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El Shaij al-Alawi y los misioneros

Allah preserve nuestro Îmân y nos haga seguros y fuertes en el Islam

13/11/2011 - Autor: Sidi Ali Kazim - Fuente: Zawiya Shadhiliya Darqawiya Al-Alawiya
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Sheij Al Alawi

Al-Balâg es el nombre de una publicación periódica que fundó un gran maestro sufí de este siglo, el Shaij Sidi Ahmad al-‘Alawi (radiallâhu ‘anhu) en Mostaganem (Argelia) y que comenzó a editarse en 1926. Resumimos a continuación un extenso artículo publicado el 10/05/1929, en el que un tunecino convertido al metodismo cuenta sus experiencias con los misioneros que pululaban por el Norte de África, como todavía lo hacen hoy, intentando convencer a los ‘moros’ de lo bueno y provechoso que es ser cristiano. Es especialmente interesante el artículo porque en él se reflejan fragmentos de conversaciones que mantuvo con el Shaij al-‘Alawi (radiallâhu ‘anhu) y sirve por tanto para conocer sus opiniones respecto al cristianismo así como sus conocimientos sobre la religión de los colonizadores franceses de su país.

1- Me llamo Hásan ibn Muhammad al-Qabâili. Nací y crecí en Túnez, donde realicé mis estudios primarios. Me refugié en Argelia huyendo de disturbios políticos que tuvieron lugar en mi país cuando yo aún era adolescente. A los diecisiete años entré en contacto con una asociación protestante americana conocida por el nombre de Iglesia Metodista. Tenían sedes por todo el Norte de África y buscaban a criaturas desamparadas con la intención de iniciarlas en sus creencias. Mi inmadurez y la melancolía que sentía por estar lejos de los míos me convirtió en una presa fácil. Me trataron bien y con simpatía, ganándose con afectos mi confianza. La verdad es que supieron enredarme hasta hacer de mí un cristiano fanático.

Cuando se aseguraron de mi fidelidad me enviaron a Inglaterra para que completara allí mi formación cristiana. Fui recibido con todo fasto, se alegraron de tener a un musulmán convertido a su religión porque en verdad eran muy escasos sus éxitos. Decidieron hacer de mí la clave de la predicación del cristianismo por el Norte de África y creían que a mí me resultaría más fácil que a ellos convencer a los ‘indígenas’, que siempre los miraban con ojos recelosos. Y, efectivamente, me prepararon a fondo. Me enseñaron todo lo que podía saber acerca de la Trinidad y sus demás dogmas, a la vez que encendían en mí y alentaban un rencor visceral hacia el Islam. Me convencieron de que el Islam era el culpable de la decadencia de los pueblos musulmanes y que los europeos estaban en África para alumbrar la inteligencia que el Islam había apagado. Me hicieron creer que sus deseos más ardientes eran los de liberarnos del atraso y la superstición.

Solicité una beca para ir a América y licenciarme como misionero. Y ahí ya sí me enseñaron todos los trucos que había que emplear para disuadir a los musulmanes. Yo estaba tan fascinado ante ese mundo tan teatral que jamás ponía en duda nada de lo que me decían: tal era el poder de convicción que tenían. Llegué a odiar la simple palabra Islam o el nombre de Muhammad (s.a.s.), ¡Allah me lo haya disculpado! La verdad es que aprendía deprisa y llegué a sorprender a mis maestros, pues era capaz de inventar tretas más sutiles que las que me enseñaban. Me hice experto en el arte de la seducción y en el de crear dudas y guiar una conversación al campo que quería.

Me designaron como misionero en Argelia y me dieron un puesto en su organización en la ciudad de Blida. Ahí comencé mi trabajo el dieciséis de abril de 1927. Me arrastraba un enorme entusiasmo que me hacía predicar el Evangelio a todas horas. Me dirigía a las aldeas y hablaba a los beduinos. Asistía a todas las fiestas donde sabía que la hospitalidad obligaba a los anfitriones musulmanes a aceptarme. Acudía a los zocos y esperaba a la gente desde temprano.

¿En qué consistían mis enseñanzas?: básicamente se trataba de resaltar el carácter defectuoso del Islam, demostrar la inhumanidad del Profeta (s.a.s.) y deshacerme en elogios hacia el cristianismo. Les decía: “Mirad a los europeos, fijaos donde han llegado mientras nosotros estamos atrasados en todo. Aprendamos de ellos”. En eso se me dijo que tenía que insistir mucho. También mentía diciendo que por todo el mundo los musulmanes se estaban haciendo ya cristianos. Y después les ofrecía copias traducidas al árabe de los Evangelios. Algunas las regalaba y otras las vendía. Muy pocos era a los que convencía, pero yo decía a mis superiores que en esta etapa era suficiente con introducir dudas entre los musulmanes. Había entre nosotros algunos que se habían convertido, pero era evidente que lo hacían movidos por algún interés, por conseguir alguna prebende de la administración francesa, y eso entristecía a mis jefes. Yo les decía que todo eso era un paso previo.

Así iba todo, y los musulmanes ni se atrevían a replicar por temor a indisponerse con los franceses. Así iba hasta que conocí al Shaij al-‘Alawi, al que Allah conceda una vida duradera para bien del Islam. Mi bendito encuentro con él tuvo lugar el 28 de octubre de 1928. Yo me encontraba en Argel y un día, en un restaurante, escuché a un grupo hablar del Shaij. Era considerado un maestro, un experto en el Islam, capaz de reunir a mucha gente. Por el dueño del restaurante me enteré que tenía ese mismo día una reunión, pues el Shaij había venido desde Mostaganem para impartir unas lecciones.

Creí que era una ocasión magnífica para poder hablar ante un gran auditorio y rebatir a quien gozaba de tanta estima entre los musulmanes: sin duda hubiera sido el mayor éxito de mi carrera.

Cuando llegué esa noche a la mezquita, la encontré rebosante de gente. Me presenté a algunos de los discípulos del Shaij diciéndoles quién era y lo que pretendía. Me sentaron junto al Maestro que, cuando observó mis vestiduras negras, pidió que me trajeran una chilaba blanca. Comenzó entonces la sesión de Dzikr. El ambiente era el de una espiritualidad profunda, y todos, grandes y pequeños, repetían incesantemente el Nombre de Allah, con una fuerza que me erizó la piel. Jamás había tenido una sensación semejante. Nunca la intensidad de unas palabras me habían conmovido tanto hasta enredárseme en las entrañas. Olvidé por completo cuál era mi propósito en aquella reunión, y me di cuenta de que tenía mucho que aprender de un hombre semejante al Shaij, un hombre capaz de comunicar con su sola presencia el sentimiento de inmediatez de Allah. La sesión de Dzikr se alargó hasta bien entrada la noche. Muchos habían realizado un largo viaje para asistir a ella, entre ellos el mismo Maestro, que se despidió de mí citándome para el día siguiente.

Me presenté a la hora que se me había dicho, y encontré en el recinto en que estaba el Sháij muchos círculos de sus alumnos que intercambiaban las enseñanzas que habían recibido de él. De nuevo me sentaron a su lado y él llamó la atención de todos y comenzó un breve discurso. Y contra lo que yo pudiera imaginar empezó a hablar de Jesús en un tono amable. Es cierto que los musulmanes lo aceptan como profeta y reverencian su recuerdo, pero lo que él dijo entonces realzaba de tal modo la figura del Mesías que muy por debajo quedaba lo que los mismos cristianos pudieran decir de él.

En un momento me convencí de que el Nazareno le pertenecía a él y a los suyos mucho más que a los que se dicen sus seguidores. Sus palabras destilaban la sinceridad de un amor inmenso hacia Jesús, sin que por otro lado lo considerara un dios. El respeto que sentía hacia su figura, en el fondo, era mucho mayor del que manifiestan los cristianos.

Después, comenzó a hablar del Islam como continuación de lo que Jesús había enseñado. En ningún momento insultó a nadie ni hizo nada por abrir una polémica. En el curso de esos pocos minutos, la verdad es que la mitad de mis convicciones se habían evaporado. Y debería estárseme notando la agitación que sentía, y por eso me preguntó cortando sus palabras: “¿Cómo te encuentras?”. Y yo le respondí: “Bien. Pero quisiera que esta reunión no acabara. Sidi, tengo unas terribles dudas, y jamás he encontrado entre los musulmanes quien pudiera responder a mis preguntas”. “Ya lo sé. Pero ahora tienes que irte. Ve en paz. Vuelve mañana”. Salí de la casa, y por el camino de vuelta en mi interior se iba cociendo la duda que empezaba a sentir sobre mis creencias. En lugar de permitir entonces un diálogo, el Shaij sabía lo que yo necesitaba entonces, que era poner un poco en orden mi pensamiento. Me di cuenta de que él no hacía lo que yo: aprovechar el descuido o la perplejidad de mi oponente para bombardearlo con un discurso preparado antes.

Lo visité tres días consecutivos. Oía sus palabras y no podía responder a sus argumentos. Casi sin darme cuenta, al tercer día puse mi mano en la suya y pronuncié la Shahâda. Cuando proclamé mi vuelta al Islam, el grupo de los que estaban ahí reunidos repitieron conmigo la fórmula del Islam y me felicitaron de uno en uno.

Ahora, quisiera recordar algunas de las palabras que hubo entre nosotros. Por desgracia, el papel no puede dar fe de del tono en que esas conversaciones tuvieron lugar. Baste decir que el Shayj tiene una forma de hablar suficiente que convence en todo momento de su sinceridad. Eso es algo que yo jamás encontré entre las mayores autoridades de la secta en la que había caído. Se te muestran simpáticos, pero no sinceros.

Un día le pregunté por el pecado original. Le dije que en el Corán se recoge la misma historia que aparece en la Biblia. Ese pecado, según los cristianos, es heredado por los hijos de sus padres, y es necesario el advenimiento de un Salvador. El me preguntó: “¿Dónde dice el Corán, que la humanidad fuera condenada, por el acto de Adán?”. Y yo le respondí: “En el Corán Allah dijo a Adán y a su compañera: Descended del Jardín, seréis unos enemigos de otros. Es decir, condenó a la humanidad por lo que hicieron sus padres”. Y él me respondió: “Haces muy mal en utilizar el Corán contra los musulmanes porque ellos lo conocen mejor que tú. El Corán enseña que Allah le mostró a Adán el camino de vuelta hacia Él, es decir, Allah disculpó su falta. ¿Que sentido tiene que participen en el pecado y no en la disculpa? Que el descenso a la tierra sea un castigo, lo dices tú, no los musulmanes. Adán era un profeta, el primero de ellos, y como tal era maestro para la humanidad. Lo que ocurrió lo entendemos los musulmanes como una lección. Adán abrió la puerta del camino de vuelta a Allah, y no lo contrario. Adán, sea bendecido y saludado con la paz, no fue una trampa que Allah nos tendiera, sino misericordia para nosotros, y nos mostró el camino que conduce hacia Allah”.

Y después dijo: “Has dicho que Jesús es el Salvador, ¿ qué significa eso?”. Respondí: “Quiere decir que desde el pecado original, todos los hombres están expuestos a Satanás, quien hace con ellos lo que quiere. No pueden librarse jamás de sus tentaciones. Para salir de ellas necesitan quien los rescate. Quienes creen en el Mesías, es decir, quienes lo aceptan por dios e hijo de dios, y hasta las ultimas doctrinas que enseña la iglesia, son salvados por él de la condena eterna”. Y él comentó: “En cuanto a que algo obligue a Allah a perdonar o condenar es algo que los musulmanes consideran impensable. Nos parecen descorteses esas palabras con las que se quiere obligarle a cumplir nuestras ilusiones. No. Además, que el cristianismo libere al hombre del pecado, no hay más que mirar hacia Europa, que es cristiana de arriba a abajo, y es donde se cometen más crímenes contra el bien. ¿De que ha liberado el cristianismo a Europa como para que nos parezca deseable lo que ha ofrecido a sus seguidores? Lo que yo creo, hermano, es que Allah guía a los que le temen, aquellos que se vuelven hacia Él de verdad, sin necesidad de esas complicaciones acerca de ningún salvador”.

Otro día me dijo: “¿Por qué creen los cristianos que Jesús sea el hijo de dios?”. Yo le dije: “Porque nació sin padre, como también dice el Corán. E hizo prodigios de los que nadie es capaz, lo cual también aceptan los musulmanes. Por ultimo, muchos pasajes de los evangelios dicen claramente que él es hijo de dios”. Y me preguntó a continuación: “¿Los cristianos creen en todo lo que dice la Biblia?”. Y yo dije: “Sí, y en especial los protestantes”. Y comentó entonces: “Pues deben creer que son muchos más los dioses porque, según la Biblia, todos somos hijos de un mismo dios. ¿Por qué no dicen lo mismo de Moisés y otros enviados que pronunciaron, según la Biblia, palabras próximas a las de Jesús? Y si las interpretan metafóricamente en esos casos, ¿porqué no hacen lo mismo con el que dicen que es su único hijo?”. A continuación citó de memoria muchos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento en los que se emplean con demasiada ligereza el nombre de dios e hijo de dios. Y después dijo: “Si para los cristianos es signo de divinidad nacer sin padre, Adán debe ser un dios mayor por que nació sin padre ni madre. O al menos debe ser un dios parecido a Jesús, sean ambos profetas bendecidos y saludados con la paz. Pero yo creo que los cristianos carecen de todo fundamento”. Yo intenté sostener el último argumento que era el de la resurrección de los muertos, y él me contestó: “Si Jesús resucitó a los muertos todo ello no sería más que un signo de su carácter de profeta asistido por Allah. Si resucitar a un muerto demostrara que se es un dios, Moisés habría sido un dios superior porque dio vida a un bastón convirtiéndolo en serpiente. Si hubieras puesto al muerto que resucitó al lado de la serpiente de Moisés, seguro que hubiera salido corriendo de ella. De ello se deduciría que Moisés sería un dios mayor. Allah nos preserve a los musulmanes de afirmar tonterías semejantes”.

En otra ocasión le dije: “Si se compararan los milagros realizados por Sidna Muhammad, cosa que los cristianos no aceptamos, junto a los que hizo Jesús, que los musulmanes si aceptáis, es evidente que los milagros de este fueron mayores”. Y él me respondió: “Hijo mío, los milagros hablan de la gente para lo que son realizados y no de los profetas, que son sólo instrumentos. Muhammad (s.a.s) no necesitó prodigios  para llegar al corazón de su pueblo, pero los judíos eran gente de pecho duro. A Sidna Muhammad (s.a.s) le bastó la palabra para construir una nación, Jesús tenía que ganarse la confianza de los judíos recelosos a base de portentos que acallaran sus continuas dudas. Y sin embargo mira el arraigo del Islam. Tú eres testigo de los inmensos capitales que los estados cristianos invierten en el intento de convertirnos al cristianismo, y no lo logran. Unas palabras, las del Corán, han asentado en nosotros sus certezas, mientras que los cristianos son los primeros en abandonar su propia religión, a pesar de todos los milagros”. 

Allah bendiga al Shayj. Si yo fuera capaz de recordar todas sus palabras escribiría un magnifico libro que sería de gran utilidad para los musulmanes, en especial en estos tiempos en los que se orquesta toda una campaña contra ellos. Allah preserve nuestro Îmân y nos haga seguros y fuertes en el Islam y nos conduzca por la senda de la excelencia, y nos haga a todos morir definitivamente con las palabras de la Shahada en los labios: la ilaha illa Allah, Muhammad Rasûlullâh... In sha Allah.
         
2- Sin embargo el tono del Shayj no era siempre tan amable. Poco después, en el periódico al-Balag, apareció un nuevo articulo en el que esa vez se trataba de las confesiones de un argelino, Mbarak ben Slimán, de Constantina, que se había convertido a la misma secta metodista. Tras largas conversaciones en las que el Shayj desmontaba las afirmaciones del misionero, acabó con la siguiente pregunta: “Explícame qué es eso de la Trinidad”. El cristiano, tras varios intentos fallidos de explicación, acabó diciendo: “Para nosotros es un misterio en el que debemos que creer”.

El Shayj replicó diciéndole “Si la razón no es capaz de comprender vuestras doctrinas, ¿por qué no se las proponéis mejor a los tontos y a los locos? Solo ellos podrán aceptaros. En cuanto a los que disponemos de razón, debemos someterlo todo a ella, si o no ¿para qué la tenemos? ¿para qué nos ha sido dada? Allah nos a dado juicio para emplearlo, y no para admitir las cosas a ciegas”.

Después, el Shayj se volvió hacia el grupo que estaba reunido con ellos, y dijo: “¿Sabéis a lo que los cristianos llaman Trinidad?, pues dicen que el ser humano, al que Allah ha dotado de cordura, debe creer que uno, al que llaman el Padre y que está sentado sobre su trono en el cielo, es dios; y que el Mesías es su hijo, y que él también es un dios completo con todos los atributos de la divinidad, a la vez que no deja de ser  hombre, con todos los atributos propios de los hombres. Y a este hijo de dios lo crucificaron en la tierra en tiempos de Pilatos, que murió, fue enterrado, y resucitó al tercer día. Ahora está sentado a la diestra de su padre en el cielo. Pero además, el ser humano, al que Allah ha dotado de juicio y entendimiento, debe creer que hay un tercero, el Espíritu Santo, que también es un dios completo, del que no saben a ciencia cierta dónde está. Pues bien, estos tres juntos a su vez son un mismo dios completo, compartiendo la misma naturaleza”.

Dirigiéndose al misionero, le dijo: “¿No es, más o menos, así?”. Y continuó diciendo: “Si dijerais que el padre es una parte de dios, el hijo otra, y el espíritu otra, algún sentido tendrían vuestras palabras para alguien carente de mucho discernimiento. Pero eso de tres en uno y uno en tres, no es algo que tenga mucha lógica”.

Finalmente, el Shayj Sidi Ahmad al -'Alawi (radiallahu ´anhu) le puso las cosas claras al misionero: “¿Sabes realmente lo que estás haciendo? Vas a las mezquitas donde encuentras a gente que se limpia antes de entrar, que se lavan con cuidado antes de presentarse ante su Señor, y tú les dices que todo eso no es necesario, que tu dios no aprecia esas cosas, que le da igual que recen sucios y apestando a orines. Te encuentras ahí con ancianos venerables, que toda su vida han estado buscando al Uno-Verdadero, y tú les dices que uno es tres y que tres es uno, que uno de ellos es el padre, el otro un crucificado y el otro no se sabe donde está. ¿Qué les aclaras con ello? ¿Qué bien les estás haciendo?”

Traducción de Abderramán Mohamed Maanán

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