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La exclusión social

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra, traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

16/09/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah
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Exasperados por la negativa del Negus de extraditar o de castigar a los refugiados musulmanes, los quraichies encontraron otros medios de luchar contra la reforma religiosa. Decidieron “excomulgar” al clan del Profeta, y resolvieron prohibir que nadie “les hablara (o sea a los Banû Hashim, familia del Profeta, así como a los otros aliados y parientes, los Banu’l-Muttalib), que los acompañara, o que tuviera relaciones matrimoniales o comerciales con ellos; que resolviera ninguna paz con ellos hasta que no hubiesen entregado a Muhammad para ser decapitado” por los paganos mequies. Los quraichies estaban hasta tal punto determinados que colocaron esta documento en la Ka’bah. Los Ahâbich, aliados tradicionales de los quraichies, de los cuales hablaremos más tarde con más detalle se sumaron también al boicot.

La prohibición duró muchos años. El Profeta, su mujer Jadîÿa, su tío Abû Talib, y todos sus otros parientes, musulmanes o no musulmanes, -menos el tío Abû Lahab, que se solidarizó con los perseguidores y quedó en la ciudad,- debieron refugiarse en las afueras de Meca, en Chi’b-Abî-Talib. La historia de su miseria, después de este boicot, observado rigurosamente es patético. Una de las víctimas nos cuenta que fue afortunada una noche que encontró un trozo de piel de animal degollado hacía tiempo, para cocerla y poder comer. Un día, un sobrino de Jadîÿa, un pagano que había quedado en la ciudad, envió un pequeño paquete con alimentos a su tía, lo que provocó una querella sangrienta en la ciudad. Los meses de la tregua de Dios permitía sin duda procurarse artículos con los peregrinos extranjeros; pero no teniendo ninguna actividad económica en la ciudad, los refugiados debieron sin duda carecer de dinero. A veces, se veía al Profeta salir de su refugio, durante la época de peregrinación para predicar el Islam entre los visitantes extranjeros en Mina, a Mayanna, en ‘Ukâz, etc. Buscaba a aquellos que le dieran asilo en su región y le ayudaran (Ibn al-Yozî, Wafâ. p. 216), y aseguraba que pronto los tesoros de los emperadores bizantinos y persas caerían en sus manos como botín.

Muchas personas en la ciudad, a nivel individual, deseaban poner fin a este boicot; así mismo extrañas coincidencias apuntaban a finalizarlo. También espíritus filantrópicos de la ciudad se reunieron para pedir la anulación, al menos parcialmente, de la prohibición; uno de ellos logró reunir poco a poco una media docena de compañeros que se pusieron de acuerdo para denunciar la excomunión en cuanto a sus clanes. Puede ser que los comerciantes de la ciudad, que lo sufrían más que los demás, hubieran contribuido. Por otro lado, el Profeta anunció que las termitas habían roído el aviso de boicot, colocado en la Kaaba, respetando solo los nombres de Allah y de su enviado. Curiosos y escépticos los quraichies entraron en el templo, donde nadie había tocado el documento, y encontraron que la declaración de Muhammad era exacta. No vieron sin embargo en ello un milagro que probara la veracidad de la misión divina de Muhammad, pero acordaron al menos el fin del boicot contra los musulmanes.

Búsqueda de un asilo

El método de elección de jefes de clan en Meca está muy oscuro: después de ‘Abd al-Muttalib vino su hijo Abû Talib, como jefe de los Banu-Hashim; a la muerte de Abû Tâlib fue su hermano Abû Lahab a quien veremos desempeñando esta función. La edad no parece que fuera el elemento determinante en este asunto; nuestras fuentes no hablan tampoco de votaciones en la elección. No obstante esta cuestión no tiene aquí mucha importancia.

La muerte borra todos los odios. Puede que eso explique la actitud de Abû Lahab hacia el Profeta después de la muerte de Abû Tâlib. Los cronistas son unánimes en decir que Abû Tâlib protegió entonces al Profeta con toda su fuerza contra las artimañas de los mequies de los otros clanes, él mismo explicó que no era que él hubiera cambiado de idea frente a la que Muhammah decía, sino que era un simple deber de solidaridad tribal. Esto no duró muchos: Abu Yahl le sugirió que pidiera opinión al Profeta en lo concerniente a los antepasados paganos de su familia (y, quizás, la suerte del mismo Abû Lahab) la respuesta sin dudar: Los idólatras y los politeístas irán al infierno. Según nuestras fuentes, Abû Lahab se sintió dolido y rechazó a su sobrino. Se olvidaba con estos pequeños prejuicios que los antepasados de Abû Lahab eran también antepasados del Profeta y que no era cuestión de falta de respeto sino de aplicar un principio con total imparcialidad. La actitud del Profeta era en efecto altamente loable, ya que no eximía ni aún a sus más próximos parientes en esta materia a pesar de la vinculación tradicional a los miembros de su clan. Como consecuencia de haber sido excomulgado por su clan, la situación se agravó en Meca y menudearon los incidentes contra la persona del Profeta. Entonces decidió refugiarse en otra parte.

Primeramente pensó en Ta’if. Los Banû ‘Abd-Yâlîd, familia dominante en esta ciudad estaban emparentados con Muhammad por sus tíos maternos. Las relaciones entre los dos clanes mequi y ta’ifi eran bastantes amistosas. Además, ‘Abbâs, el joven tío de Muhammad, que era su gran amigo, contrariamente a su hermano Abû Lahab, tenía gran influencia en Ta’if, pues era prestamista y prestaba dinero a los ta’ifies. Por otro lado este lugar se encuentra solo a dos jornadas de distancia de Meca.

Dejó Meca y se trasladó allí en secreto, probablemente a pie. Según un relato fue solo y según otro fue acompañado de su hijo adoptivo, Zaid ibn Hâriza. Antes de hablar en público, hacía falta obtener la autorización y protección de algún jefe local. Muhammad habló con tres jefes con los que estaba emparentado. Uno lo trató groseramente y los otros dos con cierto menosprecio irónico y los tres le ordenaron que abandonara la ciudad sin tardanza. Muhammad les pidió que no divulgaran el objeto por el cual él había venido, pero contrariamente a ello, incitaron contra él a los muchachos de la calle y a los esclavos que los persiguieron tirándoles piedras. Muhammad recibió varias heridas y no fue sin dificultad que logró refugiarse en un jardín en las afueras de Tâ’if, perteneciente a unos mequies que le dieron asilo y hospitalidad. El jardinero que era cristiano, lo comprendió mejor que los otros conciudadanos paganos (ibn Hishâm, p. 279-281). Ese fue el comienzo de su fin.

Escapado de sus perseguidores en las calles, cuando al fin pudo respirar en el jardín, el Profeta levantó sus manos y dirigió a Allah una plegaria que se ha hecho célebre: “¿Señor, ante ti pongo de manifiesto la debilidad de mis fuerzas, la pequeñez de mis medios y la fragilidad de mi persona a los ojos de las gentes, Oh el más misericordioso de todos los misericordiosos!. Por el contrario tú eres el Señor de los débiles, y mi Señor. ¿A quien me entregas?. ¿A un extranjero que me acoge con rudeza?, ¿o a un enemigo al cual tú permitirás dominar mi causa? En tanto que no tenga ayuda de tu parte hacia mi, yo no podré nada. Pero una preservación por tu parte sería bien acogida. Yo pido protección ante la luz de tu rostro, por la cual se iluminan las tinieblas y se arreglan los problemas de aquí y del más allá, contra tu cólera que descendería o contra tu irritación que se instalaría entre los míos. A ti pertenece mi arrepentimiento, hasta que tú quieras. No hay fuerza ni poder que no vengan de ti”. (ibn Hishân p. 280)

Después de descansar, retorna el camino para volver a su casa en Meca. Por el camino tuvo que pararse para pasar la noche, levantándose para rezar de lo angustiado que estaba. Sin que se diera cuenta, algunos ÿinn que pasaban son atraídos por su recitación del Corán y se convierten (Corán 72 y 46: 29-32) “Me ha sido revelado que un grupo de los ÿinn escuchó...” implica que el Profeta mismo no había sentido nada: hacía falta que Allah se lo revelara para anunciarle que este grupo había abrazado el Islam, pues entre los ÿinn también hay religiones. Muchas veces, el Corán habla de los ÿinn como de unas criaturas que viven al lado de los hombres y que como ellos son responsables de sus actos.

Abatido y fatigado, entró por los alrededores de su ciudad natal. Abû Lahab lo había puesto fuera de la ley: por eso el Profeta no se atrevió a entrar. Envió primeramente un mensajero a casa de uno de los jefes moderados de Meca, para que lo tomara bajo su protección, pero este no quiso. Envió entonces otro mensajero a otro jefe, pero obtuvo el mismo resultado. Al fin un tercero Mut’im ibn ‘Adiy, uno de los que habían tomado parte en el fin del boicot social, aceptó a protegerlo. Acompañado de sus hijos armados, acogió a Muhammad, lo condujo a la Kaaba para que diera las siete vueltas rituales, luego lo llevó a su casa y anunció a la ciudad que había concedido protección a Muhammad.

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