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Falta de adab. La hipocresía y la guerra

Los grandes criminales actuales son seres afables y hablan con suma educación. Están interesados por lo espiritual

07/11/2011 - Autor: Zeinab Alegri - Fuente: Webislam
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Ante el hambre, ¿cómo mantener la cortesía?

1. Actual

Existe la tendencia a reducir el adab a una cuestión de “buenos modales”. Parece que careciese de adab quien dice las cosas de forma contundente, sin tapujos, o quien rompe con unos convencionalismos sociales que, lejos de responder a un impulso luminoso, constituyen la máscara tras la cual el hombre religioso oculta sus más íntimas carencias. Parece que careciese de adab quien dice la verdad, y más si la proclama de forma espontánea o pasional.

Los buenos ciudadanos, pasivos y sumisos al poder establecido, siempre tendrán buenos modales. La hipocresía se presenta con el ropaje de los buenos modos, de la buena educación, de la urbanidad, de la sensatez, del lenguaje mesurado. Los grandes criminales actuales son seres afables y hablan con suma educación. Solo hay que ver los congresos de los diputados de occidente, los programas de televisión donde los expertos afirman con una sonrisa la necesidad de recortes sociales o de guerras, y apenas se inmutan ante la muerte por hambre de millones de personas. En estas circunstancias, ¿qué clase de adab debe mantenerse con la clase dirigente? ¿Es llamarlos criminales una falta de etiqueta?

Un corazón sano es franco y espontáneo, no tiene nada que ocultar, y por ello no tiene miedo al que dirán, ni a perder prerrogativas.

El mal no esta en las formas, sino en los corazones. Un corazón enfermo actúa de forma afectada, disimula, se oculta bajo ropajes de dignidad. Un corazón sano es franco y espontáneo, no tiene nada que ocultar, y por ello no tiene miedo al que dirán, ni a perder prerrogativas.

¡Que suavemente se expresa el Shaytán en el Corán! Es un adulador, lisonjea a tu ego y lo engatusa, con sus buenos modales. El Shaytán nunca se pelea, incita a los demás a pelearse, les hace ver los beneficios que obtendrán de sus maquinaciones. Si se callan y son sumisos al poder, no solo obtendrán beneficios materiales, también paz interior y  ausencia de conflictos. Eso mismo les sucede a muchos con las guerras. ¿Qué más da que mueran unos cuantos cientos de miles de personas, si eso engrosará unos cuantos miles de euros en su cuenta corriente? Al fin y al cabo, eso sucede porque uno es más inteligente que los otros, pobres diablos destinados a ser fagocitados.

En el fondo, piensan como Harry Lime, interpretado por Orson Welles en El tercer hombre, cuando proclama desde lo alto de la noria: "Mira ahí abajo, ¿sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parase, ¿me dirías que me gardara mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar?... ¡y libres de impuestos, amigo!... Nadie piensa en términos de seres humanos. Los gobiernos no lo hacen, ¿porqué ibamos a hacerlo nosotros?"

Esa es la clave del asunto: si los gobiernos "democráticos" mandan sus aviones a matar cientos de miles de civiles a Libia, Iraq o Afganistán... ¿qué legitimidad tienen para condenar a aquel que mata por pasión a un ser amado? Si los banqueros roban abiertamente, si se quedan con las casas de los trabajadores, ¿qué legitimidad tiene el gobierno para encarcelar a un pobre diablo que roba para dar de comer a su familia?

Prefieren hablar de "espiritualidad", el ídolo tras el cual su cobardía esta velada

En contraste, los Profetas ponen en evidencia las transgresiones de las gentes. El Profeta Muhámmad se enfadaba, ¡y de qué manera! Cuando se trataba de su persona, reaccionaba con mansedumbre a los ataques. Pero no cuando se trataba del islam o de defender a los desfavorecidos. No pasaba una, no transigía con los poderosos, no tenía miedo de perder algo que no viniese directamente de su Señor. Por eso los Profetas del Corán se enfrentan con su gente, les hechan en cara su cobardía, su falta de razón, su tradicionalismo. El mensaje profético, en su radicalidad, es sin duda un incordio. De ahí el rechazo que genera entre aquellos que se han acomodado, que no quieren saber nada del combate. Prefieren hablar de "espiritualidad", el ídolo tras el cual su cobardía esta velada.

2. Inactual

Pero el adab es mucho más que eso: una actitud ante la vida. Una persona con adab es aquel que ha moldeado su carácter de acuerdo a las más nobles cualidades: apertura de miras, generosidad, sinceridad, valentía, coraje, sensibilidad para con los desfavorecidos, anhelo de justicia… En un sentido amplio, esto implica que esta persona tiene un espíritu permanentemente unificado, vive orientado constantemente a Al-lâh, y esta orientación de vida se deja notar en el modo en el cual se relaciona con su entorno. Cuando un hermano es atacado, sienten la herida en su propio cuerpo, no saben distinguir entre si mismos y los otros.

Una persona con adab es aquel que ha moldeado su carácter de acuerdo a las más nobles cualidades

El adab tiene también una dimensión estética, y no es de extrañar que la palabra haya pasado a designar en árabe a la literatura. Pues alguien con adab es alguien que vive en la belleza. Ahora bien, ¿a qué tipo de estética nos estamos refiriendo? ¿Acaso al manierismo o al barroco, al estilo alambicado? Es adab islámico está lejos de toda afectación. Es sobrio y desprendido, recela de todo artificio y se mira en el espejo de la naturaleza. Es fiero y espontáneo: una belleza que fluye y que verdea.

El mejor ejemplo del adab es el Mensajero de Dios. Uno de sus Compañeros más cercanos, Abu Bakr, le preguntó en una ocasión: “Oh Mensajero de Dios, ¿quién te ha adornado con tanto adab?” La respuesta del Profeta fue la siguiente: “Mi Señor me crió y me ha dado el mejor adab”. Tras la muerte del Profeta le preguntaron a su esposa Aisha, hija de Abu Bakr: “Cuál era el carácter y la moral del Profeta?”. Ella contestó con una pregunta: “¿Acaso no habéis leído el Corán?”. Ellos asintieron y ella dijo: “El Corán era su carácter”.

¿Y como es el Corán, cual es su estética? Nada más lejos de la estética asociada al “buen gusto” o al cumplimiento de unas  normas gramaticales establecidas por legajistas sin imaginación. El Corán esta lleno de invectivas, un lenguaje dulce y al mismo tiempo agreste, lleno de aliteraciones expresivas, de cambios de tono, de reiteraciones y de aliteraciones, de imprecaciones y promesas, de juramentos y amenazas… Un lenguaje imposible de dominar por la razón, que trasciende las pretensiones de auto-dominio de las criaturas, y las muestra abocadas al abismo unitivo.

No confundamos el islam con el buen gusto de los burgueses bien pensantes, ni con los convencionalismos. El adab del Profeta es parte de un combate.
 


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