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El Éxodo de Rumi al Mundo de la Eternidad

Extraido del libro El Pensamiento de Rumi

25/09/2011 - Autor: Sefik Can - Fuente: www.svida.com/
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Rumi meditando
Rumi meditando

No podría atreverme a emplear expresiones como «muerte», «fallecimiento» o «reunión con Dios» para Rumi, quien alcanzó el secreto del hadiz «Muere antes de morir» y que se evadió a sí mismo en Dios mientras estaba vivo, así que elegí considerar la partida de Rumi de este mundo mortal al mundo de la eternidad como un éxodo.

Los sesenta o setenta años de bendita, sagrada y honorable vida de Hudavendigar, nuestro maestro, Sultan al-Ashiqin («sultán de los enamorados de Dios») habían venido y se habían marchado. Las contadas inspiraciones y espiraciones determinadas para cada mortal habían llegado a su término. El distinguido Mesnevi estaba completo y Rumi se hallaba cansado. El dolor de su infancia junto a su padre Sultán al-Ulama, los años de emigración en dificultades físicas y espirituales, sus años de educación en Damasco y Alepo apartado de su familia, las perdidas de su madre, su padre y de su estimado Sheij Sayyid Burhan al-Din habían hecho mella en él. Además, la pérdida de sus amigos íntimos Shams y Salah al-Din, la falta de respeto que había recibido por parte de su cercano hijo Ala al-din Çelebi, las críticas de algunos, las habladurías que habían alcanzado sus oídos, sus continuos esfuerzos, la veneración y el ascetismo lo habían fatigado. Estaba pasando sus últimos momentos en continua reflexión. Este gran santo se concentraba en sí mismo y estaba encontrando la tranquilidad eterna y la paz interior que buscó en sí mismo.

Cierto día la esposa de Rumi señaló: «Sería necesario que se le concediera a Hudavendigar una preciada vida de trescientos o cuatrocientos años para que colmara este mundo con verdad y significado». Al oír esto Rumi contestó a su mujer: «¿Por qué, por qué si no somos el Faraón ni asimismo Nimrod? ¿Qué tenemos que hacer en este mundo terrenal? ¿Cómo podemos conseguir paz y estabilidad en este mundo mortal, el mundo material? Nos han alojado en la prisión del mundo para que se liberen a unos pocos prisioneros. Se espera que volvamos pronto ante la presencia del más estimado amigo de Dios, nuestro Profeta».

Permanecí en esta prisión del mundo por el bien de los demás.
Pero, ¿dónde se halla la prisión? ¿dónde me encuentro?
¿Qué sustraje para que llegaran a enviarme a prisión?

Rumi sintió que su preciosa vida estaba llegando a su fin y recita-ba de cuando en cuando poemas conmovedores sobre la muerte, haciendo llorar a todos aquellos que se hallaban a su alrededor. No podría continuar sin compartir algunos de dichos poemas con el lector:

¡Oh pájaro que te fuiste volando de esta estrecha jaula del cuerpo! Te llevaste todas tus posesiones y ascendiste a las alturas de los Cielos. Tras esto, contempla un nuevo y fresco rejuvenecimiento, una nueva vida vendrá, ¿hasta cuándo vas a continuar esta vida desorganizada, esta miserable vida en la Tierra? La muerte es en realidad la vida de este mundo. La muerte que nos asusta es la misma vida, de hecho. Pensar lo contrario, es decir, considerar que la muerte es aniquilación en lugar del nacimiento en un mundo diferente es falta de fe.

Si Dios derriba la casa del cuerpo, no os lamentéis, no os quejéis. Sabed bien que estáis en realidad encarcelados en la prisión del cuerpo. Cuando llegue la muerte y ese lugar se derrumbe os liberaréis. (39) «Oh alma mía, se da una alegría oculta, una vida feliz escondida más allá de esta cubierta de tierra». Detrás de la cubierta ocultando todo hay cientos de bellos Josés. Cuando la existencia material, este cuerpo físico desaparece, el espíritu que es tu ser real permanece. ¡Oh espíritu que eres infinito, Oh cuerpo que eres mortal! Si quieres saber cómo acontece esto, mírate a ti mismo cada noche. Cuando duermes tu cuerpo parece que está muerto. Pero tu espíritu está extendiendo sus alas sobre los jardines del Paraíso. (40) ¿Cómo no puede el espíritu elevarse hacia los Cielos cuando se le está diciendo, «¡Oh mi siervo, ven!», con una llamada muy dulce del Creador de este Universo y de cada ser vivo, el poseedor de Majestad y Belleza? Cuando el sonido de las olas alcanza los oídos de un pez apartado del limpio mar y que ha caído en la seca tierra no saltaría este pez inmediatamente al mar, su verdadera tierra natal. Bajo la luz del Sol de la eternidad que salva su alma de la aniquilación, ¿cómo no podría un sufí estremecerse como un átomo y bailar? ¡Cuán desafortunado, cuán apenado y cuán perdido es aquel que no puede encontrar, conocer y amar al Ser Supremo que es tan Benevolente, tan Bello, tan Hermoso y fuente de la vida! ¡Oh pájaro del espíritu! Te han purificado de tus ambiciones y pecados. Te han liberado de la jaula de tu ego (nafs). Tus alas espirituales se han extendido, ¡ven! ¡vuela otra vez al lugar de donde has venido, vuela a tu tierra natal, vuela! (41) ¡Oh aquellos que ahora estáis separados de vuestras jaulas, enseñad vuestra faz de nuevo, apareced y decir dónde habéis estado! El barco de tu cuerpo ha naufragado en ese mar. ¡Oh aquellos que han sido arrojados al mar de la muerte como un pez, si tan sólo por un momento, salierais del agua y os mostrarais!

¿Se os ha machacado en el mortero de los días y os habéis convertido en sal como perlas que se han molido? Pero esta sal es el bálsamo del ojo de aquellos que están buscando la verdad. Para ver bien colocaros ese bálsamo en vuestros ojos, ponéroslo. ¡Oh aquellos que vinisteis a este mundo naciendo en el mundo de los espíritus! ¡No tengáis miedo cuando venga la muerte! Esto no es la muerte, es el segundo nacimiento, naced, naced para el Más Allá». (42)

Enamorados de Dios que morís sabiendo la verdad derretida como azúcar en presencia del Amado.

Aquellos que bebieron el Agua de la Vida en la Asamblea del Alast, (43) en el mundo de los espíritus, mueren de una forma diferente.

Aquellos que saben del Más Allá, aquellos que se reúnen en el amor de Dios no mueren como el resto de las multitudes.

Los enamorados de Dios sobrepasaron incluso a los ángeles en claridad y pureza. Por lo tanto, morir en otra categoría que no sea ésta se halla lejos de ellos.

¿Piensas que los leones mueren enfrente de la puerta como los perros? Si los enamorados de Dios mueren en el camino del amor, el rey de los espíritus les da la bienvenida.

Los enamorados de Dios que se convierten en el espíritu de cada uno y que se saben poseedores el mismo espíritu, el mismo regalo, mueren con el amor de cada uno.

Los enamorados vuelan hacia los Cielos mientras que los que no creen mueren en las profundidades del Infierno.

Cuando están muriendo, los ojos de los corazones de los enamorados de Dios se abren y contemplan el mundo oculto.

Otros mueren ciegos y sordos con miedo a la muerte.

Cuando llega la hora de morir aquellos que pasaron las noches en devoción y sin dormir por miedo a Dios mueren sin temor y placenteramente.

Aquellos que se centran tan sólo en cosas materiales y se preocupan sólo de comer y beber se convierten en algo parecido a bueyes y burros, y mueren de la misma forma.

Aquellos que no quieren apartarse del campo de visión de Dios mientras están vivos y buscan su protección mueren con alegría sonriendo a dicha visión divina.

El rey del espíritu les lleva al regazo del favor. No mueren de un modo normal o en último extremo vil.

Aquellos cuyo carácter y morales se asemejan a los de Mustafa sucumben como Abu Bakr y Omar.

En realidad, la muerte está lejos de los enamorados de Dios. Ni mueren ni se aniquilan. Estoy expresando estas palabras para describir como morirían si hubieran muerto. (44)

Finalmente, el fatigado cuerpo de Rumi cayó en manos de su última enfermedad. La fiebre nunca abandonó a Rumi. Entre sus estimados amigos, los galenos Akmal al-Din y Gazanferi estuvieron a su lado todo el tiempo. Aun así nunca pudieron entender su enfermedad. Su cuerpo estaba ardiendo. Solía poner su mano en la taza llena de agua que había cerca de su cama y se llevaba algo de agua a la frente.

Durante el tiempo que estuvo postrado en la cama, acontecieron terremotos durante siete días y noches. Las paredes de muchas casas y jardines se derrumbaron. Había caos en el mundo. Después del séptimo terremoto, la gente corrió hacia Rumi y le pidieron que rezase. Rumi sonrió y dijo: «No tengáis miedo, la pobre tierra tiene hambre. Quiere un bocado grande. Es necesario que se lo demos». Y empezó a decir su último deseo a aquellos presentes: «Os aconsejo que tengáis miedo de Dios en público y en secreto. Os aconsejo comer y dormir poco, absteneros de pecados, continuar ayunando y rezando, apartaros de la lujuria, persistir y sed pacientes en contra de toda extorsión y maltrato llevada a cabo por los demás, evitad estar con gente ignorante y con aquellos que están preocupados con satisfacer sus deseos, permaneced en compañía de gente generosa y buena. Puesto que las mejores personas son aquellas que son provechosas a otra gente. El mejor de los dichos es aquel breve y conciso». Rumi se estaba preparando para su éxodo. Era necesario abandonar la casa y dirigirse al Más Allá. Rumi se estaba preparando para dejar la casa de este mundo.

Ese día Sheij Sadr al-Din Konavi llegó a visitar a Rumi con sus derviches más prominentes. Mostró gran respeto a Rumi. Lo sentía mucho, y expresando sus deseos señaló: «¡Qué Dios te cure pronto! ¡Que esta enfermedad sea la causa para que tu nivel en el Más Allá aumente! Si Dios quiere, tendrás pronto buena salud. Rumi es el espíritu de los mundos. Merece estar sano». Rumi contestó: «Después de esto, que Dios te cure. Entre el enamorado y el Amado queda sólo una camisa con un revestimiento muy fino. ¿No quieres que la luz sagrada se reúna con la luz sagrada?» y empezó a recitar esta oda:

¿Cómo sabrías qué clase de compañía majestuosa albergo dentro de mí? No mires a mi pálida cara, poseo fuertes pies de hierro. He girado mi rostro completamente ante al Rey que me creó y me envió a este mundo. Ya que Él me ha creado tengo que agradecerle miles de veces.

En ocasiones me asemejo al sol y a veces al mar repleto de perlas. Incluso si parezco un ser insignificante que ha sido creado de tierra por fuera, por dentro soy la criatura más honorable y más noble. En la aldea del mundo, emito zumbidos cual abeja. Mas no contemples tan sólo mi zumbido, pues poseo una colmena repleta de miel. ¡Qué miedo da el agua que hace rodar la noria! pero, soy la rueda de esa agua, sigo dando vueltas en dicho medio liquido con dulces sonidos. Todas mis partículas están floreciendo, ¿Por qué debería extinguirme, porque debería decaer? El Buraq que se halla debajo de mí, tiene su silla de montar colocada y me está esperando. ¿Por qué debo ser el esclavo del burro? El escorpión no me clavó su aguijón en el pie. ¿Por qué debo estar lejos de la Luna? Tengo una vara fuerte. ¿Por qué no debería salir del pozo? Por la paloma del espíritu me convertí en paloma. ¡Oh pájaro de mi espíritu! ¡Vuela! Tengo cientos de fortalezas que son incluso más fuertes que está.

Incluso si alcanzo hogares y doy con mis huesos en casas, soy la luz del Sol del significado (la sabiduría). Nací de tierra y agua. Mi madre es el barro mas soy ágata, oro y rubí. Siempre y cuando veas una perla, dentro de esa perla, en su otra cara busca otra perla. Porque todos los átomos exclaman: «Tengo un tesoro escondido dentro de mí». Cada perla te está diciendo: «No estés contento con mi belleza. La luz que está brillando en mi rostro proviene de la luz que hay dentro de mi». Permaneceré callado, parece que no entiendes la verdad. No muevas la cabeza diciendo, «Tengo un ojo espiritual que ve y comprende». ¡No te engañes a ti mismo!

El sábado 16 de diciembre de 1273, se puede decir que Rumi se hallaba mejor. Conversó con aquellos que vinieron a verle hasta el anochecer. Pero cada una de sus palabras era un deseo. Después, llegó la noche y Konya se sumergió en la oscuridad. Rumi estaba con sus amigos íntimos Husam al-Din Çelebi, su hijo Sultán Valad y los médicos. En aquellos días, Sultán Valad estaba débil porque comía y dormía muy poco. Esa noche estaba también muy cansado. Un poco antes de que llegase la mañana, Rumi miró a los llorosos ojos de su hijo y en voz baja le dijo: «Baha al-Din, estoy bien, ve y duerme un poco».

Sultán Valad no pudo contenerse. Sin poder casi controlar sus lágrimas se levantó. Cuando estaba abandonando la habitación Rumi miró hacia atrás con ojos de pena y recitó su última oda:

Ve y pon tu cabeza en la almohada. Déjame solo. Abandona a la persona triste que camina en los alrededores por la noche en sumo ardor. Seguimos luchando entre las olas del amor toda la noche, solos hasta el amanecer. Si quieres, vienes y nos perdonas. Si quieres, nos puedes atormentar con tu separación. Te alejas de mí para que no tengas que enfrentarte a los mismos problemas que yo me enfrento. Dejaste el camino de los problemas y elegiste el camino de la salvación. Estamos arrastrándonos y lamentándonos en la esquina de la tristeza y derramando lágrimas. Si lo deseas, ven y construye cien molinos de agua con nuestras lágrimas. Tenemos un Amado inmisericorde cuyo corazón es tan duro como el granito. Mata a los enamorados pero nadie puede considerarle responsable. Para el rey de la belleza cumplir los acuerdos no es necesario. ¡Oh enamorado cuya faz se volvió pálida, ten paciencia y cumple tu acuerdo! Albergo una enfermedad dentro que sólo la cura la muerte. Me pregunto cómo puedo decir «¿Ven y cúrame de esta enfermedad?» Anoche en mi sueño vi a un anciano en las cercanías del amor. Me hizo señales con la mano queriendo decir, «Ven aquí, a nuestro lado». Si existe un dragón en el camino de la verdad, también concurre el amor cual esmeralda. Vence al dragón con la luz que emite la esmeralda del amor. Basta por ahora, no hables más, estoy inconsciente. Si posees algún talento conversa acerca de la historia de Abu Ali Sinan o menciona el consejo de Abu al-A’la al-Mu’arri. (45)

Rumi estaba en su lecho de muerte. Había tomado su primera inspiración cuando honró este mundo mortal en Balj años atrás y ahora iba a efectuar su última exhalación en Konya. Sus contados alientos medidos en bendiciones, amor y fe estaban a punto de terminar. Todavía se hallaba completamente consciente y tenía buena memoria. Probablemente, Husam al-Din Çelebi debió haber escrito en un trozo de papel de su puño y letra, con la sangre de su corazón, derramando lágrimas, esta última oda que Rumi recitó en el lecho de muerte. Sipehsalar narra los acontecimientos posteriores:

Tras esto, la salud de Rumi empeoró. Todas las personalidades notables le visitaron día y noche. Los galenos Akmal al-Din y Garanferi eran los mejores médicos de aquel tiempo y estaban tratando a Rumi. Ambos tomaban su bendito pulso, abandonaban la casa, revisaban sus libros de medicina, trataban de diagnosticar y de nuevo volvían a su bendita presencia, tomaban su pulso y analizaban. Esta vez el pulso estaba latiendo de un modo diferente. Les pedí que viesen y que comprendieran el honorable estado de Hadrat Hudavendigar. Comprobaron que la diagnosis no era posible e intuyeron que la verdad del asunto era otra cosa. Comprendieron que la voluntad de Rumi se dirigía a otro mundo. Aquellos ocupados con el tratamiento junto con los otros presentes entristecieron. No podían dejar de lamentarse. Todo el mundo estaba angustiado e inquieto. La población de Konya había parado de trabajar y gente de las aldeas de sus alrededores llegaron a Konya. El sábado 17 de diciembre de 1273 cuando el sol salía por el horizonte, Rumi, el Sol del reino de los significados, también salía al mundo de la eternidad. Los ojos de Rumi se cerraron a este mundo mortal en Konya, la ciudad que había honrado durante cuarenta y cuatro años. (46)

Esa noche los amigos de Rumi hicieron sus obligaciones finales. Toda la población de Konya, jóvenes y ancianos, estaba presente en el funeral. Ya que Rumi fue un gran santo tolerante y amante de la paz que hizo siempre el bien y deseó siempre lo bueno a todo el mundo, no sólo asistentes musulmanes sino también judíos y cristianos caminaron en su procesión, derramando lágrimas juntos por la perdida.

Todo el mundo estaba llorando y afanándose por encontrarse enfrente del ataúd así como detrás. La calle principal estaba completamente llena. Para tocar el ataúd aunque fuera una vez, la gente surgía desde incluso caminos poco frecuentados.

Los funcionarios y sirvientes encargados de la protección de las calles apenas podían establecer un poco de orden entre toda aquella muchedumbre. Las calles se hallaban tan llenas que el ataúd que salió de la casa por la mañana no pudo llegar al lugar donde se llevaba a cabo el rezo hasta el anochecer. Cuando se ubicó el ataúd sobre la piedra musalla, donde el rezo del funeral se llevaba a cabo, el responsable Mu’arrif llamó a Sadr al-Din Konavi: «¡Oh rey de los sheijs! Por favor ven, dirige el rezo del funeral, así lo pidió Rumi». Incapaz de controlarse, Tabip Akmal al-Din gritó: «Oh Mu’arrif muestra buenos modales. El rey de los sheijs es sólo Rumi».

Sadr al-Din dejó la multitud y se colocó enfrente del ataúd para dirigir los rezos. Tan pronto como empezó el rezo con la alabanza Allahu Akbar —Dios es el Más Grande—, la pena le embargó, derramó con gran aflicción lágrimas y cayó al suelo. Qadi Siraj al-Din vino y dirigió el rezo. Según el informe de Sipehsalar, cuando le preguntaron a Sheij Sadr al-Din el motivo de su desmayo respondió: «Cuando estaba enfrente del ataúd para dirigir el rezo, vi que los ángeles habían formado una línea delante del ataúd. En aquel momento, perdí la conciencia».47

Tras los rezos, el ataúd fue portado de nuevo sobre las cabezas y se enterró en el lugar preparado, frente a las tumbas del padre de Rumi, Sultán al-Ulama y Salah al-Din Zarqubi. El sol había empezado a ponerse. Fue una noche triste para Konya.

El ser material de Rumi se había perdido de vista pero su ser espiritual estaba presente en los corazones y se iba a quedar allí. Comprendiendo muy bien esta verdad Rumi señaló: «Después de que fallezcamos, no busquéis nuestra tumbas en la Tierra. Nuestra tumba está en el corazón de los gnósticos».

Al bendito cuerpo de Rumi se le dio sepultura al lado de la tumba de su padre, Sultán al-Ulama. Pero está vivo como Sultan al-Arifin («el sultán de los gnósticos») y Sultan al-Ashiquin («el sultán de los enamorados de Dios») en cada hogar, en cada asamblea, en el corazón de cada uno. Rumi se había escondido de los ojos y se había quedado en los corazones. Todo el mundo, rico o pobre, organizó ceremonias sema según sus posibilidades. Una noche, en el palacio del Visir Muin al-Din Pervane, el sultán de los poetas y literato Bard al-Din Balji empezó a girar. Cuando estaba girando, sintió la presencia de Rumi tan poderosamente en su corazón que no pudo controlar sus lágrimas. Llorando y girando recito este cuarteto:

¡Oh nuestra alma, Oh nuestro sultán! No queda ojo que no haya
llorado con tu pena
No queda collar alguno que no se haya roto en pedazos con tu llanto.
Juro por tu luminoso rostro que en la faz de la Tierra,
Nadie mejor que tú marchó bajo tierra.

Konya lloró la muerte de Rumi durante cuarenta días. Durante cuarenta jornadas de luto, hubo siempre visitantes en la tumba de Rumi.

Quizás sea sorprendente para algunos comprobar que incluso hoy en día un gran número de personas visite o tumba de Rumi, a pesar de que su tumba se haya convertido en un museo y su entrada no sea gratuita. Cierto día Qadi Siraj al-Din visitó la tumba de Rumi. Recitó este cuarteto, estando de pie cerca de la tumba:

¡Oh querido Rumi! El día que la espina de la muerte penetró tu pie,
Desee que los Cielos golpeasen mi cabeza con la espada de la muerte
para que no viese el mundo sin ti.
Hoy estoy ante tu tierra bendita. Este soy yo, ¿no?
¡Qué pena, qué pena, tierra sobre mi cabeza!
(48)

En otra ocasión, en aquellos días de duelo, un derviche recitó estas líneas sobre la muerte de Rumi, haciendo llorar a todos aquellos a su alrededor:

¡Oh Tierra!, debido al dolor de mi corazón no puedo indicar qué tipo de perla te ha concedido hoy la muerte y qué clase de perla estás escondiendo. La trampa que ha estado en el corazón de todo el mundo está hoy atrapada. El querido ser que solía atraer la simpatía y admiración de toda la gen-te está ahora durmiendo en tu regazo.

Tal y como Sipehsalar lo narra por escrito, después de que Rumi emigrase de este mundo mortal, siempre que alguien tuviera el corazón roto, se hallare colmado de un ardor apasionado y estuviera lleno de triste derramaría lágrimas y recitaría dísticos como estos:

Ese Sol de los corazones se ha puesto, y está escondido en la tierra.
¿Por qué debería derramar tierra en mi cabeza todo el tiempo?
Ese pájaro del manantial de la verdad ha volado desde las llanuras
mortales. ¿Por qué no debería llorar y lamentarme como las nubes de
primavera?

La luz que iluminó el Universo se consumió, derritió y terminó.
¿Por qué no debería mi día volverse noche de inmediato?

También en aquellos días sucedió otro acontecimiento que entristeció a la familia y amigos de Rumi, y les hizo llorar un poco más. El gato de Rumi no comió ni bebió nada tras su fallecimiento y sobrevivió únicamente siete días. La hija de Rumi, Malika Hatun envolvió el gato en un paño y lo enterró en los alrededores de la tumba de Rumi derramando lágrimas. Cocinó un postre y lo distribuyó entre aquellos que amaban a Rumi. Asimismo Aflaki narra que, poco antes de que falleciese Rumi, este gato se acercó a Rumi y le maulló tristemente. Rumi sonrió e indicó a aquellos más cercanos a él: «¿Sabéis lo que dijo este gato?» Respondieron: «No», a lo que Rumi señaló: «Sin duda pronto marcharás a los Cielos, tu tierra natal. ¿Qué haré sin ti?».

Ya que Rumi era un santo completamente maduro en el camino de Muhammad, no le gustaba la ostentación y no estaba de acuerdo con los magníficos sepulcros que se construían encima de las tumbas. La capital del Imperio Selyúcida, Konya, había aceptado muchos santos. Pero hoy en día cuando la gente habla de sepulcros en Konya, el primero que nos viene a la mente es el sepulcro de Rumi bajo una gran cúpula verde. Bajo esta cúpula yace no sólo Rumi sino también su padre Sultán al-Ulama, sus hijos, sus amigos Salah al-Din Zarqubi y Husam al-Din Çelebi, sus nietos y otros parientes de Rumi, en un número superior a cincuenta. Unos meses después del éxodo de Rumi al mundo de la eternidad, Amir Alam al-Din Kayseri, un prominente funcionario gubernamental en Konya empezó, con el consentimiento de Sultán Valad, la construcción del sepulcro que fascina a los visitantes por su material y magnífica espiritualidad. El sepulcro se construyó bajo la supervisión de un arquitecto, Badr al-Din de Tabriz, con la ayuda monetaria y el apoyo moral de Gürcü Hatun, la hija de Ala al-Din Josraw II y la esposa de Muin al-Din Pervane. Otro arquitecto, Abd al-Wahid, construyó el magnífico sarcófago de madera de nogal de 2’65 metros de altura que se considera una de las obras de arte del Imperio Selyúcida en madera tallada. Ese sarcófago se hallaba desde un principio en la tumba de Rumi pero más tarde se trasladó a la tum-ba de su padre, Sultán al-Ulama, por orden del sultán Süleyman «el Magnífico». Se construyó un sarcófago de mármol en las tumbas de Rumi y Sultán Valad. Esta obra maestra que es el sarcófago de madera cubierto con un encaje de tela de oro se construyó inicialmente para Rumi. ¿Por qué Süleyman «el Magnífico» lo reemplazó más tarde por uno de mármol? Süleyman «el Magnífico», que Dios lo acepte en su Paraíso, (49) era un admirador de Rumi como su padre, el sultán Yavuz Selim. Era un poeta y admirador de la poesía de Rumi. Con la intención de honrar al santo que amaba, reemplazó el sarcófago de madera de nogal por uno de mármol construido por el más famoso artesano de su tiempo. En esto se puede ver también una manifestación del poder espiritual de Rumi.

Rumi era un hombre santo al que no le gustaba aparentar en demasía y pensó que el elevado y magnífico sarcófago que había sido emplazado en su tumba era más apropiado para la tumba de su padre, Sultán al-Ulama. El Sultán del Mundo, Süleyman «el Magnífico», llevó a cabo el deseo de Rumi sin saberlo. El sarcófago parece que se alza en pie cuando entramos en el sepulcro y los visitantes que lo observan creen que el padre de Rumi se ha puesto de pie y está mostrando respeto a su hijo. En realidad, todos aquellos enterrados allí se levantaban cuando Rumi llegaba.

Notas
39 Diván-i Kabir, vol.VII, Núm. 3172.
40 Diván-i Kabir, vol. V, Núm. 2573.
41 Diván-i Kabir, vol. III, Núm. 1353.
42 Diván-i Kabir, vol. II, Núm. 656.
43 Cuando Dios creó todos los espíritus humanos y les preguntó «¿No soy Yo vuestro Señor?» y respondieron «Sí». (Véase «El Sagrado Corán», Sura al-A’raf , 7:172.)
44 Diván-i Kabir, vol. II, Núm. 972.
45 Diván-i Kabir, vol. IV, Núm. 2039.
46 Risale-i Sipehsalar, pág. 154.
47 Ibíd., pág. 156.
48 Ibíd., pág. 158.
49 Una frase en la tradición islámica utilizada cuando se hace referencia a un difunto.
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