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Diálogos para trascender la dualidad (VII)

Entrevista con Luis Carlos Aguilera, Prior de Las Ermitas de Córdoba y miembro del Carmelo Ecuménico e Interreligioso

07/12/2011 - Autor: Hashim Cabrera
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Luis Carlos Aguilera

Luis Aguilera Ruiz es sacerdote carmelita descalzo. Licenciado en Teología, en la Especialidad de Espiritualidad, por la Universidad de Comillas, 2002.  De 2002 a 2005 fue profesor del Instituto diocesano de Espiritualidad “San Juan de la Cruz” de Sevilla, impartiendo las materias: “La experiencia mística” y “Santa Teresa de Jesús, introducción a sus obras”. Ha asistido a varios encuentros y seminarios internacionales sobre la mística, entre ellos el Seminario Internacional “La Mística en el S. XXI” impartido por el Centro Internacional de Estudios Místicos de Ávila en el 2000. Ha colaborado con la revista “San Juan de la Cruz” con un par de artículos: “La Música Callada. El silencio como lugar teológico en san Juan de la Cruz” (2004) y “El desierto en san Juan de la Cruz” (2006). Actualmente es Prior de Las Ermitas de Córdoba y miembro del Carmelo Ecuménico e Interreligioso. Es uno de los impulsores de los encuentros de oración interreligiosa “Mesa Unidad” que se celebran en la ciudad de Córdoba desde 2010.

Una de las características más notables de la cultura posmoderna está íntimamente vinculada con la necesidad que tiene el ser humano de recobrar lo sagrado como medio para alcanzar una visión y una conciencia unitarias, integradoras. La dualidad, la confrontación, la alteridad, todos los conceptos que han ido modelando la vida del hombre moderno han mostrado finalmente algunas consecuencias indeseables en forma de aislamiento, individualismo, desesperanza. De ahí la proliferación de iniciativas que tienen como objetivo la reunión de los diferentes, la restitución de los vínculos interpersonales, interculturales, interreligiosos, etc.

Tuve ocasión de conocer a Luis Carlos Aguilera, el ‘Padre Luis’, con motivo de una interesante iniciativa que tuvo lugar el pasado año en Córdoba, el proyecto “Mesa Unidad”, una propuesta de encuentro y oración comunitaria entre hombres y mujeres de diferente tradición religiosa. Cristianos, budistas, musulmanes, agnósticos espiritualistas, vedantas, etc, nos reunimos con cierta regularidad para compartir meditaciones, dikr, música y silencio.

Hemos hablado en más de una ocasión acerca de esa creciente necesidad que tiene el ser humano de nuestro tiempo de recobrar el sentimiento y la conciencia de unidad a través del encuentro interpersonal. También de la problemática que surge cuando desaparecen los vínculos que los seres humanos hemos ido tejiendo trabajosamente durante milenios no sólo con la Divinidad y con la naturaleza sino con nuestros propios congéneres. Tal vez el ser humano ya no se siente parte de una comunidad sino más bien un ser autónomo y aislado que no puede descansar de la sensación de alteridad, de ‘objetividad’, que le producen su visión mecanicista y su materialismo existencial.

Hashim Cabrera ¿Crees viable una conciencia de unidad en nuestro tiempo, ahora que el ser humano casi ha olvidado sus vínculos, no sólo con lo trascendente, sino con la naturaleza y con sus semejantes?

— Luis Carlos Aguilera. Creo que el deseo de unidad es algo que late en el corazón de todo ser humano, y además está asociado al deseo de felicidad. El aislamiento destruye al ser humano (otra cosa son los periodos de retiro y soledad en los que uno renueva los vínculos más profundos con toda la realidad).

Gran parte del sufrimiento es debido a que nos hemos desconectado de nuestra dimensión más profunda, la espiritual, en la cual vivimos de manera natural la unidad de todas las cosas; en esa dimensión reina el amor. Al desconectarnos de ella hemos caído en el egoísmo y en el miedo, y así vivimos de una manera superficial sintiéndonos amenazados por todo. Pero persiste el deseo de ser amados, el deseo de ser felices… el deseo de la unidad. Por eso vuelve a surgir un despertar espiritual y hemos de aprovecharlo para construir un mundo mejor, un mundo que no se halle dominado por el interés si no por las relaciones de amor con todo lo que nos rodea.

Lo sagrado es, en un contexto tradicional, lo inconmensurable, lo invisible, las energías que modelan y mantienen la vida, las estaciones, la fertilidad, etc. El ser humano premoderno es una criatura que no ha perdido aún el vínculo con la naturaleza, que se siente naturaleza y que, a medida  que ha ido organizando su vida con la racionalidad y con el lenguaje, se ha ido distanciando de la conciencia unitaria original. ¿Qué es, en tu opinión, lo sagrado para el hombre de hoy?

— Yo entiendo que lo sagrado es precisamente esa conexión que tenemos con el Origen de toda la realidad, al que se le han dado muchos nombres. Ese Origen está continuamente presente porque, como se dice en la Biblia, “en él vivimos, nos movemos y existimos”, estamos siendo continuamente originados por el Amor. Esto hace que toda la realidad sea sagrada cuando la contemplamos en su verdadera profundidad. Este Origen de Amor es Absoluto y todo lo demás procede de él y por lo tanto es relativo a él, subsiste en él.

Cuando tenemos conciencia de nuestra conexión con él nos sentimos seguros, felices. La pérdida de esta conciencia nos vuelve inseguros, insatisfechos y nos buscamos sustitutos para compensar esa pérdida mediante los ídolos del poder, del placer y del poseer y eso es lo que acaba por convertirse de una manera práctica para nosotros en lo sagrado, “aquello de lo que pende tu corazón eso es tu Dios” decía Lutero. Buscamos la felicidad absoluta en cosas que son relativas y en eso consiste nuestro fracaso. Sin la conexión con el Origen no podemos gozar verdaderamente de la maravilla de todo lo que nos rodea, que siendo relativo nos manifiesta al Absoluto en esa unidad del Amor.

El necesario desarrollo de nuestra conciencia racional, objetiva, dual, nos desligó en parte de nuestra conciencia intuitiva, mística, unitaria. Deberíamos de armonizarlas ambas para funcionar de una manera holística y dar la talla del ser humano en su plenitud.

En nuestro tiempo, la proliferación de movimientos espiritualistas expresa con claridad la necesidad de retornar al ámbito de lo sagrado, de recobrar una experiencia trascendente en la vida cotidiana y actual del ser humano, con relación a sí mismo, a la naturaleza y a la realidad. Sin embargo, a menudo nos encontramos con hombres y mujeres que recorren una y otra vez las diferentes tradiciones de sabiduría, que cogen un poco de aquí y otro poco de allá y acaban en una especie de sincretismo, de ‘religiosidad a la carta’. ¿Por qué ocurre esto? ¿De dónde surge, en tu opinión, la resistencia a seguir una vía determinada?

— Bueno, ya sabes, hay tantos caminos a Dios como hombres; así es que en principio conviene respetarlos todos, siempre y cuando no sean claramente perjudiciales para el hombre. Las grandes tradiciones son tesoros de sabiduría y experiencia que ayudan al hombre a su realización espiritual. En realidad el mayor problema para esta realización espiritual es el ego deformado del hombre; y la cuestión está en que cuando uno pica de aquí y de allá corre el peligro de que sea su ego el que construye el camino a “medida”, con lo cual dará vueltas y vueltas sin resolver la cuestión.

Si uno recorre una gran tradición con corazón y hasta el fondo, superará los posibles defectos de esta tradición y la profunda sabiduría que hay en ella se encargará de desarticular su ego; pero hay que perseverar hasta el fin. La cuestión sobre cuál es la tradición apropiada para cada uno es delicada, pues no podemos caer en el relativismo o en la casualidad; es una cuestión que no se puede resolver de una manera puramente lógica. Para que esto funcione ha de hacerse con corazón y de una manera total, lo cual significa que si de veras te sientes llamado a una tradición, la fe que te une a ella te llevará a considerarla como la más completa. Yo como cristiano que soy no puedo dejar de considerar desde mi fe que la plenitud del camino espiritual está en Cristo Jesús; pero claro, entiendo que un musulmán considere lo propio desde su fe, al igual que un budista o un advaíta; es necesario respetarse y al mismo tiempo ser fiel al propio camino sin dejar de considerar lo que en los otros caminos puede ayudarte a vivir el tuyo con mayor profundidad.

En los encuentros que ha propiciado la Mesa Unidad hemos podido constatar hasta qué punto el encuentro y la oración comunitaria entre hombres y mujeres de diferente tradición religiosa es hoy una necesidad real y una elocuente expresión de nuestro tiempo. ¿Qué conclusiones has sacado de estos encuentros?

— Que la oración y la relación interpersonal (la amistad) son los mejores puntos de encuentro, y para un espiritual una cosa lleva a la otra. Nos hemos sentido muy a gusto con las meditaciones que hemos hecho, pero para mí la verificación de la autenticidad de esta oración está en la verdadera amistad que ha surgido entre nosotros: hemos compartido alegrías y penas, nos hemos comprometido los unos con los problemas de los otros y hemos mirado también a los problemas del mundo. Por supuesto que también ha habido tensiones, pero las hemos superado juntos y eso ha fortalecido nuestra amistad.

Quienes hemos tenido alguna experiencia en el ámbito del diálogo interreligioso sabemos lo difícil que resulta superar las barreras de las diferentes doctrinas, barreras teológicas que a menudo imposibilitan la consideración del otro como un igual. Sin embargo, cuando situamos el encuentro en el territorio de los fines y de los valores sí que encontramos puntos de encuentro y sentimientos de unidad. ¿No seria más fácil abandonar el ámbito de ‘lo religioso’ y plantear el encuentro y el diálogo desde otros presupuestos, quizás netamente espirituales?

— Resulta difícil abandonar completamente el ámbito de lo religioso cuando se parte de presupuestos espirituales, ya que la dimensión espiritual del hombre se expresa precisamente a través del ámbito de lo religioso. Podemos intuir y vivenciar la unidad que subyace en lo profundo de esa dimensión espiritual, pero a la hora de expresarla en un mundo múltiple va a dar lugar a diferentes formas de expresión, como ha sucedido con las religiones históricas; eso pienso que es inevitable, en el fondo somos uno, pero en la forma somos múltiples. Por eso pienso que ese intento de buscar una nueva espiritualidad al margen de las religiones al fin y al cabo acabaría por convertirse en otra nueva religión.

Un amigo musulmán me comentó ese hadiz en el que le preguntan al Profeta el por qué de las diferentes religiones y le viene a contestar que esa es la voluntad de Allah. La espiritualidad siempre tomará forma en el mundo de las formas, lo cual es bueno. Eso no impide que respetando las diversas formas, incluso enriqueciéndonos con ellas podamos percibir, como los místicos, el fondo común que subyace a todas ellas y desde ahí sentirnos uno.

Ciertamente si no nos enredamos en controversias teológicas (respetando cada cual las doctrinas del otro) y vamos a la experiencia de compartir oración y vida promoviendo aquellos valores que son comunes, sobre todo el amor, conseguiremos una mayor unidad entre nosotros y un bien para toda la sociedad.

Córdoba es una ciudad que ha ofertado insistentemente su pasado interreligioso e intercultural como un valor de cambio en el mercado contemporáneo de la cultura. Sin embargo, la realidad actual parece no responder del todo a esos ideales. ¿Crees que el imaginario juega en ello algún papel? ¿Dónde están, a tu juicio, las barreras que impiden o dificultan el reconocimiento?

— Yo creo que la casa no se empieza por el tejado. No podemos promover la unidad entrando en temas o lugares que desde el principio resultan polémicos. Es mejor empezar de una manera humilde y sin pretensiones, si de veras creemos en la oración ya se irán abriendo las puertas que tengan que abrirse. Tenemos una carga histórica de siglos de desconfianza y desgraciadamente hay todavía muchas personas que con sus comportamientos alimentan esa desconfianza. Hay que ir con cuidado y delicadeza.

Tampoco hay que caer en la idealización del pasado, es cierto que hubo una convivencia cultural e interreligiosa muy interesante y con cosas muy bonitas; pero también hubo problemas, violencia e intolerancia. Así que es mejor recoger las cosas buenas del pasado y aprender de sus errores para no volver a caer en ellos.

Eres Padre Superior y al mismo tiempo el miembro más joven de una comunidad de religiosos cristianos. ¿Qué opinan los padres mayores de esta comunidad y en general de la Orden sobre iniciativas de diálogo como la Mesa Unidad?

— Los frailes mayores ya han vivido muchas cosas y en general suelen tener una mente abierta (al haber tenido que adaptarse a muchas situaciones a lo largo de su vida). Este proyecto se ve con ilusión, porque además corresponde a la línea que está siguiendo la Iglesia Católica desde el Concilio Vaticano II; hace poco el Papa Benedicto XVI ha vuelto a celebrar en Asís un encuentro de oración interreligiosa por la paz. Eso si, recomiendan prudencia para no dar pasos en falso, lo cual es un buen consejo porque después arreglar las cosas cuesta más.

Además de los encuentros de oración interreligiosa ¿Qué otras acciones podrían ayudarnos a un mayor conocimiento mutuo entre tradiciones?

— Pues además de lo dicho, sobre construir lazos de amistad en la vida diaria y de comprometerse conjuntamente en acciones sociales, creo que sería bueno dar a conocer en un clima de respeto las doctrinas de las diversas tradiciones, pero yendo sobre todo al sentido profundo que las inspira; porque a veces dos doctrinas diferentes que pertenecen a diversas tradiciones resulta que tienen un sentido profundo común. Conocernos, respetarnos, entendernos y buscar el espíritu común.


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