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Isrâ y Mi’rây o ascensión hacia Allah

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

30/09/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Isra y Miray
Isra y Miray

Primeramente algunas palabras sobre los términos Isrâ y Mi’rây. Literalmente habla Isrâ’ quiere decir: Hacer alguien un viaje durante la noche, y el término está extraído de un versículo del Corán XVII. En efecto, el acontecimiento del cual vamos a hablar tuvo lugar durante una noche. En cuanto al término Mi’rây, quiere decir el instrumento para subir o ir hacia arriba, una escalera. En la literatura islámica, los dos términos se aplican a un gran acontecimiento de la vida del Profeta Muhammad: Allah quiso honrarlo y recompensar a su Mensajero en la tierra por su comportamiento y lo llamó hacia él al Cielo y después de la recepción y de la audiencia a Allah, el Profeta volvió a la tierra, donde todavía pasó una quincena de años antes de emitir el último suspiro.

Para designar la disposición más elevada del encuentro del creador con el mejor de sus seres creados, los sabios de las diferentes religiones se han servido de diversos términos: comunión o volverse uno con Dios, participación del hombre con la divinidad, encarnación y así podríamos seguir. En su respeto hacia Allah, en su modestia y en su pudor mismo, el Islam pensó que el ser humano no puede más que subir y ascender hacia Allah, sin que haya amalgama o fusión: Allah es Allah y el hombre queda en hombre muy al otro lado de la divinidad. El hombre puede destruirse en Allah, Fanâ fi’llâh, renunciar a sus deseos para conformarse únicamente con los mandatos revelados del Señor.

Este milagro del Mi’rây –sinónimo de Isrâ’- que Allah hizo para honrar a su bien amado mensajero Muhammad, Profeta del Islam, es por muy buenas razones uno de los principales motivos de gloria y orgullo para la comunidad musulmana. El entusiasmo ha navegado libremente durante el transcurso de los siglos por boca de predicadores y por la pluma de escritores. Los hechos originales, seguros y auténticos han sido continuados en muchas obras que figuran en la cumbre de la literatura universal, hasta el punto que han tomado una importancia internacional. Así los cristianos de al-Andalus han traducido al latín una de esas descripciones populares del Mi’rây, que recorrió toda Europa, de la misma forma que la recorrieron los cuentos de las Mil y Una Noches. La descripción de la visita del Paraíso y del Infierno, ha apasionado a los poetas y ha inflamado su imaginación a veces para desgracia nacional. Dante por ejemplo la devora y asimila en su Divina Comedia, y su pequeño espíritu lleva a condenar al Profeta del Islam, bajo la acusación de cisma, en un lugar que el gusto nos prohíbe incluso imaginar. Cuanto más noble y grande es un hombre, más sus enemigos son estúpidamente virulentos. Cada cual será individualmente responsable ante Allah.

Hay que leer las descripciones auténticas del Mi’rây como un hecho espiritual edificante, y nunca como un relato turístico divertido. Las interpretaciones individuales varían hasta el infinito: Basándose en los detalles dados por el Santo Corán y por los Hadices dignos de fe, las diversas obras sobre el Mi’rây constituyen toda una gradación entre buenos y menos buenos.

Para distinguir los de cada categoría, es preciso una gran tolerancia, después una búsqueda personal realizada con un espíritu abierto para que Allah nos muestre la verdad. Así fue, sin pretensión alguna por mi parte, lo que constituyó para mí esa búsqueda: Comencé a pensar en ello desde la escuela primaria. Se nos enseñaba, en clase de geografía que la tierra es esférica como una naranja; o bien cómo aprendí también en obras de geógrafos musulmanes de la época clásica, que la tierra es como la yema de un huevo, la clara que lo envuelve es como la atmósfera y todo encerado es una cáscara que representa el cielo. Los mismos alumnos aprendía en clase de teología, que Allah es el uno, único y que él es el Creador y Señor del Universo, cuyo trono está en el cielo.

Consideramos siempre al cielo encima de nosotros. El respeto por la persona (dhát) del Señor de los mundos exige que evidentemente su trono esté por encima de nuestras cabezas y no en absoluto bajo nuestros pies. Pero ¿dónde está el cielo y la silla del trono divino?. Lo que está por encima de nosotros en el polo norte se convierte para los habitantes del polo sur en por debajo de sus pies. A esta pregunta del joven muchacho que yo era, la respuesta es que ¡resulta blasfemo incluso el pensar en estos mismos problemas!. ¿Era necesario pues tener dos personalidades en uno mismo, y creer algunas cosas sin comprenderlas y comprender otras cosas sin aplicar estos conocimientos a los otros campos?. Guardé silencio pero sólo exteriormente, interiormente hervía , y el hervor creció con la edad y con el desarrollo de mis conocimientos de estudiante.

En otros aspectos, la experiencia personal que me proporcionó un pequeño incidente, de gran alcance me ayudó bastante: una misma cuestión llega al ánimo de dos alumnos, pero la respuesta de un maestro común satisface a uno y contraria al otro: Esto me ocurrió a mí cuando era profesor de la facultad de derecho y, en compañía de un colega, profesor de filosofía, fui ver a un tercero, primer profesor de teología, del que habíamos sido alumnos antes. Uno de los dos quedó satisfecho de la explicación del profesor de teología, pero no el otro. En lugar de acusar a mi colega de incomprensión, le aconsejé el respetarnos mutuamente, aunque no fuera más que para conservar nuestra amistad y buenas relaciones.

El estudio del Mi’rây del profeta me llevó a estudiar el sentido de Allah, según el Corán. Fui impactado por el hecho que el hombre es anunciado allí como el esclavo (‘abd) y Allah como el Rey (malik). El lenguaje es un producto de las sociedades humanas y con él no somos capaces de expresar el inmenso contraste que representa el infinito poder de Allah ante la pequeñez del ser humano, en un encuentro frente a frente. Allah es un ser necesario (dhât wâyib al-wuyûd), inmanente, omnipresente, más cerca de cada uno de nosotros que nosotros mismo de nuestra propia yugular. Al mismo tiempo, él es trascendental, más allá de toda percepción física (mâ wará al-idrâk). ¿Qué hacer para describirlo, para hablar de él, sino servirnos de todas las posibilidades del lenguaje?. El Corán mismo prolonga su imagen bastante lejos: allah es el Rey (malik). Como rey, tiene los tesoros (Khazâ’in), los ejércitos (yunûd), el reinado y la realeza (mulk, malakût); tierra (‘arch), reposapie del trono (kursî), la capital (Umm al-Qurá, nombre de Meca), el palacio (bait-Allâh). Y para recibir delegaciones de sus siervos y súbditos –y también para hacer lo que quiere- tiene incluso manos (yad-Allâh, yadâhu).

El Hadiz ha añadido también dedos (asâbi), diciendo por ejemplo que el corazón humano puede ser transformado, agitado por Allah que lo toca con sus dos dedos. La Piedra Negra de la Ka’aba, de la Bait-Allâh está descrita por el Profeta como “la mano derecha” de Allah (yamîn-Allah) para recibir (istilâm) el pacto (bai’a) de pleitesía y sumisión por parte del peregrino (hâyy, literalmente: el que se dirige, aquí, hacia Allah). Además, los reyes no van a pie entre el público, fuera de las solemnidades: él queda sentado en su trono, y los más fuertes servidores lo transportan sobre sus hombros. Esta imagen está recogida en el Corán, respecto a Allah, donde dice que el trono divino es como una litera transportada por ocho ángeles.

No es necesario traspasar los límites marcados por la estricta necesidad de una descripción respetuosa de lo indescriptible. Así, hay que creer que, como rey, Allah tiene su trono; pero sería ridículo pensar que el trono es solamente para las ocasiones solemnes y que tiene también departamentos privados donde el rey pasa su tiempo con sus familiares, donde se acuesta, etc. Hay que abstenerse también de preguntar la forma y el lugar del Trono divino, porque nos hemos servido del término “Trono” por la necesidad de describir la omnipotencia de Allah frente a frente con sus criaturas. Para realizar esta descripción no disponemos más que de medios materiales y conocidos por el hombre, que se muestra impotente para describir al Dios trascendental e inmaterial. Si no se sigue esta regla de conducta, se cometerán los mismos errores que algunos mu’tazilíes, y otros pensadores musulmanes –Sinceros, ciertamente, en sus investigaciones científicas, pero muchas veces perdidos por un exceso de lógica humana- cometieron.

En mi humilde opinión, describir el Mi’rây debe encauzarse de la misma forma que la descripción de Allah: creer en lo que dice el Corán y el hadiz, y no perder de vista que se trata del mundo del más allá y que se habla de cosas que la imaginación humana puede presentir pero no describir. Lo importante es el contenido, la ascensión del hombre hacia Allah: y no la forma, el “cómo”, y el “dónde”. Es un hecho puramente espiritual, y hay que entenderlo desde un sentido místico y no con un sentido geográfico o turístico.

Los temperamentos de las personas difieren unos de otros: al día siguiente del Mi’rây, antes incluso que Abû Bakr hubiera tenido ocasión de oír el relato por boca del Profeta, cuando algunos paganos preguntaron a Abû Bakr: ¿Qué piensas de esto que cuenta tu amigo, o sea haber sido transportado al cielo y haber sido recibido por Allah?. Abû Bakr respondió: Yo lo creo, lo que él dice es verdad. Se cuenta que cierto número de conversos apostataron, al no poder soportar la enormidad del hecho. Se precisa que Abû Bakr, sólo con su fe, no cesaba de escarbar detalles: ¿Cómo era Allah?, ¿Cómo lo vistes?, etc. Evidentemente hay muchas clases de temperamentos.

Terminemos esta introducción por un hecho precisado por el gran biógrafo Ibn Hichâm: Las revelaciones (Wahy) llegaban al Profeta en cualquier ocasión y bajo cualquier forma, pero la primera de todas las revelaciones, en la caverna de Hirâ, no le vino más que cuando dormía. No nos asombremos de ellos, ya que cuando algo insólito y extraño llega por primera vez el choque es demasiado grande de soportar. El contacto con seres celestiales, para aquel que ignora completamente estas cosas no es fácil: el proceso es habituarse gradualmente.

Detalles del Mi’raÿ

Según az-Zurqânî, no menos de 45 compañeros del Profeta relataron la historia del Mi’ray, con más o menos detalles, (no se debe menospreciar la narración de aquellos que no conocieron el hecho inmediatamente, porque eran demasiado jóvenes, como ‘Aicha por ejemplo. Ya que al ser más tarde esposa del Profeta, estaba mejor situada que nadie para preguntar los detalles directamente al Profeta. La variedad de narradores hace que haya también algunas divergencias, sobre en cuanto a la serie de acontecimientos en el curso del mi’ray. Ibn Kathîr cita estas divergencias en su comentario del Corán y da una opinión juiciosa para la narración de al-Bukhâri:

Estaba una noche acostado el Profeta cuando estando entre sueño y vigilia, llegó Gabriel, abrió su pecho y lavó su corazón. Luego le mostró un caballo, llamado Burâq, un animal bellísimo; y desde la Ka’ba suben directamente al primer cielo. Los guardianes abren la puerta y Muhammad encuentra allí a Adán que lo acoge. Después en el segundo cielo, están los dos primos, Jesús y Juan el Bautista (Yahyá): en el tercero José; en el cuarto Enoch (Idris); en el quinto, Aaron; en el sexto, Moisés; en el séptimo Abraham que descansaba apoyándose en el muro de la mezquita al Bait al-Ma’mûr (al parecer es ésta la que el Corán 17/1, llama, “La mezquita más lejana”). Más lejos, el límite estaba marcado por un azufaifo (sidra Corán 53/14) Gabriel dice: “Si avanzo más allá de ese límite, me quemaré por la transfiguración divina (Tayallî) pero tú, tú estas invitado, adelante”. Gabriel le indica el camino más allá del azufaifo para llegar hasta el umbral de la presencia divina. Por el camino, Muhammad oye ruidos de las plumas que redactan decisiones y determinaciones divinas-(hoy en día se diría: el ruido de las máquinas de escribir de las oficinas del secretariado)-; luego llega al recinto de la santidad, donde, según el Corán (53/9) no había más que la distancia de dos arcos o incluso menos. Muhammad presenta sus saludos: ¡Las alabanzas benditas, puras y sinceras para Allah!. La paz sobre ti, Oh Profeta, así como la misericordia y las bendiciones divinas.

Muhammad responde:

La paz sea con nosotros así como sobre aquellos esclavos de Allah que obran bien.
Después “Allah reveló a su esclavo (Muhammad) lo que reveló”, dice el Corán, (53/10) que añade 17/23-39) la revelación de doce mandamientos –en semejante ocasión Allah había dado diez mandamientos a Moisés: Ya trataremos esto más tarde. Según el Hadiz, Allah honró a Muhammad prometiéndole graciosamente que todo Muhammadiano que crea en el Dios único, se salvará, incluso después de haber purgado algunas penas en el infierno; Después Allah sacó del Tesoro del Trono Celestial los dos últimos versos de la décima surat del Corán y se la dio en regalo como recuerdo; por fin Allah prescribe los cinco salat diarios. (Al principio había 50, pero más tarde, en el viaje de vuelta, aconsejado por Moisés, Muhammad regresó al umbral divino para pedir la reducción del número de rezos diarios (salat) y acaban por no ser más que 5, de los cuales cada uno tendrá el mérito de 10 (Corán 6/160). Gabriel lo lleva a visitar el paraíso y sus goces y a aquellos que las merecen; de igual forma el infierno y sus honores y a aquellos que las merecen. Del cielo desciendo sobre Jerusalem, donde los antiguos profetas lo acogen y le piden que los dirija como imam. Después entra en Meca, donde Muhammad se despierta en el patio de la Ka’ba, concluye al-Bukhâri.

Se ha comentado algunos de estos temas, incluso por los compañeros del Profeta. He aquí algunos ejemplos:

Abû Dharr le preguntó: ¿Has visto a Allah? Y el Profeta le responde: “Es una luz (nûr) ¿cómo puedo yo verlo?” ‘Aicha respondía así a sus alumnos en este tema: Según el Corán (6/103), las miradas humanas no alcanzan a Allah; y (según 42/51) Allah no habla a nadie más que por la voz de la revelación o desde detrás de un velo. Cuando se atraía su atención sobre los versículos (53/13-14 y 81/23) donde dice: “lo vio ciertamente, sobre el claro horizonte”, ‘Aicha responde que el Profeta mismo había dicho que se trataba de Gabriel el que él había visto en su forma angelical y no de Allah.

Hay divergencias en el relato en el sentido si el Profeta al salir de Meca va primero a Jerusalem y luego más allá de los cielos o bien si va al regreso de la ascensión. Ibn Kathîr y otros prefieren el relato en el que va a Jerusalem a la vuelta, apoyándose en muchos argumentos, por ejemplo: es normal que los ancianos profetas acojan a Muhammad para felicitarle después que éste haya tenido el honor del celestial encuentro y que le pidan que sea su imam cuando está lleno de la gracia divina. Cuando se atrae la atención de estos sabios sobre el versículo (17/1) que dice que Allah lo hizo viajar desde la Mezquita Santa (Ka’ba) a la mezquita más lejana (al-masyid al-aqsa) Jerusalem, responden que según el Corán (30/3), Palestina era para el Profeta la “tierra más próxima” (adná al ard) el país limítrofe, el país inmediatamente vecino de Arabia; la mezquita más lejana no debe encontrarse en el país más próximo. Y estos sabios piensan que la mezquita más lejana (versículo 17/1) es la mezquita celestial, donde los ángeles se dirigen para celebrar sus oficios de piedad. El eje entre la Ka’ba (la Nueva Jerusalem) y la mezquita celestial se pone de relieve en otra palabra del Profeta que dice que la Ka’ba se encuentra tan exactamente debajo de esta mezquita celestial que si una piedra cayera desde allá arriba, caería sobre el techo de la Ka’ba.

En lo que concierne a este viaje celestial, el Corán (17-60) mismo lo califica de “visión (ru’yâ) que te hemos hecho ver; sólo fue una prueba para los hombres “. Ya hemos visto el relato de Bukhâri que dice, que a la vuelta, o cuando el Profeta se despertó, se encontró en el patio de la Ka’ba. Tabarî y Râzî dicen también: Si se tratara de un sueño, no habría razón para que los paganos de Meca se subleven acusándolo de mentiroso. Pero debemos suponer que los paganos no se enfadaron contra la idea de un sueño, sino contra la incidencia según la cual Allah había recibido a su enemigo, Muhammad, encumbrado por los honores que ninguna persona pudo concebirlos mayor. Recordemos que lo recibido en sueños por los profetas no es menos valioso que ello que recibieron despiertos. La primera revelación a Muhammad en la caverna de Hira fue en sueños. Según el Corán (37/102-105), Abraham recibió en sueños el mandamiento divino de inmolar a su hijo muy amado y único. Según la Biblia (génesis 28/12), Jacob también tuvo un sueño, en el que veía a Allah. A Salomón Allah también apareció en sueños 8I Reyes, 3/5 y 9/2 etc.), No perdamos de vista las palabras de Bukhâri donde el Profeta mismo califica que se encontraba en un estado entre la vigilia y el sueño.

Esta cuestión de sueño o vigilia se trató desde muy temprano. Ibn is’hâq relaciona (‘f Suhailî, en su Raud, y Tabarî y Ibn Kathir en sus comentarios del Corán, etc.) que según ‘Aicha, mujer del Profeta, el mir’ay tuvo lugar en sueño; e insiste en ello diciendo: “su cuerpo no desapareció, fue su espíritu lo que se transportó”. De la misma forma Mu’âwiyah, cuñado y secretario del Profeta. Según Ibn al-Qaiyim (en Zâd al-ma’âd), la opinión de Al-Hasan al Basri fue idéntica. Ibn al-Qaiyim mismo prefiere decir que este viaje celestial tuvo lugar en un estado de bigilia espiritual. Entre los sabios posteriores Waliullâh ad-Dihlaeî es justamente célebre por la combinación a la vez de las ciencias intelectuales y místicas. Según él, la ascensión fue corporal, pero el cuerpo tenía entonces los atributos del espíritu. Evidentemente hay otros que dicen que el mi’ray fue un desplazamiento real y efectivo de todo su cuerpo en el espacio.

Con todo el respeto hacia los sabios precedentes, que insisten en un desplazamiento efectivo, yo me pregunto si ¿este desplazamiento no va en contra el atributo de omnipresencia divina?. El Corán cita la palabra de Allah: “Y estamos sin embargo más cerca de él que su vena yugular”. Y otro (56/84-85): “(El enfermo) del cual estamos más cerca de él que vosotros mismos”. Y otro (58/79: “no hay conversación secreta de tres sin que él (Allah) sea el cuarto, ni cinco sin que él sea el sexto, ni de un número mayor o menor sin que él esté con ellos donde quieran que estén”. O (57/4, 58/7) que él está donde nosotros estemos. Hay muchos versos en este mismo sentido. Si Allah está siempre con nosotros y siempre muy cerca de nosotros, esto implica qué falta hace irlo a buscar al cielo en su trono –Allah nos guarde de pensar así- que Allah es más pequeño que el trono, el trono más pequeño que el cielo y el cielo más pequeño que el universo.

Más vale poner las cosas en su sitio. Como nada en estas interpretaciones y deducciones vienen del Profeta y el Profeta no parece haber precisado nada a este respecto, -Más aún, incluso los compañeros del Profeta divergen a veces,- las divergencias no constituyen aquí motivo de acusación de herejía y de heterodoxia. Cada cual es libre de seguir las luces que Allah le ha dado y los argumentos del sabio que le convenzan. Personalmente, yo diría que sería mejor para un Musulmán no participar en este tipo de inútiles discusiones; Mejor conviene aprovecharse espiritualmente de esta suprema gracia divina que es el mi’ray. Particularmente así porque el Profeta mismo asegura (Ibn Hanbal, 111, 321, 339; Suyûti, etc.) que rezar (salat) es el mi’ray del hombre corriente (y según sus variantes: aproximación a Allah, qurbân, y, otra manifestación, burhân de Allah) para cada creyente. Al Profeta, su mi’ray y cada uno de nosotros nuestro mi’ray, según nuestros méritos individuales. Se ve muchas veces que desde el comienzo del Islam, el mi’ray ha sido objeto de diversas interpretaciones. Con esto creemos que es suficiente, sólo queda ser respetuoso con los demás.

Se ha hecho alusión antes que en el “mi’ray” en el curso del cual Moisés recibe los diez Mandamientos (Éxodo 20/3-17, Deuteronomio, 5/6-21). Mientras que Muhammad recibe doce (Corán 17/23-39). Podemos comparar estos mandamientos:

Corán

1º No adorarás más que a Él.
2º Sé bondadoso con tu padre y con tu madre.
3º Dale al pariente lo que se le debe, así como al menesteroso y al viajero.
4º No seas ni avaro ni dilapidador.
5º No matéis a vuestros hijos por temor a la pobreza.
6º No os acerquéis al adulterio.
7º Salvo en caso de derecho no matéis.
8º No os acerquéis a los bienes de huérfano.
9º Cumplir lo pactado.
10º Dad la medida completa.
11º No sigas lo que no conoces.
12º No andes por la tierra con orgullo.

Biblia

1º No adorarás a otros dioses ante Mí.
2º No harás imágenes ni otra representación, ni te posternarás ante ellas.
3º No tomarás el nombre del Eterno, tu Dios en vano.
4º Acuérdate del día del descanso
5º Honrarás a tu padre y a tu madre.
6º No matarás.
7º No cometerá adulterio.
8º No robarás.
9º No cometerás falsos testimonios.
10º No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás su mujer, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que pertenezca a tu prójimo.

Después de haber citado estos doce mandamientos, el Corán (17/39) añade: “Estas son revelaciones que tu Señor te hace (Oh Muhammad) para darte sabiduría.

El gran biógrafo del Profeta nuestro contemporáneo Suleiman Nadwi observa que la surat 17 entera del Corán no describe más que el mi’ray, él la analiza así:

El mi’ray está considerado tanto como manifestación del poder divino que como favor divino a Muhammad, dándole la posibilidad de ascensión hacia el umbral divino. El Profeta del Islam reúne en él los bienes de todos los profetas, y así se convierte en el profeta de las dos quiblah: de la Ka’ba de Adán – Abraham y de la de Jerusalem de Salomón y sus sucesores. Representa también una amenaza de castigo a los incrédulos de Meca, el decreto de emigración de Muhammad (a Medina), la proclamación de los mandamientos, la respuesta a los que rechazaban el rango de Profeta de Muhammad o de la revelación divina del Corán; certifica la veracidad de la resurrección y de los milagros, enseña la enseñanza a extraer de la vida de Moisés.

Advirtamos que la Biblia habla de 10 mandamientos dados a Moisés, pero el Corán dice en esta misma surat (17/101): “Hemos dado a Moisés nueve signos...” Se trata en efecto de estos Diez Mandamientos, salvo el 4º, concerniente al día del sábado que, según una explicación del Profeta aportada por Tirmidhî, Ibn Hanbal, Nasâ I, Ibn Mâyah, Tabarî etc., era únicamente para los judíos. El Corán (16/124) también precisa que el sábado no era una ley divina general, sino instituida por los Jueces (el objeto era el día de rezos solemnes).

Para terminar volvamos sobre la cuestión del regalo divino extraído del Tesoro del Trono: los dos últimos versos de la sura 2. Veamos el texto:

Este Mensajero cree en lo que le ha sido revelado por su Señor, y así hacen los creyentes; todos ellos creen en Allah, y en sus ángeles, en sus libros y en sus mensajeros diciendo: No hacemos distinción alguna entre ninguno de sus mensajeros; y dicen: Oímos y obedecemos. Imploramos tu perdón, Oh Señor nuestro y hacia Ti es el regreso.

Allah no impone cargas a ninguna alma más allá de su capacidad. Tendrá la recompensa que se gana y recibirá el castigo que merezca. Señor Nuestro no nos castigues si olvidamos y caemos en el error, y Señor Nuestro no nos imponga un peso como el que impusisteis a los que nos precedieron. Señor Nuestro, no nos cargues con lo que no tengamos fuerza para llevar; y borra nuestros pecados y concédenos el perdón y ten misericordia de nosotros; Tú eres nuestro dueño; así pues, ayúdanos contra la gente incrédula.

¡Verdaderamente es magnífico!. Coged el comienzo de estos dos versos: “Allah no impone cargas a ningún alma más allá de su capacidad”. ¡Que mejor gracia!. Si no se hiciera el deber con absoluta perfección, ¿qué acontecería con el hombre?. Si cada cual debe hacer según sus capacidades, con ello hay esperanza para todos, hasta para la clase menos favorecida y humilde. Pues este es el matiz que hay entre: “el bien que hacemos” y “el mal que deliberadamente hacemos”. Además en el primer versículo encontraríamos el gran benefactor de la humanidad de cara a las relaciones internaciones e interreligiosas: él manda creer a todos los profetas y a todos los libros divinos, y no solo y únicamente en Muhammad y el Corán. Esta tolerancia es inaudita en las otras religiones. Solo ella es capaz de crear la paz en la tierra entre los hombres a pesar de sus religiones y sus razas: en el seno de un gobierno islámico, hay paz y justicia incluso para los no musulmanes.  

Últimas advertencias

En el retorno de este celestial viaje, cuando el Profeta contó su experiencia espiritual relativa a este “viaje nocturno”, las reacciones de sus creyentes fueron variadas: algunos mequies se burlaron y le preguntaron que le describiera la ciudad de Jerusalem; otras le pidieron que les dijera dónde se encontraba su caravana, que venía de Palestina, y que la estaba esperando. Alguien corrió a ver a Abû Bakr para contarle el nuevo “escándalo”, pero su fidelidad no dudó un solo instante en testimoniar: “Yo atestiguo que Muhammad es verídico en todo lo que dice”. Desde este día, Abû Bakr adquirió entre los musulmanes el sobrenombre envidiable de Siddiq (el verídico).

Después de la noche de la primera revelación al Profeta, en el mes de Ramadán, es la noche de la ascensión, sobrevenida una decena de años más tarde, el 27 del mes de Rajab, la que es festejada por los musulmanes con la mayor de las solemnidades.


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