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Dios es inclusivo; lo humano es exclusivo

Los ritos deben ser vivificados por la fe y la fe debe ser elevada por encima de la simple convicción

27/10/2011 - Autor: Abd-al-Haqq - Fuente: Islam en Mar de Plata
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El Nombre Al-lâh
El Nombre Al-lâh

En el nombre de Dios, el más Clemente el Misericordioso

El Islam es la última de las tres religiones monoteístas emanadas de Abraham (aleihi salam, la Paz sobre él). Para el musulmán el monoteísmo reposa sobre un doble misterio. El primer misterio es el de la absoluta trascendencia y la secreta inmanencia del Dios Unico. Dios está por encima de toda definición y de toda comprensión.

Está más allá de las cualidades que Le son atribuidas. Sin embargo, el Altísimo no es un dios abstracto. Es a la vez perfectamente viviente y perfectamente inmutable. No es ni ocioso ni mudo ni lejano. Crea y habla. Está permanentemente presente. El Corán revela que está aún más cerca de nosotros que nuestra vena yugular. Ahora bien, esta relación entre trascendencia e inmanencia puede invertirse en un juego de espejos desorientador que multiplica el misterio infinitamente. Pues Dios es tanto el Aparente (Azh–Zhâhir) como el Oculto (Al–Bâtin). La trascendencia de Dios es entonces la más evidente de las apariencias, y es esta evidencia misma la que nos lo torna invisible. La Realidad divina nos resulta invisible porque nos está velada por Su claridad resplandeciente. En cuanto al segundo misterio, se trata de la revelación, Palabra que Dios ha hecho manifiesta para reconducir hacia él al hombre caído. ¿Cómo puede éste oír la Palabra de Dios sin ser consumido por ella? Esto es porque, en virtud de un efecto de la Gracia divina, el hombre no sólo puede oír dicha Palabra, sino también nutrirse de ella.

La ascesis hacia el Dios único constituye en consecuencia un viaje eminentemente paradojal en el ámbito de este doble misterio. El viajero debe despojarse poco a poco de sí mismo para encontrar a Dios. ¿Pero, quién encuentra a Dios en el final del camino si el viajero se ha abandonado a sí mismo? Por cierto, no es muy fácil hablar de espiritualidad. Este concepto no se deja reducir a una exposición sistemática, que rápidamente se topa con preguntas desconcertantes. La ascesis hacia Dios es en principio un gusto (Dhawq), una experiencia profunda que ha sido la razón de vivir para numerosos buscadores de la verdad en el Islam. No hay ninguna duda de que el camino espiritual ha sido frecuentado en otro tiempo. Hoy en cambio parecería que la auténtica espiritualidad se retira del mundo, tanto en occidente como en oriente. Por un lado, no se jura por otra cosa que por el conocimiento científico portador del poder.

En el desierto espiritual creado por el materialismo filosófico aparece ahora el movimiento de la New Age, siniestramente apocalíptico, que recupera las tradiciones orientales en aras de un desarrollo personal, absolutamente ilusorio por otra parte, y restringe la espiritualidad a no ser otra cosa que una simple «técnica». Del otro lado el Islam, como las demás religiones, asiste a una renovación de los movimientos fundamentalistas que rechazan toda búsqueda mística de Dios en nombre de una concepción abstracta de la trascendencia, o limitan dicha búsqueda solamente a su dimensión afectiva.

Querríamos mostrar aquí que el sufismo (en árabe Tasawwuf), la mística islámica, no es la búsqueda prometeica de un poder personal, ni gnosis alguna, monista o panteísta, sino el corazón del Islam, y que reposa sobre numerosos fundamentos escriturarios. Se advertirá también que el camino espiritual en el Islam, aun siendo estrictamente conforme al la perspectiva islámica desde el punto de vista más estrictamente confesional, es asimismo el de las otras religiones ortodoxas. Quien está en el corazón de su religión está en el corazón de todas las religiones. Pues la espiritualidad auténtica encuentra su fuente sólo en Dios. Las múltiples revelaciones (en árabe Tanzîl, descenso), representan un despliegue de la Revelación esencial.

En efecto, la Palabra de Dios es inagotable, como lo proclama el Corán :

«Digo: si el mar fuera de tinta para escribir las palabras de mi Señor, el mar seguramente se agotaría antes de que se agoten las palabras de mi Señor, aun si aportáramos la misma cantidad de tinta».

El Islam : camino hacia Dios

El Islam reconoce pues en plenitud la validez de las revelaciones precedentes. En el Corán se leen numerosos versículos en este sentido :

«Dí: creemos en Dios, en lo que ha descendido sobre nosotros, en lo que ha descendido sobre Abraham ,Ismael, Isaac y Jacob y sobre las Tribus, en lo que les ha sido dado a Moisés, a Jesús y a los profetas de parte de su Señor».

Y se encuentra en otro lugar este reconocimiento fundamental :

«Nuestro Dios, que es vuestro Dios, es Unico».

La afirmación de la Unicidad de Dios constituye por esencia el camino de la rectitud (as–siratu–I mustaqîm), o, en términos cercanos, el monoteísmo es la estricta ortodoxia religiosa. Es por esta razón que la tradición profética nos aconseja decir: «Yo tengo fe en Dios», después de buscar la rectitud. La afirmación de la Unicidad de Dios no puede ser sino única (at–tawhîd wahid).

En consecuencia, para el musulmán, toda religión verdadera es Islam. Judíos, cristianos y musulmanes son herederos espirituales del mismo depósito sagrado (amânah). Han concluido con Dios el mismo pacto inicial (mîthâq). Pero a lo largo de la historia los hombres se han mostrado orgullosos e ignorantes y han olvidado su naturaleza espiritual original (fitrah) según la cual Dios creó a Adán antes de su salida del Jardín. Asimismo, Dios en Su Misericordia eligió profetas para recordar a los hombres Su palabra. Enviados por Dios no han tenido como único mensaje otra cosa que la afirmación incansable de la unicidad divina. El Islam se presenta como última llamada de esta verdad que constituye la religión inmutable (dîn qayyim). El descenso del Corán sobre el profeta Muhammad (sallâ Allâhu’ alayhi wa sallam) (la Oración y la Bendición de Dios sean sobre él) viene a recapitular y a cerrar el despliegue de la Palabra de Dios.-

El mensaje del Islam está contenido por entero en el testimonio de fe, la shahâdah, que el musulmán repite durante su vida (o mientras dure su vida): «No hay Dios sino Dios, Muhammad es su enviado» (lâ ilâha illâ Allâh Muhammadum rasûlu Allâh). La mística islámica consistirá en profundizar, en penetrar, en realizar íntimamente los sentidos múltiples y el Sentido último de este testimonio. No hay otro camino verdadero que aquél que lleva al Dios único. La vida espiritual en el Islam es una aprehensión intuitiva del misterio de illâh, del «si no es» que nos hace pasar de la negación de toda divinidad a la afirmación de Dios. Y la ascesis en el Islam es la apropiación por parte del alma de la realidad espiritual del Rasûl, del Mensajero que hace del hombre limitado el receptáculo paradojal de la palabra ilimitada de Dios. Pues Dios ha dicho: «Ni mi Tierra ni mi Cielo Me pueden contener, pero el corazón de Mi servidor creyente Me contiene».

Cada una de las suras del Corán (salvo la novena) comienza por una fórmula de consagración, la basmalah : «Bismi–llâhi–r-rahmâni-r–râhim (En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso). Todo acto importante debe ser cumplido en el nombre de Dios. En rigor, la vida espiritual entera es simplemente la vida en el Nombre de Dios. Los nombres de Dios, Ar–Rahmân y Ar–Râhim derivan de rahmah, la Misericordia, cuya raíz es también la de rahim, la matriz materna.

Según el hadîth, «Dios ha dividido la misericordia en cien partes. Conservó cerca de él noventa y nueve e hizo descender una sobre la tierra. Es gracias a esta parte que las criaturas ejercen mutuamente la misericordia y que la yegua aparta su casco de su potrillo por temor a herirlo». Se lee en el Corán que

«Su Misericordia rodea todas las cosas».

El profeta trae una vez más la Palabra de Dios: «Mi Misericordia la lleva sobre Mi cólera». La rahmah es pues en propiedad el amor divino. Sólo el amor de una madre por su hijo puede simbolizarlo sobre la tierra. Al principio de cada sura Dios se presenta así al hombre como el Dios Unico y Amante. Según la doctrina del sufismo hasta el Corán entero está contenido en esta única fórmula.-

Literalmente la palabra Islâm significa «sumisión». La raíz es también la de salâm, la paz. De hecho, todas las criaturas de Dios están sometidas a su Creador. Pero se someten por su voluntad o por la fuerza. El musulmán (muslim) es aquél que acepta libremente su sumisión en virtud de un acto de amor y de inteligencia. Dicha sumisión consiste en principio en el respeto de las prescripciones enunciadas en el Corán, y manifiestas en el ejemplo del Profeta (sunnah), cuyo comportamiento, actos y palabras han sido recogidas en un cuerpo de tradiciones llamado hadîth. Las prescripciones fundamentales conciernen a las obras de adoración (ibâdât). Según la tradición profética el Islam está en efecto construida sobre cinco pilares: el testimonio de fe (shahadâh), la oración (salât), la limosna (zakât), el ayuno del mes de Ramadán (sawm) y la peregrinación a la Casa de Dios en la Meca (hajj), para aquéllos que tienen la posibilidad de hacerlo. Por otra parte, el Islam es asimismo sumisión a la Ley de Dios (shari’ah), que regula los actos de la vida individual y social. Todos los momentos de la existencia asumen de este modo el valor ritual de un sacrificio.-

Pero no basta la simple sumisión formal si no está vivificada por la fe. Según el hadîth, en efecto, «los actos no valen sino por las intenciones». El Islam, la aceptación de la voluntad de Dios tal como aparece en la Ley revelada, debe estar acompañada por el imân, la verdadera fe. El imân no es la simple adhesión mental a un sistema de creencias por conformismo social o por adhesión afectiva, sino la anticipación de un conocimiento verdadero, el de Dios y el del Mundo invisible (al–ghayb), de donde este mundo extrae su ser y su sentido. El imân es el asentimiento a la presencia secreta de Dios y de sus ángeles, a la misión de los profetas, a la disposición providencial de los acontecimientos, en suma, a la llegada ineluctable del último Día, el Día de la Resurrección (yawmu–I–qiyâmah) y a la existencia del juicio y de la retribución según la justicia de Dios. El fiel desplaza su atención de este mundo al otro. Espera, en una mezcla de esperanza y de temor, el advenimiento de esta realidad oculta.-

Los ritos y la fe representan así las dos dimensiones inseparables de la religión. La fe sin la práctica ritual se debilita y se torna rápidamente una mentira. Las obras sin la fe son vanas. Los ritos no deben solamente ser cumplidos en su forma «literal», y la verdadera fe no debería confundirse con una simple convicción psicológica ilusoria. Sin embargo la salvación del hombre dependa ante todo de Dios. En efecto, el Corán repite que Dios perdona a quien quiere y castiga a quien quiere. Nadie podría llevar contabilidad alguna de sus buenas obras, ni buscar justificativos para el valor subjetivo de sus convicciones. Pues nadie se salva sino en virtud de la Misericordia (rahmah) y la Gracia (fadl) de Dios. Se transmite este diálogo del Profeta: «Acercáos a Dios y pagad vuestras deudas. Sabed que ninguno de entre vosotros será salvado por sus obras. Se (le) dijo entonces: «¿Ni siquiera tú, oh, Enviado de Dios ?» «Ni siquiera yo, salvo si Dios me envuelve con Su Misericordia y con Su Gracia».-

Es Dios quien santifica los ritos y verifica la fe al recubrirlos con Su Gracia. Sólo Dios crea los actos de los hombres y sondea los corazones. Debemos esforzarnos por cumplir con los ritos y situar nuestra fe en Dios y en lo invisible, no en aras de una retribución automática, sino en aras de la esperanza transformadora del perdón de Dios. Pues si Dios perdona a quien quiere, en un acto de justicia soberana, quien se identifica con Su voluntad, esta voluntad absolutamente libre (mashî’ah) es una voluntad de amor (irâdah). En efecto, se lee en el Corán:

«Vuestro Señor se ha prescripto a sí mismo la Misericordia».

Es en virtud de esta promesa divina verídica (wa’d) que «aquéllos que creen y que cumplen las obras virtuosas», según la expresión muchas veces repetida en el Corán, esperan el perdón de Dios y la entrada en el paraíso, donde gustarán las beatitudes y la satisfacción de su Señor.

Los ritos deben ser vivificados por la fe y la fe debe ser elevada por encima de la simple convicción, en un esfuerzo constante del hombre hacia Dios y en un abandono confiado en Sus benditas Manos. Se trata del ihsân, la tercera dimensión de la religión que recubre y une a las otras dos, la perfección contemplativa que consiste, según el hadîth, «en adorar a Dios como si Lo vieras, pues, si tú no Lo ves, El te ve». La esperanza del perdón de Dios y del cumplimientode su promesa es la entrada en la dimensión transformadora del ihsân, de la adoración «como si» Dios ya hubiera otorgado su perdón. En la adhesión a la Palabra de Dios se da a la vez que la oración aproxima a los creyentes a Dios, y que la Gracia de Dios suscita la oración. Cuando las devociones del Profeta causaban asombro, dado que Dios le había perdonado todos sus pecados, respondió: «¿Por qué no mostrarme como un servidor reconocido?» Dios se da prisa hacia aquél que se vuelve hacia Él en arrepentimiento (tâ’ib), de tal modo que Él mismo también se califica como At–Tawwâb, «Aquél que retorna sin cesar hacia el pecador que se arrepiente». En un hadîth qudsî, una Palabra divina articulada por el Profeta, Dios dijo de Su servidor : «Si se aproxima a Mí en un palmo, Yo me aproximo a él en un codo, y cuando se aproxime a Mí en un codo, Yo me aproximaré una braza, y cuando venga hacia Mí al paso, Yo vendré hacia él a toda prisa».

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