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Fundamentalismo islámico

Entrada del Diccionario de las tres religiones

29/09/2011 - Autor: José F. Durán Velasco - Fuente: Webislam
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Hasan al-Banna y los Hermanos Musulmanes
Hasan al-Banna y los Hermanos Musulmanes

1. Terminología

La palabra “fundamentalismo” nació en el ámbito evangélico y la palabra “integrismo” en el católico. Ambas han pasado en el imaginario colectivo a aplicarse al Islam, en ocasiones casi en exclusiva.

a. islamismo

En árabe islâmî significa tanto “islámico” como “islamista”. La palabra de uso corriente para “musulmán” es muslim (musulmán) y para “islamista” islâmî. Al fundamentalismo político se le conoce como “islam político” (al-islâm as-siyâsî en árabe).

b. fundamentalismo

“Fundamentalismo” se ha traducido al árabe como usûliyya (de usûl, “fundamentos”, en singular asl). Usûliyya es de la misma raíz que asâla (“fundamento”, “autenticidad”). A veces se contraponen los términos asâla y hadâza (“modernidad”). Los musulmanes usûliyyûn (“fundamentalistas”) serían aquellos musulmanes que dicen ir a los fundamentos de su religión, evitando la ganga acumulada a través de los siglos que, en su opinión, habría deformado el mensaje original del islam. Lo contrario de usûliyya sería la bid´a (innovación) y lo contrario de los usûliyyûn serían los mubdi´ûn (innovadores).

c. términos peyorativos

Los secularistas enemigos de los islamistas utilizan términos peyorativos como muta`aslim (que podría traducirse como “pseudomusulmán” o “pseudoislámico”) o islâmawî (“islamista” en sentido peyorativo, como “islamoide” o más bien “con pretensiones de islam”).

2. Ideario fundamentalista

Los fundamentalistas rechazan todas las ideas distintas de las suyas con el calificativo de afkâr mustawrada (“ideas importadas”). En ese saco de descalificación incluyen el socialismo, la democracia, los derechos humanos, el feminismo, el secularismo, etcétera. Sin embargo no todos los fundamentalistas son hostiles a estas ideologías nuevas, aunque cuando las aceptan, en todo o en parte, alegan que en su estado prístino se encontraban presentes en el islam rectamente entendido.

El “islam político” abomina de lo que denomina ash-shirk as-siyâsî, o sea, “el asociacionismo político”, “asociacionismo” en el sentido de asociar a Dios algo que no es de Dios, gobernar de manera opuesta a lo dispuesto teocráticamente por la revelación divina. En esta categoría estarían las ideologías contemporáneas como la democracia, el socialismo e incluso los derechos humanos. Todas estas ideologías estarían dentro del concepto de innovaciones impías antiislámicas en la opinión de los fundamentalistas.

Los fundamentalistas islámicos sostienen que existe una oposición fundamental entre la concepción cristiana y musulmana de la religión y la política, lo que explicaría la secularización de la cristiandad occidental, mientras que el islam sería un todo indisociable de religión, política, economía, etcétera. Lo fundamentalistas opinan que al-islâm dîn wa-dawla wa-dunyâ (“el islam es religión, estado y vida mundanal”), por lo que en el islam no existe nada similar a “dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, lo que según los fundamentalistas islámicos y los culturalistas occidentales sería la piedra angular de la separación entre religión y estado.

El líder e ideólogo de los Hermanos Musulmanes, Hasan al-Bannâ`, afirmaba categóricamente que “lo que es del César es para Dios todopoderoso”. Curiosamente ésta es también la opinión de los culturalistas occidentales (en su mayoría islamófobos), que creen que la secularización y la separación entre lo profano y lo religioso estarían implícitas en el cristianismo, mientras que el islam sería intrínsecamente enemigo de la separación entre los mandatos de Dios y los del poder terrenal establecido.

Es falso que en el islam, especialmente en el sunní, no haya habido componendas entre el poder establecido y la religión prácticamente idénticas a las que se han dado en la cristiandad. En la práctica, con tal que el gobernante fuera musulmán y respetara formalmente el islam, los ulemas estaban dispuestos a tolerar cualquier abuso de su parte, con el pretexto de que la tiranía era preferible a la discordia que pudiera llevar a la guerra civil entre musulmanes.

Los fundamentalistas, sobre todo sunníes, se encuentran con un serio problema cuando hablan del “Estado islámico”, porque si son coherentes tienen que reconocer que la gran mayoría de los regímenes políticos del mundo islámico durante más de mil años no han sido islámicos. Y efectivamente, los partidarios más coherentes del “islam político” opinan que la mayor parte de los regímenes que han gobernado el mundo musulmán a lo largo de la historia han sido “estados de musulmanes” pero en modo alguno “estados islámicos”.

En el caso chií, la revolución iraní derrocó a la monarquía y acabó con el último shâh. Pero el régimen que sucedió a la monarquía, la república islámica (en persa ÿomhuri-ye eslâmí) no tenía precedentes en la historia islámica iraní.

Por otra parte, una de las mayores dificultades que tiene el fundamentalismo político sunní es que la tradición sunní ha sido tradicionalmente conformista en asunto de política y ha predicado la sumisión a los poderes establecidos, dando un margen muy amplio a la arbitrariedad de los gobernantes. La deslegitimación de un poder nominal y formalmente musulmán se salía de lo habitual entre los ulemas sunníes; por ello, el “islam político” sunní se remite para buscar legitimidad tradicional a la rebelión (inclusive armada) al prestigioso ulema Ibn Taymiyya (m. 1328), que se enfrentó abiertamente al régimen de los sultanes mamelucos. Ibn Taymiyya es autor de As-siyâsa ash-shar´iyya (“La política de acuerdo con la sharî‘a”). Ibn Taymiyya declaró no musulmanes a los mongoles recién convertidos al islam, lo que suponía deslegitimarlos y llamar a la rebelión contra ellos. Los fundamentalistas sunníes que apelan a la autoridad de Ibn Taymiyya arguyen que los gobiernos musulmanes actuales están aún más lejos de la sharî‘a que los iljaníes mongoles, de lo que se deduce que si éstos eran infieles, ilegítimos y era lícita la rebelión contra ellos, más debe serlo la rebelión contra los regímenes actuales.

En la práctica, la mayoría de los fundamentalistas sunníes no son tan exigentes. Su obsesión es la aplicación a rajatabla de una interpretación conservadora de la sharî‘a en lo concerniente al estatuto personal (matrimonio, herencia y cosas así), incluyendo tal vez la aplicación de ciertos castigos draconianos a ladrones de poca monta, fornicadores y bebedores. Otra de sus obsesiones es la vestimenta de las mujeres (no tanto la de los varones) y una rígida segregación de sexos. De ahí que la condición de la mujer se haya convertido en su caballo de batalla y el velo su bandera.

3. El ÿihâd de los fundamentalistas

Se entiende, pues, que un fundamentalismo tan conservador sea del gusto de las clases dominantes conservadoras, indígenas y foráneas. Aunque, estas últimas, por un lado utilizan para sus propósitos el fundamentalismo conservador y por otro usan el pretexto de la lucha contra el fundamentalismo para combatir movimientos y regímenes poco favorables a sus intereses.

Durante la guerra fría Estados Unidos encontró en el fundamentalismo islámico uno de sus mejores aliados contra el nacionalismo anticolonialista y el comunismo. En 1965, en Indonesia, cuando se produjo el golpe del estado del general Suharto, los fundamentalistas islámicos se encargaron de organizar los escuadrones de la muerte que asesinaron a más de medio millón de comunistas y filocomunistas. Un papel similar, aunque a una escala menor, tuvieron la mayoría de los fundamentalistas islámicos en el resto de los países. En Turquía incluso llegaron a cooperar con los militares turcos laicos en la represión de la revuelta kurda dirigida por el PKK. En la represión de la resistencia palestina en septiembre de 1970, del lado del ejército jordano participaron tropas pakistaníes, uno de cuyos jefes era el que luego sería general y dictador islamista pakistaní Zia-Ul Haqq. Los Hermanos Musulmanes egipcios fueron enemigos de Náser. Los Hermanos Musulmanes sirios han sido los enemigos más temibles del régimen ba´zista sirio. En los años ochenta, Arabia Saudí, Pakistán y Estados Unidos utilizaron a los islamistas afganos y extranjeros para hacer la guerra a la Unión Soviética y los comunistas afganos, buena parte de ese ÿihâd anticomunista se financiaba con la heroína, pues Afganistán era la mayor cantera de materia prima de la heroína en el mundo. En aquel tiempo el presidente estadounidense Ronald Reagan aclamaba a los islamistas anticomunistas de Afganistán como “luchadores por la libertad”.

Si la revolución islámica de Irán encontró tan desprevenidos al régimen del Shah y a los Estados Unidos fue precisamente porque rompía sus esquemas: nadie esperaba que bajo la bandera de la religión fuera a derrocarse régimen conservador alguno. Al contrario, la religión se consideraba el mejor freno antirrevolucionario. La CIA se había habituado a considerar un peligro serio la teología de la liberación latinoamericana, pero no esperaba nada remotamente similar de los musulmanes. En los años setenta, muchos no veían imposible el derrocamiento del Shah por una revolución de izquierda, pero nadie esperaba que le sustituyera un régimen “islámico” dirigido por un ulema de Qom. El Shah temía mucho a los comunistas iraníes pero no tenía ningún miedo a los “clérigos” a los que consideraba inofensivos. En cualquier caso, muy pronto el jomeinismo aniquiló todo lo que se encontraba a su izquierda, tanto marxista como islamista. Incluso las tendencias igualitaristas y radicales del jomeinismo se abandonaron hasta el punto de que, a día de hoy, están prohibidas en Irán las cintas con los discursos de Jomeini antes de la revolución y los primeros momentos de ésta. La explicación oficial de esta prohibición es que la gente podría malinterpretar esos discursos. La realidad es que esos discursos denunciando la dictadura del Shah y prometiendo justicia social casan mal con la realidad política y social del régimen: la contradicción entre los ideales primeros y la realidad posterior resulta demasiado evidente.

4. Una “fuerza ciega”

Los movimientos islamistas han sido calificados de “fuerza ciega”. Muchos son ambiguos: su orientación es conservadora, retrógrada, y su dirección puede estar en la órbita saudí, pero sus bases son potencialmente revolucionarias. Así, puede darse el caso de que un movimiento fundamentalista -cuya dirección tenga estrechos vínculos con los conservadores saudíes- sea desbordado por las masas pobres que buscan una alternativa contestataria. Así, cuando se produjo la guerra del Golfo, la dirección del FIS argelino se puso a favor de Kuwayt, pero hubo de cambiar su postura y ponerse de parte de Iraq por la presión de sus bases inconformistas. El presidente egipcio Sadat favoreció a los fundamentalistas (perseguidos bajo Náser) para contrarrestar a los naseristas y comunistas, pero terminó asesinado por fundamentalistas, a los que había creído menos peligrosos que a los panarabistas y marxistas. Israel jugó a aprendiz de brujo favoreciendo en sus orígenes a Hamâs para debilitar a la OLP, hasta que Hamâs adquirió mucha fuerza y se mostró incorruptible, por lo que ahora el gobierno israelí trata de pactar contra Hamâs con antiguos jefes de la OLP a los que quiere reconvertir en colaboracionistas.

Actualmente, el término “fundamentalismo” es un cajón de sastre que a fuerza de aplicarse a cosas distintas significa muy poco. Es un término que en Occidente se utiliza para descalificar todo movimiento del mundo musulmán que vaya contra los intereses de Estados Unidos.

El “fundamentalismo islámico” chií del jomeinismo la República Islámica de Irán y el Hiçbullâh libanés tienen poco o nada que ver con el “fundamentalismo islámico” (sunní) del wahhâbismo saudí o los talibanes afganos. Éstos últimos cometieron un auténtico genocidio de chiíes en Afganistán cuando tuvieron el control de la mayor parte del país. “El islam político” de Hamâs, anclado en la realidad social palestina de su resistencia, tampoco tiene gran cosa que ver con “el islam político” de una monarquía teocrática como Arabia Saudí. Tanto Hasan al-Bannâ` como Mawdûdî, ideólogos clave del fundamentalismo sunní no wahhâbi, tenían orígenes muy relacionados con el sufismo, mientras que el Wahhâbismo exportado por los saudíes es virulentamente antisufí.

5. Centros históricos del fundamentalismo sunní

El fundamentalismo islámico sunní ha tenido tres centros: India-Pakistán, Egipto y Arabia Saudí.

Los grandes ideólogos del fundamentalismo sunní del siglo XX han sido el indio-pakistaní Abû-l-´Alâ` Mawdûdî (m. 1979) y los egipcios Hasan al-Bannâ` (1906-1945) y Sayyid Qutb (1908-1966), ejecutado en la horca por el régimen de Náser.

El fundamentalismo saudí tiene su origen en el wahhâbismo, doctrina que debe su nombre a su fundador, Muhammad ´Abd al-Wahhâb (1703-1792), cuya doctrina pronto fue utilizada por los Banû Sa´ûd para sus fines políticos de hacerse un reino: Arabia Saudí. El Wahhabismo, que pretende ser “el pensamiento único” en el islam, es un ultra-hanbalismo que rechaza como bid´a (innovación herética) todo lo que no encaja con su cerrada idea del islam, incluyendo el sufismo y por supuesto el chiismo. Esta versión del islam se ha difundido fuera de Arabia gracias a la financiación de los petrodólares saudíes. No hay en el mundo islámico una forma de islam más fanática e intolerante que la saudí, pero eso no impide que Arabia Saudí, figure en “el eje de los moderados” de Estados Unidos. Existe una alianza fáctica entre fundamentalistas neocons protestantes y los wahhâbíes a despecho del odio teológico que los fundamentalistas protestantes profesan a los musulmanes y el que los fundamentalistas wahhâbíes profesan a los cristianos. Tras esa alianza teológicamente incomprensible no es difícil percibir una colaboración plutocrática de intereses creados.

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