe algo al Islam. El hidalgo o caballero español, uno de los grandes modelos de perfección humana del mundo, posee muchas de las cualidades del sabio errabundo musulmán, el sufí. Ambos consideran la nobleza como cuestión del espíritu más bien que de cuna y creen que el hombre cubierto con ropas humildes puede, a pesar de todo, tener el porte de un príncipe. Uno de los retratos supremos del hidalgo lleva la similitud aún más lejos. Don Quijote, el trágico y risible caballero de Cervantes, anhela ser noble con tal intensidad que lo ciega la realidad. Su vida, al igual que los sufíes, es completamente interior; el mundo real no existe.

El hidalgo, como ideal, nunca se aventuró mucho a salir de España, pero en otros sentidos el contacto de este país con el Islam afectó profundamente a Europa. Los eruditos de las universidades situadas al norte de los Pirineos, como las de París, Montpellier, Oxford y Cambridge, luchaban por obtener manuscritos árabes de España y concedían tanto valor a los originales como a los que habían sido traducidos del griego antiguo.

Uno de los pensadores más respetados de toda la Europa medieval fue un andalusí llamado Ibn Rushd, más conocido con el nombre de Averroes. Por medio de una serie de agudos comentarios sobre la filosofía de Aristóteles, Averroes volvió a presentar a Europa la verdadera naturaleza de las ideas aristotélicas. En realidad, puso los cimientos para uno de los grandes triunfos intelectuales de la Edad Media: la Summa Theologica de santo Tomás de Aquino.

La España musulmana también inspiró a los poetas de allende los Pirineos. En Provenza y el Languedoc, los trovadores cantaban las loas a sus damas en una copla rimada que habían inventado los poetas musulmanes en España, y hablaban del amor en los términos platónicos a los que eran tan adictos los aristócratas cultos de al-Ándalus.

Es posible, en efecto, que la caballerosidad se originara en la Córdoba musulmana, donde las voces de los poetas cortesanos se elevaban constantemente en ditirambo de los deleites del amor espiritual. Uno de los tratados más completos sobre este tema fue compuesto, lo cual resulta bastante extraño, por un riguroso teólogo, de nombre Ibn Hazm, y su libro El collar de la paloma, fue un producto de su juventud. En él explora todos los matices del deseo y llega a la conclusión de que mediante la paciencia, la moderación y la castidad se llega al más noble de los amores. Tal amor, decía Ibn Hazm, era una unión de almas, «una bienaventuranza sublime... un rango elevado... un gozo permanente y una gran merced de Dios», sentimientos que encontrarían eco más tarde en muchos romances medievales.

Es muy posible que incluso en el poeta más grande de la época ejerciera influencia un hispanomusulmán. Si bien Dante Alighieri, cristiano ferviente como era, puso al Profeta Muhammad en el infierno junto con los cismáticos religiosos, la trama de su Divina Comedia, una visita al mundo del más allá, tiene muchas afinidades con el viaje nocturno del profeta a través de los siete cielos hasta llegar al trono de Dios. Asimismo, y de manera má sconcreta, las descripciones que hace Dante de la ascensión del hombre por regiones infernales hacia la ventura celstial deben mucho a los escritos alegóricos del místico murciano Ibn ’Arabi, cuyo relato del tránsito espiritual del hombre de la ignorancia al conocimiento, los deleites del cielo y las torturas del infierno, tienen muchos de los atributos del cielo y el infierno de Dante, y hay incluso una etapa intermedia comparable al purgatorio.

La Sicilia islamizada

El segundo puente tendido entre el Islam y Europa era Sicilia, la que, a diferencia de España, ofreció un paso más fácil a las ideas islámicas. Es posible que debido a que estuvo gobernada por los musulmanes durante un período mucho más breve y se reconquistó con facilidad, no trató jamás de borrar las huellas de la ocupación musulmana. Antes al contrario, sus reyes normandos llegaron a ser ardientes arabófilos.

Una dinastía de árabes tunecinos, los aglabíes, se apoderó de la isla para el Islam en 827. Volvió a la posesión de los cristianos dos siglos y medio más tarde, cuando el joven Roger de Hauteville, de Normandía, la ocupó y se convirtió en su primer gobernnate normando. Durante el régimen islámico, su sistema administrativo obedecía al concepto árabe y Palermo, su capital, era un centro de arte y saber árabes. Se introdujo el cultivo de la caña de azúcar, el lino y los olivos, y el palacio real de Palermo contenía un establecimiento de tejidos de seda.

A Roger, tosco caballero de los francos, le fascinó e impresionó muchísimo su nueva posesión. Permitió que sus súbditos musulmanes practicaran la religión que les era propia, reclutó soldados musulmanes para su ejército y acogió con agrado en su corte a los sabios musulmanes. Roger II, su hijo, llevó más lejos aún su simpatía por los sistemas musulmanes. Aunque teóricamente era cristiano, a Roger II se le llamó el Pagano. El manto para su coronación fue decorado con una orla de inscripciones árabes y fechado de acuerdo con el calendario lunar musulmán. El miembro más ilustre de su corte era un andalusí, al-Idrisi, cartógrafo que realizó lo mejor de su obra bajo el patrocinio del rey siciliano. Más de tres siglos antes de que Colón diera fama a la idea, al-Idrisi ya estaba sugiriendo que la Tierra era redonda y obsequió a su real protector un mapa circular grabado en plata.

Cuando Federico II ascendió al trono de Sicilia en 1197 para gobernar como rey (y posteriormente como sacro emperador romano-germánico), la corte real de Palermo era más oriental que occidental. Federico se ataviaba con ropas musulmanas y sostenía las mejores relaciones con el sultán que reinaba en El Cairo. El séquito real incluía un halconero, importado de Siria, y el propio Federico era autor de un tratado de cetrería que fue la primera historia natural publicada en Europa. Eruditos musulmanes honraban su mesa; musulmanes eran los administradores que dirigían su gobierno, y el árabe era uno de los cuatro idiomas oficiales del reino: las monedas y los documento sicilianos aparecían en árabe, así como latín, hebreo y griego.

En 1224, Federico fundó la primera universidad que tuvo carta constitucional en Europa, la Universidad de Nápoles, y le dio su colección de manuscritos islámicos; uno de los hombres que estudió allí fue santo Tomás de Aquino.

Los beneficios de las Cruzadas

A pesar de esta tolerancia y convivencia sicilianas, no cesaron las agresiones militares contra el Islam tanto en España como en África del Norte y el Oriente Próximo. Paradójicamente, las Cruzadas no sólo no alcanzaron su objetivo, sino que también acelearron la afluencia de ideas orientales hacia Occidente. Las Cruzadas fueron para Europa un acontecimiento que señaló una época. Para el Islam fueron como una rutina, al igual que las guerras fronterizas del imperio en las que empeñaba sus fuerzas. Un erudito las ha descrito comparándolas con la garrapata del lomo de un camello, que se aloja allí durante algún tiempo y después se desprende... sin que apenas se dé cuenta el camello.

Las Cruzadas no fueron importantes por lo que intentaron, sino por los resultados que obtuvieron sin haberlo proyectado. Obligaron a Europa a salir del aislamiento del oscurantismo y abrieron nuevos horizontes a sus hijos. Los guerreros cristianos aprendieron nuevas técnicas militares, algunas ideadas por ellos mismos, otras que copiaron de su enemigos musulmanes. La necesidad hizo que se crearan rápidamente nuevas tácticas de sitio, y los musulmanes, hábiles para adiestrar pájaros, enseñaron a los cristianos el empleo de palomas mensajeras. De manera semejante, los juegos marciales de los musulmanes y los escudos de armas habrían de encontrar eco en los torneos y las figuras heráldicas de la caballería.

Los contactos de los cruzados con el mundo islámico trajeron a los mercaderes de Europa una demanda enormemente ampliada de mercancías orientales. Los soldados francos y normandos llevaron a sus tierras el gusto por las semillas de ajonjolí, algarrobas, arroz, limones y melones, albaricoques y chalotes, alimentos que no tardaron en dar nueva vida a la dieta occidental. Las muselinas de Mosul, los baldaquinos de Bagdad y los damascos de Damasco hicieron a los europeos conocer toda una nueva variedad de telas para vestir, incluso la palabra algodón proviene del árabe (al-kutn).

La vida occidental adquirió también nuevo colorido merced a las tapicerías y las alfombras persas, los artículos de tocador, como espejos y polvos faciales, y las tintas brillantes, como el lila y el carmín.

Los cruzados, después de probar el baño árabe, no quisieron renunciar a sus placeres, que los cristianos habían visto durante mucho tiempo con malos ojos por considerarlos paganos, y volvieron a introducir la limpieza en una Europa que la veía con duda.

Incluso la Iglesia se benefició de su contacto con el Islam. El invento que del rosario hizo Santo Domingo se inspiró en la cadena de cuentas que servía y sirve a los musulmanes para ir diciendo los nombres de Dios.

El aporte de los turcos

Pero si Europa fue fascinada por sus contactos con el Islam, lo mismo aconteció con los vecinos de éste en el Oriente. En las inmensas y áridas llanuras del Asia Central, la fe del profeta encontró partidarios entusiastas entre una serie de tribus de idioma turco que estaban destinadas a restaurar la tradición militar del Islam. Al principio, estos turcos fueron esclavos militares al servicio de los omeyas y abbasíes, pero más tarde invadieron el Islam con sus propios ejércitos. Dirigidos por caudillos como Ibn Tulún —el esclavo turco que llegó a ser gobernador de Egipto— y bajo dinastías como la de los selÿukíes o selÿúcidas, los otomanos y los mogoles, los musulmanes turcos habrían de influir en vastas zonas del planeta.

Los selÿukíes, que se apoderaron del imperio abbasí, lo extendieron hasta Bizancio, poniendo los cimientos del moderno Estado de Turquía. Los otomanos, que siguieron a los selÿukíes, llevaron el Islam al interior de Europa pasando por el Bósforo. Más hacia el oriente, los mogoles introdujeron el Islam hasta el interior de la India y dejaron tras de sí una floreciente civilización musulmana que llegó a ser la base de las repúblicas de Pakistán y Bangla Desh de nuestros días.

Pero los turcos no sólo eran grandes soldados, sino también grandes constructores, y robustecieron la arquitectura del Islam al combinarla con la de los pueblos que conquistaban. Ibn Tulún construyó el primer hospital en Egipto y un palacio real cuyos muros estaban recubiertos de oro. Pero su mayor fama se debe a la Gran Mezquita de El Cairo que lleva su nombre, la cual fue diseñada para él por un arquitecto cristiano.

De manera similar, los selÿukíes, que fundaron las primeras madrasas, o mezquitas-colegio, crearon una nueva planta en forma de jardín cuatripartito para estas edificaciones, que los artesanos persas construyeron para ellos. En cuanto a los otomanos, cuando se apoderaron de Bizancio también se hicieron de la famosa iglesia de Justiniano, Santa Sofía, que más tarde usaron como modelo para sus mezquitas.

Sin embargo, fueron los mogoles de la India quienes amalgamaron en forma más efectiva el estilo de arquitectura musulmana con el de otra cultura. Al igual que los primeros constructores de mezquitas de El Cairo y Persia, que adaptaron las columnas de los templos griegos y de las iglesias coptas cristianas a los propósitos musulmanes, los constructores de mezquitas de la India incorporaron en sus edificios musulmanes algunos elementos de la arquitectura hindú. Más tarde, bajo los mogoles, los musulmanes de la India crearon una especie particular de construcción, llevándole a nuevas cumbres de gracia y refinamiento. Es posible que los conquistadores turcos de la India recordaran algún contacto con el culto chino a los antepasados, en el cual se rendía homenaje a los muertos con graciosas construcciones en jardines encantadores. Sea cual fuese la razón, los mogoles llegaron a ser grandes constructores de tumbas.

El mausoleo indomogol se concibió de suerte que reflejara los placeres de este mundo y sugiriera los del más allá. Se alzaba en jardines de complejo diseño embellecidos con flores y cascadas y sus dueños lo empleaban como lugar de diversión. Como señala el historiador de la arquitectura de la India, James Ferguson, los musulmanes indostanos «construían sus sepulcros de una naturaleza tal que sirvieran de lugar de disfrute para ellos y sus amigos durante su vida, y sólo cuando ya no podían gozarlos se convertían en moradas solemnes de descanso para sus despojos mortales». Esto solía ser literalmente cierto. Bajo la cúpula central de la construcción, donde sería finalmente enterrado, el dueño celebraba decorosas meriendas. Uno de los edificios más deliciosos del mundo, el Taÿ Mahal de Agra, fue construido con esta doble finalidad. Erigido entre 1630 y 1648 por el Shah Ÿahán para su esposa favorita que murió en su juventud, el Taÿ Mahal fue levantado como tumba para Mumtaz Mahal y como jardín placentero para el emperador, que la amaba.

Sultanas, marinos, comerciantes y maestros

Los selÿukíes, los otomanos y los mogoles extendieron el Islam sobre todo mediante la fuerza de la espada. Pero en el resto del mundo, y por medios pacíficos, se obtuvieron victorias mucho más significativas para el Islam. Como comerciantes y maestros, los musulmanes eran aún más persuasivos que como soldados.

El Islam tuvo su origen en un país donde el comercio era una profesión honrosa: el propio Profeta Muhammad se había dedicado al comercio antes de recibir la Revelación. Y el Islam honró desde sus inicios a la pluma del sabio tanto como respetaba la espada del soldado. En dos regiones del mundo, África e Indonesia, el Islam arraigó en gran medida debido a los contactos establecidos por comerciantes y maestros musulmanes.

En el Lejano Oriente se logró un resultado parecido por medios semejantes. Ya a principios del siglo XIII, los barcos mercantes musulmanes procedentes de Persia, Arabia y la India atracaban en los puertos de Java y las demás islas de Indonesia, llevando las semillas de la cultura islámica. Marco Polo, a su regreso de la corte de Kublai Jan, encontró un reino musulmán en Sumatra en 1292, y en 1345 un viajero marroquí llamado Ibn Battuta dio noticia de que el gobernante del reino malayo era un hombre que sentía un profundo interés por la cultura islámica.

Desde fines del siglo XIII el archipiélago indonesio también conocido como Insulindia fue islamizado, no por las armas de conquistadores musulmanes persas o árabes sino por el atractivo de una fe igualitaria, simple y adaptable a las condiciones de la región, introducida por comerciantes musulmanes llegados desde lugares tan lejanos como Egipto.

La islamización es acompañada por una fragmentación política del archipiélago (sultanatos independientes) que con el tiempo favorecerá la penetración de los colonialistas europeos. Estos se lanzarán como fieras hambrientas sobre las bellas y pacíficas islas buscando las preciadas especias que los propios mercaderes islámicos se han encargado de llevar a Europa.

En 1345, Ibn Battuta llegó a Sumatra y quedó deslumbrado con el panorama: «Es una isla lozana y verdeante, llena de cocoteros, arecas, claveros, agácolos indios, sagúes, árboles del pan, mangos, yambos, naranjos dulces y alcanfores» (Ibn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 709-719).

En 1511, Albuquerque se apodera de la estratégica Malaca (nombre tomado de un árbol local). Y en una rápida sucesión, caen Borneo (1511), Timor (1520) y las Molucas (1521). Durante el siglo XVII, se suman los holandeses a la acción depredadora portuguesa y atacan los grandes sultanatos de Mataram, Banten y Acheh.

El sultán de Acheh, Iskandar Muda («Alejandro el grande»), —que vivió entre 1590 y 1536— fue un soberano ejemplar que hizo de Acheh (en el extremo norte de la isla de Sumatra) un centro de estudios islámicos. Iskandar Muda enfrentó decididamente la amenaza lusitana en Malaca, Johore y Patani (Cfr. H. J. De Graaf: De Regering von Sultan Agung vorst van Mataram 1613-1645, La Haya, 1958; D. Lombard: Le Sultanat d’Atjéh au temps d’Iskandar Muda, 1607-1636, París, 1967).

En 1629 atacó con todas sus fuerzas el enclave de Malaca. «El sultán de Acheh dirigía una fuerza sitiadora de 20.000 hombres, apoyada por 236 embarcaciones y artillería. Levantaron en torno a Malaca obras de sitio, tan bien hechas que, según un relato portugués, «ni siquiera los romanos hubieran hecho tales obras más sólidas o en menos tiempo». Pero esto no fue suficiente para lograr la victoria, el sultán acabó perdiendo 19.000 hombres y sus dos principales generales, así como la mayor parte de sus barcos y cañones. Ese mismo año, el soberano de Mataram emprendió un asedio igualmente formidable contra el puerto fortificado holandés de Batavia (hoy Ÿakarta, —capital de Indonesia— en la isla de Java), al que muy correctamente el sultán consideraba la «espina en el pie de Java» que era preciso «arrancar, para que todo el cuerpo no peligrase». Las fuerzas del sultán, como las tropas de Acheh, consiguieron abrir trincheras al modo europeo pero no pudieron hacer mella en el enorme foso, el muro o los bastiones de la nueva colonia holandesa» (Geoffrey Parker: La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente 1500-1800, Crítica, Barcelona, 1990, págs. 168-169).

Un escritor, genealogista y periodista argentino de origen armenio, Narciso Binayán Carmona, nos ilustra sobre un aspecto casi desconocido de la historia de la Malasia musulmana: «En el siglo XVII durante cincuenta años, el sultanato de Acheh fue una curiosidad política dentro del mundo musulmán, ya que el trono fue ocupado sucesivamente por cuatro mujeres (1641-1699). Dentro del mundo musulmán, pero no de la región, ya que en la misma época al menos en otros cuatro sultanatos, entre ellos el de Pattani (hoy localizado al sur de Tailandia, sobre el mar del sur de China) —de muy incierto destino aun hoy— y el de Kelantan (al norte de la península malaca fronterizo con Tailandia) —que es uno de los Estados federados de Malasia—, hubo mujeres en el trono. La primera de estas sultanas de Acheh fue Safiyyatuddín Taÿ al-Alam (1641-1655), muy bien recordada como gobernante sabia y justa» (N. Binayán Carmona: La isla grande de las especias, Diario «La Nación», Buenos Aires. Lunes 3 de noviembre de 1997, pág. 4).

Para el siglo XV, debido en parte a los matrimonios entre marinos musulmanes y mujeres indonesias, y en parte también al ardor proselitista de los comerciantes musulmanes entre los príncipes y personas más destacadas de las islas, todo el archipiélago malayo, excepción hecha de Bali, se había convertido al Islam. Los eruditos indonesios, al igual que los demás pueblos absorbidos por el Islam —turcos, bereberes, persas y sudaneses— viajaban a las grandes universidades musulmanas como al-Azhar, en El Cairo, para estudiar el Corán y llevar a su patria las enseñanzas islámicas.

Así, el Islam hizo buen uso de la religión monoteísta para mantener unido un territorio muy extenso y complejo, en forma muy semejante a como había tratado de hacerlo Alejandro el Grande muchos siglos antes. Mas en tanto que el método de este último había consistido en hacer de sí mismo la única autoridad, el método del Islam fue convertir a cada nmusulmán en un mensajero de lo que denominó la Casa de la Paz.

Soldados, marinos, comerciantes y eruditos imprimieron modos de ser a hindúes y africanos, españoles y malayos. En un mundo cuyo destino final era el de ir empequeñeciéndose y hacerse más unido, el Islam, —setecientos años antes de que se acuñara el concepto de «globalización» en Occidente— logró acomodar numerosos pueblos distintos en un molde único, honrando sus valores y principios en base a la convivencia y el respeto mutuo.

El Don Quijote que arremetió contra los molinos de viento en España, el cruzado que regresó a Europa con nuevos estilos de atavío, el turco que combatió a tarvés de la Europa oriental hasta las murallas de Viena, el paciente camellero que alojaba por la noche sus camellos en alguna caravanera africana, el Simbad que atracaba su nave en alguna playa de coral, todos y cada uno de ellos fueron afectados por una sociedad y un modo de vida que en su apogeo abarcaba casi todo el mundo conocido.

Cuando las tribus árabes, gracias al Islam, se congregaron en un Estado único, no tardaron en rebasar los límites de Arabia y, al cabo de unas décadas, se habían expandido por todo el Cercano Oriente y eran los herederos de la mitad del Imperio Romano y de la totalidad del Imperio Persa. En un principio, el Islam fue la enseña de los árabes en tanto dirigentes; pero los pueblos islamizados, antes seguidores de Zoroastro y Buda, abrazaron fervientemente el nuevo y dinámico credo aun a despecho, en ocasiones, de las objeciones de los árabes. Al-Andalus (España y Portugal), por ejemplo, fue desde 711 a 1492 una civilización islámica fundamentalmente de raza y carácter bereber.

La desaparición de los Omeyas de Damasco y de su espíritu tribalista y sectario hacia 750, significó una renovada promesa y el mejor de los incentivos para los no árabes que habían adoptado la nueva fe. El Islam los unió a todos en un solo pueblo y otorgó a sus vidas una finalidad y única dirección.Los árabes aportaron a esta unión el sentido elevado de la misión; los iranios su cultura y sentido de la historia, los siríacos cristianos su versatilidad lingüística; los de Harrán su herencia helenística, y los hindúes su antiguo saber. Todos se mezclaron libremente, uniéndose en un fervoroso deseo de saber, experiencia que no volvería a repetirse luego de producida la decadencia de la civilización islámica, especialmente a partir de los finales del siglo XVII. Los iranios fueron particularmente favorecidos. Habían hecho mucho para establecer el Dar al-Islam; tenían una gran experiencia que ofrecer en el campo de la administración y de las finanzas de Estado; y consecuentemente ocuparon muchos de los puestos claves de gobierno.

La uniformidad y cohesión de la Ley

A partir de la caída del califato bagdadí en 1258, a la civilización islámica le fue dada entonces su unidad social, ya no mediante un Estado único y un solo idioma —puesto que el persa no tardó en convertirse en lengua cultural internacional (fue la lengua oficial de la India islámica desde el siglo XVI al XIX) que rivalizaba con el árabe, y otras varias lenguas adquirieron sucesivamente importancia local (como el suahili en el Africa central y oriental)—, sino mediante un sistema único de leyes sagradas (Sharí’a). Estas leyes abarcaban todos los aspectos de la vida personal, desde la etiqueta, los rituales y creencias hasta las cláusulas de contratos o testamentos. Aunque la Sharí’a no se aplicó por igual, en todos sus puntos, a cada uno de los pueblos musulmanes, produjo una suficiente uniformidad, en lo esencial, como para que un musulmán de cualquier país pudiera gozar de los derechos de la ciudadanía en toda la extensión del Dar al-Islam, el ámbito o territorio bajo la égida musulmana.

«En la unidad sustancial de la sharí’a, tanto unidad de normas concretas como unidad de espíritu que la informa, está el secreto de esa "uniformidad musulmana" en que tanto han insistido los viajeros europeos desde los montes Atlas hasta el Ganges, preguntándose a menudo con asombro cómo es eso posible, en vista de la ausencia en el Islam de cualquier autoridad central docente del tipo del papado católico» (Alessandro Bausani: El Islam y su cultura, FCE, México, 1988, pág. 211).

Un letrado del Marruecos como Ibn Battuta, en viaje para ver el mundo en el siglo XIV, podía llegar a ser cadí (juez islámico) en las remotas Islas Maldivas, en el Océano Indico, durante su residencia allí, con la misma facilidad que si se hallase en su Tánger natal, a miles de kilómetros de distancia.

Un sabio judío como Benjamín de Tudela podía viajar de España hasta la India atravesando todo el Mundo Islámico en el siglo XII, sin necesidad de pasaporte o salvoconducto y recibiendo la asistencia y protección de su hermanos monoteístas musulmanes.

Los musulmanes de los países más alejados unos de otros, chinos, persas, malayos, egipcios, andalusíes, turcos o nigerianos, durante su peregrinación anual a La Meca, solían reunirse y podían compartir sus preocupaciones. La cultura islámica, aunque variaba de un país a otro, mantenía, con ese intercambio relativamente fácil, una herencia común en todas formas. Así, el Taÿ Mahal, con su gracia exquisita, refleja las tradiciones de la India que difieren considerablemente de las de al-Andalus o del Africa del Norte; pero, como todo el mundo lo sabe, ese monumento fue construido por los musulmanes como cualquier santuario o mezquita de Estambul, Granada o Isfahán.

El Islam es la vuelta a la ley natural, a la primitiva fe de los grandes profetas y patriarcas como Abraham y Noé, que fue abandonada paulatinamente tanto por los judíos como por los cristianos. La ley islámica suprime las austeridades y numerosas prohibiciones y penitencias impuestas por juristas inescrupulosos y desautorizados y declara su voluntad de condescender con las necesidades prácticas de la vida: «Facilita el camino, no lo hagas más áspero», «Dios no pide a los humanos más que lo que éstos pueden hacer», tales eran las recomendaciones que habitualmente daba el Santo Profeta a sus compañeros y seguidores. La tendencia islámica va hacia el misticismo, pero no hacia el ascetismo. Desautoriza expresamente las exageraciones de austeridades que debilitan el cuerpo y anulan los instintos naturales del hombre. Exhorta al creyente a disfrutar de las cosas buenas que Dios ha creado, bien entendido que deberá observar la debida moderación y obedecer los preceptos de la revelación coránica, que no son numerosos ni muy estrictos.

La ley islámica favorece todas las actividades prácticas y tiene en gran estima a la agricultura, al comercio y toda clase de trabajos; censura a aquellos que viven a costa de los demás, requiere a todos los hombres y mujeres para que se mantengan con el producto de su propio esfuerzo y no menosprecia ninguna clase de labor por la cual los seres humanos puedan independizarse de sus semejantes.

Los jurisconsultos musulmanes enseñan que el precepto fundamental de la ley es la libertad. El orador y político romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) decía: «Sed esclavos de la ley para ser libres». La ley islámica añade nuevos conceptos a este pensamiento. Partiendo de la libertad, como base fundamental de la ley, los juristas islámicos llegaron a una doble conclusión:

1. La libertad está limitada por su propia naturaleza, porque la libertad ilimitada significaría la propia destrucción, y ese límite es la norma legal o ley.

2. Ningún límite es arbitrario, puesto que está determinado por su propia utilidad, por el bien supremo del individuo o de la sociedad. La utilidad, que es el fundamento de la ley, tiene también su límite y su extensión.

La libertad significa poder disponer de uno mismo. El hombre libre no tiene por superior más que a Dios, Unico al cual es debida obediencia. De aquí que no puede usarse la libertad a capricho, e incluso el espontáneo reconocimiento de esclavitud no está reconocido por la ley como válido. Con idéntico espíritu, la ley prohibe y el Islam castiga el suicidio.

Por otra parte, teniendo en cuenta la utilidad social, la ley islámica es esencialmente progresiva. Por ser producto del idioma y de la lógica, constituye una ciencia. No es inmutable ni depende únicamente de la tradición. Las sociedades son organismos vivos y sufren incesantes mutaciones durante su existencia. Y las leyes se modifican y se amplían según los tiempos y los cambios que se producen.

Siguiendo el precepto del Sagrado Corán y de la tradición profética, la ley islámica ignora el jus utendi et abutendi (el derecho absoluto de propiedad: "de usar y abusar") de la ley romana, considera una forma de prodigalidad cualquier gasto de riqueza que no sea verdaderamente preciso y reputa el consumo inútil como un pecado. En su concepto, la prodigalidad y el derroche es una clase de enfermedad mental —como la ambición y la avaricia— que debe atajarse. El Islam insiste en la moderación para que se haga uso discreto de la riqueza en consonancia con la ley y con el fin para el cual Dios ha dado los bienes al género humano.

La ley islámica es igual para todos y consiste esencialmente en la buena fe. Los musulmanes han de cumplir sus promesas con todos, sean musulmanes o no, creyentes o ateos, amigos o enemigos. «Se honrado con aquellos que tienen confianza en tu honradez»; «No traiciones a los que te han traicionado». Estas tradiciones y otras muchas atribuidas al Santo Profeta, su Familia y descendencia purificada (BPD), se encuentran también entre las reglas de la ley musulmana. El Príncipe de los creyentes y cuarto califa del Islam, Alí Ibn Abi Talib (P), exhorta a practicar el siguiente postulado: «Da a tu enemigo tu justicia y tu imparcialidad».

Pluralismo e integración

La cultura que fomentó tales instituciones, flexibles y eficaces, era merecedora de ella. La sociedad islámica, en expansión sobre todas las encrucijadas del mundo, se encontró en la posibilidad de recoger su inspiración de las civilizaciones que habían florecido antes de su arribo. No fracasó en su obra. Por el contrario, se adueñó de las enseñanzas del pasado y las perfeccionó generalmente. La gloria no le venía al Islam tan sólo de su gran sencillez y tolerancia como religión en sí misma sino también de su literatura, principalmente de su poesía. La creación poética logró en el tiempo del Islam clásico su mayor florecimiento y variedad. La sutileza intraducible del verso arábigo y la delicadeza ágil e ingeniosa de los poetas persas fomentaron la eclosión de las letras en todos los lugares por donde pasó el Islam. Los esplendores de sus artes plásticas fueron aun más accesibles para los profanos. En la pintura y en la arquitectura islámicas se combinaron las tradiciones del Irán preislámico -contándose aun las de la época remota de la antigua Mesopotamia- y las del mundo grecolatino. Las preciosas miniaturas de Persia y de la India deben mucho de su gracia a una ulterior influencia china, mientras la arquitectura mostraba, aquí y allá, ejemplos de su herencia brahmánica o bizantina. Es en las obras arquitectónicas en donde destella la originalidad del arte islámico, en su fuerza y precisión, así como en su delicada armonía combinada con un orden firmemente establecido.

«Ante la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, ante la filosofía de Averroes, la presociología de Ibn Jaldún, el esplendor científico y tecnológico de Al-Andalus (por citar sólo ejemplos que pertenecen también al patrimonio hispánico con ellos compartido), cualquier árabe actual puede reaccionar de igual manera y experimentar pareja sensación de identificación. La memoria colectiva adquiere en este terreno protagonismo propio, es el vestido que cubre a todos de igual forma, con idéntica gala» (Pedro Martínez Montávez: El reto del islam. La larga crisis del mundo árabe contemporáneo. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1997, págs. 124-125).

Las contribuciones a Occidente

Los musulmanes demostraron ser eruditos ingeniosos y, particularmente, historiadores infatigables. No obstante, hay que mencionar de modo principal el florecimiento de sus ciencias naturales. La ciencia islámica heredó un inmenso volúmen de conocimientos de los griegos clásicos: filosofía y lógica de Platón y Aristóteles; matemáticas, astronomía y medicina de Euclides y Ptolomeo, Hipócrates y Galeno; música de Pitágoras y Aristoxéno de Tarento; botánica y farmacología de Dioscórides, y muchos otros más.

A este patrimonio, los sabios del Islam sumaron gran parte de la herencia intelectual de los indios, con inclusión del empleo del cero. Acumularon luego una riqueza múltiple y nueva; observaciones astronómicas que les ayudaron a preparar el camino para la aceptación de la teoría de Copérnico, experimentos de alquimia que ensancharon el reino de la química, soluciones algebraicas, datos geográficos, problemas filosóficos, descubrimientos botánicos, técnicas médicas.

La influencia del Islam en Occidente fue variada e inmensa. Del Islam la Europa cristiana recibió alimentos, bebidas, fármacos, medicamentos, armas, heráldica, temas y gustos artísticos, artículos y técnicas industriales y comerciales, costumbres y códigos marítimos y a menudo palabras para estas cosas: naranja, limón, azúcar, jarabe, sorbete, julepe, elixir, jarra, azul, arabesco, sofá, muselina, fustán, bazar, caravana, carmesí, tarifa, aduana, almacén, almirante, almíbar y mil más.

Durante algunos siglos Europa sólo conoció el azúcar en estado de jarabe. Fueron los musulmanes quienes inventaron la técnica para cristalizarlo.

El juego del ajedrez llegó a Europa procedente de la India (donde ya se jugaba hacia el siglo VI d.C) por la vía del Islam, tomando palabras persas en el camino; jaque mate viene del persa shah mat, «el rey ha muerto».

Algunos de los instrumentos musicales llevan en su nombre la prueba de su origen árabe: laúd, rabel, guitarra, tambor, adufe. La poesía y música de los trovadores pasó de al-Andalus al sur de Francia y de la Sicilia musulmana a Italia.

Las descripciones islámicas de viajes al cielo y al infierno contribuyeron a la formación de la Divina Comedia (cfr. Giorgio Levi Della Vida: Nuova luce sulle fonti islamiche de la "Divina Commmedia", al-Andalus, 14 (1949); Maxime Rodinson: Dante et l’Islam d’après des travaux récents, en Revue de l’histoire des Religions, octubre-diciembre 1951; E. Ceruli: Dante e l’Islam, Academia Nazionale dei Lincei, 12 (1957); Miguel Asín Palacios: La escatología musulmana en la Divina Comedia. Historia y crítica de una polémica, Hiperión, Madrid, 1984).

La bóveda con nervios es más antigua en el Islam que en Europa, aunque no podemos señalar la ruta por la que llegó al arte gótico. La aguja y el campanario cristianos le deben mucho al alminar o minarete, y la tracería de la ventana gótica fue inspirada por los arcos apuntillados de la Giralda de Sevilla.

Un arquitecto de la jerarquía del británico Christopher Wren (1632-1723) utilizó parámetros islámicos en sus múltiples construcciones, incluso en su obra maestra, la Catedral de San Pablo en Londres (cfr. Sir Thomas Arnold y Alfred Guillaume: El Legado del Islam, Ediciones Pegaso, Madrid, 1944, pág. 229).

El rejuvenecimiento del arte cerámico en Italia y Francia ha sido atribuído a la importación de alfareros musulmanes en el siglo XII y a las visitas de alfareros italianos a la España musulmana. Metalarios y vidrieros venecianos, encuadernadores italianos, armeros españoles, aprendieron sus técnicas de artesanos musulmanes; y casi en todas partes de Europa los tejedores esperaban obtener del Islam modelos y dibujos. Los venecianos descubrieron los secretos de la fabricación del vidrio en el mundo musulmán y los llevaron a la práctica en sus talleres de la isla de Murano. Así, Venecia mantuvo durante siglos un verdadero monopolio del vidrio de lujo.

Las influencias del Islam hacia Occidente son innumerables: un millar de traducciones del árabe al latín; visitas de eruditos cristianos a al-Andalus, como los ingleses Alfredo de Sareshel, Adelardo de Bath (en 1130, luego de su regreso, tradujo en Inglaterra obras musulmanas), Roberto de Chester (vivió en España entre 1135 y 1180); los italianos Gerardo de Cremona (1114-1187), Platón Tiburtino de Tívoli (vivió en España entre 1134-1145) o Eugenio de Palermo (1130-1202); y otros cuyo nombre denuncia su procedencia, Miguel Escoto (1175-1236), Hermann von Kärnten, llamado «de Carintia» y «el Dálmata», o el arzobispo flamenco Wilhelm von Moerbeke (1215-1286); y el envío de jóvenes cristianos por sus padres españoles o italianos a las Cortes musulmanas para que recibieran educación caballeresca.

Cada avance de los cristianos en España dejaba entrar una ola de literatura, ciencia, filosofía y arte islámicos en la Cristiandad. Así la captura de Toledo en 1085 hizo adelantar inmensamente los conocimientos de los cristianos en astronomía y mantuvo viva la doctrina de la esfericidad de la tierra (cfr. Olga Pérez Monzón y Enrique Rodríguez-Picavea, Toledo y las tres culturas, Akal, Madrid, 1995; Louis Cardaillac: Tolède XIIº-XIIIº. Musulmans, chrétiens et juifs: le savoir et la tolérance, Autrement, París, 1996.).

Con todo lo dicho queremos enfatizar principalmente a través de este trabajo, que el criterio amplio y pluralista y la personalidad talentosa e idónea de los polígrafos de la Edad de Oro del Islam puede ser un muy buen parámetro para aquellos musulmanes que tropiezan con el reto que significa para ellos la modernidad occidental y para los que en el Occidente tienen todavía que encontrar el fundamento de la armonía entre los valores científicos y espirituales.

¿Choque de civilizaciones o diálogo entre Oriente y Occidente?

El convencimiento de que todo lo occidental es también universal permanece encastillado en muchas mentes. Los occidentales tienden con excesiva frecuencia a contemplarse como los portadores de la universalidad y superioridad de una civilización que consideran única, y esta absurda visión de norteamericanos y europeos constituye una amenaza constante para todos los seres humanos, pues desde tal perpectiva son considerados irrelevantes y erróneas las tradiciones culturales y sociales de otros pueblos.

Dice el sinólogo inglés Joseph Needham (Londres, 1900): «Muchas gentes de Europa occidental y América europea sufren lo que podríamos llamar orgullo espiritual. Están firmemente convencidas de que su propia forma de civilización es la única universal. Profundamente ignorantes de las concepciones y tradiciones intelectuales y sociales de otros pueblos, consideran muy natural imponerles sus ideas y costumbres, tanto sobre la ley como sobre la sociedad democrática o las instituciones políticas. Sin embargo, propagan una cultura un tanto contradictoria, puesto que Europa no ha logrado nunca reconciliar lo material y lo espiritual, lo racional y lo romántico. Y su modo de vida tiende a corroer y destruir las peculiaridades de las culturas vecinas, algunas de las cuales pueden encarnar valores más sanos... La civilización cristiana demuestra hoy tan poca humildad cristiana como en tiempos de las Cruzadas, cuando la civilización del Islam era, sin embargo, superior en su conjunto a la de Europa... Europa se vanagloria de los viajes de exploración de Colón y otros navegantes. Europa no se preocupa tanto de investigar las invenciones que los posibilitaron; la brújula y el codaste de China, los mástiles múltiples de India e Indonesia, la vela latina de mesana de los marineros del Islam» (Joseph Needham: Dentro de los cuatro mares. Diálogo entre oriente y Occidente, Siglo XXI, Madrid, 1975).

En los umbrales del siglo XXI, personajes como el profesor de Harvard Samuel P. Huntington, defensor a ultranza del «Nuevo Orden Mundial» como Alvin Toffler ("La tercera ola") y Francis Fukuyama ("El fin de la historia"), proclaman a los cuatro vientos «la guerra que se viene» y advierten a los «desprevenidos» sobre «el peligro fundamentalista musulmán» (cfr. S.P. Huntington: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Paidós, Buenos Aires, 1997) con un estilo que hace recordar al de Urbano II (1042-1099), cuando este pontífice franco en el concilio de Clermont (1095) arengaba así a los futuros cruzados: «Emprended el camino a Jerusalem y arrebatad esa tierra a la raza perversa y estableced allí vuestro dominio» (cfr. F. Ogg: Source of Medieval History, Nueva York, 1907, págs. 282-288). Véase el estudio de Jean Delumeau sobre la satanización de «la amenaza musulmana»: El miedo de Occidente, Madrid, 1989.

En las antípodas de este pensamiento, el flamante presidente de la República Islámica del Irán, Seied Muhammad Jatamí, dijo: «Las puertas deben estar abiertas al diálogo entre civilizaciones y culturas» ("Mensaje al pueblo norteamericano", entrevista de la CNN, 7/1/98).

La reflexión de Toynbee

Los más eminentes pensadores de Occidente que han investigado el Islam y se han familiarizado con su civilización y cultura nunca han optado por la vía de la descalificación, sino todo lo contrario. Un historiador de la talla del británico Arnold Toynbee (1889-1975) emite el siguiente juicio: «Ser prisionero de la época y del medio es parte de las limitaciones humanas. El ser humano tiene raíces como los árboles, y aunque éstas sean de tipo intelectual o emocional, lo traban. De cualquier modo, la naturaleza humana se rebela contra sus límites e intenta sobrepasarlos... El oficio del historiador es el de moverse libremente en el tiempo y en el espacio. ¡Cómo nos aburrimos con nuestra propia civilización!... Una mirada al compendio de Historia Moderna y Medieval de Oxford bastaba para hastiarme. Pero la historia del Islam, la del Budismo, me abría mundos fascinantes. La civilización occidental contemporánea me aburre, no porque sea occidental sino porque es la mía y soy historiador... el Occidente contemporáneo me hastía inevitablemente. Me aprisiona entre sus engranajes. Me impide regresar al tiempo anterior a la máquina e instalarme en Rusia, en Dar-el-Islam, en el mundo hindú, en Asia Oriental. Mi ineluctable occidentalismo me impide aclimatarme culturalmente en cualquier otra civilización contemporánea... De todos modos, tengo una razón más trascendente que cualquiera de las mencionadas hasta aquí para detestar a Occidente. Ha producido a Hitler, Mussolini y McCarthy. Estas monstruosidades occidentales hacen que me sienta amenazado en tanto occidental... Además de los crímenes del Occidente contemporáneo, hay otras manchas en la vida occidental que me repugnan... Occidente no tiene piedad por los ancianos. Es, según creo, la primera civilización en la cual los ancianos no han tenido automáticamente un lugar en la casa de sus hijos adultos. Mirando esta insensibilidad occidental con ojos desoccidentalizados la encuentro profundamente ofensiva. Repruebo también la publicidad occidental. Ha convertido en un arte la explotación de la tontería humana. Gracias a ella estómagos saciados embuchan bienes materiales que no necesitan mientras dos terceras partes de la humanidad carecen de los elementos imprescindibles para vivir. Es un aspecto horrible de la sociedad de la abundacia; y si se me dice que este es el precio de la abundancia contesto que es un precio demasiado alto» (Arnold Toynbee: Me duele Occidente —extraído de The Edge of Awareness—, Nuevo Planeta, Sudamericana, Buenos Aires, Septiembre/Octubre, 1970, págs. 33-37).

Como hemos visto, a lo largo de cada una de las entradas del presente trabajo, el Islam, desde un primer momento, fue un agente universalizante, historizante y mediador entre todas las civilizaciones, culturas, religiones y pueblos, sumando y no restando, integrando a todos sin segregar o discriminar a ninguno.

Pero, «...un buen día Occidente se despegó del pelotón de sus homólogos para echarse a correr, agotándose y agotando a sus compañeros. Pero, en esta carrera tan poco deportiva, la insólita regla del juego permite al que se escapa asfixiar a su adversario, que los rezagados sean aplastados. El retraso de los otros es el contrasentido de la loca carrera de un Occidente que ha elegido el ritmo, el terreno, el objetivo... El sufrimiento interior de Occidente proviene de que su modernidad ha devorado a su cultura... En Occidente, en un mundo de donde Dios fue expulsado, el conflicto entre cultura y modernidad ha alienado al hombre. Japón, que durante mucho tiempo intentó preservar la parte más íntima de su ser, asiste hoy al espectáculo de su cultura saqueada. Hoy se habla más que nunca de confrontación de civilizaciones: en realidad las civilizaciones sólo se enfrentan cuando coexisten, en una sociedad dada, grupos raciales heterogéneos. En el plano de la violencia histórica, sólo se enfrentan los poderes y por el poder: la destructiva historia de una Europa unida por la civilización esta ahí para demostrarlo. La dialéctica del poder seguirá existiendo, en cualquier parte, disfrazada o a cara descubierta. No obstante, en la esfera en que nos movemos, lo que se desprende no es la confrontación de las civilizaciones entre sí sino la de cada una de ellas con la modernidad. Y si hay una solidaridad en la que se pueda fundamentar una ambición verdaderamente universal, esa es la de las culturas, comprendida la de Occidente, contra aquello que las niega a todas: una modernidad no controlada. En este contexto, el islam podrá renovar su mensaje sublime» (Hichem Djaït: Europa y el Islam, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1990, págs. 241 a 243).

La tarea pendiente

Una cantidad incalculable de verdaderos tesoros de la civilización islámica aguardan ser descubiertos. Sólo en Estambul hay más de ochenta bibliotecas-mezquitas que contienen decenas de millares de manuscritos. En El Cairo, Damasco, Mosul y Bagdad, así como en Irán, la India y Pakistán, se encuentran otras colecciones. Muy pocas han llegado a catalogarse, pero muchas menos han sido estudiadas o publicadas. Incluso el catálogo de manuscritos árabes de la Biblioteca de El Escorial, que contiene gran parte de la ciencia islámica de Occidente, no se halla todavía completo, a pesar de los años transcurridos y la gran cantidad y calidad de los islamólogos españoles.

Esta humilde relación de portentos de la civilización del Islam nos muestra de alguna manera la gran tarea pendiente: intentar dar una noción general de la obra artística, científica y filosófica del Islam tanto al neófito como al intelectual, que erradique prejuicios y fantasías y nos acerque a todos a la verdad histórica y objetiva de una cultura que es patrimonio de toda la humanidad.

Los que desconocían la temática se sorprenderán de la longitud de estos comentarios sobre la Civilización del Islam, y el erudito o el académico se lamentará de su brevedad y carencias. Sólo nos resta evocar las palabras del poeta arabo-persa Abu Nuwás (762-810):

«Di a quien pretenda una ciencia enciclopédica:
Sabes algo, pero muchas cosas se te escapan».

Nos refugiamos en Dios Todopoderoso, Único y Graciabilísimo, Fuente de toda Sabiduría, Verdad y Justicia. Alabado sea el Señor de los Universos. No hay poder ni fuerza excepto la de Dios, el Altísimo, el Majestuoso.


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