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Ishraq, los colores del alma. La imaginación contemporánea

Un ensayo sobre hermenéutica holística del color

16/12/2011 - Autor: Hashim Cabrera
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Fue precisamente el mundo del alma lo que puso en juego el pensamiento moderno

Resulta bastante arriesgado adentrase en el análisis de cualquier dimensión de la compleja y multiforme naturaleza humana utilizando un marco interpretativo cuyos soportes han sido desposeídos de su vitalidad semántica, que han sido literalmente asociados, fijados y desa­cralizados, no ya en un sentido religioso o espiritual sino meramente gnoseológico. El averroísmo filosófico más tardío, desde el Renacimiento, y el pensamiento materialista y mecanicista posterior, con pretensiones de objetividad y universalidad desde el Siglo de las Luces hasta hoy, han contribuido a la proliferación de un ser humano fragmentado y roto, deconstruido y desalmado, que siente nostalgia de su integralidad e incluso de su integridad, tal y como reconocieron los más preclaros filósofos posmodernos.

Por esta razón, aunque la semiótica nos provea hoy de un marco adecuado para andamiar una investigación sobre el color como lenguaje, sólo nos será posible abordar la dimensión semántica holística de este fenómeno mediante una reconducción de sus significantes fundamentales a su matriz productora de sentido, mediante una experiencia actualizada del color como manifestación coherente y trascendente, significativa de nuestro devenir existencial integral.

Sólo así la semiótica podrá devenir en una hermenéutica holística, en una experiencia que reúna las ideas y recuerdos del color, sus arquetipos y descriptores, sus propiedades físicas y nuestras percepciones sensibles. Esta experiencia sólo puede ser vivida por nosotros, humanos al fin y al cabo, en el terreno fronterizo y unitivo del universo imaginal, en el mundo subjetivo del alma.

Toda hermenéutica nos permite reconducir la experiencia analítica, dispersa y desdoblada, hacia el mundo del sentido, del vínculo y de la significación, tanto si aquella se aplica a la palabra, al color o al sonido, como a cualquier sistema de signos que sean reconocidos y usados como tales por nosotros, seres conscientes que nos acompasamos con lo real mediante una lectura renovada de sus señales. Esta reconducción, a través de un lenguaje vivo, recreado incesantemente, tiene  lugar allí donde el ámbito de la experiencia conceptual entra en contacto con el ámbito de los aconteceres materiales y perceptivos. Ambas dimensiones se reúnen, al unísono pero sin confundirse, en el universo imaginal (‘alam al mithal), en el lugar donde pensamos el mundo y contemplamos nuestras ideas. La conciencia de la naturaleza integradora del mundo imaginal y de su relatividad es la que hace decir a Ibn ‘Arabi:

“El mundo es mera ilusión; no tiene existencia real. Este es el significado de —jayal— ‘Imaginación’. Imaginas que el mundo es una realidad independiente, distinta de la Realidad —al Haqq— pero en verdad no es nada de eso. Debes saber que tú mismo no eres sino imaginación. Lo que percibes y aquello que señalas como distinto a ti también es imaginación. Así pues, el mundo existencial es imaginación dentro de la imaginación”.

Por la naturaleza abstracta del ámbito conceptual, toda teoría o cosmogonía llevan implícito el riesgo de convertirse en un velo que nos impide acercarnos, de manera viva, abierta y desprejuiciada, a la Realidad. Pero este velo, constituido por referencias y conceptos que tratan siempre de apuntalar una incipiente alegoría explicativa, una teoría o una doctrina, puede ser también la urdimbre que nos ayude a desvelar la vacuidad y relatividad del signo, de aquello que tratamos de  percibir o imaginar, de todo aquello que consideramos objeto de nuestro conocimiento, de nuestro recuerdo y de nuestra percepción.

En el caso del fenómeno luminoso, esta relativización nos ayuda a vivir el color como señal o huella, como soporte transmisor de un mensaje inagotable y transformador y no como realidad inherente, cerrada y desprovista de toda significación.

En la medida en que nos acerquemos al hecho creador, en este caso a la brotación de los colores en la luz, libres de los vínculos y asociaciones —históricas ó biográficas, rutinarias y automáticas— haciéndolas conscientes, des-velándolas, nos libraremos de las cenizas, de las huellas, y estaremos preparados para recibir sus señales mayores, sus más sutiles rasgos y sugerencias de sentido. Quizás por esta razón, las luces coloreadas que surgen en la experiencia imaginativa del artista y del místico auroral marcan un itinerario de regreso a las fuentes de los colores que percibimos, una vuelta al corazón luminoso que goza y sufre con nosotros, al campo unificado que está constituyendo, mediante los latidos de un claroscuro, nuestra visión y nuestra comprensión del mundo.

La mayor dificultad para abordar hoy una tarea hemenéutica holística del color tal vez resida en que este mundo imaginal, mundo intermedio entre el mundo inteligible y el mundo sensible, fue desapareciendo gradualmente del pensamiento y la gnoseología occidentales a partir del Renacimiento, como consecuencia del triunfo del averroísmo en su pugna con la filosofía de Ibn Sina (Avicena), la cual sí se abrió paso y fructificó entre las culturas islámicas mediorientales, árabes, persas y urdus, desde entonces hasta nuestro tiempo.

Salvo en casos puntuales —místicos como Juan de la Cruz, Jacob Boëhme o Swedenborg, pensadores como Heiddegger, o humanistas universales como Goethe— la experiencia intelectual europea ha ido reduciendo paulatinamente la dimensión imaginativa, separando la racionalidad y el pragmatismo del mimetismo y la sensorialidad, una reducción que ha favorecido la eficiencia que requiere todo mecanicismo autorreplicante, toda visión alegorizada y predecible, todo pensamiento desalmado.

La actitud analítica y deconstructiva, tan necesaria para nuestra comprensión, y el desarrollo tecnológico, por sí solos e inconexos, no nos sirven de mucho en el ámbito fenomenológico holístico del color si no están asistidos por la facultad imaginativa, por ese órgano que pone en contacto los datos que nos proporciona la percepción sensorial y los conceptos que usamos para describir los procesos creativos de la realidad, proponer soluciones o diseñar y utilizar nuevos lenguajes.

Por eso necesitamos recordar, ahora y aquí, en el contexto del pensamiento contemporáneo, que la imaginación creadora, la capacidad imaginal, a diferencia de la fantasía, que es caótica y fantasmal, vincula los diversos ámbitos de experiencia que vive el ser humano sin que ello implique necesariamente una merma o negación de su racionalidad, sin menoscabo del pensamiento lógico o de la sensorialidad. La imaginación activa es una acción procuradora de unicidad y de sentido, de significación, que nos revela entonces una lógica profunda y abarcante, metahistórica o transhistórica según la terminología corbiniana.

Necesario recordar aquí también, con Goethe, que la imaginación activa no es más alucinatoria que la percepción ordinaria, ni más intangible que el pensamiento lógico y, sin embargo, es tan humana y fisiológica como la sed. Es sencillamente el órgano que nos permite interpretar lo real y vivir una identidad holística, integral y global, vincularnos de forma más o menos permanente y constante con aquello que denominamos y presentimos como realidad.

La crítica al averroísmo moderno se soporta en un hecho evidente: Aunque el conocimiento tiene una relación estrecha con la vida sensible y con el pensamiento, no es ninguna de esas cosas por separado; también se sustenta esta crítica en otro hecho, normalmente más desapercibido: Fue precisamente el mundo del alma lo que puso en juego el pensamiento moderno, bien para negarlo o excluirlo de la conciencia intelectual y culturalmente correcta, bien para tratar de cartografiarlo mediante la psicología clínica, bien para exaltarlo hasta su extenuación y anclarlo más tarde en la tierra de nadie del arte y de la literatura de género, siempre soportados en lo anecdótico mediante el uso y abuso de una debilitante alegoría.

Es el alma de la humanidad, su Ángel, lo que el Fausto goethiano negocia a cambio de la ilusión transitoria de poseer unas certezas conceptuales, una identidad material y culturalizada que se soporta sobre las cenizas inertes de un mundo desacralizado. La imaginación creadora fue gradualmente sacrificada en las aras de la eficiencia. Alma que se quema y desaparece en ese tránsito, identificada con aquello que envejece y se muere, aniquilándose al mismo tiempo que los fenómenos que trata inú­til­­mente de revestir de fijeza, de permanencia, de realidad.

En el Qur’án encontramos una impresionante descripción de ese sentimiento de frustración que experimenta el ser humano cuando quiere atrapar y definir la Realidad mediante su visión, tratando de descubrir sus fisuras y límites:

“Si, mira de nuevo, una y otra vez, y cada vez tu vista volverá a ti, deslumbrada y realmente vencida...”

(Qur’án, sura 67, aya 4)

Por el contrario, el pensamiento moderno, en lugar de asumir la naturaleza fenoménica de la creación y la inmersión del ser humano en sus aconteceres, propuso un paradigma conceptual según el cual el conocimiento de ciertos fenómenos particulares podría garantizarnos una identidad personal universal, inamovible e inagotable, que nos permitiría predecir el acontecer si dejábamos de prestar atención a la vida inasible del instante, a la experiencia inabarcable latente en el fenómeno. Para ello fue imprescindible dejar a un lado la vida del corazón, la experiencia unitaria del yo trascendente, de ese alma que implica emoción, vulnerabilidad y sorpresa.

Por ello, el pensador contemporáneo occidental, con esa visión faústica ahora agotada, se encuentra a menudo desasistido de sentido y finalidad, necesitado de un marco interpretativo imaginativo y productor, de una hermenéutica que le devuelva al mundo de los lenguajes sugerentes, eficientes y transformadores. Pero aquí y ahora sólo tiene cenizas, productos intelectuales muy sofísticados, una gestión pulcra e interminable de los datos.

El sendero faústico ha producido, además de sobreinformación y superestructura, un pensamiento mecanicista y endogámico, donde la imaginación creadora encuentra poco espacio para su desarrollo y supervivencia, a pesar de que los lenguajes se soportan hoy sobre una poderosa memoria de silicio y una más que eficiente, aunque también frágil, tecnología de software. Quizás la conciencia de todo ello ha propiciado que algunos pensadores, místicos y artistas contemporáneos indaguemos de manera creciente en otras tradiciones filosóficas y existenciales en busca de referencias que nos permitan encontrar y desvelar esas dimensiones significativas deterioradas o perdidas, esas experiencias del yo holístico y unitario, ese mundo intermedio del alma donde se integran plenamente sin confundirse el mundo de lo aparente y la realidad.



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