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«La tragedia de España fue la incompatibilidad de los objetivos propuestos: mantener la pureza étnica y extender el cristianismo»

Entrevista a la antropologa belga Christiane Stallaert

11/10/2011 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Christiane Stallaert, junto a la portada de uno de sus libros
Christiane Stallaert, junto a la portada de uno de sus libros

Christiane Stallaert (Gante, 1959) es doctora en Antropología Social y Cultural y licenciada en Filología Románica por la Universidad Católica de Lovaina. Sus estudios tocan el corazón de esa tragedia que se llama España. Un Estado-nación cuya identidad ha estado basada durante siglos en el casticismo. La mezcla de los conceptos de raza y religión ha dado como resultado el "catolicismo biológico", apuntalado a sangre y fuego por la Inquisición y todavía defendido por cierta historiografía españolista.

Además de bucear en los aspectos más turbulentos de la historia de España, Stallaert ha estudiado tanto el fenómeno migratorio como la conversión al islam en Bélgica. Como se desprende de las páginas siguientes, la cuestión de la etnicidad, la religión y la identidad nacional están en el centro de sus investigaciones. 

Abdennur Prado: En Ni una gota de sangre impura has realizado una perturbadora comparación entre la Alemania nazi y la España inquisitorial. Se trata de un libro que llega tras otros dos dedicados al tema de la etnogénesis y de la tensión entre asimilación-segregación… ¿Cuál fue tú propósito al escribir este libro? ¿Qué recepción ha tenido en España, especialmente entre tus colegas?

Christiane Stallaert: Efectivamente, mi libro Ni una gota de sangre impura se sitúa totalmente en la línea de investigación que inicié con mi libro Etnogénesis y etnicidad en España, en el cual analizo los procesos de construcción nacional en España marcados por la tensión entre asimilación y segregación. Es un libro que parte de un planteamiento muy duro ya que gira en torno al acercamiento de dos casos históricos extremos -la España inquisitorial y la Alemania nazi- que ambos han tenido un efecto imborrable sobre la historia universal. Se trata también de dos casos históricos muy estudiados y analizados que han dado lugar a polémicas entre los historiadores y que han generado una literatura científica enorme. Por todo ello, para poder añadir algo al debate científico tuve que partir de un estudio profundizado de la historiografía y a partir de ahí construir mi propio análisis que se sitúa en el ámbito de la Antropología Cultural y Social.

Como antropóloga mi área de especialidad es la Etnicidad y la convivencia interétnica o interreligiosa. Soy belga y vivo en Bruselas, una ciudad donde estos temas son inherentes a nuestra vida cotidiana. Gracias a esta afinidad experiencial conozco muy bien la extrema complejidad de un conflicto étnico y las susceptibilidades que suscita el tema cuando es analizado por un ‘forastero’. De ninguna manera he querido buscar la provocación barata, el sensacionalismo publicitario, y creo que esto explica también que, por muy difícil de aceptar que para muchos era mi planteamiento, la recepción ha sido generalmente positiva, incluso desde ámbitos o medios que ideológicamente se sitúan en el polo opuesto de mi tesis. No sólo en España, sino también en América (Argentina, Brasil, México) he podido contar con un apoyo intelectual importante y con mucho interés por seguir explorando la ventana que se abre sobre la actualidad contemporánea a partir de una reflexión comparada sobre dos casos históricos que engañosamente parecen superados.

Afirmas que un problema de la historiografía española se deriva del hecho de que la España inquisitorial simplemente triunfó de forma aplastante, y que se sigue manteniendo en pie la master narrative, a veces inconscientemente… De ahí que veamos a sesudos historiadores repetir los argumentos de los genocidas para explicar la expulsión de judíos y moriscos. Por el contrario, la derrota del Nacional Socialismo hace inviable el repetir los argumentos de los nazis. Parece que se repite el tópico: “la historia la escriben los vencedores”… En este sentido, ¿crees que estamos condenados a permanecer fijos en una imagen esencialista de España que ninguna investigación tiene la capacidad de modificar en lo más mínimo? ¿Cómo explicar la persistencia de una visión tan poco acorde con el secularismo o con el discurso universalista de los derechos humanos?

Cuando hablamos de España no podemos perder de vista que no hay una sola España. Es decir, no existe ni ha existido nunca en la historia del país un consenso sobre la identidad de España y de los españoles. Lo que caracteriza a la historia de España es que, durante muchos siglos, una visión específica de la identidad – la visión esencialista o ‘casticista’- ha conseguido imponerse sobre las demás y ha sido el arma de dominación política. Al haber triunfado durante tantos siglos, enseñar o ‘narrar’ la historia de España significa inevitablemente reconstruir el proceso del triunfo del casticismo y de esta manera resulta muy difícil ofrecer una comprensión alternativa de la identidad nacional. Pensemos en un figura como Blas Infante, que intentó algo similar para Andalucía y pensemos el escaso impacto que han tenido sus escritos en la mente de los andaluces. La comparación con el nacionalismo histórico vasco es apabullante. Sabino de Arana pudo construir con éxito un movimiento nacionalista vasco porque el caldo de cultivo estaba ahí: lo único que tuvo que hacer fue ‘traducir’ los valores casticistas españoles a la realidad vasca. A través de la socialización y la enseñanza, incluso a través de la lengua, las mentes españolas están ‘colonizadas’ por los esquemas casticistas. Pero, repito, no quiero caer yo misma en la trampa del esencialismo. Ninguna identidad es inmutable. Tenemos que aprender a reconocer los mecanismos de transmisión de ciertos esquemas identitarios secularmente aprendidos.

En cuanto a los historiadores “casticistas”… ¿crees que son realmente conscientes de lo que significa esta identificación implícita con la España Inquisitorial, y en especial las implicaciones de la repetición del argumentario sobre la expulsión?

Precisamente, uno de los objetivos de mi libro fue poner al descubierto estos mecanismos de transmisión y confirmación de los valores casticistas. El estudio del lenguaje o del discurso resulta muy esclarecedor a este respecto. Los procesos de etnogénesis se hallan literalmente inscritos en la lengua y al aprenderse la lengua se aprenden también los valores étnicos. En este sentido, los historiadores, a menudo inconscientemente, a través de su escritura contribuyen a repandir los valores casticistas implícitos en el lenguaje. Para detectar con claridad este mecanismo, la observación a partir del nazismo resulta revelador. Los casos extremos son como una caricatura: aumentan exageradamente los rasgos de una realidad. Este es el gran valor didáctico del nazismo para nuestra comprensión de los fenómenos históricos y contemporáneos. La lectura sintomática de los textos y el lenguaje nazi agudiza nuestros sentidos para detectar la infección casticista que se transparenta en muchos textos de historiografía española. Uno de los ejemplos que desarrollo en mi libro es el concepto de ‘emigración’ que se usa en ciertos textos para hablar del destierro de los moriscos o de los judíos en la historia de España. También la manera fría y aséptica en que es tratada la expulsión de los moriscos por muchos historiadores aparece a través de un análisis del discurso.

 Según afirmas, la comparación entre la Alemania nazi y la España inquisitorial nos ofrece “una ventana por donde observar realidades contemporáneas”. Nos situamos en un debate abierto. Autores como Friedman han considerado la limpieza de sangre como el caldo de cultivo del antisemitismo moderno europeo… Más recientemente, otros autores han recalcado las similitudes entre la islamofobia y el antisemitismo. Este discurso tiene la voluntad de alertar sobre el sentido final del auge de la islamofobia, como fenómeno que abre las puertas a unos horrores que pocos desean que retornen… Desde otra perspectiva, se tiende negar toda equiparación, en base a la “especificidad del anti-semitismo”. ¿Cuál es tu punto de vista sobre esta controversia?

Son controversias difíciles y donde cada posición tiene su porqué. Tanto los que reivindican la especificidad del antisemitismo como los que lo tratan de equiparar con otras modalidades de racismo como puede ser la islamofobia tienen parte de razón. No podemos negar que el antisemitismo ocupa un lugar específico dentro del contexto de la historia europea y es lo que le confiere su singularidad relativa. Por otro lado, desde un punto de vista más abstracto, es obvio que las estrategias de exclusión o de estereotipación que encontramos en el antisemitismo se repiten, en parte, en la islamofobia, si primero nos ponemos de acuerdo sobre una definición de estos términos. Como se ve en el planteamiento de mi libro, no tengo tabúes cuando se trata de poder comprender un fenómeno social o cultural a la luz de otro. La perspectiva contrastada ayuda a descubrir aspectos desconocidos, no sólo a través de las similitudes sino también a través de las diferencias.

Según nos hizo saber el profesor Fontana, apoyándose en las investigaciones de Harvey, el término ‘racismo’ resulta ser un hispanismo, que data precisamente de la época anterior a la expulsión. Rodrigo de Zayas titula su libro sobre la expulsión de los moriscos ‘Racismo de Estado’. ¿Cuál es tu opinión sobre este calificativo?, ¿Crees que estos estudios aportan una nueva luz sobre la cuestión morisca y el sentido de los estatutos de sangre?

Creo que el término de ‘racismo’ ha quedado muy afectado por el nazismo, de modo que hoy es un término poco útil como instrumento científico ya que se caracteriza por la polémica y la ambigüedad. Por eso prefiero hablar de ‘etnicismo’, que es un concepto más neutro. Entiendo por ‘etnicismo’ una reacción social en defensa de una identidad o un grupo colectivo que se define por oposición a un otro imaginario o real. Cuando ésta reacción social se organiza o encauza desde el propio Estado podemos hablar de un etnicismo de Estado. Personalmente, prefiero reservar el término de ‘racismo’ para un caso específico de etnicismo, es decir, aquél donde la exclusión del otro se basa en rasgos somáticos o fenotípicos. En esta acepción el etnicismo abarca el fenómeno del racismo, pero no se limita a casos de racismo. Pero, una vez más, se trata de ponernos de acuerdo sobre las definiciones de los conceptos que usamos. En el caso específico de los moriscos, como he demostrado en mi libro al reconstruir la información histórica sobre las deportaciones internas, primero, y luego la expulsión, podemos decir que, efectivamente, se trataba de una política etnicista racista, ya que se trataba de eliminar del territorio nacional todo trazo de sangre morisca y no únicamente, como algunos siguen defendiendo, expulsar una población religiosa y culturalmente ‘inasimilada’. La mejor prueba de ello fue cómo se solucionó el gran dilema de qué hacer con los niños moriscos.

Hablas de “catolicismo biológico” para referirte a la ideología que fundamenta los estatutos de sangre y la expulsión de judíos y moriscos. En este término dual se pone en juego una paradoja, pero también la secreta conexión entre la tesis racial y la tesis religiosa. Tal vez esta conexión podría ser clarificada si recurrimos al concepto de biopolítica, tal y como fue desarrollado por Foucault. ¿Es la España Inquisitorial el primer país biopolítico?

Leí el término de ‘catolicismo biológico’ hace años ya, en un testimonio de José Jiménez Lozano sobre la educación y socialización durante la época franquista. Me pareció totalmente adecuado para entender esta fusión de religión y etnicismo en una combinación paradójica ya que el catolicismo se distancia doctrinalmente de toda reacción etnicista, máxime si se trata de un etnicismo racialista. Fue precisamente esta paradoja la que explica la complejidad del caso español. En un Estado etnicista de tipo racialista que pone todo su empeño en la homogeneización ‘biológica’ de la sociedad, representada por la sangre, los de ‘sangre’ diferente jamás pueden ser incluidos en el ‘cuerpo nacional’ o Volkskörper en términos del nazismo. Y esto fue, precisamente, lo que pretendía conseguir la España inquisitorial: la inclusión total y absoluta, es decir, la asimilación completa borrando todas las diferencias de las antiguas minorías etnorreligiosas. Este inmenso esfuerzo inquisitorial chocaba con la resistencia etnicista que los estatutos de limpieza de sangre opusieron contra la política de inclusión. La tragedia de la construcción nacional en España fue la incompatibilidad de los objetivos propuestos: por un lado, mantener la pureza étnica (de ‘sangre’) y por otro, extender el cristianismo. Unir el particularismo de la sangre y el universalismo de la fe. Imposible. Que a esto se le pueda llamar ‘biopolítica’ en el sentido que le ha querido dar Foucault, no lo sé (nos encontramos otra vez con el problema de la definición de los conceptos). Lo que sí es seguro que esta política de España tuvo un impacto duradero sobre el orden mundial, como lo tuvo también el nazismo. Es por esto que, para mí, la lectura contrastiva de las dos fechas emblemáticas de 1492 y 1942 resulta fundamental para el estudio de la historia universal.

Lo que dices puede resultar chocante para muchos españoles: implica que el concepto de identidad desarrollado por la España católica es anti-cristiano, algo que sin duda podría hacerse extensible al nacional-catolicismo de la época franquista.

Si, efectivamente, estrictamente hablando nacionalismo y cristianismo se contradicen, son incompatibles. Pero el uso político que se haga de una ideología o de una religión no coincide necesariamente con su auténtico mensaje o doctrina. ¿Cómo se explica el ‘nacional’-‘socialismo’? ¡Otra contradicción! Si lees Mein Kampf terminas mareado de las contradicciones y, sin embargo, consiguió convencer a mucha gente. Por eso, creo que la debilidad de los oponentes de este tipo de regímenes es que lo intentan combatir con argumentos racionales cuando se trata de sistemas construidos sobre auténticos cortocircuitos del sentido común.

Además de tu bucear en los aspectos más turbulentos de la historia de España, has estudiado la conversión al islam en Bélgica. Se trata de dos países que han hecho del catolicismo una seña de identidad, que abordan el status del islam. ¿Qué paralelismos encuentras entre una y otra situación? ¿Existe una herencia de la España inquisitorial en Bélgica?

El catolicismo es un ingrediente muy importante de la sociedad belga, sobre todo en Flandes y esto se explica, en parte, por la presencia española en estas regiones durante el siglo XVI y XVII caracterizada por la represión del protestantismo. Podemos decir que el catolicismo tradicional de la cultura flamenca es, históricamente hablando, una herencia de la España inquisitorial. Sin embargo, la sociedad belga se ha secularizado de forma espectacular a partir de los años 1960 de modo que el porcentaje de población practicante es muy pequeño. Eso no quita que subsisten muchos vestigios del tradicional catolicismo en todos los sectores de la sociedad: desde la vida asociativa, la educación (colegios, universidades, etc.) hasta partidos políticos con una etiqueta abiertamente católica. A pesar de esta fuerte impronta cultural y social religiosa, el catolicismo no queda asociado con la etnicidad, o si se quiere, con los nacionalismos en Bélgica como sí es el caso en España (véase mi libro Etnogénesis y etnicidad en España). Las polémicas en torno a la Iglesia o al papel de la religión en la sociedad no levantan emociones ‘nacionalistas’ o étnicas en Bélgica como suele ser el caso en España. Y en este sentido, la conversión de un belga al islam puede tener una connotación muy distinta a la que tiene en España, donde se le vincula con la negación de la identidad española.

En los años 1990 estudié las conversiones al islam en Andalucía en el marco de mis investigaciones sobre el regionalismo andaluz. Teniendo en cuenta el marco de referencia casticista de las identidades colectivas en España, abrazar el islam puede significar un acto de distanciamiento o rechazo de la identidad nacional. Claro está, estamos hablando aquí de tan sólo una parte de los conversiones al islam, con un significado muy específico. No pretendo reducir el fenómeno de las conversiones al tema de los nacionalismos, pero si se trata de diferenciarlo de Bélgica, yo diría que esta sería una de las diferencias llamativas.

En todos estos debates subyace la cuestión identitaria… ¿Hasta qué punto la propia idea de una “identidad nacional” no es la fuente de todos los problemas? Como antropóloga: ¿crees que existe algo así como una “identidad colectiva natural” , o más bien toda identidad no es más que una construcción política artificial, un discurso sobre el “nosotros” generado por el Estado-nación moderno?

Después del Holocausto nos hemos vuelto muy desconfiados con las identidades nacionales o regionales y todo lo que huele a nacionalismo nos parece de por sí condenable. Creo que hemos ido demasiado lejos en nuestro rechazo de los nacionalismos. A través de la historia de la humanidad, el hombre siempre ha ido configurando grupos o colectivos que trazaban una frontera entre un nosotros y un ellos. Es inherente al ser humano. El nacionalismo, aunque ha llegado a excesos dramáticos, significa, a mi entender, un paso adelante si lo comparamos con el sistema de identificación étnica, característico del sistema tribal, donde la biología, la ‘sangre’ es el único criterio de pertenencia. La mayoría de los nacionalismos que conocemos hoy no son nacionalismos étnicos y, por lo tanto, tienen mecanismos de inclusión mucho más abiertos que un sistema tribal.

La globalización nos obliga a repensar nuestras estructuras políticas y sociales y habrá que encontrar una alternativa al nacionalismo. Pero, sinceramente, cualquiera que sea la nueva forma de organización política basada en un mínimo de identidad compartida, también generará guerras, conflictos y exclusiones. Las prácticas genocidas y de limpieza étnica quedarán históricamente asociadas con la construcción del Estado-nación moderno. Nos falta en este momento perspectiva histórica para definir el tipo de violencia característico de las políticas identitarias que quedarán asociadas con la era de la globalización. En todo caso, el panorama que se nos presenta en el mundo de hoy no me parece demasiado promisor.

Francamente, yo tampoco soy muy optimista. Creo que se mantendrá el modelo de genocidio etnicista mientras se ensayan los nuevos modos de violencia propios de la globalización. Gracias, Christiane, ha sido muy clarificador.


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