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El sufismo andalusí: Abu Al Barakat

Abu Al Barakat fue un gran cadí de la Corte de Granada, afamado por su inteligencia y honor

15/11/2011 - Autor: Rafael Aldehuela - Fuente: www.laopiniondemalaga.es
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Y fue uno de los grandes hombres de aquella Al Andalus que admiraba al mundo

Abu Al Barakat fue un gran cadí de la Corte de Granada, afamado por su inteligencia y honor, llegó a ser visitado por el gran viajero árabe Ibn Battuta que andaba de viaje por Ronda, Marbella y Málaga y según escribió el notable viajero, no le decepcionó. Después, Barakat fue cadí de Marbella y Málaga, pasando a serlo también de Almería, donde finalmente falleció. Pero sobre todo, fue uno de los primeros padres del sufismo andalusí.

Definió el sufismo como «El sufí es la expresión del hombre justo, santo, asceta, que no tiene vanidad ni por su origen ni por su causa, se preocupa por la cultura, conoce su época y sabe conducir con sus riendas las nobles acciones, no toma su propia defensa, no piensa en el mañana ni en el ayer, la ciencia es su amiga, el Corán su guía, la verdad su defensa, mira a las criaturas con compasión y a sí mismo con cautela y severidad». Y fue uno de los grandes hombres de aquella Al Andalus que admiraba al mundo. Anteriormente a él, por estas tierras y hasta el miércoles 20 de octubre del año 931 en que falleció, anduvo Ibn Masarra que compartió su vida con el califato de Abderramán III, difundiendo sus ideas y teorías. Basado en las teorías de Plotinio de Alejandría y Empédocles, tenía su particular visión de la creación del mundo, para ello, usualmente recurría a la parábola de Alí, el yerno de Muhámmad, mediante la cual se afirma que las partículas de polvo que flotan en el aire no serían visibles sin la irradiación del sol, y los rayos del sol tampoco se distinguirían en el aire si no existieran estas partículas; el sol simboliza la luz divina, y el polvo la materia original. Así pues, según esta visión, el mundo carece de realidad propia, ya que solo es un reflejo del único absoluto, es decir, Dios o Allah.

Su forma de vivir y sus enseñanzas que ignoraban la idea del infierno y extendían la de la libertad del individuo, fueron consideradas en su tiempo como una herejía que a punto estuvo de costarle la vida. Sus discípulos, los masarristas, un reducido número de adeptos que le sobrevivieron, tuvieron que esconderse y comenzaron a ser perseguidos, aunque sus enseñanzas y sus doctrinas de un modo casi milagroso siguieron siendo conocidas, pese al hecho de que hubieran de transmitirse boca a boca, porque Masarra no escribió ni un solo libro.

Uno de estos discípulos, Ismail al-Roainí, busco refugió en Almería, concretamente en la localidad de Pechina, desde donde impulsó estas ideas que entre otras abominaban el matrimonio temporal y la apariencia externa, otorgando a la religiosidad ese interiorismo que tanto identifica al sufí. Estas tesis acabaron perteneciendo a aquellos grandes cristianos a quien todo el mundo un día conoció como Cátaros. Y entonces nació en Málaga el gran Avicebrón, judío, pero gran conocedor de la doctrina masarrí que una vez establecido en Aragón se encarga de propagar. En el mundo judío el sistema masarrí se propaga a través de él. Su poesía y sus enseñanzas nos hablan de la búsqueda de la fe a través de la razón, con la ayuda de la iluminación divina, como ya hacen los pensadores musulmanes llamados israqies o iluministas. Un grupo al que también perteneció el mismísimo Dante Alighieri, el creador de la inmortal Divina Comedia.

Por aquel entonces vivía en Al Andalus un murciano que predicaba el sufismo, se llamaba Ibn Arabi y fue su gran impulsor. Hoy en día, su tumba en Damasco es uno de los centros de peregrinación mundial del Islam. Dante fue, sin duda un israqí que utilizó las ideas de Ibn Arabi que a su vez, antes había usado y bebido de las enseñanzas de nuestro paisano Avicebrón, esas que tanto complacieron a los cátaros en su visión del mundo y que como los antiguos sufíes andalusíes también acabarían siendo acusados de herejía. Dante, en su visión del Paraíso, para explicar su idea de la Creación, copia las ideas de estos dos grandes andaluces. También, en el uso de símbolos y alegorías, copia casi literalmente a Ibn Arabí, sobretodo en la ascensión alegórica de Beatriz al Paraíso y simboliza con un águila al conjunto de toda la Inteligencia Universal, es decir, exactamente igual que como lo hace Ibn Arabi. Las ideas del sufismo andalusí se extendieron como la pólvora por todo el universo islámico, llegando hasta países tan remotos como Persia, Iraq y la India. Esto contribuyó a lo que se ha llamado la gran explosión de los «ixraquies» en el Islam, sobretodo oriental. En realidad, la fuente donde todos los filósofos quieren explicar el origen del Cosmos, es de origen andalusí.

Hoy día los libros de Ibn Arabi, son reeditados constantemente en el Cairo, Constantinopla y Bombay. Los principios fundamentales de esta escuela y los símbolos de su lenguaje son utilizados actualmente en los léxicos de los sufíes. Más aún, las órdenes y cofradías monásticas de oriente se siguen inspirando en las reglas contemplativas originales de la escuela sufí de Al Andalus. Las ideas de nuestros compatriotas, aquellas que hicieron grande el mundo de entonces, siguen vivas desde entonces y explican el origen divino del ser humano desde el sufismo, algo muy desconocido para los andaluces de hoy en día. En el sur de Francia, existe una tierra encerrada entre la montaña y el mar, de verdes viñas y azules aguas, llamada Languedoc. Dicen por estos lugares que huyendo de las persecuciones a los que los seguidores de Jesús se vieron sometidos en Tierra Santa, María de Magdala, la Magdalena, junto a sus hermanos y algunos discípulos atracaron en una barca que desde allí había partido, en la localidad de Arlés, junto a la desembocadura del Ródano y donde siglos después Vincent Van Gogh ganó su inspiración para construir gran parte de su obra pictórica.

Dicen también que desde Arlés se encaminó a Marsella donde evangelizó Provenza. Dicen que murió en Aix-en-Provence y que está enterrada en St. Maximin, donde tras una urna de cristal se puede ver su cráneo. Y dicen que cuando llegó, estaba embarazada...

Fue en el año de 1243 cuando todo ocurrió. Los cátaros habían criticado severamente a la Iglesia Católica aduciendo que se desviaba totalmente del cristianismo primigenio, fundamentalmente de las enseñanzas del Evangelio de San Juan, el único reconocido como modo de vida por su filosofía. Como contraprestación, el Papado les declaró herejes. Cuentan que los ahora herejes cátaros, en número de unos quinientos, se refugiaron en el Castillo de Montsegur, impresionante e inexpugnable fortaleza, donde resisitieron cuantos asedios padecieron por parte de los aliados del Papa. Finalmente Pier Roger de Mirapoix y Ramón de Péreille iniciaron en el mes de marzo de ese preciso año, las negociaciones para favorecer la rendición de los asediados. Para ello, les otorgaron la gracia de elegir, o bien abjurar de sus creencias, o bien morir en la hoguera.

El 15 de marzo de 1244, los supervivientes, que sin contar a los niños, entre hombres y mujeres sumaban la cifra de doscientas diez almas, celebraron el equinoccio de primavera entregándose posteriormente a sus sitiadores. Ninguno de ellos abjuró, por lo que al día siguiente, 16 de marzo de 1244, todos ardieron en la hoguera. En el mismo lugar donde murieron cantando, existe hoy una lápida con la inscripción: «A los cátaros, a los mártires del puro amor cristiano». El lugar se llama el Campo de los Quemados y en su memoria, el grupo de rock Iron Maiden les dedicó su canción Dance of Dead. Los cátaros no creían en Jesús pues pensaban que era un hombre como ellos, engendrado en María y casado con Magdalena… La filosofía de estos hombres, conocidos como «hombres buenos», era una réplica de aquella que en tierras aragonesas, curiosamente la tierra de los cátaros, había predicado nuestro Avicebrón… Curiosa conexión entre el sufismo y el catarismo. Curioso también que ambos en su día fueran tildados como herejes e incluso acabaran siendo perseguidos. Los cátaros fueron en su totalidad exterminados en la Edad Media.

Sin embargo, aquellos grandes hombres que dieron su origen al sufismo andalusí, no. Yo personalmente conozco a unos cuantos, nacidos en Málaga, ya no conservan la «s» en su apellido y han transformado «Israqi» por «Iraqi». Siguen siendo admirables y verdaderamente siguen buscando el camino de la fe a través de la razón. Los historiadores dicen que Iraq, tiene ese nombre como consecuencia de que esa palabra corresponde a su significado de "Irán pequeño" en la antigua lengua de sus habitantes.

Por mi parte, a mí me gusta pensar que corresponde al sentir de los antiguos Israquíes, aquellos que nacieron en Al Andalus y que profesaban las ideas de Alí, el yerno de Muhámmad, del que algunos descienden. Como les contaba, algunos conviven con nosotros en Málaga y un día del siglo XIII cambiaron la concepción de buena parte del mundo…


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