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Los prodigios

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

23/09/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Miniatura representando el prodigio de la partición de la luna
Miniatura representando el prodigio de la partición de la luna

Las recompensas celestiales están siempre precedidas de pruebas que Allah nos pone: Tal fue para Adán (C. 20/120) o para Noé (C. 19:57) o para Abraham (C. 6:75) o para José (C. 12/24, 33-34) para Moisés (C. 7:143) para Jesús (C. 4:158). Muhammad no será pues la excepción:

Desde el comienzo de su misión sufrió las más duras pruebas, siendo su vida una serie ininterrumpida de problemas, cada vez mayores. Pero conservó siempre su fe en Allah y su determinación inquebrantable de continuar su desinteresada lucha por hacer prevalecer la palabra de Allah. La mayor parte de sus leales estaban exiliados en Abisinia. La última de sus pruebas fue el terrible boicot social. Al morir su fiel esposa y su tío, quedó como si le hubieran cortado las alas. La última posibilidad era buscar asilo junto a unos pariente lejanos en Tâ’if, y acababa de ver como eso terminaba en un estruendoso fracaso.

Fue en estas condiciones cuando Muhammad también recibió la recompensa divina: se produjo el prodigio más grande: Allah lo convoca en el Cielo y lo honra recibiéndolo en audiencia. Antes de hablar con detalle de este acontecimiento, sería conveniente hablar del “prodigio” en general.

Los prodigios

El noble Corán habla de prodigio a propósito de muchos profetas: El diluvio y el arca de Noel, Abraham al que el fuego no quema, Moisés cuyo bastón se convierte en serpiente, Jacob teniendo la revelación por la que encuentra a su hijo José, Jesús curando a los enfermos etc. Si los profetas ordinarios tuvieron ese honor por parte de Allah, ¿cómo el Profeta de los profetas, el último de los profetas no iba a tener manifestaciones igualmente maravillosas?. La historia del Islam le atribuye un número considerable de ellas.

Cuando el Corán habla de los prodigios de los profetas, añade también que estos prodigios no son hechos de los profetas sino de Allah: para honrarlos y para fortificarlos en su difícil tarea Allah hace que se realicen los prodigios cuando los profetas tienen necesidad de ellos. El prodigio en sí mismo no es una cosa anormal, aunque su origen quede oculto a nuestros ojos. A menudo es el contexto el que lo hace parecer anormal. Un seísmo interno o una colisión con otro cuerpo celeste puede dividir la luna, pero que esto tenga lugar en el mismo momento en que el Profeta tiene necesidad de ello, es lo que llamamos prodigio. Si una corriente subterránea de tierra es retenida por una pequeña capa de tierra, y si luego se perfora esa tierra, se puede hacer brotar un manantial; eso no tendría nada de asombroso, pero si ello ocurre cuando el Profeta y sus compañeros están sedientos siendo determinante para salvar una situación angustiosa; eso es lo que consideraremos prodigioso. Para el Creador de las causas y de los efectos, nada es prodigioso, somos nosotros quien calificamos de prodigiosos unos hechos sí y otros no, según el contexto.

Tales hechos extraordinarios, tienen lugar no sólo por mediación de verdaderos mensajeros de Allah, sino también por conducto de nobles (que no buscan en absoluto imponerse de esta forma), e incluso por los enemigos de Allah. Allah hace que se produzcan “prodigios” para probar la fe de los creyentes. No es siempre posible o fácil de distinguir entre una mu’yiza de un mensajero de Allah, una Karâma de un musulmán consumido en Allah, y un istidrây diabólico. De esta forma se reduce bastante la importancia de los prodigios.

Puesto que hay prodigios-pruebas para los malvados tanto como para los seres humanos medios, evidentemente aquí no podemos menos que señalar como dice la obra, altamente ortodoxa de Charch al-mawâqif fi’l-‘aqâ’id que no duda en afirmar que los prodigios de un profeta que cumplidamente rebasen la relación causa efecto, están destinados a los fieles a ese profeta para que se animen a realizarlos por medios técnicos.

Las mentalidades de los hombres difieren mucho. Jadiÿa y Abû Bakr no tuvieron necesidad de ningún prodigio: Muhammad les explicó las enseñanzas islámicas y abrazaron el Islam enseguida, sin discusión ni duda. ‘Umar era un hombre razonable pero tenía prejuicios que le impedían estudiar lo que dice el Islam; no obstante una vez leído un capítulo del Corán, olvida rápidamente sus prejuicios y se convierte. ‘Ali era un menor, un muchacho de menos de diez años; él mira al Profeta y a su mujer hacer el Salat; por curiosidad les pregunta por qué hacían esa “gimnasia”, y a su explicación, él quiere también abrazar el Islam. Así son las almas nobles, las almas mezquinas se comportan de otra manera: un pagano mequi llega a Medina para asesinar al Profeta; éste dice cómo y por qué motivo ha urdido este proyecto de asesinato. El pagano encuentra esto maravilloso y se convierte inmediatamente. Los espíritus obtusos como los de Abû Yahl o Abû Lahab, se cerraron sobre sí mismos; e incluso los prodigios más estridentes no lograron conmoverlos y persistieron con encarnizada obstinación en su sistemática oposición. Hay un incidente que hoy nos hace reír, pero que resalta lo que significa un espíritu obtuso: Un incrédulo se presentó ante el Profeta y lo importunó en demanda de prodigios; se produjeron efectivamente esos prodigios, pero en lugar de convertirse, corrió a casa de los otros paganos y les dijo: Os aseguro que Muhammad es el mago más grande de la época; y si tenéis disputa con alguna tribu, aprovechaos de Muhammad; ¡él puede hacer grandes prodigios!.

En resumen hay gentes que no tienen necesidad de prodigios, otros tienen necesidad y otros incluso con prodigios no llegan a convencerse. Sólo la gente mediocre con espíritus poco desarrollados son las que tienen necesidad de prodigios para llegar a creer a un mensajero de Allah. Como podemos ver la utilidad de los prodigios es más bien escasa.

Aún creyendo personalmente en los prodigios para los elegidos de Allah, no puedo a veces dejar de pensar que hace falta creer en Allah (porque su existencia es una necesidad) y en sus mensajeros y mensajes (porque su veracidad es manifiesta). Los prodigios nos apremian para admitir algo de mala gana. El prodigio es una especie de apremio y la sumisión ante este apremio no es meritoria; el Corán es muy preciso en esta materia.

Hay otra razón para disuadir a un biógrafo del Profeta del Islam a pararse mucho tiempo en sus prodigios. El Corán nos dice (33-21) “En verdad, tenéis en el Profeta de Allah un dechado de virtudes, para quien teme a Allah y el último día se acuerda mucho de Allah”. La vida del Profeta está destinada a servir de modelo a todo hombre razonable. Los prodigios no son posibles para la gente común. Que bella observación hace el filósofo Emerson: “La mejor exposición de los que es la confianza en Dios (tawakkul) que jamás he leído, está en la palabra de Muhammad cuando dice; “Ata primero la rodilla del camello con una cuerda y luego ten confianza en Allah”. Si Allah hubiese querido el buen comportamiento de todos los humanos, los hubiera creado tan obedientes como a los ángeles; no hubiera tenido la necesidad de enviar profetas; concedería las oraciones de los profetas y transformaría instantáneamente a todos los incrédulos en creyentes y practicantes. Pero tal cosa no ha sido su voluntad; al contrario, creó el universo como un conjunto de causas y de efectos; decidió que los profetas hicieran el esfuerzo como cualquier hombre, y ha decidido juzgar a las gentes no según el resultado obtenido por sus esfuerzos, sino según los mismos esfuerzos.

En la preparación de la expedición a Tabûk, ‘Uthmân contribuyó con 30.000 piezas de oro, esto es muy meritorio. Pero las 500 piezas de plata aportadas por Abû Bakr son todavía más meritorias, ya que a la pregunta del Profeta: “¿Qué has dejado en casa?”, él respondió: “Sólo el amor a Allah y a su mensajero”. Pobre hombre, había entregado la totalidad de su fortuna. De la misma forma si un profeta, habiendo hecho todo lo que le era humanamente posible, muere sin haber hecho una sola conversión, no tiene menos mérito que aquel que habiendo hecho igual esfuerzo, tuvo la suerte de encontrar un cierto número de almas bien dispuestas a recibir sus enseñanzas.

El esfuerzo es nuestro pero el resultado corresponde a Allah. En efecto, durante toda su vida, Muhammad preparaba cuidadosamente todas sus operaciones con objeto de alcanzar los mejores resultados. En la batalla de Badr, envió exploradores y se sirvió de miles de medios para informarse a cerca del enemigo: su número, los elementos que lo constituían, los nombres de sus jefes etc: Se informa sobre los accidentes geográficos y físicos de la región sobre todo las fuentes de agua potable, para controlarlas y poder privar de ellas al adversario; Despliega su ejército y le da instrucciones muy precisas (el mejor comandante moderno no sabía darlas mejor); Toma sus medidas para mantener abierta la retirada hacia Medina en caso de necesidad por medio de rápidos dromedarios en esos momentos de desigual lucha contra un enemigo tres veces más numeroso y mejor equipado en armamento; y una vez hecho esto, entusiasma a sus hombres con palabras que inflaman su valor elevando al más alto nivel, luego se aísla y prosternado delante del todopoderoso, pide y pide y pide. Esto es el Islam en la práctica.

Otro aspecto en este sentido que nos sirve de modelo: En Uhud sus planes están arruinados, por las razones que ya conocemos; se encuentra herido, su ejército derrotado y disperso. Entonces uno de sus leales le sugiere: Pide a Allah para que aniquile a esta raza de incrédulos y malvados insensatos. El Profeta eleva las manos hacia el cielo y ora: “Señor, guía a mi pueblo por el camino recto porque ellos no saben”. Este es el Profeta que sirve en el Islam como modelo a imitar.

Se diría que el Corán mismo insiste ante la humanidad evolucionada para que no busque prodigios –que son fáciles para Allah- sino que siga directamente las enseñanzas que el Corán y el Profeta nos aportan. Hay ya una Sura mequi que nos dice: (29/50-51) “Ellos dicen: ¿Por qué no te revela signos tu Señor? Diles: Los signos están en Allah, y yo soy ciertamente un amonestador fidedigno. ¿Acaso no les basta el que tengamos revelado el Libro que se les recita? En verdad, hay en él misericordia y un recordatorio para el pueblo que cree."

Estas y otras razones han hecho que casi no se hable de prodigios en esta humilde obra biográfica en la cual no considero necesario hablar de la filosofía de los prodigios. Todo lo que los Hadices auténticos mencionan constituyen un hecho histórico en los que la credibilidad está fuera de toda duda. Yo creo que la racionalidad de una enseñanza se prueba por ella misma y no por los prodigios. No veo relación entre “la enseñanza según la cual hace falta rezar y ayunar por Allah” y la afirmación siguiente “Si yo llamo a un árbol él viene”. El desplazamiento de un árbol es ciertamente un prodigio, pero no hay relación en absoluto entre la movilidad y la inmovilidad con el deber de las criaturas de hacer el Salat y ayunar porque Allah lo quiere.

Se mencionan un gran número de prodigios en la vida de Muhammad, y se han redactado volúmenes enteros que hablan sólo de ellos. Aquí señalaré solamente algunos de ellos a título de ilustración. Algunos se mencionan en el Corán otros en los Hadices, basados en los relatos de sus compañeros, testigos oculares de estos hechos extraordinarios.

Así, una vez un pagano le dijo: Yo no abrazaré tu religión más que si resucitas a mi hija muerta. Fueron a su tumba y el Profeta la llamó, ella salió diciendo: Aquí estoy Oh mensajero de Allah. El Profeta le preguntó: ¿Quieres quedarte en la tierra con tus padres? Ella dijo: No porque allí he encontrado algo mejor que mis padres. Luego ella volvió a su tumba. Al menos dos casos de este tipo son conocidos en la vida de Muhammad.

Un niño nació mudo. Después de varios años, sus padres desolados, lo llevan ante el Profeta, que le habla y pregunta: ¿Quién soy yo? El niño responde: Yo atestiguo que tú eres el Mensajero de Allah. Y se curó de su enfermedad para siempre.

Un día un campeón de lucha de Meca le dijo: Oh Muhammad, si consigues derribarme, sólo entonces abrazaré tu religión. Se dice que este luchador era tan fuerte que cuando se ponía de pie sobre una piel de la que la gente tiraba, la piel se desgarraba pero el campeón no se movía. El Profeta lo tiró al suelo tres veces seguidas.

Otra vez le dijo: Si ese árbol viene aquí, abrazaré el Islam. Muhammad le dijo: Bueno ve y dile al árbol que Muhammad lo llamó. Efectivamente el árbol vino hasta el Profeta y luego, tras su pregunta volvió a donde estaba antes.

Otro día, unos mezquinos entre los mequies le piden que divida la luna, si era el verdadero mensajero de Allah. Muhammad hizo unos signos a la luna y ésta se dividió enseguida: los dos trozos se alejaron uno del otro a la vista de todos y después de un momento se volvieron a juntar. Con respecto a este prodigio de la división lunar se puede contrastar con las fotografías del disco lunar tomadas por satélites desde distancias mucho más cercanas de las que son posibles desde la Tierra, la existencia de una larga huella de fisura sobre la superficie lunar que la divide en dos. Tiene más de un Kilómetro de ancho y los americanos lo han denominado “Radley Rille”. Los resultados de la investigación a propósito de esta fisura hecha por la misión Appolo-15 no serán probablemente hecha pública a causa de la alarma provocada por el diario Guardian de Inglaterra (de fecha 29-Julio-1971) que temía que los musulmanes se apoyaran en ella para afirmar que esa era la prueba de la veracidad del prodigio de escisión de la luna atribuida al Profeta del Islam. Quizás algún día astronautas musulmanes sean los que retomen el trabajo de la búsqueda científica que arroje alguna luz sobre el origen de esta fisura, y de decir si no puede ser considerada como resultado de la fractura prodigiosa producida.

Cuando en una batalla, uno de sus compañeros, recibe un golpe en un ojo de suerte tal que es sacado de su órbita, llevó el ojo en la mano ante el Profeta, el cual lo puso en su sitio, llegando a ser el ojo con el que veía mejor.

En los primeros meses de su estancia en Medina, el Profeta se apoyaba en el tronco de una palmera, cuando daba el discurso en la mezquita. Más tarde un carpintero le hizo una silla (minbar). Cuando el Profeta se sentó por primera vez en el minbar, todo los que estaban presentes oyeron las lamentaciones que venían del tronco de palmera abandonado. El Profeta descendió del minbar, acarició el tronco que poco a poco cesó de lamentarse a imitación de un niño tranquilizado. Entonces el Profeta le preguntó: Si tú quieres continuaré apoyándome sobre ti en mis jutbas (sermón) pero si tú lo prefieres te plantaré en el paraíso. El tronco prefirió ir al paraíso.

Una noche de lluvia y oscuridad, el Profeta dio un bastón a uno de sus compañeros, que debía ir lejos para volver a su casa y el bastón se iluminó como una lámpara en el difícil camino que este hombre debía atravesar.

Muchas veces con una pequeña cantidad de alimento comió un gran número de personas; lo mismo con una pequeña cantidad de agua. Otras veces el Profeta anunció cosas con antelación; Otras anunciaba lo que ocurría lejos de él y siempre fue verdad.

Hay otros muchos casos, pero no podemos hablar de todos. En mi humilde opinión, el esfuerzo humano de Muhammad es más útil de conocer y más instructivo para nosotros que los prodigios hechos por Allah mediante su intercesión. El mensaje aportado por Muhammad es más ventajoso para nosotros que cualquier prodigio para estudiar su método dirigido a convencer a sus contemporáneos de la veracidad de su mensaje, los prodigios son cosas secundarias. He tratado de hablar de algunos aspectos de su noble vida; para aquellos que quieren estudiar los aspectos filosóficos y los detalles históricos de los prodigios del Profeta del Islam, le recomiendo la obra de Saiyd Sulaimân Nadwî, que ha consagrado a ello todo un volumen de su monumental obra sobre la vida del Profeta (Sîrat’un-Nabî, ed. Dâr’ul Musannifîn, A’zamgar, U.P., Inde).

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