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El Islam en Medina

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

25/10/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Miniatura otomana de la mezquita del Profeta
Miniatura otomana de la mezquita del Profeta

Entre los 73 mediníes que tomaron parte en el pacto de ‘Aqaba, la víspera de la Hégira, se encontraban también dos mujeres: La mazinita Nusaiba Umm ‘Umâra, y la salamita Asmâ’ Umm Manî. No se sabe exactamente la fecha de la conversión de Umm Waraqa bint ‘Abdallah b. Al-Harith. Participó ya en el año 2 H. en la batalla de Badr, en calidad de enfermera. Estaba tan altamente dotada intelectualmente que se hizo hâfiz del Corán. El Profeta la estimaba tanto que a título excepcional, la nombró imam de la mezquita de su barrio, donde ella dirigía los oficios de piedad (salat) de todos (incluidos los hombres). El Profeta iba frecuentemente a visitarla a su casa con algunos otros compañeros, y le predijo que tendría la dicha de morir como mártir (cf. Ibn al-Yanzî, Wafâ’ p, 317; ibn Rahûyah citado por Ibn Hayar, Matâlib, Nº 4159; Ibn Hanbal, VI 405, Nº 2; Abû Dûwud, II, 62 bâb imâmâ an-misâ’; ibn ‘Abd al Barr, Isti’ab, Kuna an-misâ, Nº 107).

Esperemos que los historiadores se sientan atraídos por el tema de la mujer musulmana en el comienzo del Islam.

Primeras disposiciones en Medina

Llegado al poblado de Qubâ, el Profeta aceptó la hospitalidad de un jefe local, Kulthûm ibn al-Hidm (que, según Samhûdî, 2ª ed. P. 244, no había aún declarado su conversión al Islam). Fue en la casa de Sa’d ibn Khaithamah, otro jefe, soltero por otra parte, donde se sentó para recibir a los visitantes. El primer día, se instaló debajo de un datilero. Poco de sus visitantes lo conocían personalmente, y hubo quien tomó a Abû Bakr por el Profeta, hasta que al ir a darle el sol a Muhammad, Abû Bakr corrió a extender su hopalanda sobre un árbol para darle sombra, y fue así como algunos aprendieron a conocer la modestia del Profeta.

La primera decisión del Profeta fue construir una mezquita en Qubâ, célebre aún en nuestros días. Allí trabajó todo el mundo: el Profeta, Abû Bakr, ‘Umar, todos transportaban piedras para el edificio.

‘Ali, se quedó en Meca para trasladar el dinero que el Profeta tenía en su casa, parte más tarde y se reúne con el Profeta en Qubâ.

Se conserva el texto de una carta del Profeta, en la cual ordena a los mediníes, desde antes de la Hégira, a celebrar los viernes un gran oficio, en lugar del 2º oficio diario, con la particularidad que el viernes el oficio del mediodía (2º), fuera suprimido y reemplazado por un sermón (jutba), seguido de un oficio (salat) de dos rak’at. Algunos días después de su llegada a Qubâ, fue él quien dirigió el oficio (salat) del viernes, sea en Qubâ, sea entre los Banû Sâlim, cuando estaba ya camino de Medina, y se conservan algunas frases de su primer sermón en esta ocasión:

(Después de haber alabado a Allah, dijo): “¡Pueblo!. Poned cuidado primeramente en vuestras propias personas; sabed que cuando uno de vosotros muere, deja su rebaño sin pastor, luego él encuentra a su maestro, que no tiene necesidad ni de intérprete ni de intermediario. Allah le pregunta: ¿Mi mensajero no ha ido a tu casa?, ¿no te he dado bienes, incluso muchos?, ¿qué es entonces lo que traes?. El hombre mira a su derecha y a su izquierda, pero no encuentra a nadie que lo socorra, y ve delante de él el infierno. Quien quiera protegerse de elle que de aunque sea un trozo de dátil. Quien sea que no posea nada para darlo en caridad, que diga una buena frase, porque una buena acción es recompensada por Allah de 10 a 700 veces más que su valor. Que la Paz sea con vosotros”.

Si el Profeta se había entregado a la propagación de su religión, sus jóvenes adeptos no estaban inactivos. El viejo ‘Amr b. Al-Yamûh estaba muy atado a su ídolo y sus hijos y parientes próximos se divertían; cada mañana ‘Amr lo encontraba en una situación ridícula y no sabía qué hacer. Un día, colocó una espada cerca de la mano del ídolo, para que con ella castigase a sus profanadores. Al día siguiente lo encontró derribado, con la cabeza hundida en un montón de excrementos de la tribu. Ese día abrazó el Islam (cf. Samhûdi, 2ª ed., 234-5). El joven Suhail b. Hunaif destrozaba cada noche algunos ídolos de madera en la ciudad y regalaba la “leña” a una mujer musulmana (cf. Samhûdi, 2ª ed., p. 249).

Después de algunos días de estancia en Qubâ, el Profeta decidió dejar este lugar e ir más al Norte en el Valle de (Yauf) de Medina. ¿Quería quizás vivir con los de su familia, los descendientes de la madre de ‘Abd al-Muttalib?. (“Primeramente habitó en la casa de sus tíos maternos”, dice Bukhâri 2/30, y también 63/46/9): “Después de 14 noches de estancia entre los Banû ‘Amr ibn ‘Auf en Qubâ, envió a alguien a los Banû an-Nayyâr que vinieron todos armados”; pero la historia de la camella mencionada más tarde estaría en conflicto con la elección deliberada por causa de parentesco, a menos que pensemos que su deseo personal y la predestinación divina coincidían. ¿Acaso no le gustaba el vecinaje demasiado próximo de los no musulmanes (judíos) en Qubâ’. ¿Acaso buscaba un espacio libre para construir su propia casa, para ser más independiente?. ¿Acaso quería vivir justo en medio de los grupos populares tanto por razones sociales como estratégicas?. (Por motivos religiosos la mezquita central debe estar en el centro de la aglomeración).

Hay aún una hipótesis posible: Antes de la islamización de Medina, cuando la guerra civil, de común acuerdo los Aus y los Jazray, habían elegido al jazrayi ‘Abdallah ibn Ubay como rey de Medina, e incluso se había encargado a los orfebres fabricar una corona para él. Después de la islamización y cuando el Profeta emigró a Medina para instalarse allí definitivamente, el proyecto de reinado fue abandonado. El Profeta entendía la desilusión del rey electo; buscaba por todos los medios consolarlo limando sus susceptibilidades al tratarle con el máximo de cortesía toda su ida.

Leamos este relato de Samhûdî (2ª ed., p. 258, según Ruzain): “Cuando salió de Qubâ, acompañado de algunos Ansâr en armas, y de la totalidad de los Muhâyirs mequíes, pasó por los Banû al Hubla de los Jazray y quiso tomar a ‘Abdallah b. Ubaiy instalándose en su casa; Pero él que estaba entonces sentado delante de su torre fortificada con las piernas plegadas y con un mantón que le cubría la espalda y rodillas (lo rechazó y) dijo: “Ve con las que te han invitado a instalarte en su casa...). ¿Cuál de estas razones era la que había empujado a dejar a los Banû ‘Amr b. ‘Auf (de los Aus) para ir a vivir con los Jazray?. Nuestras fuentes no nos aclaran nada. Para Bukhâri (2/30), “vivió primeramente con sus parientes ansârîes (la madre de su abuelo ‘Abd al-Muttalib era de los Jazray)”.

Según ibn Zabala (citado por Samhûdî, 2ª ed., p. 262): “Quiso estar en el centro de todas las aglomeraciones de los Ansar”. Sea lo que sea, según Bukhâri 88748/2,63/46/5) y Muslim (5/9), “envió a alguien a los Banû an-Nayyâr (sus parientes) que vinieron todos armados y, partió en su compañía. Montó en su camella”, dejó la cuerda sobre el cuello del animal, y siempre que pasaba por una tribu y ésta insistía para que se instalase con ellos, él decía siempre; “Dejad marchar a la camella: ella va a conducirnos donde quiera Allah”. En efecto, después de haber marchado durante algún tiempo, la camella se sentó; Muhammad le dio un golpe de talón para que se levantara, pero después de avanzar de nuevo algunos metros, se sentó otra vez. Se trataba de una llanura, un espacio sin habitar, en el dominio de los Banû an-Nayyar, antepasados maternos del Profeta. La casa más próxima era la de Abû Aiyûb (murió más tarde en el sitio de Estambul, donde su tumba es objeto de visitas piadosas aún en nuestros días). Abû Aiyûb tomó enseguida el equipaje del Profeta dichoso de recibirlo. El terreno donde la camella se sentó pertenecía a dos huérfanos, y era utilizado como secadero para la cosecha. El Profeta la compró por diez dînâres que pagó Abû Bakr (cf. Samhûdî, 2ª ed., p. 324), y allí mismo comenzó la construcción de una mezquita: la actual gran mezquita de Medina.

Entre los constructores y obreros, todos musulmanes y voluntarios, estaban no solamente los Ansâr y Muhâhirs, sino también extranjeros no mediníes. Uno de ellos, llamado Talq, recibió los elogios del Profeta porque preparaba mejor que los otros el mortero (Samhûdi, 2ª ed., p. 333-4). El Profeta no solamente dirigía los trabajos y orientaba los muros en función de la qibla, si no que además trabajaba como un simple obrero, transportando piedras y ladrillos. Al lado de la mezquita, hizo construir una ancha habitación, la Suffah, que servía de escuela durante el día y de dormitorio para los sin abrigo durante la noche (ésta fue la primera “universidad” islámica). Al otro lado de la mezquita, se construyeron algunas habitaciones para el Profeta y su familia.

Algún tiempo después, el Profeta envió a Zaid y Abû Râfi, sus dos esclavos libertos, a Meca, para traer a su familia. Tomaron las camellas pertenecientes al Profeta y a Abû Bakr, y compraron otros tras en el mercado de Qudaid. La caravana no se componía más que de unas mujeres: Sanda (esposa del Profeta), Fátima y Umm Kulthm (sus dos hijas), así como la mujer y las dos hijas de Abû Bakr. Los mequíes respetaban en general a las mujeres, y no estaban todavía en guerra contra los musulmanes. La caravana no fue pues hostigada por los mequíes. Según Maqrîzî, Umm Aiman, mujer de Zaid, acompañó a la caravana, pero según Suhaili realizó el trayecto entre Meca y Medina a pie, sola, y con muchas penalidades. En todo caso, fue después del séptimo mes de estancia en casa de Abû Aiyûb cuando el Profeta se instaló en sus alojamientos.

Hubo casos menos afortunados: unas musulmanas fueron retenidas en Meca, sea bien por sus maridos paganos, o bien por sus parientes. Así fue como una hija del profeta debió permanecer con su marido, Abû’l-‘As, que no se había convertido aún; y que Umm Salamah, cuyo marido había emigrado a Medina, no pudo en mucho tiempo abandonar Meca.

“Readaptación” de los desplazados

Un gran número de refugiados encontró en Medina una hospitalidad inmediata con sus conocidos, pero evidentemente ése no fue el caso de todos: Sa’d ibn Khaithamah, que era soltero, abrió las puertas de su casa a un gran número de refugiados, que no tenían familia; familias enteras fueron acogidas en casa de los amigos, y a veces los mediníes ofrecían terrenos para que los refugiados pudieran construir sus casas. Pero la integración a gran escala no fue cosa fácil.

Por otra parte, el clima de oasis mediní, no sentaba bien a los habitantes del desierto. Si los extranjeros preguntaban a los habitantes (pensemos en los judíos, cf. 962,ch. También Jaibar), el secreto de su inmunidad contra la malaria, ellos decían: hace falta rebuznar diez veces como un asno antes de entrar en la ciudad (cf. Samhûdi, 2ª ed., p. 59, 1167). Poco tiempo después de su llegada a Medina, el Profeta se informó un día acerca de la salud de sus conciudadanos. Abû Bakr sufría fiebre, y para responder al Profeta, compuso un verso donde decía que él estaba más cerca de la muerte que sus sandalias. Después Muhammad se dirigió a ‘Amir ibn Fuhairah, esclavo de Abû Bakr, el cual le contestó con un verso improvisado: “Yo probé la muerte antes de morir”. La respuesta de Bilâl mostraba la nostalgia que sentía por su antigua patria. Un Juzâ’í, aliado de la familia del Profeta, se trasladó a Medina viniendo de la región mequí. Como le preguntaron, describió las bellezas de la región de la Meca de esa época, y eso entristeció al mismo Profeta. Hacía falta hacer algo y el Profeta no tardó demasiado:

Aproximadamente cinco meses de su llegada a Medina (cf. Samhûdi, 2ª ed., p. 267) reúne en una gran asamblea a todos los jefes de familia, mequíes y mediníes, y los exhortó a una colaboración sincera para facilitar la adaptación de los refugiados, proponiéndoles una solución concreta, firme y eficaz: Cada jefe de familia mediní –al menos aquellos que estaban en buena posición- debía alojar a una familia mequí; los dos “hermanos” contractualmente hablando, trabajarían en común y compartirían las ganancias, llegando incluso a heredar el uno al otro. Todo el mundo estuvo de acuerdo, y el Profeta asoció inmediatamente un cierto número de mediníes –186 según MaqrîzÎ- con un número igual de mequíes. En casi todos los casos se sorteó (qur’ah) la elección de hermano contractual (cf. Bukhârî, 23/3/2, 63/46/6m,91/27, caso de ‘Uthmân ibn Maz’ûn).

La seriedad y la sinceridad del entusiasmo de los Ansar pueden ser juzgada por el hecho (cf. Bukhârî, 63/3) que pidieron al Profeta que tomara la mitad de sus tierras y se las diera a los inmigrantes mequíes. El amor propio de los mequíes no fue menor: rechazaron categóricamente el ofrecimiento diciendo: Alquiladnos vuestras tierras por medio de un contrato negociado. De igual forma (cf. Bukhârî 63/8/3) cuando el Profeta quiso reservar las rentas de la provincia de Bahrain (al-Ahsâ’ moderna) a los Ausâr exclusivamente, dijeron éstos: No al menos que los muhâyîríes, reciban otro tanto. La convivencia fue en general muy amistosa, ‘Umar, por ejemplo nos dice que él y su “hermano” compartían así todo su tiempo: un día trabajaba él en la explotación de dátiles, mientras que su hermano iba a casa del Profeta; y al día siguiente le tocaba trabajar al otro; y por la tarde cada cual contaba lo que había hecho.

El caso de ‘Abd ar Rahmâb ibn ‘Auf tiene interés especial: su “hermano” le dijo: “Aquí tienes mis bienes, te doy la mitad de ellos; así mismo, como tengo dos esposas, me divorciaré de una de ellas, a tu elección para que te puedas desposar con ella”. ‘Abd ar-Rahman respondió: “Que Allah te bendiga en tus bienes y en tu familia; enséñame solamente el mercado de la ciudad”. Se dirigió allí, compró algunas cosas a crédito, luego lo vendió con un pequeño beneficio; lo hizo varias veces durante todo el día. Por la tarde había ganado bastante para comprar qué comer. Pronto fue a ver al Profeta para decirle que se había casado con una joven mediní, y que no solamente él había podido pagarle la dote sino que también había costeado la fiesta de la boda. Fue uno de los más ricos compañeros del Profeta, y eso gracias a su habilidad con el comercio.

Los refugiados mequíes estuvieron muy agradecidos, y los veremos devolver a sus “hermanos” todos los bienes que había obtenido con la fraternización (mu’âkhât), siempre que tenían oportunidad de hacerlo: trataron estas buenas acciones como deudas de honor. Cuando los mequíes estuvieron integrados en la economía de Medina, el Profeta anuló las condiciones de herencia hacia los hermanos contractuales, recayendo ésta a los parientes de sangre: cada uno se convirtió sólo en amo de su hogar y su familia.

Esta confraternización fue bien pronto útil de una manera inesperada: cuando las expediciones militares, el Profeta, entoló su ejército a uno de cada dos “hermanos”, el otro quedaba en la casa y se encargaba de las dos familias.

Terminemos con esta pequeña anécdota: la camella del Profeta gozaba entre los musulmanes de Medina de una posición privilegiada, y nadie le impedía que comiera o bebiera donde quiera que fuese”, porque “Adbâ era la camella del Profeta”.

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