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Diálogos para trascender la dualidad (V)

Entrevista con Francisco Almansa, filósofo (segunda parte)

08/11/2011 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Francisco Almansa - Filósofo

Navegando por la red me encontré frente a un portal que me llamó poderosamente la atención, por su proximidad espaciotemporal y también por las afinidades y concomitancias que pude hallar con otras propuestas contemporáneas que tratan de encontrar vías de superación del ya viejo paradigma mecanicista, y que indagan tanto en la nueva ciencia como en las tradiciones de sabiduría. Propuestas que inciden en las idea de unidad, unicidad, integración, etc.

He tenido el gusto de participar también, como conferenciante, en el marco de ese proyecto de pensamiento, y así he podido constatar que Aletheia es lo que dice ser: un grupo de personas que se niegan a dejar de serlo y que, para lograrlo, “tratan de actuar, pensar y amar de tal manera que eviten que lo anterior suceda”. Marxismo utópico, cristianismo no institucionalizado, filosofías y tradiciones de sabiduría de oriente y occidente, aparecen tras el proyecto Aletheia con una vocación de diálogo, de síntesis, de superación de viejos paradigmas. Al plantearle, durante la entrevista, sobre la conveniencia de usar un perfil, Francisco Almansa dice:

— “Creo que tanto para llegar a conocerse hasta donde esto sea posible, como para conocer a una persona, es necesario saber cuáles son las preguntas que realmente se plantea con seriedad; porque si es así, su vida misma tratará de ser una respuesta a las mismas.

Dos fueron las preguntas que más insistentemente se presentaron en mi juventud, porque a su vez surgieron de experiencias que yo denominaría como relativas a la perplejidad de ser. La primera fue tomar plena conciencia de ser, pues se puede vivir mucho tiempo sin percatarse de tal condición, y a su vez, y simultáneamente, percatarse del misterio de la propia identidad y de la maravilla de la conciencia. Y lo importante de tales preguntas, a mi parecer, es que no fueron inducidas desde el exterior, pues por aquél entonces la filosofía me era desconocida y el medio cultural en el que me desenvolvía no se preocupaba mucho por tales cuestiones; éstas fueron espontáneas, y de ahí el valor de la experiencia. Por otra parte, mi primera formación fue técnica, y, por lo tanto, muy relacionada con ciertas ramas de la ciencia, lo que también me llevó a plantearme la pregunta sobre el misterio de la razón. Y por último, la experiencia vivida de la realidad cotidiana, tanto en el trabajo como en las relaciones familiares, sociales, etcétera, del difícil ajuste entre el ser y el deber ser. La filosofía fue para mí el fruto ya maduro de tales experiencias, pero afortunadamente, cuando accedí a su estudio, las distintas filosofías ya estaban en crisis; lo cual me facilitó la tarea de pensar por mí mismo.”

Hashim Cabrera. El desarrollo de las tecnologías parece abocarnos a una deshumanización irreversible. Sin embargo, en tus reflexiones aparece con insistencia la necesidad de los valores y su naturaleza consustancial a lo humano. ¿Cómo puede desarrollarse una cultura humanista en el marco de una concepción tecnológica y meramente instrumental de la existencia humana?

— Francisco Almansa. El desarrollo de las tecnologías no es en sí misma, a mi parecer, la causa de la deshumanización en la que nuestro mundo se desliza, sino que dicha deshumanización es el síntoma que anuncia el fin de un modelo de relaciones humanas basado en la competencia como motor del progreso material. Las tecnologías son, por tanto, los medios por los que dicha competencia se hace más eficaz. Pero la competencia establecida como ley universal de la superación tanto de los individuos como de los grupos humanos, no es sino el mito que surge paralelamente con la desacralización del mundo occidental; pues perdida la referencia en relación a la cual cada uno se esforzaba en ser él mismo -ya que lo Sagrado interpela para hacernos presentes conforme a nuestra singularidad-, el ser uno mismo cuando no existe ese horizonte de referencia queda reducido a llegar a ser más que los otros «en algo». Por ese «algo» cada uno busca reconocerse como el que es; pero para ello es necesario que los otros sean menos que uno precisamente en ese «algo». Y cualquier «algo» sirve, siempre que los otros nos tomen como referente. Lo importante, cuando el referente absoluto de nuestra identidad se ha perdido, y, por lo tanto, nos hemos convertido en unos desconocidos para nosotros mismos, es llegar a ser más que los otros en cualquier cosa. La identidad ha sido sustituida por la cantidad.

La competencia no es solamente la consecuencia de la desacralización del mundo, sino que además es el competidor más directo de lo Sagrado; pues éste es el que da el Sí para que seamos nosotros mismos, lo cual significa que nos valoriza para que nos valoricemos los unos a los otros, como, asimismo, valoricemos. O sea, demos, asimismo, nuestro «sí» como acto de gratuidad inherente a la vida cuando ésta se manifiesta en su plenitud. Pero en el competir se busca la desvalorización del otro, así como la desvalorización de todo aquello que no nos sirva para ser «más».

Es una vida, sencillamente, parasitaria de todo lo que posee valor real, pues explota y utiliza como un medio todo aquello que es un valor por Sí mismo. Incluso de lo Sagrado pretende sacar «algo», ya que frente a la franqueza de aquellos que en su momento lo negaron abiertamente, viéndolo como “el opio del pueblo”, el sistema de la competencia -considerándose, asimismo, como paradigma de la tolerancia, o sea, que tolera lo Sagrado-, se convierte en el árbitro absoluto de lo divino y lo humano. Y su técnica siempre es la misma: la desvalorización del ser real y de los fines que le son inherentes, paralelamente a la valorización de lo que no es nada en sí mismo: el medio (técnica, dinero, imagen, sueños, etc.).

Un proyecto de cultura humanista pasa necesariamente por poner lo que es auténticamente real, o lo que vale por sí mismo, como ley incondicional de todo aquello que simplemente es un medio, y que, por lo tanto, sólo sirve (y nunca ha de ser servido) para la realización de las posibilidades inherentes a lo real. Un proyecto humanista, por tanto, es una y la misma cosa que una valorización de lo que posee un valor en sí mismo. Y lo que posee, a su vez, un valor en sí mismo es todo lo que por sí mismo puede diferenciarse de lo que no es. De ahí que la vida, en sus más altas manifestaciones sobre todo, al ser esa realidad que se diferencia por sí misma de lo que no es afirmándose como lo que es, sea un modelo de valor en sí mismo.

Para nosotros, la conciencia es la forma esencial de la vida, que no la absoluta, por cuanto es la forma de la vida por la que ésta puede diferenciarse de lo que no es vida. Si la dignidad consiste en actuar conforme a lo que se es, entonces, sólo la vida, en tanto que conciencia, es con mayor razón acreedora de la dignidad, pues sólo en la medida que se es vida consciente puede llegar a diferenciarse netamente del ser que no posee la vida, y, como tal, actuar como aquello que se es. Por lo tanto, una cultura humanista es para nosotros aquélla en la que el ser humano, en su doble dimensión vital (conciencia-cuerpo), sea el patrón de toda otra realización. O lo que es lo mismo: que toda realización sea relativa a la afirmación de esta doble, y a su vez una, dimensión vital.

Lo anterior supone la negación de la competición para alcanzar un reconocimiento que implica a su vez la desvalorización de los otros; pues la esencia de la conciencia, en tanto que ésta se toma como modelo de sí misma, arrancándose de los espejismos que la alienan, es la de ser un patrón de valoración, por lo que el valor de toda realización viene dado en la medida que afirma más o menos a la conciencia en la unidad e integridad de sus tres dimensiones esenciales:

- El Yo Inocente que nos afirma como fines en sí mismos.

- El Amor como gratuidad en su dar de sí para afirmar todo otro Sí.

- El pensamiento Libre que, a su vez, nos afirma como lo que somos en la comunidad unitaria de los fines comunes.

En cuanto al cuerpo, a diferencia del cuerpo animal, que es un cuerpo instrumental, el humano ha de ser el patrón universal de todo instrumento; por lo que todo medio instrumental, además del fin para el cual ha sido concebido, ha de ser también en su uso una fuente de realización de posibilidades para el propio cuerpo.
Lo anterior, traducido en otras palabras, quiere decir:

- Que toda realización ha de tener como fin la afirmación de la singularidad humana, tanto a nivel de género como de individuo.

- Que toda realización ha de poseer un valor en sí misma, por lo que su resultado no busca compensación alguna. Es pura gratuidad.

- Que toda realización no puede ser ajena a un fin comunitario, pues sólo por él adquiere sentido universal.

- Que toda realización inherente a la afirmación del cuerpo propiamente dicho cumpla plenamente dicho fin; a la vez que el sentido de dicha afirmación se incardine en el marco de las realizaciones anteriores.

A nuestro alcance sólo está, por el momento, el lado espiritual de dichas realizaciones, que como todo lo espiritual, en su expansión exige una doble transparencia: por un lado, la transparencia interior o de aclaración de los auténticos motivos que guían nuestra acción, para lo cual es necesario saber hasta qué punto somos inocentes activos, si  nuestros actos de afirmación de los otros son gratuitos, y si  nuestros fines realmente se adecuan a conseguir una comunidad humana que funde su unidad en la afirmación de las diferencias reales del ser. La otra transparencia, o la exterior, no puede ser otra que la del testimonio público de la transparencia interior en realizaciones concretas, hasta donde nuestras posibilidades materiales lo permitan.

En otro lugar de tu página leo: «el capitalismo, como sistema económico-social en el que el medio es lo absoluto, es aquél en el que la nada se ha “encarnado” plenamente. … Por lo tanto, y en relación con lo anterior, el retorno al ser, depurado de sus excrecencias pasadas, implica la subversión más radical de los antivalores de este sistema social». Esta afirmación, sin más, puede hacernos regresar a Sartre, a cierto existencialismo. ¿Qué significa para ti retornar al ser? ¿Cómo puede lograrse?

— Sartre es el filósofo de la nada, pues del ser, según él, nada se puede decir, sino que «es»; por lo tanto, es en el espacio vacío de la nada, y siempre en referencia a ese ser cerrado sobre sí mismo, donde se desarrolla el drama humano de la existencia. Y ésta es pura contingencia y punto de partida de cada conciencia, a la que Sartre llama «para sí».

La radical contingencia, pues, del «para sí», es la que hace que éste, en la experiencia de la náusea (que es para el filósofo francés la experiencia inmediata de la conciencia de ser pura libertad), busque en el ser en sí -del que nada se sabe, recuérdese, sino que «es»- el punto de apoyo para poder ser a su vez. Esta síntesis imposible que el para sí se propone entre su «libertad», radicalmente absurda, y el ser sin sentido, puesto que es un ser absolutamente mudo, es el «proyecto». La consecuencia de todo esto es que todo proyecto está abocado al fracaso, y que en el fondo es indiferente para la conciencia la naturaleza del proyecto elegido. Se puede «elegir» ser ladrón, mártir, dirigente de un pueblo, o cualquier otra cosa, pero como siempre es una «elección» de ser, el proyecto no es sino un acto de funambulismo entre el ser y la nada.

Cuando digo, por tanto, que en el capitalismo la nada se ha encarnado plenamente, lo que quiero decir es que el «medio», o aquello que por sí mismo nada es, es el alfa y omega de este sistema. Como todos sabemos, el dinero nada es en sí mismo, aunque posea, eso sí, cada vez menos, una base material: papel, metales, tarjetas de crédito, o hasta una simple anotación contable. Lo mismo sucede con cualquier otro medio, que, por muy importante que nos parezca, siempre remite a un fin humano. La tragedia de este sistema es que de los medios ha hecho fines absolutos, y los seres humanos nos hemos metamorfoseado en medios para conseguirlos.

La competencia, como ya expliqué en la respuesta anterior, resultante de la desacralización del mundo, y su corolario de desvalorización metafísica del ser humano, es la que, en un proceso que se ha hecho autónomo en relación a cualquier voluntad, ha erigido el medio en tótem absoluto, que rige como el hado de los antiguos nuestro destino. Sin embargo, en tal tótem no habita el espíritu de ningún animal, sino la simple nada.

Volviendo a Sartre, aunque éste se declaró anticapitalista y luchó contra el sistema tanto a nivel técnico como al nivel de la praxis, su tragedia consistió en que le proporcionó al capitalismo argumentos filosóficos que legitimaban el radical nihilismo que es propio de este sistema. Pues, como vemos, éste lo “tolera todo” siempre que dé beneficios.

En cuanto a las “excrecencias del ser”, me refiero a las diferencias incompatibles que lo Sagrado muestra en las distintas tradiciones debido al hecho inevitable para el hombre histórico de no separar suficientemente el grano de la paja. Los intereses temporales de los grupos humanos en la historia son confundidos, frecuentemente, con fines intemporales; por lo que, como todo lo supuestamente intemporal, ha tenido que recibir la sanción de lo Sagrado.

Retornar al Ser no es, por tanto, sino retornar a la transparencia del Origen, por la que nos podamos presenciar como lo que somos. Ahora bien, como ya he comentado en otras respuestas, esta transparencia sólo se alcanza afirmándonos como lo que realmente somos. Para lo cual es necesario renunciar a esos falsos yoes colectivos que hacen percibir al yo personal como extraños, y hasta menos humanos, a los otros «nosotros mismos»; pues esto da siempre pie para la utilización de esos otros. Y esos falsos yoes colectivos por los cuales intentamos reconocernos como «lo que somos» en todas las diferencias y en todos los cambios, se disocian internamente en la medida que no existen otros a los cuales estigmatizar; con lo que también la inhumanidad de los otros aparece como una gangrena entre «nosotros».

Un diálogo que busque la auténtica aproximación a los otros pasa inevitablemente por un examen sincero de conciencia de nosotros mismos. La globalización, pese a todos los peligros, sufrimientos y retos que plantea, podríamos decir que, de alguna manera, también ha sido mediada por lo Sagrado, pues nos ha aproximado unos a otros lo bastante como para disipar tanto los mitos como los prejuicios con que nuestras respectivas tradiciones nos han hecho vernos y «no vernos» a la vez. Descubrimos, por tanto, que sólo hay un Hombre, y que nuestro fin es llegar a la meta de nuestra plena humanización; que a la postre coincide con el retorno a la Inocencia del Ser.


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