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Odio, luego sufro de baja autoestima

En defensa del laicismo

04/12/2011 - Autor: Salam Adlbi Sibai
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Autocrítica; Reflexión personal

“Pienso, luego existo”, dijo Descartes.

Humildemente, añado: “odio, luego sufro de bajo autoestima”.

Es muy difícil encontrar una persona que centre su vida en el odio hacia algo o alguien, y no sufra de bajo autoestima y falta de confianza en sí misma.

Esta realidad es común. Todos hemos conocido a alguien que necesita resaltar su odio hacia una persona (puede ser un familiar, un amigo o incluso una figura pública) para desviar la atención de sus fracasos. Es una manera de escapar a su responsabilidad. Pero también es un grito de ayuda, algo así como: “¡no sé cómo afrontar mis problemas!”.

Este grito es distinto según cada caso. Por ejemplo, en algunas ocasiones se trata de un chillido agudo de dolor como: “¡no sé quién soy!” En este caso suele ser una crisis de identidad, que difícilmente puede tener lugar si no existe “algo que creemos que odiamos” y por tanto exageramos en su descalificación, y “algo que creemos que nos encanta” y por tanto exageramos en su valoración.

Un ejemplo es cuando rechazamos nuestro origen hasta el punto de deformar nuestras vidas y nuestros rostros con la intención de aparentar “modernidad, avance y civismo”. Normalmente el resultado es una degradante mezcla de payasada y ridiculez.

Esto puede ocurrirnos en cualquier momento de nuestra vida, porque todos somos personas; aunque suele suceder especialmente en la adolescencia. El problema aparece cuando se trata de una actitud sistemática en nuestras vidas y no de una situación pasajera. Sin embargo, hay algo que agrava, en algunas ocasiones esta situación, y es el cambio de un contexto sociopolítico autoritario a un contexto sociopolítico democrático.

En éste último tenemos la posibilidad de reflexionar, cuestionarnos, profundizar en los asuntos que nos preocupan a través de lecturas y encuentros con los demás. Sin embargo, en un lugar castigado por una cruel dictadura, la coacción y el miedo nos los auto-imponemos, no solamente en nuestras conductas sociales y familiares, sino incluso a nuestro propio pensamiento, como medida de supervivencia.

Algunas personas al salir del férreo control social impuesto por un contexto autoritario, suelen reaccionar de manera irreflexiva y enfermiza. Cualquier estúpido avance tecnológico, cualquier reflexión filosófica superficial o cualquier relación personal “emocionalmente animada”, les desestabiliza, se sienten iluminados (o más bien cegados) por la “Verdad”. Si además, no tienen confianza en sí mismos, se desarrolla en ellos un profundo odio hacia quiénes son (para ellos “a quiénes eran”), y a todo lo que sus padres han luchado durante años para enseñarles y transmitirles; esto ocurre porque necesitan justificarse ante sí mismos y lo hacen adoptando una actitud que podemos calificar de arrogante e incluso xenófoba hacia su origen.

Creen que han redescubierto América, y se dedican a menospreciar todo aquello que un día les hizo sobrecogerse de amor y respeto.

Es triste y amargo que por cambiar de contexto geográfico, decidamos dejar de ser nosotros mismos. No obstante, cuando esto ocurre en base a una reflexión profunda y personal, es un cambio bienvenido, porque se basa en la libertad de conciencia a la que todos tenemos derecho. Sin embargo, cuando ocurre sencillamente por reacción a experiencias desafortunadas, es una razón que da mucho que pensar. Especialmente cuando el hecho de declararse de un pensamiento concreto, supone atacar y humillar sistemáticamente a otros.

Cuando alguien está seguro de quién es, y de que es así porque él lo ha decidido libremente, no necesita atacar a los demás y no teme a las manifestaciones privadas y públicas de otras ideologías o religiones. Además, es capaz de criticar constructivamente tanto lo que es suyo por herencia, como lo que es suyo por adopción, sin necesidad de coaccionar a los demás o importunarles por querer ser como son.

Por ello cuando un amigo nuestro de familia cristiana, musulmana o de cualquier otra religión, abraza otras creencias o se declara ateo, y menosprecia todos los valores que sus padres han cultivado en él y todo el esfuerzo que han dedicado para hacerle persona, lanzándoles indirectas, insultos y humillaciones, manifestando en privado y en público un odio amorfo a todo su bagaje cultural, es porque aún tiene mucho que aprender sobre sí mismo y necesita reflexionar más sobre su ser y estar en el mundo.

A raíz de estos aspectos, es también menester mencionar otro grave problema: “el secuestro del laicismo”.  Desgraciadamente en algunos casos hay personas que piensan que tienen derecho a secuestrar el laicismo en su estrecha manera de entenderlo.

Como algunas otras hacen también con la religión. La entienden de una manera menguada y quieren dar a entender al mundo que es así. No es comprensible que llamemos a estas últimas extremistas y a las primeras no; en realidad, ambas hacen exactamente lo mismo: malinterpretan algo y quieren imponerlo con brutalidad a los demás. Ambas actitudes comparten el mismo grado de injusticia y necedad.

Otra cuestión es ¿por qué algunas personas creen que laicidad es sinónimo de agresividad y falta de maneras? ¡El laicismo es todo lo contrario! Aparte de que no hay nada en la laicidad que se oponga a la libre y autónoma práctica de la religión.
El objetivo de la secularización no es que la religión desaparezca, sino “la regularización igualitaria de su presencia en los espacios públicos plurales”1. Que son dos cosas radicalmente distintas.

Como señala Moreras2:

“Lo verdaderamente paradójico ha sido ver cómo discursos con un contenido claramente xenófobo se han envuelto de un aparente velo de progresía reclamando una laicidad que formula tras de sí un evidente sentimiento islamófobo”. 2a

Hay algo que también llama la atención, y es la gran coincidencia que existe entre los discursos y comportamientos de los extremistas de todos los colores (Lesley Hazelton 3). Un ejemplo clarificador podría ser el de los fundamentalistas religiosos y el de los extremistas “ideólogos” que se hacen eco enfermizamente de teorías como la del choque de civilizaciones y culturas. Pero además, añadiría a estos dos, las personas cuya actitud he descrito en las páginas anteriores. Esto se ve con asiduidad en los debates que tienen lugar en los grupos de facebook. Estas discusiones son en un alto grado muy constructivas y enriquecedoras, sin embargo, y lamentablemente, en algunas ocasiones acaban siendo algo huecas de razonamiento. No solamente por el tono enfurecido que se utiliza para expresar la opinión propia (y que no se entiende exactamente sus razones). Sino porque se utiliza como argumento “experiencias negativas personales”, para criminalizar y descalificar a toda una ideología o religión 4. Pero hay algo peor: en el momento en el que alguien intenta hacer ver que esta manera de pensar es similar al extremismo ideológico, puede correr el peligro de ser extinguido, no como persona (¡menos mal!) pero sí como “compañero de discusión”.

Algo que también es grave, porque es una de las premisas de la intolerancia y el autoritarismo: confundir en los debates los argumentos con las personas que los formulan. De manera que dialogamos por la paz, la justicia y la libertad, pero aún necesitamos mucha experiencia para aprender a debatir con paz, justicia y libertad.

Muchos nos negamos a consentir que se justifiquen ciertas vulgaridades con la laicidad. Por ejemplo, que en un contexto tan sangriento como es el de la Revolución legítima y pacífica siria, se lleguen a formular exabruptos contra los lemas que utiliza el pueblo sirio para afrontar la muerte y la tortura, calificándolos de “lemas religiosos”. Sin duda, lo último que nos quedaba por oír. Parece mentira que aún no nos hayamos dado cuenta de que las revoluciones legítimas que están teniendo lugar desde Túnez hasta Yemen, pasando por Libia, Egipto y Siria, tienen como uno de sus principales objetivos el vivir y dejar vivir, sin imponer ideologías obsoletas y destructivas, y además ya probadas y “requeteprobadas” hasta la saciedad 5. Otro ejemplo lo encuentro en una actividad cultural que tuvo lugar hace unos meses. Recuerdo que en el descanso una de las participantes estaba recordando a algunos de sus amigos que era el momento de rezar, entonces otros dos compañeros se miraron de reojo entre ellos y comenzaron a reírse…se me quedó grabada la imagen de la chica, que dolida, comentó más tarde que algo así nunca le había pasado con compañeros “católicos, apostólicos, romanos” ni ateos.

Deberíamos leer más, y no solamente textos con los que coincidamos ideológicamente, sino sobre todo, autores con los que estamos en desacuerdo, y reflexionar sobre nosotros mismos, porque cuando necesitamos problematizar sandeces o negar a un pueblo que desarrolle su identidad, falsamente en nombre del laicismo, y con el objetivo de afirmar nuestra personalidad e ideología, añadiendo la excusa obsoleta de que los ciudadanos que pertenecen a minorías étnicas y/o religiosas se pueden sentir aludidos, es que no estamos seguros ni de nosotros mismos ni de lo que pregonamos.
De ahí que “odio, luego sufro de bajo autoestima”.

Notas
1.- Ramadan, T. (2011). Mi visión del islam occidental. Barcelona: Editorial Kairós.
2.- Moreras, J. (2002). Lógicas diversas, configuración comunitaria e integración social de los colectivos musulmanes en Cataluña. En J. De Lucas y F. Torres (eds.), Inmigrantes: ¿cómo los tenemos? Algunos desafíos y (malas) respuestas. (pp. 196-217). Madrid: Talasa Ediciones.
2a.- Podríamos sustituir la palabra islamófobo, con el término religioso, sin que cambie el mensaje de la cita.
3.- Como indica esta pensadora en su conferencia “On Reading the Koran”  http://www.ted.com/talks/lesley_hazelton_on_reading_the_koran.html
4.- Como dice F. März: “que a nadie le choque una expresión, no dice nada sobre su contenido de verdad” (2001: 145). März, F. (2001). Introducción a la pedagogía. Salamanca: Sígueme.
5.- Como dice el famoso dicho árabe “من جرب المجرب كان عقله مخرب”, “El que prueba lo probado, tiene la cabeza estropeada”.

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