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Algunas adhesiones al Islam

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra. Traducción de Abdullah Tous y Naÿat Labrador

04/09/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Muhammad predicando desde el alminar
Muhammad predicando desde el alminar

Abû Darr, de la tribu de Gifâr (cerca de Yanbû’), está considerado como el quinto convertido al Islam (los primeros fueron: Jadiÿa, Zaid, ‘Alî y Abû Bakr). Los gifâríes eran ladrones de caminos y grandes saqueadores que no respetaban ni los bienes de los peregrinos de la Kaaba. El gifârí Abu Darr vivía con sus padres, pero él era un hombre extremadamente sensible. Según el Sahih de Muslim, algunos incidentes habían violado la tregua del Dios, y puede ser que el ser testigo de la angustia de mujeres y niños que iban entre los peregrinos que pasaban por territorio gifarí, le incitaron a arrepentirse, y más tarde a dejar su tribu que no quería oír sus reproches. Con su madre y un hermano menor, se refugió en la casa de sus abuelos maternos.

En un relato que se remonta al profeta, Abû Darr se expresa así: “Yo pedía a Dios, antes del Islam, durante tres años de la manera que El Dios entonces me sugería”. Después de algún tiempo, dejó su refugio, y se dirigió hacia el Sur, hacia Meca donde los peregrinos tanto habían sufrido sus acciones y se instaló en un poblado de las afueras. Un día supo por un viajero que alguien había comenzado en la villa santa un movimiento religioso dirigido contra la idolatría, Abû Darr envió a su hermano a Meca para informarse mejor. Al volver a su casa contó: “Es un hombre como tú: Adora al Dios único, manda hacer el bien; y pretende además que es el enviado de Dios. Los mequíes le acusan de ser un poeta. En cuanto a los Kâhin, he visto muchos y él no se les parece en nada: Los Kahins son mentirosos mientras que él es reconocido como hombre veraz, y además prescribe el bien y prohíbe el mal”. Abû Darr comprendió que esto era lo que él buscaba desde hacía tiempo. Se fue de prisa a la ciudad, pero no preguntó a nadie la dirección del que quería encontrar. La persecución contra el Islam era ya muy fuerte. Se quedó todo un mes, y día y noche buscó en el patio de la Kaaba a aquel que venía a buscar. Un día vio a un hombre entrando en el patio en un increíble estado de miseria. Abû Darr creyó que era un musulmán, y la preguntó la dirección del Profeta. Se había equivocado, ya que su interlocutor gritó: “¿Coraichíes, aquí hay un musulmán?”, y todo el mundo se lanzó contra el pobre Abû Darr golpeándolo sin piedad. Abû Darr continúa su relato: “Cuando recobré el conocimiento, estaba cono un ídolo pintado de rojo” (con sangre corriendo por las heridas).

Otro incidente: Una noche, se dio cuenta que dos mujeres hacían el giro ritual en la Kaaba, y él les oyó rezar a los ídolos Isaf y Nâ’ilah. Abû Darr no pudo más contenerse, y les gritó: “¡Cazadlos!” (se acordaba que según la leyenda, isaf y Nâ’ilah, estatuas de un macho y una hembra, eran amantes yurhumíes que por haber satisfecho su deseo carnal escondidos en el interior mismo del templo, habían sido transformados en piedras. Se levantaron estas piedras sobre las colinas como advertencia, luego las generaciones posteriores olvidaron la historia y se pusieron a adorarlas). Lo que Abû Darr quería decir era: si los amantes Isaf y Nâ’ilah no pudieron satisfacer su propio deseo, ¿cómo podrán satisfacer los nuestros?. Las dos mujeres no se atrevieron, estando solas, responder a un hombre, por la noche, incluso en el caso de una “blasfemia” semejante, así que se fueron murmurando amenazas. No cesaron de hablar entre ellas por el camino de regreso. Por casualidad Muhammad las encontró por el camino, y les preguntó lo que les había ocurrido. Sin reconocerlo ellas le hablaron del incidente.

Muhammad acompañado de Abû Bakr, fue al patio de la Kaaba, y rezó durante algún tiempo. Sin que él se hubiera presentado, Abû Darr le reconoció y avanzando hacia él, lo saludó dándole el título de Profeta. Muhammad le preguntó que quien era él, y sabiendo que era de la tribu de Cohifâr se echó la mano a la frente y se puso a reflexionar. Luego le preguntó: ¿Cuánto tiempo hace que te encuentras aquí?, ¡Desde hace un mes! -¿De qué te alimentas? -¡Nada más que agua del pozo de Çançan. Que bebo día y noche y hasta he engordado!. Abû Bakr lo llevó a su casa como su anfitrión y le dio de comer. Al día siguiente ‘Alí vino a buscarle y lo condujo a la casa del Profeta. Abû Darr abrazó el Islam. Siendo extranjero, una estancia demasiado larga, podría llegar a ser peligroso, más si no había alianzas tribales de por medio. Después de algunos días de instrucción en la práctica de la fe, el Profeta lo mandó ir con su propia tribu y predicar el Islam. Cuando la Hégira, los primeros en aliarse a la causa del gobierno musulmán en Medina no fueron otros que los cohifaríes, como veremos en su momento.

Sa’d ibn Abî Waqqâs tuvo la gloria de ser el sexto musulmán. Se ignoran los detalles de su conversión; pero se sabe que Abû Bakr, que estaba entregado a la causa del Islam en cuerpo y alma y con su hacienda y que gracias a su trabajo personal, no sólo su propia familia sino también muchos de sus amigos fueron gradualmente convertidos a la nueva fe, entre ellos encontramos: Sa’d, Zubair ibn al-‘Auwâm, ‘Abd ar-Rahmân ibn ‘Auf. Tala ibn ‘Ubaidallâh, y hasta ‘Uthmân (el tercer califa), abrazó el Islam gracias a los esfuerzos de Abû Bakr. Todos jóvenes y de buenas familias mequíes, encontraron dificultades más o menos grandes en el seno de sus propios clanes. Algunos sintieron las cadenas en sus pies; y otros malos tratos por parte de sus parientes.

Los cronistas redactaron largas listas de mequíes que se pusieron a la cabeza de la persecución contra el Profeta y sus discípulos. Todas las grandes familias estaban representadas en este hacer. Lo que llama especialmente la atención es que los musulmanes son casi siempre parientes próximos de estos mismos perseguidores, sus hermanos, sus primos, algunas veces incluso sus hijos. El Profeta no comenzó su actividad proselitista hasta los tres años de su primera visión. Balâduri precisa: los musulmanes mequíes debieron dejar su ciudad natal, para ir a refugiarse en Abisinia, en el año 5 de la Misión de Muhammad. La lista de emigrantes elaborada por este mismo autor, comporta 75 hombres y 9 mujeres de Meca (en Abisinia dieron a luz 9 hijos) y 25 extranjeros afincados en Meca. Estos 109 primeros musulmanes eran hombres libres: (el número de esclavos era muy escaso entre los primeros musulmanes. Todo esto fue el resultado de dos años de esfuerzos. Esta emigración es un signo bastante claro de la gravedad de la persecución a los musulmanes.

La suerte de los esclavos fue peor aún: se les golpeó, se les puso todo desnudos sobre las candentes arenas del desierto. Se les arrastró por las calles con una cuerda al cuello, tanto a hombres como a mujeres. Algunos amos quemaron a sus esclavos convertidos con hierros al rojo. Algunos no pudieron sobrevivir a estas torturas. Abû Bakr se convirtió en su campeón: Él compró a Bilâl y ‘Amir ibn Fuera entre los hombres, y a Umm ‘Ubes, Zinnirah, Nahdîya, y Lubena entre las mujeres; y los libertó. Buscó comprar otros, pero sus amos rechazaron venderlos, incluso a alto precio.

Lejos de escapar a la desgraciada suerte de sus fieles –de los cuales algunos habían emigrado a Abisinia,- el Profeta fue más que nadie objeto de torturas y de injurias. Abû Yahl le había prohibido rezar públicamente, sobre todo en el patio de la Kaaba, y como no lo escuchaba, un día le puso, los intestinos y el estómago de un camello en la cabeza del Profeta mientras éste estaba prosternado rezando; éste estaba casi asfixiado cuando fue levantado por su hija. ‘Uqbah ibn Abî Mu’et trató de estrangular al Profeta con su hopalanda en el momento en el que él rezaba. Esta clase de incidentes eran cotidianos, sin hablar de las injurias y del impedimento de hablar libremente y de hacer propaganda. Entre los perseguidores, encontramos incluso a extranjeros en Meca, como Abû’l-Asda’ al-Hudhalî y ‘Adî ibn al-Hamrâ al Jzâ’î.

Nada quebrantó al Profeta ni a sus discípulos en su convicción ni en su activo desinterés por el bien de la humanidad. No sabemos exactamente la reacción inmediata del Profeta contra la injusticia que padecía, pero nos podemos dar cuenta con el relato de un hecho acontecido algunos años más tarde: cuando la batalla de Uhud en el año 3 H., el Profeta fue herido; sus discípulos le suplicaron pedir a Allah contra sus enemigos; Muhammad elevó sus dos manos al cielo y dijo: “¡Señor conduce a mi pueblo por el camino recto porque ellos no saben!”.

Ibn Haÿar nos enseña que, en estos primeros tiempos, cuando las relaciones del Profeta con los mequíes eran muy reducidas, celebró un día un oficio a la cabeza de sus discípulos, en el patio de la Kaaba; este oficio causó tal tumulto que un musulmán, Hâriz ibn Abì Halah –quizás el hijo del primer marido de Jadîÿa, mujer del Profeta”- fue muerto por los quraishíes, y así tenemos el primer mártir del Islam. En sentido contrario refiramos el relato de Sa’d ibn Abî Waqqâs: “durante un año, nos habíamos ocultado el Islam, y habíamos celebrado el Salat en las casas a puerta cerrada o en los desfiladeros de las montañas alrededor de la ciudad. Un día estábamos en el desfiladero de Abû Dubb, hicimos las abluciones y celebramos el Salat colectivo, teniendo cuidado que ninguna persona extraña nos viera. Los quraichíes nos buscaban; Abû Sufyân, al Ajnan ibn Sharîq, y otros, nos descubrieron y comenzaron a injuriarnos. De los insultos pasaron a los golpes. Encontré un hueso de camello cerca de mí y le di un golpe a uno de los paganos hiriéndolo gravemente, entonces emprendieron la huída, yo fui el primero en el Islam en verter sangre en el camino hacia Allah”. El mismo relato nos precisa que se celebraban en esta época dos Salat por día solamente, uno por la mañana y otro por la tarde.

La persecución suscitó muchas veces la simpatía por el Islam. Hamzah, uno de los tíos del Profeta, era cazador, pasaba su tiempo en el desierto, las colinas y los bosques, para cazar aves y toda clase de animales; y las cuestiones espirituales no le interesaban en absoluto. Un día, volvió a la ciudad después de su caza habitual y como de costumbre comenzó las vueltas habituales a la Kaaba antes de entrar en su casa. Llevaba el arco a la espalda y las flechas en el costado, cuando uno de su esclavos vino a contarle que durante la jornada, Abû Yahl había sido excepcionalmente cruel con “tu sobrino Muhammad”. Hamza montó en cólera, corrió inmediatamente delante de Abû Yahl, le dio un golpe con su arco de hierro hiriéndolo gravemente y le dijo: “¿Es que te crees que Muhammad está abandonado por los suyos?. Escúchame bien: Yo mismo voy a abrazar esa religión. Si tú o quien sea tiene valor que venga a buscarme”.

El Corán no es una poesía; los musulmanes no emplean ninguna música en su culto. Pero la recitación del Corán tiene el encanto de una y de otra. Su atractivo no ha disminuido con el paso del tiempo hasta nuestros días. Los cronistas atribuyen a Abû Bakr la construcción de una pequeña mezquita en el patio de su casa y cuando él recitaba el Corán, los transeúntes oían su dulce voz. No lo veían, pero las mujeres y los hijos de sus vecinos se sentaban por la tarde delante de su puerta para oír sus cantos. Ya ‘Ammâr ibn Yàzir al-‘Ansî construyó una mezquita en su casa –la primera del mundo según Balâduri, Ansâb, I, 364-5 y Ibn Kazîr, Bidâyab, VII, 311- al parecer porque los paganos le impedían hacer el Salat en el patio de la Kaaba, ya que él no era ciudadano de Meca, sino un cliente, afiliado a la familia del temible Abû Yahl. Se trata de Meca, antes de la Hégira como se deduce claramente del relato de Balâdurî; no se trata en absoluto de la mezquita de Cuba, en Medina, como algunos han podido pensar.

Las experiencias del Profeta fueron más extrañas todavía: Los mequíes de todas las clases se dirigían regularmente delante de la casa del Profeta, para oírle recitar el Corán, tres de los más eminentes mequíes estaban allí individualmente y en secreto. Al encontrarse se dijeron: “No nos conviene prohibir al público venir a oír a Muhammad, cuando nosotros mismos frecuentamos sus veladas de canto” y se prometieron unos a otros de no ir más en adelante. La noche siguiente, cada un al abrigo de la oscuridad de la noche, fueron allá ocultamente. Al regreso se encontraron todos y de nuevo se prometieron no ir más. Esto se repitió así tres noches seguidas y siempre renovaban sus promesas para luego olvidarlas. Se trataba de ¡Abû Yahl, Abû Sufyân y Aknar!.

La creciente persecución obligó al Profeta a dejar su casa y tomar residencia en la casa de uno de sus fieles, Al-Arqam, para realizar allí su acción misionera: Predicó a sus fieles y allí recibió a auténticos buscadores de la verdad, llevados por sus discípulos, y allí hacía Salat a la cabeza de todos. Este retiro duró varios años. ‘Umar, (segundo califa), abrazó el Islam en esta casa de Arqam; y según la tradición él fue el musulmán número 40. Esta casa existía aún en 1932; se encuentra en la colina de Safâ, de cara a la Kaaba. Una inscripción en la puerta de 1946, indicaba que la casa de Arqam se llamaba “Dar Jizurân” y que había sido adquirida por Tadlallâh ibn Muhammad Habîb, Muftî del imperio otomano. El gobierno saudita la restauró primeramente e instaló en ella una escuela pero luego la derribó con vista a agrandar la mezquita, a causa del número cada vez mayor de peregrinos.

Ibn al-Yauzi nos dice que, cuando el Profeta recibía insultos y malos tratos por las calles de la ciudad, se metía en la casa de Abû Sufyân, y allí encontraba asilo y protección. El Profeta no olvidó este gesto de Abû Sufyân, entonces enemigo encarnizado del Islam; y más tarde, cuando la conquista de Meca en el año 8 H. proclamó: “cualquiera que deponga las armas sea salvo, cualquiera que entre en la casa de Abû Sufyân sea salvo...”; Abû Sufyân tenía mucha consideración por el Profeta.

Hay otros incidentes que muestran que todos los habitantes de Meca no eran injustos e intolerantes. La imparcialidad con la que los cronistas clásicos nos han conservado los acontecimientos de las dos clases tanto de persecución como de moderación, no hace más que aumentar nuestra fe en sus relatos. Pero la enumeración de todos esos acontecimientos no nos parece necesario.

Sin abrazar él mismo el Islam, Abû Tâlib protegió siempre lo mejor que pudo a su sobrino, el Profeta. Un día los quraichíes enviaron una delegación ante Abû Tâlib para darle a escoger entre dos alternativas: impedir que Muhammad siguiera haciendo lo que hacía o entregárselo, ya que ellos creían que él no tenía culpa (Abû Tâlib) puesto que seguía fiel a su religión ancestral. Un delegado le dijo: “Entréganos a Muhammad; es incorregible y vamos a matarlo, por ello te proponemos que elija un hijo de uno de nosotros, el más guapo y el más inteligente, el de tu agrado para que puedas adoptarlo.” Abû Tâlib se burló de ellos: “¿Es justo que vosotros matéis a mi hijo y que yo dé de comer al vuestro?”. Después de algunos altercados Abû Tâlib hizo reunir al Profeta y le dijo el motivo de la delegación quraichí. Muhammad vio así desaparecer su última esperanza de protección y con lágrimas en los ojos respondió a su tío: “Tío, tú también quieres dejarme? Yo te juro por aquel que sosiega mi alma: que si ellos me pusieran como regalo el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda, con la condición de que yo abandonara mi misión, yo no lo haría, incluso aunque tú me abandonases.; ¡Allah, mi Señor, me basta!”. Y habiendo así hablado abandonó la asamblea. Abû Tâlib despidió a la delegación, diciendo que eran libres de hacer lo que quisieran contra él, pero que mientras él viviera no abandonaría a su sobrino.

Nuevas deliberaciones tuvieron lugar en el “Parlamento” Municipal de Meca. Uno de los más moderados y sabios ‘Utbah, fue escogido para ponerse en contacto directo con Muhammad y ver si podría volverlo a la razón. ‘Utbah se presentó ante el Profeta y comenzó a hablarle así: “Muhammad, nosotros te conocemos desde siempre como un hombre razonable, caritativo y amable. Nunca te vimos hacerle daño a nadie. No tengo necesidad de decirte la agitación que tu predicción ha causado en la población, dime francamente, ¿cuál es el objeto de todo esto?. ¿Acaso deseas dinero?. Yo te garantizo que la ciudad va a amontonar tanto dinero como tú quieras. ¿Acaso quieres mujeres?. Toma a las más bellas hijas de la ciudad como tus esposas y yo te aseguro que estamos todos de acuerdo para darte satisfacción. ¿Acaso quieres estar a la cabeza del gobierno?, nosotros estamos listos para elegirte nuestro jefe supremo, con una sola condición: No nos atormentes más en nuestra sensibilidad religiosa y en nuestra susceptibilidad social: no digas más que nuestros ídolos así como todos los que entre nosotros o entre nuestros antepasados los han adorado están destinados al fuego eterno”. Y añadió sarcásticamente: “Si te sientes enfermo, buscaremos los mejores sanadores del cuerpo y del espíritu. Porque no nos gustan fricciones y perturbaciones en el seno de nuestra sociedad”. Muhammad para responder se limitó a recitar algunos versículos del Corán cuya traducción es:

Con el nombre de Allah el Clemente el Misericordioso.
Ha min.
Esta es una revelación del Clemente el Misericordioso.
Un libro cuyos versículos han sido expuestos con detalle en lenguaje claro y elocuente para un pueblo que tiene conocimiento.
Heraldo de la buena nueva y amonestador. Pero la mayoría se apartan y no lo escuchan.
Y dicen: Nuestros corazones están abiertos y protegidos contra aquello a lo que nos invocas, en nuestros oídos hay sordera y entre tú y nosotros hay un velo. Continúa pues tu trabajo; nosotros también estamos trabajando.
Diles; sólo soy un hombre como nosotros. Se me ha revelado que vuestro Dios es el Dios único. Tomad el camino recto hacia él sin desviarnos y pedidle perdón ¡Ay de los idólatras!.
Que no dan el Zacat y son los que niegan el más allá.
En cuanto a quienes creen y practican buenas obras, ciertamente tendrán una recompensa que no terminará nunca.
Diles: ¿Realmente no creéis en aquel que creó la tierra en dos períodos? ¿Y colocáis a otros iguales a él? Ese es el Señor de los Mundos.
Él colocó en ella Montañas que se levantan sobre su superficie y la bendijo con abundancia, habiéndola proporcionado, en cuatro períodos, diversos medios de sustento debidamente calculados, igual que para todos los que buscan.
Luego se dirigió al Cielo mientras era algo similar al humo, y dijo a él y a la Tierra: Venid vosotros dos voluntaria o involuntariamente. Ellos dijeron: Vamos voluntariamente.
Así él los perfeccionó en siete cielos en dos períodos y reveló a cada cielo su función. Y adornamos el cielo inferior con lámparas para dar luz y protección. Así es el decreto del poderoso, el omnisciente.
Pero se apartan, diles entonces: Os advierto de un castigo destructor como el castigo que cayó sobre Ad y Zamud.

La disposición sicológica de ‘Ubah era tal en ese momento que creyó que una gran desgracia iba a golpearlo en cualquier momento; imploró a Muhammad en nombre del Dios que parara su recitación. Luego se escapó. Al volver a la asamblea de los quraichíes, les dijo simplemente: “haced lo que queráis, este asunto se escapa de mis manos”.

La hendidura de la luna  

De vez en cuando se producían altercados entre el Profeta y sus conciudadanos. Un día le hostigaron un poco más, le pidieron que dividiera la luna, si era un verdadero enviado de Allah. Para ser un reformador inspirado no es necesario en absoluto, según el Islam, hacer milagros, ya que todo depende de Allah y no del hombre, incluso el mismo Profeta. Sin embargo en toda la historia de la humanidad, se han atribuido milagros a los hombres piadosos. No nos asombremos pues si en este tema, también en la biografía de Muhammad (s.a.s.), los cronistas nos digan que antes esta burla, Muhammad (s.a.s.), hizo un signo a la luna y la dividió en dos. Después de algún tiempo las dos partes se unieron como antes. Algunos abrazaron el Islam, otros tuvieron una prueba para acusarlo de magia negra.

Las peticiones de milagros se multiplicaban, y el Corán nos la ha conservado en la memoria: le pidieron que les hiciera ver a Allah físicamente y que resucitara a los muertos. Se le pidió que construyera una escalera hasta el Cielo, construir casa de oro, alejar a las montañas de Meca, crear ríos que corrieran como los de Siria, hacer descender un ángel visible a todos que les asegurara de la veracidad de Muhammad, etc. El Profeta les decía: Allah es todopoderoso, él es capaz de hacer de todo, pero yo no he venido para hacer milagros; mi única misión es guiaros y advertiros de todas aquellas cosas que se apartan de los mandamientos de Allah.

El Islam de Rukâna, de ‘Umar, de Hamça y de Abû Mûsa

Rukâna era un luchador bien conocido en Meca. Era tan alto y tan fuerte que cuando se ponía de pie en una piel de vaca o de camello colocada en el suelo, para que la gente tirara, no conseguían moverlo, mientras que la piel acababa desgarrándose. Un día que Rukâna había sacado a pastar a su rebaño de carneros, Muhammad lo encontró y como de costumbre lo invitó a abrazar el Islam. Hay dos relatos, puede ser que sean diferentes partes de una misma narración: Rukâna le pidió como prueba de su misión divina que los árboles se pusieran en marcha a su orden. Muhammad le dijo: “ahí hay un árbol ve y dile de mi parte que marche a reunirse con el otro de allí”. Rukâna se sentía más a gusto con su propio oficio; no quedando satisfecho con la andadura de los árboles, le pidió que luchara con él: él abrazaría el Islam si le vencía. Por tres veces Muhammad lo tiró de espaldas y Rukâna vio incluso el milagro de los árboles andando, pero no abrazó el Islam (pero corrió a decir a los paganos de Meca: conservémosle y saquémosle provecho enfrentándolo a los de otras tribus, porque, por Dios que es el mago más grande del mundo, capaz de hacer las cosas más maravillosas). El otro relato dice que a su desafío de lucha, Muhammad le respondió: “Si, y si te venzo, tomaré el tercio de tu rebaño”. Después de tres asaltos, Rukâna, vencido comenzó a llorar de haber perdido todo su ganado y por miedo a su mujer. Muhammad le dijo: “No tengas miedo, no quiero imponerte a la vez las derrotas y la pérdida de tu ganado. Coge tu rebaño y vete en paz”. Impresionado por este gesto más que por los milagros, Rukâna gritó espontáneamente: “Reconozco que tú eres el enviado de Allah y abrazo el Islam”.

El Islam de ‘Umar fue más sensacional:

‘Umar pertenecía a la importante familia de los Banû ‘Adî, en la cual había no solamente hombres sino incluso mujeres sabiendo leer y escribir antes del Islam. Como jefe de su clan, ‘Umar tenía un sitio en el Concejo de los Diez de la Ciudad-Estado de Meca, y estaba encargado de la importante función de asuntos exteriores. Era muy alto hasta el punto que más tarde en Medina, después de la Hégira, cuando la construcción de la mezquita del Profeta su cabeza tocaba el techo. Era por naturaleza, fogoso y orgulloso de su valía.

Cuando las tentativas de los quraichíes por impedir al Profeta realizar su misión se toparon con la negativa del clan de Muhammad a abandonarlo, su irritación no debió tener límites; de forma que no es difícil imaginar que ‘Umar, hombre de una gran determinación y de un orgullo indómito, se decidió un día a asaltar la casa del Profeta y a asesinarlo, arriesgándose a una guerra entre su clan y el de Muhammad. Salió para cometer su crimen, y se encontró por el camino a Un’aim ibn ‘Abdallallâh an-Nahham, uno de sus parientes. Habiéndole preguntado éste, él le confió que iba a matar a Muhammad, Nu’aim, que había ya abrazado el Islam en secreto, y conociendo el carácter de ‘Umar le respondió: “Tú vas a aumentar las divisiones en la ciudad y a provocar una guerra con el clan de Muhammad. Pon primero en orden los asuntos de tu familia, antes de intentar hacerlos con los de la ciudad”. Después añadió: “tu propia hermana y su esposo son también musulmanes”. ‘Umar se puso furioso, y corrió a casa de su hermana. En la puerta oyó ruidos de cantos. Llamó fuerte. Había un instructor musulmán en la casa enseñando el Corán a los miembros islamizados de la familia, los cuales se apresuraron a esconderse. Fátima, hermana de ‘Umar, disimuló las hojas del Corán entre sus ropas y cuando se abrió la puerta a ‘Umar, no había nada sospechoso. Pero esto no engañó a ‘Umar quien después de algún altercado, cogió a su cuñado Sa’îd ibn Zaid y comenzó a pegarle. Intervino Fátima, pero sólo logró recibir ella también los golpes de su hermano el cual la hirió y comenzó a correrle la sangre. Entonces ella gritó con orgullo despectivo: “¿Qué es lo que quieres?. Sí, hemos abrazado el Islam; estamos dispuestos a reconocerlo: así haz lo que quieras”. Con la vista puesta en su hermana herida por él, ‘Umar tuvo remordimientos y quiso apaciguarla. Hablándole tiernamente le preguntó: “Déjame leer las hojas que leías antes”. Ella que estaba aun furiosa respondió: “Tú estas mancillado no eres digno de tocar esas hojas sagradas”. ‘Umar se transformó completamente: Salió de la habitación, fue al cuarto de baño y después de algunos instantes volvió en estado de pureza tanto corporal como espiritual y curioso por saber por qué su hermana había abandonado su antigua religión. Ella le dio algunas hojas, donde él leyó:

“Ta Ha
No hemos creado el Corán para que te mortifiques
Sino como exhortación para quien teme a Allah
Y revelación de aquél que creó la tierra y los altos cielos
Él es el Clemente que se instaló en el trono
A él pertenece cuanto hay en los cielos y cuanto hay en la Tierra; cuanto hay entre ellos y cuanto hay debajo de la tierra húmeda.
Aunque hables en voz alta, da lo mismo, pues él conoce el pensamiento secreto y lo que hay aún más oculto.
Allah no hay más dios que él. Suyos son los más bellos nombres.
¿Has oído la historia de Moisés?
Cuando vio un fuego dijo a su familia: “quedaos aquí, veo un fuego; quizás os traiga un ascua suya o encuentre quía en el fuego”
Más cuando llegó a él fue llamado por su nombre “Oh Moisés,
En verdad soy tu señor, Quítate pues las sandalias pues estás en el valle sagrado de Tuwa;
Y te he elegido; escucha, pues lo que se te revela.
Soy en verdad Allah; no hay dios fuera de mi. Por ello sírveme y cumple la oración para recordarme;
Por cierto, la hora se acerca; voy a descubrirla para que cada alma sea recompensada por su conducta;

¡Qué bello y majestuoso es esto! Gritó ‘Umar. Jabbâb el instructor, no tuvo ya necesidad de esconderse; se presentó delante de ‘Umar y le dijo: “Yo te juro que fue ayer solamente cuando el Profeta pidió a Allah para que ayudara al Islam con la conversión de Abû Yahl o de ‘Umar. Esperó que sea a ti a quien ha tocado esa distinción. Teme a Dios, oh ‘Umar”. ‘Umar se informó del lugar donde el Profeta se encontraba y luego tomó el camino de Dâr al-Arqam, completamente armado como estaba, llamó a la puerta. Se advirtió al Profeta que ‘Umar estaba allí y que venía armado, pero él respondió: “No tengáis miedo, hacedle venir aquí”. ‘Umar no tardó en declarar su conversión, con alegría de todos. Era la hora del Salat, y el Profeta, quería celebrarlo en la casa como de costumbre con sus leales. ‘Umar le dijo: “No tenemos necesidad de escondernos así: Vamos a rezar delante de la Kaaba”. El público quedó asombrado de ver un desfile de musulmanes venir sin miedo a rezar delante de la Kaaba, pero se asombró más aún de ver que era ‘Umar quien les servía de guardián.

La gente en general, al principio de su conversión, no lo reconocía públicamente. El temperamento de ‘Umar no se lo permitía. Así que escogió al enemigo más encarnizado del Profeta en la ciudad. Y pensó en Abû Yahl –que era incluso primo de su madre- para decírselo personalmente con gran pena y dolor de éste último. Después escogió a otro personaje que era incapaz de guardar un secreto cualquiera que fuera. En efecto, este hombre, Yamîl ibn Na’mar, desde que supo la noticia , corrió- y ‘Umar le siguió –por los diversos centros de los quraichíes, de cara a la Kaaba y les gritó la noticia. Algunos necios se lanzaron a no molestar a ‘Umar. Sin miedo, se defendió largo tiempo. Afortunadamente el sabio consejo por parte de un viejo conciudadano, pudo prevalecer y se le dejó partir en lugar de lincharlo en aquel momento.

Poco después de ‘Umar, fue Hamça, tío del Profeta, quien declaró su conversión por los motivos que ya hemos dicho antes (179). Las fuentes (isti’ab de Ibn ‘Abd al-Ban, s.v. ‘Abdallah ibn Qas así como Abû Mûsa al-Arsh’ari) ni que decir tiene que la conversión de ‘Umar y de Hamça reforzó al Islam en Meca sin que por otra parte debilitara mucho la hostilidad de los paganos. Estos últimos se dieron cuenta sin embargo que el Islam no era un fenómeno pasajero. Estas conversiones datan del año 5 de la Misión (8 antes de la Hégira) en un momento en el que la comunidad musulmana de Meca era débil y muy amenazada, de modo que el mismo Profeta aconsejó a sus leales buscar refugio en Abisinia. 

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