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La islamización de los mediníes

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

07/10/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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La mezquita del Profeta en Medina a principios del siglo XX
La mezquita del Profeta en Medina a principios del siglo XX

Las inquietudes de los mequíes eran cada vez mayores, mientras Muhammad redoblaba sus esfuerzos hacia los visitantes extranjeros. La estación de peregrinación anual a Meca era particularmente importante. Los paganos mequíes, sobre todo el implacable Abû Lahab, se ocupaban intensamente de extender perniciosos prejuicios contra el Islam. Según las fuentes de Samhûdî (2ª edi., p. 221-222) ya 5 o 6 años antes de la Hégira, con ocasión de una peregrinación a Meca, el Profeta encontró algunos mediníes de la facción Aus, cuando estos fueron a buscar la alianza militar de los paganos de Meca.

Poco después tuvo lugar la famosa guerra de Bu’âth donde los Aus vencieron a los Jazray. Se trata posiblemente de la época en que el Profeta sufría el boicot del que hemos hablado. Los cronistas nos cuentan los esfuerzos de Muhammad el año que siguió al levantamiento del boicot y el viaje a Tâ’if, año durante el cual Muhammad abordó a una quincena de contingentes peregrinos extranjeros, en Mina, en las afueras de Meca. Ibn Hichâm afirma claramente que el Profeta buscaba entonces alianzas para poder ir al extranjero y poderse defender llegado el caso. La idea de esas tentativas era la siguiente: “Protégeme y sigue mi palabra, y pronto seréis los amos de los imperios vecinos de persas y bizantinos”.

Encontró una cogida distinta en estas 15 tribus; ruda, educada, evasiva, irónica... pero siempre negativa. ¡Con qué perseverancia a pesar de sus sucesivos fracasos, continuó sus esfuerzos!. Al fin en la 16 tentativa encontró a un grupo mediní en número de seis, en ‘Aqabah. (Este lugar, a la izquierda del viajero, yendo de Meca a Mina, a un tiro de piedra antes del desfiladero que conduce a la explanada de Mina, no tenía al principio un nombre propio, y los antiguos se referían a él diciendo: “cerca del desfiladero”, ‘ind al-‘aqabah). Los invitó al Islam, y esta vez no fue rechazado, ya que los mediníes, después de una breve deliberación, abrazaron la nueva fe. No era cuestión de un individuo sino de todo un grupo. ¿Por qué este grupo mediní y no sus contemporáneos de Arabia?.

En la ciudad de Medina (39º 44”- 24º 33’) al lado de los árabes vivía un número considerable de judíos. Una y otra parte de la población mediní estaban destrozados interiormente; además, una parte de los árabes se habían aliado a una parte de los judíos para defenderse contra la confederación rival formada también por árabes y judíos. Estas guerras intestinas que, según Saurhûdî (1, 215) habían durado ya 120 años, tenían agotadas a las dos facciones, tanto que los representantes del grupo árabe recientemente vencidos en el campo de batalla de Bû’ath, fueron a Meca para intentar un pacto de ayuda mutua con los mequíes.

En efecto los seis convertidos mediníes pertenecían a esta facción de los antiguos triunfadores recientemente vencidos, los Jazray. Recordemos que el Profeta estaba emparentado con los jazrayíes por línea materna, y los lazos entre los dos clanes, mediní y mequí habían sido muy estrechos: tanto es así que un contingente de caballería mediní vino en ayuda de ‘Abd al Muttalib; que cuando el padre del Profeta murió fue enterrado en esta misma tribu; que el niño Muhammad visitó a sus parientes mediníes en compañía de su madre; y por último que ‘Abbaâs, tío del Profeta, los visitaba a menudo por razones de comercio. Por otro lado los mediníes poseían mejor que los otros árabes la noción de las cosas proféticas, esto gracias al vecinaje de los judíos y a la alianza con ellos que habían hecho incluso algunas conversiones al judaísmo. Sabemos por historiadores árabes que los paganos mediníes eran a menudo despreciados por los judíos a causa de su ignorancia de las cosas proféticas y las discusiones terminaban siempre por la afirmación judía que el Profeta esperado aparecería.

El efecto psicológico de esta afirmación fue ciertamente importante. ‘Aicha no parece haberse equivocado en su observación (cf. Bukharî, 63/1, ibn Hanbal, VI, 61) que la sangrienta guerra de Bu’ât facilitó de cualquier forma al Islam, porque casi todos los grandes jefes murieron, los mismos que por orgullo se habían abstenido de abrazar el Islam y se hubieran opuesto a la propagación de la religión predicada por un extranjero, un mequí.

Estos seis mediníes, en razón a su espíritu particularmente sano y puro, ayudados por los hechos que hemos mencionado, fueron atraídos por la llamada del mensajero de Allah, y quisieron obtener así una superioridad incluso sobre los judíos. Según Ibn Hicham el Profeta se dirigió a los otros mediníes, incluso del clan de Aus, rival de los jazrayíes, pero no tuvo el mismo éxito esta vez. En cualquier caso, los seis convertidos no tardaron, a su regreso a Medina, a predicar la fe del “Profeta esperado”, y evidentemente toda la ciudad comenzó a hablar de ello. Aunque el conocimiento que tenían de su nueva religión era muy superficial, sus esfuerzos de proselitismo se revelaron muy fructuosos. Los coraichíes habían desengañado a los ausíes de sus tentativas de una alianza militar con ellos (para más detalle ver as- Samhûdi, Wafâ’ al wafa’, ed. Beyrut 1955, I, 215, 6) no nos asombremos pues que las nuevas conversiones en Medina hayan afectado igualmente a los ausíes. En efecto, un año más tarde, en peregrinación, una delegación de nuevos conversos, compuesta de 10 jazraíies y 2 ausíes, encontró al Profeta en el mismo lugar, ‘Aqaba y le prestó personalmente juramento de fidelidad. Recordemos que los seis del primer encuentro habían dicho al Profeta: “nuestro pueblo está destrozado por querellas internas; puede ser que Allah lo libere por tu mediación. Nosotros vamos a trabajar en este sentido, y a invitar a lo que tú nos has invitado y nosotros hemos aceptado”. Los ausíes no eran menos ávidos que los jazrayíes de pertenecer al “Profeta esperado”, pero hay que tener en cuenta las debilidades humanas. Ibn Hichâm recuerda que inmediatamente después del segundo encuentro en ‘Aqaba, cuando los musulmanes en Medina quisieron celebrar los oficios en común, el imam de los ausíes no era aceptado por los Jazrayíes y viceversa, pero los dos clanes consintieron de buen agrado poner al mequí, que el Profeta les había enviado como maestro, a la cabeza de la asamblea de los fieles para dirigirlos en los oficios. Incluso un poco más tarde la situación no varió: los jazrayíes no osaban ir a las ciudades de los ausíes y viceversa. Cuando el Profeta llegó a qubâ, fueron los Bânu ‘amz ibn ‘ant (ausíes) quienes lo reciben. Es allí donde pregunta: ¿dónde está As’ad ibn Zurâra (el Jazrayí)?- “Él mató a alguno de nuestra tribu en la batalla de Bu’ât; respondieron por eso no se atreve a venir aquí”. No obstante vino por la noche a última hora con la cara cubierta con un velo. Ante el asombro del Profeta, dijo: “Cuando tú estás en alguna parte ¿cómo podría no venir a saludarte, incluso con riesgo de mi vida?”. Pasó la noche con el Profeta el cual al día siguiente recomendó a ciertos notables de los Aus que le otorgaran protección. Hizo falta insistir mucho para que uno de ellos, sa’d ibn Khaithama fuera a la casa de As’d y lo llevara de la mano, delante del Profeta. Viendo este inesperado espectáculo, todos los Aus musulmanes gritaron: “todos y cada uno de nosotros le otorga protección, Oh Mensajero de Allah”. Desde entonces, As’ad puede venir mañana y tarde a ver tranquilamente al Profeta (cf. Samhûdî, I, 249-250). La tarea del Profeta no fue fácil.

Tenemos la fórmula del juramento que los doce mediníes prestaron en ‘Aqaba:
“Escuchar y obedecer en lo fácil como en lo difícil, en lo agradable como en lo penoso. Y sobre nosotros, tendrás siempre preferencia. Y no discutiremos el mando a cualquiera que lo detente. No temeremos, por causa de Allah, el desprecio de ningún censor. Y queda entendido que no asociaremos a Allah a nada, que no robaremos, que no fornicaremos, que no mataremos nunca a nuestros hijos, que no propagaremos calumnias entre nosotros y que no te desobedeceremos por ninguna buena acción.”

Tan sincero era su celo que en ese momento dicen: “Oh mensajero de Allah, si tú nos autorizas, iremos mañana por la mañana a atacar a esa muchedumbre de los incrédulos de aquí, a Mina, para masacrarlos”. El Profeta les responde: “Allah no quiere eso” (ibn Hanbal, III, 462; Ibn al-Yauzî, Wafâ p. 226).

El Profeta precisó: “ Si cumplís vuestro juramento, el Paraíso es vuestra recompensa, y si lo violáis en cualquier sentido, es Allah a quien le corresponde castigaros o perdonaros”.

Convendría ver de nuevo el siguiente relato (de Saurhûdi, 2ª ed., p. 857; cf también Ibn Qudâmal, al-Istibsâr fi nasab as-sahâba min al-ansâr, p. 174): En esta época: “cuando Râfi ibn Mâlik az-Zurqi encontró al Profeta en ‘Aqaba, éste le dio una copia de todo el Corán revelado hasta entonces; y Râfi’ tenía la costumbre de recitarlo en la mezquita de su barrio, la primera mezquita del mundo donde se hizo”.

Otro acontecimiento es contado de dos formas: según unos, los mediníes musulmanes llamados desde ahora Ansâr (socorredores) pidieron en el campo que el Profeta enviara un hombre instruido en la doctrina islámica, con ellos a Medina, para enseñarles a los musulmanes su religión y para predicar el Islam. Según otros fue un poco más tarde cuando escribieron desde Medina para que les enviara desde Meca un maestro de religión, y Mus’aab ibn ‘Umair fue escogido para ello por el Profeta.

Su tarea no era fácil. Se instaló en casa de As’ad ibn Zurâra, uno de los jefes conversos. Éste lo condujo un día a casa de sus primos, Sa’d ibn Mu’âdh y Usaid ibn Hudair. El maestro se sentó en un jardín, cerca de un pozo, y pronto fueron numerosos los visitantes. Al propietario, Sa’d ibn Ma’adh, no le gustaba la nuevo “herejía”, y dijo a Usaid, que estaba allí: “Ve y expulsa de aquí a esas dos personas (el maestro Mus’ab y su hospedero As’ad). As’ad es el hijo de mi tía. Si él no estuviera aquí yo no te habría molestado. Diles que no perturbe la paz de nuestra casa”. Usaid tomó su lanza, y se abalanzó hacia ellos y les dijo provocativamente: “¿Por qué habéis venido aquí, para perder a los débiles de espíritu?. Por vuestro propio interés y seguridad dejad el lugar lo más pronto que podáis.” El misionero respondió dulcemente: ¿Quieres sentarte un momento y oír lo que quiero decirte?. Por favor... si no, me marcharé inmediatamente”. Usaid dijo: “Es justo”, y Mus’ab le explicó lo que significaba el Islam, y recitó algunos versos del Corán. Se vio aparecer el encantamiento sobre el rostro de Usaid, antes incluso que Mus’ab hubiera terminado. Luego Usaid, gritó: “¡Que bello es esto!. ¿Qué hay que hacer para abrazar esta religión?” Después añadió: “Voy a enviaros a alguien que es el primer personaje de la tribu; si consigues convencerle, la tribu entera se convertirá”. Vuelto ante Sa’d ibn Mu’âdh y sus camaradas, hizo el siguiente relato: “el pequeño buen hombre no parece tener nada de malo, les he pedido a él y a sus compañeros que se fueran, pero se obstinan en quedarse y dicen: Haremos lo que queramos. Además, he sabido que los miembros de la tribu de los Banû Hâritha, tres rivales, han salido para matar a tu primo As’ad que ha abrazado la nueva “herejía”, y quieren humillarte.” (Él quería decir: As’ad es musulmán, luego tú no puedes defenderlo contra tres correligionarios; pero es tu primo, y dejar correr su sangre impunemente sería para tí una humillación). Usaid le había contado todo esto para persuadir a Sa’d ibn Mu’âd de ir él mismo a hablar con el misionero, cuyas capacidades mágicas no ofrecían ninguna duda para Usaid. Sa’ad muy excitado le dijo: “No has sido capaz de arreglar el asunto”. Después tomó su lanza y se dirigió donde estaba el misionero al cual apostrofó con violencia. Unos instantes después, lo vimos volver a su casa gritando: ¿Quien soy yo?.-“Tú eres nuestro señor y el más sabio de nosotros” fue la respuesta de la tribu. “Escuchad bien, yo reniego de todos, hombres y mujeres, si no abrazáis el Islam ahora mismo” gritó el rudo jefe. Antes de la puesta del sol, todo su clan estaba islamizado.

Mus’ab, el misionero, trabajó durante todo el año, antes de volver a Meca para anunciar al Profeta que a excepción de tres familias, todos los clanes árabes de Medina habían abrazado el Islam, para la mayor parte de sus miembros.

En una peregrinación anual a Meca, Medina envió un contingente de 500 personas, entre las que había dos mujeres y 71 hombres musulmanes. Una noche pidieron cita con el Profeta, para un reencuentro en ‘Aqaba, y salieron en pequeños grupos del campamento para no crear sospechas. Era media noche, había luna llena. El Profeta estaba acompañado de su tío, ‘Abbâs, que todavía no había abrazado el Islam, pero que, siendo casi de la misma edad que el Profeta, amaba tiernamente a su sobrino. Se tendría necesaria habilidad en negocios, porque había grandes decisiones que tomar. ‘Abbâs era muy conocido por los mediníes, a causa de sus numerosos viajes a la ciudad. Parece ser que ya estaba esbozado un pacto militar, quizás desde la estancia del misionero Mus’ab en Medina, porque Abdâs, que tomó la palabra el primero, comenzó así: “Sabéis que Muhammad está actualmente en su país con su familia, que le protege. Él quiere dejar Meca para reunirse con vosotros. Si creéis que vais a cumplir vuestras promesas y protegerlo, entonces tomad vosotros la responsabilidad. Pero si por el contrario, si vais a dejarlo abandonado después que él haya dejado su pueblo, es mejor que ya desde ahora no lo invitéis”. Ellos respondieron: “Hemos comprendido lo que nos has dicho, pero queremos que el Profeta nos hable por sí mismo”. Muhammad recitó algunos versículos del Corán, explicó el Islam y luego les dijo: “Yo os encargo que me protejáis de la misma forma como protegéis a vuestras mujeres y a vuestros hijos”. Ellos respondieron: “Sí ciertamente; nosotros juramos por el que te ha enviado a traernos la verdad, que te protegeremos de la forma en que protegemos a nuestros protegidos”. Cuando les explicó que esto podría acarrearles la guerra con el mundo entero, ellos no vacilaron en su determinación. Y, como nos enseña Tabarî en su comentario del Corán, prometieron al Profeta, en el caso en que él o sus compañeros mequíes se trasladaran a Medina, protegerlos a todos contra todo el mundo. Alguien planteó una pregunta: “Oh enviado de Allah, hay un pacto entre nosotros y los judíos de nuestra región y nosotros vamos a denunciarlo; pero si hacemos esto, y si más tarde Allah te diera la victoria, ¿nos abandonarías para volver con tu pueblo?”. Muhammad respondió con una sonrisa: vuestra sangre es mi sangre; vuestra misericordia es mi misericordia. Yo participo con vosotros y vosotros participáis conmigo. Combatiré con cualquiera que os combata, y haré la paz con quien os haga la paz.

Luego Muhammad les pidió que escogieran ellos mismos los nombres de los que él podría designar como sus jefes. De esta manera nombró nueve jefes (naquîb) para los nueve clanes de los jazrayíes y tres para los de los ausíes. Nombró también un Jefe de jefes (especie de virrey). No nos asombremos si la elección recae sobre As’ad ibn Zurâra, el jefe jazrayí cuya casa el misionero Mus’ab había habitado durante su estancia, tan útil, en Medina. Según ibn Hichâm, p. 356 y Sanhûdi (2ª ed., p. 230), As’ad murió poco después de la Hégira del Profeta, cuando la mezquita estaba todavía en construcción. Su clan quiso que el profeta les nombrara un nuevo naqîb (o naqîb an-nuqabâ) entre los Ansâr, quizá quería también descartar sin ofenderlos a los dos personajes más caracterizados entre los jazrayíes, a saber el hipócrita Ibn Ubaiy, y el demasiado orgulloso Sa’db ‘Ubâda (que no se unió nunca al califato de Abû Bakr) y de ‘Umar.

El ruido de estos acontecimientos llegó a los coraichíes, y al día siguiente mismo, una delegación suya se dirigió a ver a los mediníes para hacerles saber las graves consecuencias de un pacto militar, dirigido en primer lugar contra los coraichíes de Meca. Los mediníes musulmanes se callaron, y los no musulmanes que no sabían nada de lo que había pasado por la noche, juraron que la noticia de un pacto era falsa. Por su parte, ‘Abdallah b. Ubaiy añadió: “¿Cómo pueden hacerlo sin mí?” (cf. Samhûdi, 2ª ed., p. 233). Los mequíes se retiraron satisfechos, pero pronto supieron los detalles del pacto y persiguieron a la caravana mediní, que se había ya tomado el camino de vuelta. Uno de los mediníes que se había desgraciadamente retrasado; fue preso de los mequíes: le tiraron de sus largos cabellos y lo condujeron a Meca dándole puñetazos. Este mediní tenía amigos en Meca a los que protegían cuando sus caravanas pasaban por territorio mediní; ellos vinieron a liberarlo.

Los musulmanes de Meca tuvieron así en Medina un asilo seguro, a algunas centenas de Kilómetros de su ciudad, mucho menos lejos que Abisinia más allá del mar, y un lugar donde ellos estaban seguros de ser libres, bien recibidos, y tratados como hermanos. Ese fue el centro del Dhu’l-Hiyya, y en espacio de un mes, parece ser que comienzan a dejar Meca por pequeños grupos para refugiarse en Medina. Pronto no quedaron musulmanes en meca excepto el profeta y su familia, Abû Bakr y su familia y los que dependían de terceras persona: esclavos, mujeres, mineros, etc.

La emigración no fue fácil. Citemos por ejemplo el caso de ‘Aiyâch ibn Rabî’ah. Él decidió con ‘Umar y Hichâm ibn al-‘As, de dejar Meca, y convinieron de reunirse en asamblea en un cierto lugar, y partir a la hora fijada sin esperar a nadie. Pero Hichâm no vino; los miembros no musulmanes de su familia habían observado sus preparativos, y le pusieron cadenas en los pies para impedirle salir. Después Abû Yahl se trasladó personalmente a Medina acompañado de un pariente; y como no esperaban nada por parte de ‘Umar, se dirigieron así a ‘Aiych: “Tu anciana madre está afligida de estar separada de tí: ella ha jurado que no cesará de dejarse quemar a pleno sol, y que no peinará sus cabellos, hasta tu vuelta”. ‘Umar era de la opinión que ésto era un simple ardid, y aconsejó a ‘Aiyâch que no volviese; pero ‘Aiyâch que amaba a su madre no lo escuchó. ‘Umar tenía rezón: tan pronto salieron de Medina, los dos mequíes se echaron sobre ‘Aiyâch, lo encadenaron, lo llevaron prisionero a Meca y allí lo encerraron en una casa sin techo. Su compañero Hichâm que fue hecho prisionero antes de salir, se encontraba también en la misma prisión. Los dos quedaron allí mucho tiempo, hasta que el Profeta, él mismo emigrado ya a Medina, envió unos agentes secretos para liberarlos y llevarlos a Medina.

Ni que decir tiene que los emigrantes perdieron la totalidad de sus bienes, muebles e inmuebles (salvo lo que pudieron llevar con ellos en su huída): los mequíes se apoderaron de ellos como botín. La pérdida surgida por centenares de musulmanes emigrados debió ser considerable.

El caso de Suhaib ar-Rûmî es de otro tipo. Vivía en Meca y se dedicaba probablemente al comercio. Abrazó el Islam y quiso emigrar a Medina. A que, le dijeron los mequíes: “Viniste a nuestra ciudad como un mendigo, y te enriqueciste con nuestros bienes, y ¿ahora quieres irte con esos bienes?, ¡no, eso no ocurrirá nunca!”. Suhaib respondió: “Pero ¿cómo voy a dejar mis bienes y me voy a ir solo?”. Empobrecido completamente, se trasladó a Medina, donde fue admirado por su fervor por los musulmanes y por el Profeta. El Corán guarda también recuerdo de ello: “Y He aquí uno entre las gentes que se ha vendido él mismo por la búsqueda del adorno de Allah”.

Pronto un concejo de 15 –o de 100- grandes de la ciudad se reunió en Meca para estudiar la situación creada por la huída de los musulmanes, y para decidir la conducta a seguir respecto a Muhammad. Todo el mundo estuvo de acuerdo que la expulsión de Muhammad acarrearía riesgos, por ejemplo la invasión de Meca por los mediníes. Así pues se descartó la expulsión del Profeta. El encarcelamiento no era tampoco un medio muy seguro. Se decidió el asesinato, y para evitar el peligro de guerra civil con la tribu de la víctima, se encontró un método eficaz aunque primitivo: se confió la tarea a una banda de muchachos escogidos entre todos los clanes de la ciudad. Se pensó que la tribu del Profeta no lucharía contra la totalidad de las otras tribus. Se pensó probablemente también en que no había apenas musulmanes en Meca. Se creyó que los Banû Hachim, por el consejo de Abû Lahab, aceptarían el precio de la sangre; por lo que estaban dispuestos a pagarle.

Raqîqa bin Abî Saifi ibn Hachîm, una tía del Profeta casada en la tribu de Zuhra, le llevó la noticia del complot, que ella debió conocer por los cotilleos de sus indiscretos vecinos. Muhammad se trasladó inmediatamente a la casa de Abü Bakr, que quedó aterrado por su visita a hora poco habitual, a mediodía; le dio a conocer la conspiración , y le confió la decisión de abandonar la ciudad. Abû Bakr la esperaba desde hacía varios meses; había comprado dos camellas de raza para una eventual emigración. Convinieron que los dos se encontrarían, a una hora tardía de la noche, en un lugar determinado, para ir juntos a una caverna del Monte Thaur, situada en las afueras. Abû Bakr se encargó de elegir un guía camellero, así como de preparar las provisiones. ‘Abdallah ibn Uraiqit, un pagano, debía probar su fidelidad, guiando a los refugiados hasta Medina, por un camino no frecuentado. El Profeta y Abû Bakr decidieron pasar algunos días en la caverna antes de ponerse en ruta.

Meca estaba ahora en pleno estado de guerra contra el Islam. Contemplemos el comportamiento del Profeta en estos momentos de crisis: Pidió a su hijo adoptivo, ‘Ali que se trasladara, después de su partida, con todos los depósitos que los mequíes paganos y enemigos le habían confiado, a reunirse con él en Medina. Pidió igualmente a ‘Ali que se acostara esa noche en la cama del Profeta para engañar a los que lo vigilaban.

El Profeta tenía la costumbre de ir a hacer el salat en el patio de la Ka’ba durante la noche. Los mequíes lo esperaban esa noche a la puerta de su casa. El Profeta dejó la casa a media noche, cantando versículos del Corán; por milagro el enemigo no se percató. Por superstición, costumbre o simple prudencia impidió que los asesinos entraran en su casa; ellos querían asaltarlo solamente cuando saliera de su casa; desde fuera veiase la cama del Profeta ocupada y fue al amanecer cuando se dieron cuenta que era ‘Ali quien allí estaba. Era necesario buscar fuera al evadido, lo que se hizo sin tardanza.

Por su parte Abû Bakr saltó desde una ventana de su casa, la cual estaba igualmente vigilada sin duda, y se reunió con el Profeta, y los dos se encaminaron en la total oscuridad del fin del mes lunar, hacia la cima del monte Thaur. Alguien reconoció a Abû Bakr por el camino; pero sin revelar el secreto ni mentir, éste consiguió desembarazarse de este encuentro inesperado. El Profeta se hirió los pies durante los kilómetros que duró la subida.

A la llegada a la caverna el fiel Abû Bakr entró el primero, la barrió, y con trozos de su hopolanda tapó todos los agujeros, por miedo a las serpientes. Después llamó al Profeta. La tradición nos dice que la hopalanda no bastó y que Abû Bakr tapó el último agujero con su talón, y que una serpiente le mordió precisamente allí. El Profeta estaba muy fatigado y había puesto su cabeza sobre las rodillas de Abû Bakr mientras dormía. Abû Bakr se esforzó en no moverse a pesar del dolor, pero las lágrimas que salían de sus ojos, cayeron en la cara del Profeta despertándolo. Muhammad no tenía más que su saliva para atender el mal; pero este remedio resultó eficaz. Mucho más dichoso fue el incidente siguiente: después de la llegada de los refugiados a la caverna, una araña tejió su tela a la entrada. Una pareja de palomos estaba construyendo un nido en las ramas de un árbol, en el mismo tranquilo lugar. No se asustaron por la llegada del Profeta. Así quedó disimulado el refugio. Más tarde oyeron las voces de sus perseguidores –que habían sido conducidos a la cueva por un experto rastreador- y como Abû Bakr se asustó, el Profeta lo colmó diciéndole: “No te aflijas, ciertamente, Allah está con nosotros”. El Corán guarda de ello recuerdo. Esta caverna de Thaur era seguramente muy conocida por los mequíes, como los incidentes lo prueban los acontecimientos relatados y otros que siguen.

El pastor del rebaño de Abû Bakr, llevaba cada tarde provisión de leche, y el hijo de Abû Bakr, las noticias de la ciudad. La familia de Abû Bakr sufrió las consecuencias de su desaparición y se ofreció una recompensa de cien camellos a cualquiera que diera noticias sobre los desaparecidos.

Después de tres días cuando ya la ciudad estaba un poco calmada, el pastor de Abû Bakr y el guía se dirigieron a la caverna con las dos camellas de viaje, y la pequeña caravana con los cuatro se encaminó hacia Medina.

Un grave incidente: cuando pasaron por el territorio de los Banu Mudliy (cerca de Yanbû), su jefe sospechó que eran los fugitivos cuyas cabezas se había puesto precio por los mequíes, y los persiguió a caballo. Por dos veces se aproximó y por dos veces las patas de su caballo se resbalaron en la arena, y se cayó. Asustado por estas señales, les pidió perdón y les dio –salvoconducto; luego les ofreció de todo aquello que pudieran tener necesidad. El Profeta le agradeció su oferta, y dijo que no tenía necesidad de nada; le pidió tan sólo que no divulgara la noticia. Y el Mudliyí Surâqah, le dijo: “Dejaré sin retorno a todos vuestros perseguidores”. Y fue fiel toda su vida. Más tarde tendremos ocasión de hablar de él de nuevo.

El viaje debió durar unos diez días. Un día, la pequeña caravana paró cerca de la tienda de una anciana mujer, Umm Ma’bad, cuyo marido había salido con su rebaño; y no tenía nada para vender en su casa. Una cabra vieja y enferma había quedado en su tienda; el profeta la hizo venir, y pronunciando el nombre de Allah se puso a ordeñarla ante el asombro de todos. Después de haber dado leche para él y para sus compañeros, aún dejó bastante para la familia y retomaron el camino.

Más lejos, se encontró con un pariente que volvía de Siria con mercancías. Éste dio al Profeta algunos vestidos nuevos y le hizo saber que los mediníes lo esperan impacientes.

Último incidente del camino: Buraidah, jefe de la tribu Aslam, persiguió a la caravana de fugitivos, cuando ésta pasaba por sus territorios. El relato nos muestra como a la exhortación del Profeta, Buraidah y sus compañeros abrazaron el Islam en el campo y escoltaron a Muhammad enarbolando sus pendones. Es probable que no traspasaran los límites de su propio país, ya que no se menciona nada de esta escolta en la entrada del profeta en Medina. Según otro relato, el aslamí Aus ibn Huyr encontró también la caravana proveyó al Profeta de una camello, y lo hizo acompañar por su esclavo hasta Medina. Parece ser que el Profeta mandó de vuelta al esclavo Ma’ûd con el camello después de una parte del trayecto, ya que él tampoco se encontraba con la caravana a su llegada a Medina.

Medina sabía ya de la “desaparición” de Muhammad de Meca, y todos los mediníes comprendieron que estaba de camino hacia su ciudad: Por esta razón, salían todos de sus casas, y esperaban sobre una colina que dominaba el camino que venía de Meca; Dejaban la colina cuando el sol los obligaba a ello. El retraso del Profeta se debía al tiempo que permaneció en la caverna. Al llegar a las afueras de Medina, el Profeta envió a un mensajero ante sus fieles para informarles formalmente de su llegada y pedirles permiso para entrar en la ciudad. Parece ser que los Ansâr no se trasladaron efectivamente donde el Profeta estaba parado; sino que se reunieron sobre las alturas dominantes de Thanîyat al-Wada’ (de Quba), esperando la llegada del profeta. Como tardaba y el sol se volvía cada vez más abrasador, se dispersaron, pensando probablemente que el Profeta vendría a hora más suave, al atardecer o al día siguiente por la mañana. Pero de repente un judío los llamó para decirles que llegaba la caravana; él la veía desde lo alto de la torre de su pequeña fortaleza. Todo el mundo corrió hacia la colina Thanîyat al-Wadâ’; los musulmanes vistieron sus mejores galas, y tomaron sus armas y sus armaduras para formar la guardia de honor a su Profeta bien amado. Los jóvenes no estaban menos entusiasmados. La alegría era completa y sin límites. Alguien compuso de forma improvisada una cancioncilla;

“La luna llena se alza sobre nosotros
de la Thanîyat al-Wada’
a nosotros incumbe el agradecimiento y el reconocimiento
Por tanto tiempo como se rece a Allah
Oh el que ha sido convocado por Allah para nosotros
Has llegado como un mandatario que será obedecido”

Los muchachos y las chicas batían sus tamboriles y cantaban estos versos; los jóvenes negros, artistas profesionales de la ciudad, vinieron espontáneamente a expresar su alegría, mostrando su habilidad en el manejo de sus lanzas (cf. Ibn al-Yanzi, Wafa’, p. 252), y los adultos pedían clamorosamente, cada uno de ellos para que el Profeta se alojara en su casa, cuando la pequeña caravana llegó a Thanîyat al-Wada’, cerca del pueblo de Qubâ, al Sur de Medina.

La Historia cambia de página. El Islam perseguido encuentra un refugio, y Medina se convierte en el centro del movimiento que más ha influido en la historia del mundo. Es la Hégira, la emigración del Profeta y sus compañeros de Meca a Medina; Hégira que ha dado su nombre a la era islámica. Aunque Muhammad no llega a Medina hasta el 12 de Rabi’ al Anwal, sus compañeros habían ya comenzado, según sus órdenes, la emigración tres meses antes, algunos días después de concluir el pacto de ‘Aqaba; por eso es por lo que el 1 de Muharram se considera el comienzo de esta era (el año de la era cristiana era entonces el año 622).

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