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La infusión calmante del verso

No soy de haiku

23/10/2011 - Autor: Inma Luna - Fuente: www.larepublica.es
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Era el momento perfecto para detenerse a ver caer la nieve y ya, a contemplar el aleteo de una libélula y ya. Pararse a contemplar sin intentar desen
Era el momento perfecto para detenerse a ver caer la nieve y ya, a contemplar el aleteo de una libélula

No soy de haiku. Los haikus escritos por mis contemporáneos españoles me entran por los ojos y me salen a través de un suspiro de desgana sin dejar poso. Lo único que le pido a la poesía, o el mínimo, es la honestidad y los haikus españoles no me los creo. Hemos perdido la esencia, el contacto minimalista con la naturaleza como fondo sustancial de nuestro espíritu, quién sabe si no habremos perdido incluso el espíritu en este ajetreado devenir occidental. Ahora está de moda el haiku, su composición métrica es sencilla y está al alcance de cualquiera pero a mí la métrica tampoco me entusiasma, no me sale ni me entra.

Y toda esta negatividad para llegar a la magia, qué mala forma de empezar un artículo. Eso es porque me vence el vicio de la crítica, porque no he llegado al lugar plácido, a la revolución de una brizna de paja, porque no he llegado al “no hacer”. Extraña recomendación para tiempos de movilizaciones. Extraña pero no incompatible.

Parar, pararse y escuchar entre crujidos de ramitas secas, entre el salpicar del agua:

La sensación de que algo falta…
Caen las hojas.

Caen las hojas…
Desde ahora, el agua
se vuelve más sabrosa.

La recojo y la alzo hacia la luna.
La luminosidad del agua

Con viento de otoño
recojo una piedra

Es Santöka, en el libre haiku perfecto, en el gesto de la inmovilidad y la contemplación. Anoche, en el Español, conversando con Masanobu Fukuoka, el monje desnudo alentando la revolución agrícola de una brizna de paja, con las voces de Lara López y Teresa Sebastián, envueltas en los sonidos evocadores de Suso Saiz.

Era el momento perfecto para detenerse a ver caer la nieve y ya, a contemplar el aleteo de una libélula y ya. Pararse a contemplar sin intentar desentrañar. El poeta y el agricultor alcanzan la misma conclusión:

No tengo dinero, no tengo cosas.
No tengo dientes.
Estoy completamente solo.

Y nos hacen preguntas acerca del ¿progreso?, acerca de la complejidad y de la sencillez, de la forma en que el mundo se vuelve asequible y hermoso, de la manera en el que convivir con el suelo del que todo sale y al que todo vuelve. ¿Y de qué extraño modo nos relacionamos nosotros con el mundo?, ¿cómo intentamos comprenderlo?, ¿a base de análisis, teorías y medidas?

Nadie sabe, dice el poeta, dónde está realmente el Este, dónde el Oeste, nadie sabe de dónde viene el Sol.

Salgo del teatro después de sumergirme en una infusión de versos calmante y necesaria que provoca un vacío fructífero, una inmovilidad consciente y arriesgada de la que cualquier cosa podría nacer con renovada vitalidad

Dejando entrar la luna
En mi dormitorio
Me voy a dormir


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