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Últimos autos sacramentales

No hay ya narración que resista el impulso de la realidad, de esos aconteceres que hoy dibujan un tiempo intenso más allá del claroscuro de la historia

27/11/2011 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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La narración mediática aprovecha el apagón natural para devenir en auto sacramental

“Y ¿qué son autos? Comedias a honor y gloria del pan que tan devota celebra esta coronada Villa, por su alabanza sea confusión de la herejía y gloria de la fe nuestra, todas historias divinas.”

Lope de Vega

Un ciclo más, la luz va hundiéndose en el invierno, haciendo que nuestras miradas se inclinen como queriendo reconciliarse con la frialdad de las sombras. La narración mediática aprovecha el apagón natural —cambio horario incluido— para devenir en auto sacramental, en alegoría que quiere revivir resecas identidades muertas, actualizar los dramas seculares y hacerlos perdurar en un mundo que no reconoce ya más doctrina que la del mercado… pero todo es en vano… la función ha terminado, el auto no puede representarse ya, los caballeros lloran a las puertas del templo del dinero y las señoras temen lo peor… Pero no se asusten, no hay ya narración que resista el impulso de la realidad, de esos aconteceres que hoy dibujan un tiempo intenso más allá del claroscuro de la historia.

No, esta vez estamos saltando sin red y al unísono, más allá de nuestra voluntad, como esos pájaros que dibujan formas en el cielo danzando en una marea de sentido, de conciencia integrada… asumiendo la responsabilidad de recibir el regalo de la vida, volando libremente con todas las consecuencias. En el mejor de los casos tal vez ahora trazamos ciertas líneas que enmarcan el rostro amable del futuro pues son ya muchos los humanos que asoman la cabeza entre el líquido turbio de la mente y de sus vacías representaciones.

En ese circo mediático, unos payasos tristes tratan inútilmente de emocionarnos. Primeros actores casi vitalicios mueren o son asesinados, dimiten por fuerza mayor o simplemente son sustituidos por otros. La abolición de la soberanía de los pueblos está resultando un proceso bastante doloroso que, al mismo tiempo, nos está regalando imágenes memorables y advirtiéndonos de una regresión aún más profunda hacia la barbarie.

Quizás lo que más nos sorprende ahora sea esa sensación como de estar en la calle, callados, saliendo de la sala de cine con las manos en los bolsillos y con la impresión de la película aún viva en nuestras retinas y en nuestras almas, disfrutando de nuevo ingenuamente del ‘mundo real’, alegrándonos de que todo haya sido al fin eso, una película, reconciliándonos con nuestra sombra o añorando las sensaciones ‘reales’ que ciertas imágenes o sonidos nos arrancaron.

Miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de que hemos huido a un mundo virtual que no puede colmar nuestra necesidad de comprensión, de experiencia de realidad, de contacto erosivo —en el sentido de que nos hace mella, nos transforma en un sentido u otro— y sobre todo de belleza. ¿Por qué prohibir todas esas cosas bellas que no sólo no nos hacen daño sino que nos tornan, si cabe, más humanos? Belleza compartida desde la mayor pobreza e indefensión, desde ese rincón abierto por la sinceridad que acoge lo más humano de nosotros mismos, esa energía que pulveriza cualquier representación, cualquier sucedáneo, cualquier otra cosa que no sea vivida por cada uno de nosotros como nítidamente real.

Necesitamos recobrar esa calma —ya no con urgencia sino con conciencia— esa soberanía que perdimos por miedo, por ignorancia o por comodidad, tomar el mando de esas carcasas a que estamos siendo reducidos por la procesadora global y comenzar a andar con una sonrisa, sonreir al mundo, a los otros…, no necesitamos nada más.

Tras la debacle de las representaciones, después de la apoteosis de nuestros ídolos, comenzamos a habitar una tierra post-icónica, a vivir en un escenario inédito que no responde a los requerimientos del viejo auto sacramental —es decir, que no empatiza con los lenguajes alegóricos, coercitivos— sino que valora y vive la sencillez como una manera más elevada y sabia de ser humanos. Una tierra cargada de sentido, una revitalización de la mirada que de nuevo contempla los más nobles horizontes, insha Allah.


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