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Los musulmanes no necesitan de intercesión

Islam para ateos, capítulo 12

18/12/2011 - Autor: Ali González - Fuente: Webislam
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Caligrafía del nombre de Muhámmad (sas)

El Islam es la relación directa del musulmán con Allâh. El amor por la experiencia directa de la existencia que tiene el musulmán rechina ante el concepto de “intercesor”. Es éste un sentir que comparte la práctica totalidad de los musulmanes. El mu’min busca el encuentro directo al precio que sea: la confusión de la mente al enfrentarse con otras formas de pensar la realidad, la perplejidad del encuentro con un verdadero maestro, el dolor de paladear a Allâh en la sociedad humana, el embobamiento de sentirlo en la Naturaleza..., cualquier espacio y cualquier tiempo puede ser el del desvelamiento con tal de que no haya instancias intermedias entre el ser humano y Allâh. Cuando en el Corán y el hadiz se dice que el Profeta es nuestra shafâ‘a (“protección”) no se entiende que precisemos de su intercesión para que nos sean perdonados nuestros pecados.

En primer lugar, para un musulmán que no quiera complicarse la existencia con sutiles elaboraciones teológicas, que el Profeta actúe como su shafâ‘a significa que de alguna forma dará fe de que él ha sido musulmán, de que ha pertenecido a su Umma (linaje espiritual), de que –como nos indica el verbo que está en la raíz del término- ha llegado a “parecer su doble” (shâfi‘). Lo que hizo Muhammad atestigua cuáles de los actos de este hombre han sido acciones muhammadianas. Es decir, el Profeta no media para que nos sean redimidos nuestros pecados, sino que su vida testifica en nuestro favor si lo hemos tenido por modelo. El musulmán más ignorante sabe que, entre Allâh y él, nada media; ni siquiera el Profeta. Pues ante Allâh somos nuestros actos, y el carácter humano o shaitánico de estos actos viene determinado por la mayor o menor adecuación a lo que en la misma circunstancia hiciera Muhammad. El parecido con lo que hiciera Muhammad es tu validación, tu certificado de haber sido musulmán, tu shafâ‘a.

Desde una perspectiva de Islam Interior1, Muhammad como tu shâfi‘ es mucho más significativo, desde luego, pero aún más distante de cualquier asimilación con el concepto cristiano de “intercesor”. El Islam Interior, en el que es posible la ma‘rifa, además de aceptar la interpretación dada por el Islam exterior, va a dejar hablar a la propia palabra árabe para que explique en qué forma el Profeta es protección para el mu’min. Y entonces ya no va a ser necesario que seamos citados en “el más allá” para que el Profeta sea tu shâfi‘: la naturaleza del Profeta va a servirnos de protección para poder trascender sin peligro, ya en esta vida.

Veámoslo: este supuesto verbo que normalmente los arabistas traducen por “interceder” es en realidad el verbo shafa‘a-yashfa‘u, cuyos significados primeros son los de “repetir, duplicar”. Literalmente, lo que significa shafâ‘a es “el par”; en árabe, un emparejamiento, un acoplamiento es una shuf‘a; y el adverbio “a pares” se dice shaf‘an. Quizá el sentido más originario de la palabra está en el término que alude a una camella que da el doble de leche, que se denomina en árabe una shafû‘, y el menos originario –más ideologizado- de los que encontramos en un diccionario es la asimilación con “negociador, abogado, intercesor”.

La explicación del Islam Interior es la de que el Profeta en tanto que shafâ‘a se convierte en “tu par”. Y existe en la ‘ibâda del musulmán un símbolo de qué pueda suponer este “emparejamiento” con el Profeta. Recordamos que las dos últimas salâwât de la noche (2) se llaman el shaf‘ y el witr, es decir, “el par” y “el impar”, porque tienen respectivamente dos postraciones y una postración (rak‘a). La idea que subyace es la necesidad de lo par para llegar a lo impar, y de lo impar para llegar al fanâ’ en Allâh, a la nada, ese sueño tuyo en la noche en el que estás extinguido porque la noche es el tiempo de Allâh y te excluye. Es como si las tres últimas rakás de la noche sintetizaran la vida espiritual del musulmán: en la salâ de dos rakás (la llamada salâ shaf‘) te emparejas con el Profeta, y tras esta salâ os hacéis una sola criatura en la última salâ (el witr). Y luego ¿qué? Luego nada, Todo, Allâh. El vacío al que nos asoma el Islam. Ésta es la simbología para los sufíes: conocer al Profeta en su dimensión interior implica fundirse absolutamente con él en una realidad nueva. Ésta es la shafâ‘a del Profeta desde el punto de vista de la ma‘rifa:

¿Por qué buscamos emparejarnos con el Profeta? Por su naturaleza receptora de la Revelación de Allâh. Te completas con Muhammad y entonces puedes acceder a la auténtica fuerza del Corán en tu corazón, aunque sólo en la medida de lo que hayas puesto en ese acoplamiento. Sin coaligarte con el Profeta en la recitación del Corán estás sólo ante palabras que te recuerdan como entre brumas el diseño interior de la realidad. Pero cuando te unes con el Profeta tu corazón puede recibir la intensidad de toda la Revelación en cualquiera de sus trazos o sonidos. Sin imbricarte con el Profeta tu corazón no soportaría la ausencia de fondo de la Revelación, por eso es tu “protección” (shafâ‘a). Abrir el Corán y leer una de sus letras es asomarte a un abismo sin fondo ante el que debes estar protegido por la shafâ‘a que se le ha concedido al musulmán. Y ¿qué tiene el Profeta para servirnos de shafâ‘a? Su condición de insân kâmil (hombre universal, ser humano completo). En Muhammad te universalizas; es la participación en la naturaleza del Profeta lo que te sirve de plenificación de ti. Muhammad es el símbolo de toda reunificación, y si te unificas con él te encuentras con el resto de las criaturas.

El amor –la pasión, en realidad- de los sufíes por el Profeta sólo es entendible desde estos parámetros; ellos saben que abrir la puerta de Muhammad es la única forma de ingresar en los ámbitos de la intimidad con Allâh (uns). Pero no porque Muhammad sea un ser privilegiado que te favorezca de un modo particular sino porque, si llegas a pretender con todas tus fuerzas la unión con Muhammad, se ha producido de hecho un cambio radical, esencial, drástico, en tu forma de concebir la existencia, que es lo que realmente tiene validez. Lo que te ensancha es lo único que debes tener en cuenta, y ese cambio se ha producido en ti por la progresiva impregnación en la naturaleza del Profeta de que quieres ser objeto. El deseo de hacerte Muhammad es el acuse de un cambio definitivo en tu corazón. Lo que importa no es lo que el Profeta haga por ti, sino lo que haces tú por ti “usando” la realidad del Profeta, la realidad muhammadiana eternamente presente en el mundo desde que es mundo. “Yo (Muhammad) era cuando Adam estaba aún entre el barro y el agua”, dice un hadiz del Profeta, hablando no desde su ser concretamente histórico sino desde la identificación de Muhammad con la materia prima del universo. Muhammad es luz, por eso decía la imaginación popular de su tiempo que no tenía sombra. “Todo es luz de su candil”, van a decirnos los sufíes totalmente borrachos de Muhammad.

Los que han accedido a la dimensión esotérica del Islam entienden que en el nivel del duniâ nos hallamos espiritualmente como en dos dimensiones, carecemos de profundidad, estamos planos, y que precisamos de la compleción de nosotros en Muhammad para viajar por los espacios interiores de la realidad por los que él peregrinó y acceder a los grados más sutiles de la existencia. En este sentido, Muhammad como shafâ‘a es tu dimensión de realidad, tu fondo, tu contraste, la perspectiva que adquiere tu realidad en el mundo de lo real. Entonces, Muhammad ya no pertenece a la memoria histórica de los hombres sino al malakût, al universo interior de las cosas. Lo que sucede es que el Profeta se empareja contigo –es tu shâfi‘- para que forméis entre tú y él una unidad que pueda vivir la existencia como Revelación en toda su intensidad. Buscamos con la shafâ‘a la paridad, es decir, que en el malakût aquello que nos complemente sea Muhammad, lo más inmenso que podemos concebir los musulmanes en tanto que único ser creado capaz de estar hasta sus últimas consecuencias en ese Corán que es la existencia y que es dentro de nuestro universo cultural la puerta de Allâh.

Nada de lo dicho tiene que ver, una vez más, con la traducción cristianizante que es motivo de este capítulo. Según lo visto hasta ahora, la shafâ‘a es –literalmente- “lo que permite el dos”. Así que podemos seguir paladeando esta realidad de la shafâ‘a aún un poco más, de la mano de los maestros sufíes, con el permiso de Allâh. Ante el Uno, todo desaparece. La shafâ‘a es el velo que posibilita la existencia: lo que permite que exista un Mundo ante Allâh. Muhammad es en tanto que shafâ‘a lo que hace posible la existencia. Muhammad –“el Corán que anda”, según una de sus mujeres- es shafâ‘a para los seres humanos. Tú buscas a Muhammad como tu pareja, tu shâfi‘, como el Profeta desdobló a Allâh entre un Ahad (Único) que excluye al mundo y un Wâhid (Uno) que subyace al mundo unificándolo. Muhammad hizo posible que Allâh se introdujese en el mundo a través de la Palabra trasparente, la Palabra sincrética, la Palabra convocante: el Corán. Muhammad es el vórtice donde se encuentra la humanidad con Allâh. Su posición “intermedia” no mediatiza, porque Muhammad es el ser humano y el ser humano es la Creación. La Creación no es sino un proyecto de hombre, y cada hombre un proyecto de Muhammad. Lo que hay de Muhammad en tu corazón te sirve de shafâ‘a, de protección, de seña de identidad frente a Allâh, de complemento de ti en Allâh.

En conclusión, a modo de concreción final, dos son los niveles para entender el término shafâ‘a sin tener que recurrir a otras teologías:

1. El nivel del musulmán medio para el que la shafâ‘a del Profeta significa que éste garantiza su vinculación a la nación del Islam. Entendimiento de la cuestión que viene a cumplir cierta función al nivel del inconsciente colectivo que, en ausencia de instituciones que avalen el Islam de los musulmanes, busca el recurso de la validación en Muhammad. La shafâ‘a es así una forma de vincularse -de aliarse- sentimentalmente al Profeta, lo cual nos aferra significativamente a lo humano en nuestro proyecto de trascendencia. Esto tiene cierto sentido: ya que los musulmanes negamos cualquier conocimiento posible de Allâh, todo nuestro quehacer espiritual se aleja de la especulación teológica y se limita a la imitación de la humanidad de Muhammad.

2. Y, al mismo tiempo, la shafâ‘a del Mensajero nos sirve como si fuera una pequeña llave que nos abre a esa realidad interior del Profeta donde todo va adquiriendo una dimensión que se te escapa porque ahí Muhammad se convierte en “tu pareja espiritual”, una pareja que es ya –en el instante en que realizas la shafâ‘a sin tener que llegar a ningún mundo venidero- tu contacto pleno con lo Uno que subyace a la multiplicidad, tu experiencia de tauhîd. Para consumar esta shafâ‘a no es suficiente que pienses que es deseable para ti ni siquiera que lo desees; debes morir en el Profeta (3). El Profeta no es un individuo sino una realidad definitiva dentro de tu viaje espiritual (sulûk). Es decir, él será tu complemento sólo cuando te trasformes en puro hamd, cuando tu existencia se convierta en manifestación de plenitud. Entonces, Muhammad será tu pareja espiritual, el çauÿ con el que has sido creado.

Reencontrarte con Muhammad es llegar a ser eso para lo que fuiste creado; es volver a ser íntegro, ser completo. Sólo con la shafâ‘a de Muhammad, sólo cuando todo tú eres al-hamdu li-llâh (4), sólo entonces, te has trasformado en el camino que creías recorrer.

Únicamente en esos momentos has llegado a ser tú mismo como negación de la meta que te habías propuesto. “Partes de ti y llegas a ti”, nos dicen los maestros sufíes. Allâh es una vía por la cual partiendo de tu yo dormido llegas a conocerte, a enamorarte de ti, a poderlo todo contigo. El que vive su Islam como ÿihâd no persigue descubrir a Allâh sino descubrirse en Allâh.

Notas
1 “Islam Interior”, es decir, Irfân dentro del ámbito chiíta y, prácticamente, Tasawwuf dentro del ámbito sunnita. Otras veces lo hemos llamado “Esoterismo islámico” o ma‘rifa, para no circunscribirlo a un ámbito concreto del Conocimiento islámico, lo cual nos hace sentirnos incómodos. Como musulmanes que tienen una intención seria en el camino del Conocimiento rechazamos cualquier encasillamiento, apropiándonos limpiamente de todo el acervo místico del Islam que pueda servir a nuestros fines de trascendencia.
2 Plural de salâ. Coloquialmente en castellano: “...los dos últimos salat de la noche...”.
3 Primero hay que morir en la humanidad de Muhammad, y luego en la existencialidad de Allâh.
4 Al-hamdu li-llâh, leído: “aljamdulil-lâh”. Traducido habitualmente por “la alabanza sea para Allâh”, exige de nosotros un nuevo esfuerzo de interpretación a la luz de la comprensión a que nos lleva el capítulo treinta y cinco de este libro, en una fórmula que debería acercarse más a: “Sea para Allâh el reconocimiento de la potencia con que ha creado y mantiene la existencia”.

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