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La batalla de Uhud

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

04/12/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Miniatura turca del siglo XVI, representando la batalla de Uhud

Habían pasado ya trece meses desde el encuentro de Badr, y la tregua entre Meca y Medina estaba lejos de producirse. Mientras tanto las relaciones judeo-islámicas en Medina se habían envenenado y una delegación judía se dirigió a Meca con el objeto de incitar a los coraichíes a la revancha; sin duda esta delegación aseguró su apoyo en Medina a los mequíes. Esto apresuró los preparativos de estos últimos, y el mes Chanwal 3 H. vio un ejército de 3.000 combatientes mequíes, aliados y mercenarios partir contra Medina. El Profeta era de la opinión de encerrarse en la ciudad y sostener el sitio, pero los jóvenes insistieron para que se atacara al enemigo fuera de la ciudad en batalla campal. Como los invasores habían acampado en el noroeste de Medina, el Profeta fue hacia ellos; pasó la noche en Chayain (entre Medina y Monte Uhud, allí donde se encuentra ahora la mezquita Chaiyain); y su mujer Umm Salama le llavó la cena (Samhudi, 2ª ed. P. 865), y por la mañana avanzó hasta Uhud, instalando su campamento en una garganta sin salida del monte.

Según lo pactado, los judíos de Medina hubieran debido combatir al lado de los musulmanes para defender la ciudad, pero la mayor parte de ellos rechazó batirse con el pretexto de que el encuadramiento estaba previsto para un sábado. Sin embargo un pequeño grupo de judíos se presentó, pero el Profeta, sospechando de ellos, les negó la entrada en el campo musulmán. Con setecientos musulmanes solamente, fue al encuentro de tres mil enemigos que disponían de una potente caballería de 200 caballos. La estrategia del Profeta fue eficaz; la caballería del enemigo cuya mitad quedó con la infantería, fue inmovilizada, mientras que la otra mitad hizo un  largo recorrido más allá del Monte Uhud para atacar las líneas musulmanas por detrás, pero fue impedido por los arqueros musulmanes colocados en un estratégico montículo; el terreno permitió a los musulmanes resistir a un enemigo cuatro veces más numeroso.

La primera fase de la batalla vio huir al enemigo ante los asaltos musulmanes. Los arqueros musulmanes, que habían inmovilizado a la caballería enemiga, olvidaron la orden expresa del Profeta: “No dejéis vuestro puesto ni aunque veáis que los pájaros comen nuestros cadáveres”. Sus jefes se lo advirtieron y quedaron en su sitio, pero la mayor parte de estos arqueros, dejaron su puesto para saquear al enemigo derrotado. Esto cambió todo: la otra mitad de la caballería enemiga, siempre vigilante, atacó de nuevo y penetró detrás de las filas musulmanas. Los musulmanes dieron media vuelta para defenderse contra la caballería; lo que aflojó la presión sobre el cuerpo principal del enemigo, los huidos volvieron para reemprender el ataque. La situación se hizo crítica para los musulmanes, cogidos entre dos “fuegos”. En esta confusión un soldado enemigo dijo que había matado al Profeta. Esto fue la derrota para los musulmanes que huyeron en todas direcciones. Muhammad fue herido, cayó incluso en uno de los pozos clandestinamente excavados y camuflados por el enemigo. Pero había por los menos un pequeño número de fieles, entre ellos algunas mujeres, que continuaron la batalla defendiendo a su Profeta. No viendo que quedara gran cosa que hacer, el enemigo comenzó a retirarse del campo de batalla. Los musulmanes perdieron 70 hombres, entre los cuales se encontraba Hamza, tío del Profeta.

Las mujeres se habían distinguido en esta batalla; al comienzo, el enemigo perdió, uno tras otro varios de sus portaestandartes, hasta que nadie se atrevía a recoger las banderas caídas en tierra; en este momento, una ahabichí, ‘Amra, lo levantó y lo defendió hasta el fin de la batalla. Hassân compuso entonces una sátira contra los mercenarios mequíes de la tribu de Ahabich: “Si una mujer harithí no hubiera estado allí, vosotros hubierais sido vendidos en el mercado como esclavos”.

Por su parte, Hind, esposa de Abû Sufyan, comandante en jefe del enemigo, no olvidó su promesa: se dirigió hacia el cadáver de Hamzah, tío del Profeta, el cual había matado al padre y al hijo de Hind en Badr; abriéndole el vientre le arrancó el hígado y lo masticó en su boca. Después le cortó la nariz, las orejas etc., y se hizo con todo ello una guirnalda. Otra mequí, Sulâfa, hija de Sa’d, cuyos hijos habían muerto en Hud, juró que bebería el vino en el cráneo del que lo había matado.

En cuanto a las musulmanas, una de ellas, Umm ‘Umâra combatió igual que un hombre y sus hazañas suscitaron la admiración del Profeta. Otro tipo de valor lo encontramos en Hind, hija de ‘Amr, musulmana mediní de la tribu de Dinar: después de la batalla, cuando los musulmanes volvieron a Medina, supo que su marido, su padre y su hermano, habían muerto todos; entonces preguntó: “Y el Profeta, ¿qué ha sido de él?.” Cuando le dijeron que estaba sano y salvo y lo vio personalmente, improvisó un verso que expresaba perfectamente sus emociones: “Ya que estás vivo, podemos olvidar todas las demás desgracias”.

Para volver a la batalla propiamente dicha, con la ayuda de algunos de sus fieles el Profeta salió del pozo, subió al Monte Uhud, y descansó en una caverna situada en el lado este del mismo, caverna venerada por los peregrinos hasta nuestros días. Poco a poco los musulmanes supieron la noticia y comenzaron a reunirse delante de esta caverna. Un grupo de enemigos trató de conquistar la cima, pero ignorando la presencia de Muhammad, no se interesó mucho por este puñado de musulmanes que le lanzaba desde lo alto piedras con toda seguridad. Abû Sufyan dio una última vuelta por el campo de batalla antes de retirarse; se aproximó a la caverna y preguntó en voz alta: “¿Está Muhammad vivo?”. El Profeta prohibió contestarle. Abû Sufyan continuó: “¿Está vivo Abû Bakr?, ¿Está vivo ‘Ummar?, etc”. No recibiendo ninguna respuesta, se regocijó diciendo: “Seguramente están todos muertos. ¡Alabado sea nuestro ídolo Hubal!”. ‘Umar no pudo más callarse y gritó para sacarlo de su error, Abû Sufyan reconoció la voz de ‘Umar, supo que el Profeta estaba vivo, y que incluso oía el diálogo. Es sorprendente que Abû Sufyan se contente entonces con decir: “Una jornada por una jornada: Uhud por Badr; Hanzalah (ibn abi ‘Amir), por Hanzalah (mi hijo); si queréis, venid a buscarme el próximo año en Badr en la misma época”. Después se retiró con sus tropas, para dirigirse a Meca, sin pensar siquiera en saquear Medina, ahora indefensa. ¿Fue una mala decisión? ¿Es que Abû Sufyan había ya licenciado a sus mercenarios y tuvo que resignarse, ya que sólo no podía reducir la última bolsa de resistencia musulmana, por importante que fuera? ¿Acaso guardaba un sentimiento afectivo por su amigo de infancia al que admiraba de corazón y, teniendo ya ganada una victoria, quiso contentarse con ella, no guardando odio contra el Profeta en sí mismo? ¿Acaso habiendo visto, al comienzo de la jornada, la debilidad de sus mercenarios, cuya probada cobardía le hubiera hecho perder la batalla, no quiso intentar un nuevo combate de resultado incierto? ¿Acaso temía un cambio de la situación en favor de los musulmanes que hubiera estropeado la victoria ya conquistada?. En cualquier caso, sería absurdo creer que Abû Sufyan hubiera deliberadamente traicionado a sus conciudadanos paganos, ya no tenía nada que ganar en ello.

Siempre prudente y guardando su presencia de ánimo, el Profeta que había enviado un explorador para estar informado sobre los movimientos del enemigo, supo que este iba montado en los camellos y llevaba el caballo a su lado. Muhammad declaró: “Van listos para hacer un largo viaje; si hubiera querido atacar Medina, irían montados sobre los caballos”.

El Profeta se hizo cuidar las heridas, supervisó el enterramiento de los muertos, dirigió los oficios (salat), no de pie sino sentado y se dirigió a Medina. No comprendiendo el motivo de la retirada enemiga, creyó incluso su deber perseguirle que esto podría hacer que el enemigo se arrepintiera de la decisión tomada y cambiara su decisión. No estaba equivocado; pero estas precauciones bastaban para que el enemigo continuara su viaje, ya que los mercenarios no tenían ningún interés en arriesgar sus vidas sin nuevos sueldos.

Recordemos de paso que el monje Abû ‘Amir, a la llegada del Profeta a Medina, se había voluntariamente expatriado para instalarse en Meca. Acompañó a los mequíes en la expedición a Uhud; fue él quien perforó los pozos y los camufló. Al final del combate, se dirigió a las líneas musulmanas, y lanzó una llamada a sus antiguos conciudadanos para que desertaran del Profeta. No se esperaba evidentemente la ruda acogida que iba a recibir su llamamiento.

La tragedia de ar-Rayi’

Los mequíes habían anunciado los precios para las cabezas de los musulmanes. Algunos miembros de la confederación Ahabich (entroncados con ‘Adal y Qârah) se habían dirigido a Medina algunos meses después de la batalla de Uhud para pedir el envío de misioneros, el Profeta les escogió una decena; pero cuando éstos llegaron a ar-Rayi’ en las afueras de Meca, los traicionaron por la noche; y al querer resistirse al apresamiento, la mayor parte fueron asesinados en el campo por los habitantes de la ciudad. No obstante tres de ellos aceptaron ir con los hudhailíes, habitantes del lugar, que les habían prometido respetar sus vidas y contentarse con un rescate. Se encaminaron con ellos hacia Meca pero uno de ellos presintiendo las brutalidades que se iba a ver obligado a soportar y el destino que le esperaba, logró desatarse de sus ligaduras, y después de una lucha, fue muerto. Los otros dos fueron entregados a los mequíes a cambio de dos prisioneros hudhailíes que estaban en Meca. Safwân ibn Umeya a uno de los dos, y lo envió a su esclavo Nastas (¿Anastasio? ¿cristiano?)  para que él lo matara públicamente. Los espectadores de esta ejecución pública insultaron al Profeta, pero quedaron sorprendidos e incluso conmovidos de ver como un musulmán amaba a su Profeta, incluso frente a una muerte cierta. La misma suerte esperaba al otro prisionero, y su comportamiento conmovió a la familia encargada de su custodia en su propia casa, hasta tal punto que pronto abrazó el Islam. En efecto antes de ser conducido al lugar de la crucifixión, el prisionero pidió un barreño para hacer sus abluciones y prepararse así para la muerte. Al ama de la casa le mandó el barreño con su propio hijo, un niño. Fue demasiado tarde cuando se dio cuenta que era peligroso para un niño dirigirse a un condenado a muerte. Pero Jubaib, el prisionero, tomó el barreño, y acarició al muchacho diciéndole que un musulmán no traiciona la confianza que han puesto en él; luego lo dejó partir. Revelemos un pequeño detalle sobre las supersticiones mequíes: para los mequíes, el territorio de la ciudad era sagrado; para matar a los desgraciados, se los conducía a Tan’im, fuera de tierra santa. Se divertían torturando durante mucho tiempo dándole con sus lanzas al prisionero.

El desafío revocado

En Uhud, Abû Sufyan había desafiado a los musulmanes para un reencuentro en Badr, un año después de la batalla de Uhud: Los musulmanes fueron a la cita, pero los mequíes anunciaron que a causa de la sequía, aplazarían el encuentro para otra ocasión. Los musulmanes se quedaron allí esperando; se cargaron de mercancías, en vez de armamento, y la feria anual que tenía lugar en ese momento en Badr les aportó considerables ganancias; entonces los poetas musulmanes compusieron versos para ridiculizar la cobardía de sus adversarios.


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